miércoles, 1 de mayo de 2013

Estampas invernales, y algunas primaverales, de una temporada propicia y bien aprovechada



Los dos tercios finales de este invierno y las primeras semanas de primavera han sido verdaderamente pródigos en nieve en la Sierra de Guadarrama. Parece como si estas montañas se hubieran querido vestir con sus mejores galas para su nombramiento como Parque Nacional, al margen de si este reconocimiento le hace honor o no en cuanto a los detalles de su documento final.

Creo que esta vez casi se puede decir que he aprovechado más que aceptablemente las oportunidades que han propiciado las condiciones. No sé si en cuanto a calidad de las actividades realizadas (que tampoco han estado nada mal), pero sí como mínimo en cuanto a cantidad, si bien siempre parece que inviernos así acaban dando la sensación de que uno se ha dejado en el plato más de lo que ha comido. Por un lado, porque para que caiga tanto es inevitable que haya muchos fines de semana imposibles de aprovechar, precisamente por la que está cayendo. Y segundo, porque luego quedan pocas ocasiones para muchas posibles cosas que hacer, y las salidas se concentran en un tiempo reducido, creando además la sensación de rutina (aunque en este caso aceptada con ganas por mi actual etapa basada en la constancia deportiva).





Lo que sí viene bien de vivir años como éste, al menos desde mi perspectiva general (es decir, sin tener en cuenta esa actitud deportiva de ahora), es que te das cuenta de que hacer mucho más no te produce una mayor satisfacción –al menos a mí-. En otros años propicios, como hace tres o cuatro temporadas, me daba rabia no haber podido hacer más con todo lo que había caído. Este año he aprovechado prácticamente todos los fines de semana y festivos adecuados que se han dado, y me satisface desde esa perspectiva deportiva, pero no me ha hecho más feliz. Una sola excursión en aquellos inviernos de 2008-09 o 09-10, viendo nieve como nunca antes había contemplado en el Valle de la Fuenfría, ya bastaba para dejarme una sensación plena de disfrute, además de un recuerdo imborrable; en realidad no hacía falta más.

Sea lo que sea, ha sido indudablemente un buen invierno, del que no olvidaré la subida a Siete Picos por la canal suroeste al séptimo pico, ascensión pocas veces realizable en buenas condiciones de nieve –de hecho, no fueron totalmente óptimas-, y que curiosamente pude disfrutar tras una serie de circunstancias, descartes y casualidades: No pude ir con Isa y Ángel a Picos de Europa en Semana Santa por el mal tiempo; sólo quedó el Jueves Santo como día de meteorología medio aceptable en Guadarrama; y me limité a la zona de Cercedilla para poder ir en tren y evitar el posible atasco de la operación salida, además de descartar Cotos por lo tarde de la hora y la esperable masificación. Al final, me vi haciendo una de las ascensiones invernales en solitario que más me han impresionado y satisfecho en mi vida, en un lugar que, como digo, pocos años es así de aprovechable.





Pero dejando a un lado el estado de ánimo de cada etapa de la vida, o lo que el cuerpo pide en cada momento, sigue siendo cierto que al final las mayores satisfacciones del montañismo las proporciona descubrir nuevas estampas, nuevas imágenes de paisajes y, en definitiva, pararse a percibir todo lo que esa naturaleza tan especial tiene que decirnos. Por lo tanto, si el Guadarrama se ha querido vestir de gala para su ascenso en su nivel de protección, no creo que sea con la intención de que nos lo pasemos lo mejor posible en sentido lúdico -que en parte también-, si no sobre todo para que entendamos el valor profundo de todo lo que nos ofrece, a nosotros y a las generaciones futuras.

























jueves, 25 de abril de 2013

Tres momentos en la historia de unos históricos, The Allman Brothers Band


Para que no todo sea rock progresivo, otro de los grupos que he procurado conocer –los tenía pendientes desde hace mucho- aprovechando ese surtidor inagotable que es Youtube, es la mítica Allman Brothers Band. Temía que me resultaran el habitual grupo auténtico de rock – blues, sin nada nuevo que aportarme a estas alturas, pero, siendo eso, me han parecido una auténtica maravilla, unos fuera de serie instrumentalmente, lo que hace que esa autenticidad quede más potenciada, además de acompañada de un gusto exquisito. Una gozada para los oídos.

Dejo tres muestras de lo que esta banda ha sido y es (cambios, parones y defunciones aparte) a lo largo de sus 44 años de historia).

En 1970:



21 años después, en 1991:



Y otros 22 años más tarde, en este mismo 2013 (lo de "1983" supongo que se refiere al año de las canciones originales):



Es decir, que nunca han dejado de ser lo mismo. Una banda de un tipo de rock que suena igual de emocionate en cualquier época.

En los tres casos (sobre todo en el tercero), recomiendo encarecidamente el uso de auriculares.

miércoles, 17 de abril de 2013

Fútbol y jurgol


De un total de 364 entradas en toda la historia del blog, ésta es tan solo la sexta que voy a dedicar a un entretenimiento que hasta hace unos 15 años estaba entre mis dos o tres principales distracciones.

Y es que en los últimos años he ido asimilando que para que algo te ayude a desconectar de la realidad, conviene que sea lo menos masivo y mediatizado posible, porque de lo contrario acaba relacionado, de alguna manera u otra, con todo aquello que representa esa parte deprimente de la sociedad de la que precisamente apetece escapar momentáneamente mediante lo que llamamos aficiones.

Sin embargo, ocurre con el fútbol, como con tantas otras cosas, que no tiene por qué existir una única perspectiva, por mucho que los medios excesivamente forofos y sensacionalistas nos atosiguen con ello. Y no hablo ya de la parte técnica o táctica del deporte, que de eso también hay mucho (y a veces llega a ser también cargante). Hablo de la parte romántica y humana –pero no vulgar- de lo que no es más que un juego, que tantas historias ofrece casi como si fueran cuentos para niños. O, simplemente, de una manera más elegante de mostrar el fútbol; Sobre todo, que no le haga sentir a uno como si le estuviera hablando un político en plena campaña electoral, o bien un periodista de la prensa rosa -¿veis cómo ese “jurgol” al final recuerda a otras cosas…?-.

Y no, no es esnobismo. Porque sobre fútbol han compuesto libros y relatos escritores como Mario Benedetti, Miguel Delibes, Fernando Fernán-Gómez, Eduardo Galeano, Javier Marías o el recientemente fallecido José Luis Sampedro, entre otros muchos. Es un mundo que no sólo da pie a actitudes borreguiles, sino que también puede inspirar la parte contraria, es decir la inteligencia. Pero claro, acostumbrados al estilo polémico y ruidoso al que se recurre para lograr buenas audiencias en la tele, decir esto suena poco creíble, casi ridículo.

Precisamente ridículo me he sentido muchas veces al recordar cierta anécdota de mi adolescencia. En uno de aquellos juegos en los que cada uno debía decir un personaje al que admirase, y durante el cual las respuestas eran del tipo “Gandhi, Einstein, Martin Luther King, Juana de Arco, Eva Perón, El Che o Jesucristo”, voy yo y digo: “Jorge Valdano”. Y encima, siendo del Atleti. Las caras de estupefacción ante la referencia hacia un representante de ese vulgar opio para el pueblo quedaron grabadas para siempre, y durante todo este tiempo les he dado mentalmente la razón: “¡vaya cagada!”. Sin embargo, hace poco he vuelto a releer el libro “Sueños de fútbol” acerca del que fuese jugador y luego entrenador argentino, y me he reconciliado bastante con aquel suceso hasta ahora sonrojante de mi pasado.

Valdano solía defender una idea y una posición de esas que suelen estar “en tierra de nadie”. Trataba de hacer ver el fútbol como un generador de felicidad desde la inteligencia y la cultura, además de un juego ejemplarizante para la vida, y eso ni lo pueden aceptar los millones de aficionados al fútbol que precisamente se agarran a este deporte para no tener que pensar en otras cosas, o incluso simplemente para no tener que pensar, ni tampoco los detractores del fútbol que, desde posiciones más intelectuales, ven este deporte como una de las formas de aborregar a las masas (como de hecho suele ocurrir).

En “Sueños de fútbol” se muestran tantas y tantas metáforas del fútbol con la vida, tantos ejemplos sobre lo justo y lo injusto, sobre el deseo de hacer las cosas de la mejor, más elegante y constructiva de las maneras, frente a los entrenadores e ideólogos del deporte que coartan la libertad, imaginación y talento de los jugadores en pro de objetivos resultadistas, desprovistos de romanticismo… Se repasan, al mismo tiempo, muchos aspectos de la parte negativa relacionada con el juego. En ese sentido, una frase suya lo resume todo: “Hay dos tipos de espectadores: aquellos que aman el fútbol y aquellos que aman la moda o el fenómeno social. Éstos últimos son los peligrosos”.

Sin embargo, las multitudes ampliamente mayoritarias hacen que el fútbol tienda a esa otra parte. O eso, o los medios las empujan hacia allí: como en tantas otras cosas, nunca queda claro cuál de las dos partes es más culpable: ¿la tele pone lo que la gente quiere ver, o la gente quiere ver lo que pone la tele?

Por lo tanto, lo que finalmente tenemos es el debate polémico, encendido y de forofos, que es como entrar en un bar cualquiera de barrio. El periodista que no sólo no disimula sus colores sino que más bien se expresa como un ultra. O bien el que, no ocultando sus preferencias, intenta hacer creer que sus juicios (por ejemplo los arbitrales) son objetivos; luego, “casualmente”, siempre son los mismos los que defienden que determinadas jugadas son penalty y otras son “piscinazos”, y siempre son los de enfrente los que sostienen justamente lo contrario; y si esas mismas jugadas conciernen a la Selección Española, también “casualmente”, resultan estar todos de acuerdo. Pero, desde el sillón, los espectadores nos lo tragamos.

Al parecer, disfrutamos mucho del entrenador populista que exalta a los seguidores de su equipo frente la conspiración general que existe contra él; del jugador que se entristece cuando cree que no cobra los suficientes millones al mes; del equipo que presume de no hablar nunca de los árbitros, hasta que dos o tres resultados adversos con influencia arbitral le hacen poner el grito en el cielo; de una Selección cuya función es, dicen algunos, levantar el ánimo en los malos tiempos que vivimos (mientras sus jugadores cobran fuera las primas pagadas con dinero público para no declarar a hacienda). O de los culebrones de fichajes, de los rumores y exclusivas inventadas, informaciones ridículas de quienes se supone que son profesionales del periodismo. Por no hablar de las barbaridades que se pueden escuchar dentro de un estadio, no ya por parte de los seguidores radicales, sino de personas aparentemente normales y corrientes. Demasiado ruido, demasiada vulgaridad.

Al final, lo que únicamente me interesa, de verdad, del fútbol, es simplemente el fútbol: Lo que ocurre dentro del rectángulo de juego. Y lo justo y necesario como para estar distraído la hora y media que dura. El resto me sobra. Luego, a otra cosa, que hay mucha más vida más allá. No vaya a ser que el estilo del forofo incapaz de juzgar todo con el mismo rasero se me contagie a otras cosas, como parece ocurrirle a la gente con la política…

…Otra cosa sería si se hablara de éste deporte como solía hacerlo Valdano.:

“Es de buen gusto intelectual presumir de ignorancia en materia futbolística. Como si el balón fuera a destrozar los delicados jarrones de la cultura”.


martes, 9 de abril de 2013

Happy The Man, otro rincón de ensueño musical en el paraíso progresivo de los 70


Descubrir la enorme cantidad de discos que pueden escucharse completos a través de Youtube, ha sido para mí como encontrar un mapa de un nuevo paraíso, lleno de rincones extraordinarios que ni sabía que existieran.

Uno pincha por curiosidad en uno de los grupos que aparecen a la derecha, relacionados con el vídeo que acababa de escuchar, y mientras a la vista de la portada de un disco suenan las notas de una agrupación olvidada por cualquier medio de comunicación a pesar de estar seguramente formada por grandes músicos, a la derecha aparecen cinco, ocho, o diez nuevos grupos que desconocía: Es como haber subido a lo alto de una montaña; uno no ha tenido tiempo de disfrutar de ella, cuando al contemplar desde la cima todas las otras que la rodean ya está deseando ascender a cada una de ellas.

A mí esto me está pasando especialmente con el rock progresivo y sus estilos adyacentes, y sobre todo en lo que respecta a los años 70: ¡Son inabarcables! Cada día puedo llegar a conocer a tres o cuatro grupos de los que, en muchos casos, ni había oído hablar. Casi empiezo a pensar que su dificultad real no es tan meritoria, porque es algo asombroso, difícil de explicar. Yo ya llevo bastante más de 10 años pensando que esa década es la mejor de la historia del rock, pero es que cuando empecé a pensarlo no conocía ni la cuadragésima parte de lo que conozco ahora, y el hecho es que varios de los discos que descubro ahora a diario son mejores que la inmensa mayoría de los que antes me servían para llegar a esa conclusión acerca de la era post-hippie. Y luego llaman "genios" a ciertos grupos que venden millones de discos, cuando probablemente ni quienes nos ponen sus canciones en las radios - fórmula conocen ni la enésima parte de lo que existe y ha existido.

El hecho es que los más famosos de mis últimos grupos favoritos, en estos últimos años, ya son desconocidos para la mayoría de la gente con la que hablo, sin que dicha gente sea precisamente de los que no pasan de escuchar los 40 principales. Bueno, pues si éstos suelen sonar a chino para muchas personas, no digo ya los que estoy conociendo últimamente por Internet. "Bichos raros", no existen, prácticamente. El último que me ha impresionado especialmente, los norteamericanos Happy The Man, de los que pongo aquí su primer y homónimo disco, de 1977, y que recomiendo encarecidamente escuchar con auriculares, para que la experiencia sonora sea completa:



Y lo dicho, desde esta cima aparecen nuevos objetivos que recorrer. Y digo yo, sin ánimo de entrar en polémicas sobre derechos de autor y demás: ¿Qué posibilidades tendría yo de comprar discos de éstos grupos si no fuera gracias a su conocimiento a través de Internet?: ¡Ni siquiera sabría que existen, ni mucho menos a qué suenan!

domingo, 17 de marzo de 2013

El primero de la cuerda (Roger Frison-Roche, 1941)


En varias ocasiones he mencionado lo mucho que me gusta leer libros de montaña que narren directamente hechos reales vividos por sus autores, ya que es algo que añade al sabor de la literatura de aventuras la fuerza de la verdad, tratándose de situaciones frecuentemente extremas, o bien de experiencias agradables, contemplativas o bucólicas con las que cualquier aficionado al montañismo como yo puede sentirse identificado, evocando esas vivencias en un sillón de tu casa.

Pues bien, “El primero de la cuerda” es la primera novela de ficción de montaña, con una trama inventada, que he leído, y por cierto que en la historia de la literatura de alpinismo también está considerada como tal. Me ha agradado, y por momentos me ha gustado mucho, pero las sensaciones no son las mismas. Lo que no puedo decir con seguridad es si esto se debe a la diferencia entre ficción y realidad a que me estoy refiriendo, o simplemente a esta novela en concreto.

Lo cierto es que la valoración que se suele hacer en general de la novela de Roger Frison-Roche (1906 – 1999), guía de montaña, periodista y escritor, es bastante elevada, al margen de que también se considera como, tal vez, el libro de montaña más leído de todos los tiempos. También tengo que aclarar que la versión que he leído no está catalogada en la ficha como “traducción” sino como “versión española”, por parte del también montañero, periodista y escritor Agustín Faus, lo que no puedo evitar que me produzca dudas, no acerca de los aspectos técnicos o argumentales de la novela, sino más bien de cómo se habrán cuidado los recursos artísticos o la psicología de los personajes; no sé hasta que punto esta “versión” se habrá tomado ciertas libertades, aunque el prólogo aclara que esta edición es más fiel que alguna ya publicada anteriormente en España. Supongo que lo ideal sería tener un buen nivel de francés y leer la original, pero no es mi caso, ni remotamente.

El caso es que el libro me ha parecido evocador, muy entretenido, y más o menos emocionante en sus pasajes puramente de alpinismo. Pero, al mismo tiempo, tanto el argumento como sus personajes, estando suficientemente bien pensados y trazados, no acaba de parecerme que tengan toda la profundidad necesaria para que me impresionen, más allá de una novela de aventuras de nivel medio. Casi me ha parecido literatura juvenil o adolescente, algo ingenua por momentos. Aunque también es verdad que, al mismo tiempo, esa ingenuidad no queda mal del todo en el ambiente montañero, jovial por definición, ni mucho menos en un marco rural como el de Chamonix en los años 20 del siglo pasado, donde lo llano y lo sencillo son caracteres naturales, lo que por cierto tiene un sabor muy agradable.

Frison-Roche, como narrador, parece que no quiere distanciarse de ese carácter llano, o sencillamente no puede, y supongo que esto se debe a que su novela, aunque con personajes e historias inventadas, está inspirada por su propia experiencia en Chamonix años atrás, cuando él mismo luchó para llegar a ser guía, como el protagonista del libro. Esto es algo fundamental que no sé si hacía falta aclarar (por lo conocido de la obra), pero que puede cambiar el entendimiento de buena parte de lo escrito en esta entrada hasta ahora, pero en realidad tampoco mucho.

Es cierto que las ascensiones y escaladas pueden parecerse a las vividas por el propio autor, o incluso en algún momento ser tal cual, pero al proponernos su propia historia inventada, está jugando al eterno juego literario de la complicidad con el lector; el juego de creerse la historia sabiéndola ficticia: Esto no es lo mismo que saber, porque te lo estén diciendo, que los hechos son reales, y absolutamente calcados a como ocurrieron o a como los vivió o recuerda el autor; el ejercicio no me resulta el mismo, y la impresión de la verdad no tergiversada me parece siempre más intensa, al menos en el caso de la literatura de montaña. Leyendo “El primero de la cuerda” estoy jugando, imaginando, pero no viendo un documental; por eso no me impresiona, como lo hiciera “La conquista del Cervino”, “Estrellas y borrascas” o “Tocando el vacío”. Y eso que las descripciones de esas escaladas de la novela son realmente detalladas y sobre todo entendibles, por ejemplo más que las de Mummery en “Escaladas en los Alpes” que sí es totalmente autobiográfica, (y que por cierto comparte buena parte del escenario con este libro).

Al final, es cierto que la historia inventada y los personajes ficticios son una excusa para hablar de montaña y de la experiencia propia de Frison-Roche, y el punto de vista para el lector es diferente, no necesariamente mejor ni peor. El argumento acompañante es casi superficial al lado de la propia exaltación montañera, lo que vuelve a separarlo de las novelas de aventuras “al uso”, en las que las escenas de acción ocurren muchas veces por otros motivos u objetivos: Aquí el objeto es la montaña en si misma, y todo lo que ésta implica.

Sin embargo, lo que más me ha agradado de la novela son los pasajes descriptivos de la vida en el valle, el ambiente de los guías, el contraste con los turistas, los capítulos rurales y pastoriles, etc: Tienen un sabor muy auténtico. Eso, y lo que nunca falta en un libro de montaña: poder seguir el desarrollo de toda la acción en un buen mapa de la zona. Con el tiempo estoy llegando a “conocer” el Macizo del Mont Blanc al detalle gracias a los libros.

También habría que mencionar –y seguramente discutir- alguna perorata ético – moral, sobre todo en el último capítulo, aunque bien es cierto que el propio autor ya la pone previamente en entredicho con el desarrollo de la acción anterior, fundamental para hacer posible el “final feliz”. No sé hasta qué punto la “versión española” ha intervenido a este respecto…

viernes, 8 de marzo de 2013

Continúan los milagros: Apoteosis progresiva de Flower Kings y Neal Morse en Madrid


Tal vez suene exagerado (lo de los milagros, digo), pero es que ya nos pareció una gratísima sorpresa conocer el regreso de The Flowers Kings tras cinco años de ausencia, y más aún contar con la privilegiada visita de la banda sueca hace seis meses, como para encima haber disfrutado de nuevo de otra demostración en directo de estos renovadores de la dignidad progresiva setentera, con apenas medio año de diferencia, cuando hasta hace poco sólo habían venido a tocar otras dos veces –que yo sepa- en sus casi dos décadas de existencia.

Pero es que si a eso le sumamos que junto a ellos vino también el genial Neal Morse con su banda, incluyendo la presencia estelar del ex – batería de Dream Theater, Mike Portnoy, y que eso además dio pie a que ambos grupos se juntaran al final del show para cerrar en plan apoteósico el concierto, con canciones de la banda que une a parte de sus miembros, Transatlantic, para qué queremos más.

Es cierto que después de la apabullante actuación de The Flower Kings en septiembre, presenciar una versión reducida del mismo repertorio, con peor calidad de sonido (sin ser mala), igual nos dejó algo menos impresionados de lo que esperábamos. Me parece que el grupo necesita más extensión para llegar a crear la sensación envolvente que le caracteriza. Ahora bien, el privilegio volvió a agradecerse, y en cualquier caso ver y escuchar a Roine Stolt tocando la guitarra volvió a parecerme alucinante. Además, Hasse Fröberg tuvo mejor día que la vez anterior, con una voz en mejores condiciones, y demostró ser el gran cantante que es.

Es patente que lo sintético del set list (merced a la duración megalómana de las canciones) no sirvió para dar cuenta, ni mucho menos, de la impresionante discografía con que cuenta el grupo. Creo que el hecho de que “Numbers” se ventile casi media hora del concierto no le hace justicia a una actuación de apenas hora y veinte minutos, ni mucho menos a las muchísimas canciones de calidad superior que tiene la banda. “The Truth Will Set You Free” lo arregla en buena medida, así como “Last Minute on Earth” e “In The Eyes of the World”, pero “Rising the Imperial” vuelve a redundar sobre lo mismo, para mi gusto. En cualquier caso, hay que reconocer que una actuación de este grupo es algo único, diferente a cualquier cosa que exista actualmente, e impregnado de una calidad, una elegancia y una magia indiscutibles.

Sin embargo, aunque el estilo de Neal Morse pueda ser más convencional, menos distinguido, su actuación me pareció muy espectacular, bastante más –si cabe- de lo que había imaginado. Me pareció un concierto de un nivel de intensidad impresionante, sin desdeñar –al contrario- la dificultad y la calidad de lo que estaba siendo interpretado sobre el escenario. La potencia de los momentos más dinámicos y heavies, unida a la ampulosidad instrumental de esas partes técnicas tan frecuentes –pero muy, muy frecuentes- me resultó abrumadora, para lo bueno y -hacia el final del concierto- para lo no tan bueno (porque tampoco puedo decir “malo”, en absoluto). Creo que tal vez ni en un concierto de Dream Theater he llegado a presenciar tanta proporción de partes enrevesadas progresivas como la que planteó aquella noche Neal Morse (en esa comparación no hablo necesariamente de calidad). Normalmente estos grupos necesitan medir esas secciones tan complicadas (dentro de que todo lo que hacen ya es complicado), e irlas distribuyendo a lo largo del concierto para ir sorprendiendo al público, pero es que lo de la Neal Morse Band el sábado 2 de marzo fue un derroche casi constante de malabarismo. Al principio me pareció una gozada, algo que me hizo disfrutar de ese estilo musical progresivo – metalero como hacía años; pero hacia el final, como digo, se acabó haciendo algo más rutinario, menos sorprendente, en parte porque el sonido deslució algunos detalles (no se escuchaba demasiado el saxofón ni el violín de ese gran músico que es Bill Hubauer), y también en parte porque lo que más me gustó del repertorio escogido fue la primera mitad; (aunque reconozco que la monumental suite que cierra el nuevo disco y que hizo lo propio en el concierto, “World Without End”, tiene también un gran valor de dificultad).

Tras el arranque con la homónima del último disco “Momentum”, la verdad es hubo instantes, en esos primeros 40 minutos de actuación de la banda norteamericana, que me parecieron absolutamente inolvidables. Los elaboradísimos coros de “Author of Confusion”, llenos de armonías y juegos vocales a cinco gargantas, al más puro estilo de Gentle Giant, son la demostración coral que más me ha agradado e impresionado jamás en un concierto de rock, incluso muy por encima de las versiones que he escuchado de la opereta de “Bohemian Rhapsody” de Queen (por parte del español Momo y de los argentinos God Save the Queen). Y no conformes con ello, repitieron similar demostración más tarde en “Thoughts Part 5”, amén del resto de coros (más convencionales pero perfectos) de las demás canciones. ¿Cuántas horas de ensayo supone sólo eso? También me pareció grandiosa la interpretación del medley reducido de ese gran disco que es “Question Mark”, de una calidad, una fuerza envolvente, y una emotividad difíciles de explicar; mejor que intentarlo, he encontrado un vídeo de esta parte, de aquella misma noche en Madrid, bastante más que aceptable para ser de aficionado. Pero, claro, aun así había que estar allí:


Luego está la vitalidad y buen rollo del propio Neal Morse. Siempre ha sido todo un cerebro para la música, seguramente desde antes de Spock´s Beard, pero hay que reconocer que a este hombre su etapa religiosa le ha infundido una fuerza y un positivismo brutales, y para darse cuenta de ello no hace falta ser creyente (yo no lo soy, hoy por hoy). Es verdaderamente admirable cómo este tipo de aspecto inicialmente sencillo –prototipo de padre de familia media cincuentón- se pasa casi todo el concierto botando y corriendo de acá para allá, cambiando de la guitarra a los teclados, y de ahí al micro, vacilando con sus músicos y con el público, riendo las improvisaciones que Mike Portnoy le pone como trampas, dándole una patada sin darse cuenta al teclado en uno de sus múltiples movimientos, para luego darse la vuelta y al percatarse del peligroso bamboleo del sintetizador, reaccionar cómicamente ante él como si hasta los instrumentos se estuvieran excitando ante la energía del rock and roll, incluso tal vez en una especie de símbolo de manifestación divina. Realmente, es inevitable que te acabe cayendo bien. Yo no acabo de creer en Dios, pero creo en Neal Morse.

Tras la Neal Morse Band, estaba por llegar no sé si lo mejor o lo más esperado, pero desde luego sí lo más singular y llamativo de toda la tarde – noche, el momento en el que todos los músicos unirían sus fuerzas para otorgar una nueva dimensión a esa superbanda llamada Transatlantic. La única pega, conocida a priori, era que la duración prevista (y de hecho cumplida a rajatabla) para este colofón difícilmente daría cuenta, ni de lejos, de lo que las prolongadas suites del grupo suponen. Y efectivamente la media hora de la actuación final quedó inevitablemente lejísimos (en lo musical, porque en lo temporal es obvio) de las más de tres horas netas (sin contar descansos) que la propia banda nos ofreció a los madrileños hace casi tres años. De todas formas, fue la parte de todo el concierto que más buen rollo me transmitió, me animó a cantar y tararear las canciones. Más allá de una cuestión de calidad o técnica, fue algo relacionado con la emotividad.

Comenzó con Neal Morse y Roine Stolt interpretando la balada “Bridge Across Forever”, tras lo cual se unieron Jonas Reingold al bajo y Mike Portnoy a la batería, quedando conformado así el número básico de miembros de Transatlantic; en este caso Reingold sustituía a Pete Trewavas, y aunque el valor de éste último es incuestionable, la presencia del bajista de The Flower Kings no sólo no desmerecía sino que resultaba ser ya todo un lujo, al margen de lo que vendría después. Era una especie de fantasía musical hecha realidad, ver a Reingold compartir escenario con Morse y Portnoy, una de esas formaciones que a veces los melómanos nos ponemos a imaginar: “Cómo me gustaría ver tocar juntos a Roine Stolt y a Brian May, o a Steve Morse y a Mike Oldfield”, por ejemplo. Así las cosas, comenzaron a interpretar “All of the Above”, que resumieron en ocho minutos (de la media hora total que dura el tema), mientras se iban incorporando otros miembros de la Neal Morse Band.

Con el grupo cada vez más numeroso, comenzaron a sucederse partes de “The Wirldwind”. Bill Hubauer estaba situado ya al segundo teclado, y en un momento dado apareció Hasse Fröberg para ofrecer con su voz otra de esas combinaciones soñadas a las que aludía en el anterior párrafo. Y no menos inolvidable fue la entrada del gran Tomas Bodin para sustiuír a Hubauer al teclado, mientras éste recuperaba el violín eléctrico. El bajo estaba ocupado ya por Randy George, y Jonas Reingold atendía a sus queridos bass – pedals, mientras gesticulaba con la comicidad que le caracteriza. Era emocionante ver a Reingold o a Föberg interactuar con Portnoy o con Morse. La apoteosis era cada vez mayor, y finalizó con “Stranger in your Soul”, y las dos baterías a pleno rendimiento, aporreadas por Portnoy y por Felix Lehrmann evocando los mejores tiempos de Genesis:


Puede que mereciese la pena haber hecho una mención especial, con más detenimiento, a ese personaje indiscutiblemente carismático llamado Mike Portnoy, pero también entiendo que, en los relativamente pocos sitios en los que se debe haber escrito sobre este concierto, mayoritariamente se ha debido destacar ya su figura, la más popular de todas las presentes aquella noche en la sala But de Madrid, y poco me quedará por añadir, seguramente. Lo que sí que creo que merece la pena destacar es que si este “milagro”, y posiblemente de manera indirecta los anteriores, han sido posibles, ha sido en buena medida gracias al empuje de éste músico, cuyo mayor éxito y notoriedad respecto al resto es un buen filón para todos. Así quedó reflejado en la reacción del público. En ese sentido, hay que agradecer a Portnoy infinitamente su buen gusto por optar por proyectos como Neal Morse y Transatlantic, que han podido abrir el conocimiento de ésta música a más gente en un país en el que incluso el rock más convencional empieza ya a ser casi “de culto”, mientras se siguen cerrando salas de conciertos (gracias por el enlace Ángel), los 40 Principales de hoy hacen que la misma emisora hace 20 años parezca ahora casi buena(ya entonces era llamada “Los 40 Criminales”), y los DJ´s reinan infinitamente por encima de casi cualquier otra propuesta en directo. En medio de eso, el Metal es una alternativa cada vez más escondida, así que no digamos ya el Prog Rock, que sólo encuentra aire a través de grupos como Dream Theater o Porcupine Tree. Estos otros de la noche de la sala But ya son demasiado “pasados de moda” para unos y demasiado "raros" para otros, como para merecer mención incluso en ciertos medios que presumen de ir contracorriente, o de “indies” (otra nefasta etiqueta más). Lo dicho, un milagro más, pero inolvidable.

sábado, 23 de febrero de 2013

Más excursiones para seguir haciendo ganas


Continúan las ganas. Ganas de hacer excursiones, y excursiones para seguir propiciando las ganas. Sin obsesión por salir todos los fines de semana, porque también se disfrutan las ganas de descansar algunos -como éste-, pero con esa autoexigencia que impide pararse a pensar si la motivación y los sentimientos son los mismos de otras etapas. Hay que salir, y punto.

De la otra parte están las montañas, que siguen sirviendo para descubrir que nunca se llegan a conocer todos los caminos (no al menos todavía), ni nunca hemos recorrido las suficientes veces los que ya conocíamos.

De esta manera, en la última excursión del año pasado entramos y salimos de La Pedriza por dos caminos distintos, pero evitando en ambos casos los masificados accesos interiores: Subimos desde la Hoya de San Blas al Collado de la Ventana, y a la vuelta bajamos por la cuerda Este de la Pedriza Anterior, de nuevo a la vertiente oriental de este macizo. Una excursión para disfrutar de este paraje incomparable de una forma que resulte lo menos rutinaria posible.



















A la semana siguiente, primera de este año, y por tercer fin de semana consecutivo (no recuerdo cuánto tiempo llevaba sin salir tan de seguido a la sierra), me fui solo a recorrer una zona también sobradamente conocida, y en este caso con apenas unos pocos caminos nuevos, pero de una forma que sí resultó novedosa: Completé la cuerda integral del Valle de la Fuenfría, empezando por Cercedilla, subiendo a La Peñota, y de ahí a Peña del Águila, Peña Bercial y Cerro Minguete, Puerto de la Fuenfría, Cerro Ventoso y Collado homónimo, el segundo de los Siete Picos, Pradera de Majalasna, Navarrulaque, y cerrando el círculo en Cercedilla.

La sensación de absoluta familiaridad del paisaje y rincones transitados contrastaba con la novedad del recorrido completo; parecía como sentarse a repasar todos los años previos mirando un álbum de fotos. Fue una especie de excursión de “Greatest Hits”. Por otro lado, y por tercera vez en este invierno, las nubes y neblinas del llano volvieron a ofrecerme estampas preciosas, casi fantásticas o irreales. Por cierto, dentro de esta etapa de “ambición deportiva”, ha sido el recorrido de mayor desnivel acumulado: 1.700 metros de subida más otros tantos de bajada. La satisfacción al llegar a casa era notable.













Luego vinieron dos fines de semana de descanso. En el segundo la razón fue meteorológica, y sí que llegué a comerme un poco el tarro sobre si me apetecía quedarme tantos días sin salir, o hasta qué punto me fastidiaba; Llegué a plantearme hacer una excursión por alguna zona menos montañosa, con menos riesgo de meterme en un marrón, como el Cerro Ecce Homo de Alcalá de Henares, para al menos no perder el ritmo, pero me pareció un poco forzado e insulso y al final renuncié. Luego no tenía claro si había hecho bien quedándome en casa; ha sido quizá el único momento de duda en esta etapa de tanta claridad en lo que me apetece.

Pero el fin de semana siguiente se disiparon las dudas, y nos fuimos a subir a La Maliciosa desde Matalpino por el Arroyo de la Gargantilla y la cara sureste de esta montaña. Una ruta que yo ya conocía (no así Iván), pero que nunca había recorrido con nieve. Desde luego, los contrafuertes sudorientales de La Maliciosa con el manto blanco resultan especialmente vistosos. Por fin el invierno parecía realmente un invierno, y los mares de nubes de las anteriores excursiones daban paso a las estampas glaciales.

Del lado del esfuerzo deportivo, hay que destacar dos enfrentamientos: Uno, contra la nieve blanda, abriendo huella. Otro, contra el fuerte viento, que en la cuerda se convirtió en violento. Junto a eso, la siempre reconfortante parada para calzarse los crampones en medio de un corredor, con vistoso ambiente, habiendo preparado con el piolet una plataforma con el tamaño justo como para sentirse, en medio de la pendiente, como en un islote desierto en medio de la marea alta. El disfrute de lo precario como si fuera confortable (en comparación con lo que nos rodea lo es), es uno de los mayores gozos del montañismo.

















Dos semanas más tarde volvió a repetirse la circunstancia de las condiciones poco favorables, en este caso en forma de niebla y frío. Subimos a Oso por los canchales nevados de su vertiente norte, no pudiendo ver más allá de 15 ó 20 metros la mayor parte del tiempo, durante los últimos 600 metros de desnivel (kilómetro y medio de distancia horizontal sobre el plano). La satisfacción vino del hecho de no llegar a desorientarnos en ningún momento, tirando de mapa y sobre todo brújula (de la de toda la vida, nada de GPS), hasta el punto de que nos propusimos trazar una línea norte – sur lo más directa posible a la misma cima, y lo clavamos absolutamente, llegando con toda precisión al vértice geodésico en lo alto de la alomada cumbre, que apareció en medio de la niebla justo enfrente nuestro, hacia donde íbamos, sin metro alguno de error.















Finalmente, el siguiente finde (o sea el pasado respecto del momento de publicar esta entrada), ocurrió, por primera vez después de muchos meses, que no pudimos cumplir con el objetivo propuesto. Quisimos subir a La Pinareja desde Revenga por el Pinar de la Acebeda, pero nos entretuvimos demasiado en una zona que no conocíamos, y luego la nieve blanda ralentizó nuestro ritmo; luego nos pareció que se había hecho demasiado tarde.

Era importante ver qué tal nos tomábamos la primera renuncia en medio de esta etapa autoexigente, y se puede decir que fue con toda naturalidad, sin trauma alguno, como debe de ser, y como muestra de que tras la etapa de bajón de hace un año y la posterior del “replanteo”, he vuelto a dar con la clave para disfrutar de esto sin que sea una obsesión. Si hemos podido reírnos de esta última excursión poniéndole el apelativo cariñoso de “fracaso absoluto”, es que la cosa va bien. Por otro lado, disfrutamos de otro paraje que desconocíamos, y eso de nuevo vuelve a engrandecer para nosotros a una Sierra de Guadarrama que llevamos tantos años recorriendo y aún sigue deparándonos sorpresas.







La idea sigue siendo hacer excursiones por el hecho de su propio disfrute. No me planteo si las voy a narrar aquí o en Pirineos 3000. Pero por otro lado, el espíritu autoexigente también se traslada a lo demás, y de alguna manera no quiero perder la costumbre de escribir en el blog; incluso desearía volver a aumentar también el ritmo en él, darle más vidilla. Por eso me parece que merece la pena, al fin y al cabo, contar todo esto, porque también retroalimenta esas mismas ganas. Pero claro, cuanto más me autoexijo en todo, menos tiempo me sobra para el resto, y de hecho ya dedico demasiadas horas de trabajo en Internet, muchísimas más que cuando empecé con el blog, cuando entonces escribir en Internet sí que era más una distracción que ahora. Por otro lado están las otras ambiciones deportivas, que también me ocupan bastante tiempo, tanto el ir a correr como escalar. Pero sobre la segunda igual escribo algún día alguna entrada aparte… ahora no tengo tiempo, que me voy a escalar…

lunes, 18 de febrero de 2013

Mi canción favorita para ir a correr


De los dieciséis años que llevo saliendo a correr, sólo durante el último año y medio me ha dado por hacerlo escuchando música, y desde luego que noto una gran diferencia de motivación. Antes llegaba un momento, al cabo de muchos meses seguidos, que ya corría aburrido y algo hastiado, y se me quitaban las ganas de ir. Ahora ya casi no me canso ni cuando llega la época de calor (aunque aun así suelo parar en verano).

Pero lo cierto es que también hay una gran diferencia según los grupos o músicos que vaya escuchando. Hay unos cuantos que me motivan especialmente, y otros que apenas me sirven de hilo de fondo. Pero lo que nunca habría sospechado antes es cuál me iba a resultar, sin duda, la pieza más motivante e idónea para el ejercicio, con diferencia, de todas (por el momento): Close to the Edge de los clásicos del rock progresivo Yes. Una composición seguramente poco ortodoxa como acompañamiento para el deporte, por su complejidad y su ambiente entre etéreo y psicodélico.

Lo curioso es que al principio me resultaba difícil dar con canciones cuyo compás fuese más o menos adecuado para seguir con la cadencia de carrera, e incluso me fastidiaba en parte porque antes era el propio sonido de los pasos y la respiración lo que retroalimentaba mi ritmo, y ahora la música me despistaba en parte (luego me he ido acostumbrando). Y lo increíble es que, en medio de ese pequeño caos inicial, la canción que resultó tener el ritmo absolutamente perfecto fue el Close to the Edge de Yes (1972). No un simple 2:4; no un sencillo tema sin cambios de ritmo; no una canción de pop rock de tres minutos y medio; ni siquiera un enérgico tema de heavy metal, no: Una monumental suite cercana a los 20 minutos, dividida en varias partes, y con tempos complejos.



Cuando la composición llega a los casi cuatro minutos y comienza el riff del tema principal, el ritmo, aunque está basado en un compás complejo, típicamente progresivo, la sencilla cadencia del “un, dos, un dos” de mis pasos al correr se coordina a la perfección. El hecho de que sea una especie de simbiosis entre dos compases, uno sencillísimo y otro compuesto, le da a uno la sensación de estar corriendo a dos ritmos al mismo tiempo; es algo muy difícil de explicar, aunque quizá la gente a la que le gusta bailar llegue a sentir algo parecido en ocasiones (pero dudo que alguien baile con esta música). El caso es que la sensación de armonía con el mundo es tal que -efectivamente, ahí quería llegar- más que correr tengo la sensación de estar evadiéndome de todo. Es alucinante.

Luego llega la maravillosa y etérea parte lenta a los 8:30, y aquí ya no estoy en el parque, ni estoy corriendo, aunque físicamente sí sea así. Cuando a los 12:11 aparece el sobrecogedor órgano de iglesia interpretado por Rick Wakeman procuro buscar el espacio más abierto del parque para mirar al cielo y flipar, y cuando luego a los 13:55 ese mismo órgano da paso al apoteósico sintetizador moog que abre la parte más épica, espectacular y alucinante del tema, siento que podría seguir corriendo el resto de mi vida sin parar. Luego, sin darme cuenta, he aumentado el ritmo de carrera considerablemente, mientras a los 15 minutos el teclado Hammond interpreta un gran solo sobre el tempo principal, que ha vuelto para dar paso de nuevo a la canción central.

Cuando el irrepetible temazo ha terminado, lo tengo claro: Esto no ha sido deporte, ha sido una escapada en toda regla.

domingo, 10 de febrero de 2013

Rock progrevasivo


"Quiero irme - la huida" (Asfalto, 1978)


domingo, 20 de enero de 2013

Lo que quedó tras cientos de páginas y kilómetros de celuloide de escapismo


A veces es muy difícil, por no decir imposible, explicarse el por qué de lo que sentimos ante referentes que nos emocionan de una manera especial. Para algunas cosas podemos tener razones más que suficientes, pero para otras, o bien no las encontramos, o bien nos parecen vagas en comparación con lo que significan para nuestro estado de ánimo.

Pero el ser humano siempre se empeña en querer explicarlo todo: Ésta novela me parece muy buena por tal mérito o por cual talento de su autor; Esa película me encantó por estos logros técnico – artísticos, o por aquellos valores de su trasfondo. Y cuanto más apoyado quede el razonamiento en la erudición, mejor aparentaremos estar dando con los motivos. Pero luego resultan ser, en ocasiones, los mismos argumentos que podrían valer para otras obras por las que personalmente no sentimos ni la enésima parte.

Y, sobre todo, ¿cómo se explica el nudo en la garganta, o el amago de lacrimal aparentemente injustificado? La reacción por antonomasia del llamado (peyorativamente o no) friqui, altamente auto – sugestionado (consciente o más bien inconscientemente), caldo de cultivo para la sorna de los “maduros”, serios y no tan serios, pero que le quiten lo “bailao”, por mucho que se rían de él.

Al final, de lo que se trata es de que el ser humano siente cosas, o necesita sentirlas, y en algún momento posiblemente caerá bajo las garras de algún referente cultural o artístico que le dejará más tocado que cualquier otro. Y no tendrá sentido entonces hacer comparaciones objetivas, acerca de por qué ese referente en concreto y no otros de igual o tal vez mayor valor. En muchos casos hasta parecerá ridículo, incluso “borreguil” a la vista de muchos, como ocurre cuando nos referimos al término friquis.

En mi caso, y en el caso del referente sobre el que me estoy inspirando, -y el cual no acabo aún de nombrar porque al escribir sobre el mismo me resulta innecesario por obvio (si, cierto, obvio para mí, y pido disculpas al posiblemente desinformado lector, pero sólo se me da bien escribir cuando siento lo que escribo)-, tampoco acabo de tener claro qué es lo que más pesa en mi apego al mismo, aunque sí se me ocurren montones de razones concretas que forman un conjunto tan apabullante como el estilo ampuloso de las propias obras a las que me refiero. Pero sobre todo tengo la sensación de que pesa especialmente la etapa de mi vida en que acudió a mi encuentro, en relación a mi personalidad y a los cambios que ésta pudiera estar experimentando en aquellos momentos.

Podría aludir al enorme valor (“supongo” que objetivo) de las novelas que hay detrás, tanto para la literatura de fantasía del siglo XX como en general, y que disfruté antes muy gustosamente, aunque aún sin llegar a captar las mismas sensaciones que luego me deslumbrarían en el cine. Entiendo que el espíritu estuvo muy bien trasladado, pero supongo que de alguna manera aún había más puntos de conexión con mi personalidad y “cultura” propia, alguna especie de afinidad, tal vez incluso infantil, con sus realizadores.

Podría hablar de la emoción trasmitida por la historia narrada, de la empatía con los personajes, o incluso de la lástima hacia los más desgraciados. De las analogías y metáforas con el mundo real, sobre las que tanto hemos hablado en conversaciones nocturnas. Podría referirme a la espectacularidad de las batallas, a la fuerza de las imágenes; tal vez, simplemente, a una cuestión estética: la bellísima y grandilocuente fotografía, los impresionantes escenarios naturales, los fascinantes decorados y maquetas de ciudades y fortalezas, la maravillosa banda sonora, que en sus apenas 45 primeros segundos de la tercera parte de la trilogía ya me transmite todo lo que puedo llegar a sentir por esta obra, y que no sólo me retrotraen a aquellos emocionados y, sí, friquis días de finales de año en los que acudíamos a los estrenos de las películas, sino también a la cima del Monte Perdido, o al momento de avistar el Pirineo aragonés desde el Puerto de Monrepós, lugares que me producen similar emoción, que tan afín me resulta a la que estoy tratando de explicar, y a los que procuré llevarme esa música como queriendo trazar lazos de afecto entre las cosas que por aquel entonces más me subían el ánimo –seres queridos aparte-. Tanto si es mérito de ellas como si no, tanto si es una buena apreciación por mi parte como si es un ejemplo de ignorancia, tanto si es para bien como si es para mal, aquellas películas, o película en tres partes, cambió o cambiaron irremediablemente y para siempre mi manera de valorar y sobre todo sentir el cine, el arte y la belleza. Enaltecieron en mí el valor de contemplar las puestas de sol después de haber disfrutado de la parte dinámica y “épica” de la ascensión, de disfrutar de lo grandioso partiendo de lo sencillo, o viceversa.

Pero, ¿por qué? Pues lo mejor es no tratar de explicárselo. ¿Por qué resulta tan especial algo tan aparentemente anodino como subir a lo alto de una montaña? Mejor no tratar de saberlo. En algún momento toda esa belleza poética e inexplicable coincide con algún momento de sensibilidad del receptor, en una etapa determinada de su vida, con una serie de sensaciones a su alrededor, con una serie de personas a las que no olvidará nunca, y desde entonces todo queda conectado. Y, de alguna manera, volver al referente te hace saborear la felicidad como la miel en los labios. Volver a ver esas películas me trae una y otra vez la nostalgia de lo que sentí hace diez años, de lo que estaba viviendo entonces. Creo que me siguen pareciendo estupendas, excepcionales, irrepetibles, con todos sus defectos, concesiones y posibles críticas. Pero, sobre todo, me siguen pareciendo parte de mí, parte de lo que fui en otro tiempo, y de lo que soy ahora.

Y eso es lo que quedó entre cientos de páginas y kilómetros de celuloide de puro escapismo: Una especie de renacimiento de un niño adormecido dentro de una persona cada vez más escéptica, que cada vez creía en menos cosas (demasiado joven para hacerme “viejo”, tal vez), y que de repente vio una última oportunidad de ilusionarse, en el final retrasado de la transición entre la etapa de la vida donde vives escapando sin darte cuenta, y aquella en la que juegas a escapar sin lograrlo, para tratar en vano de evadirte de una realidad más cruda de lo que te habían dicho en aquella primera mitad.

Ahora han pasado diez años, y ese mismo escepticismo –que me sigue guiando- me resulta menos opresivo que entonces, porque acepto mejor, por pura rutina, la vulgaridad del mundo, y más aun en los tiempos que nos ha tocado vivir (“Espero que no suceda en mi época –dijo Frodo. –También yo lo espero –dijo Galdalf-, lo mismo que todos los que viven en este tiempo. Pero no depende de nosotros. Todo lo que podemos decidir es qué haremos con el tiempo que nos dieron”). Ahora soy escéptico incluso con el escepticismo. Eso ayuda a llevar mejor las cosas, creo: ni mucha euforia, ni tampoco momentos depresivos. Tal vez por eso la nueva trilogía he empezado tomándomela con más distancia, con más ojo crítico. Y tal vez no sea mejor ni peor que la otra (en cualquier caso me parece que también ha empezado mejor de lo que nos temíamos previamente); pero, sobre todo, soy incapaz de sentir por ella lo mismo que por la de hace una década; y no es sólo porque la historia o la novela de origen sea más ligera o con menos trasfondo, o porque el planteamiento de adaptación en forma de trilogía épica sea probablemente menos adecuado en este caso. Es porque seguramente el momento (mío, y en general) es muy distinto. Por mi parte, el cuerpo no me pide con la misma intensidad que entonces ilusiones evasivas a las que agarrarme para desconectar de la realidad...

...Lo cual no significa que haya dejado de hacer falta escaparse. La diferencia es que ahora podemos ver que tal vez escaparse es en sí la única manera de vivir, porque la vida es un acto constante de escapar del pasado. Permanecer demasiado tiempo sentado en el interior de un agujero hobbit tampoco sirve de mucho; el mundo está ahí fuera... Pero claro, una cosa es decirlo y otra muy distinta hacerlo: No es fácil decidirse a firmar determinados contratos para participar en ciertas aventuras...

sábado, 12 de enero de 2013

El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad, 1899)


"La vida es una bufonada: esa disposición misteriosa de implacable lógica para un objetivo vano. Lo más que se puede esperar de ella es un cierto conocimiento de uno mismo -que llega demasiado tarde- y una cosecha de remordimientos inextinguibles".


Esta cita, extraída de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, me sirvió de excusa hace ya cuatro años para escribir la primera entrada que llevó la etiqueta literatura en este blog. No la saqué directamente del propio libro de Conrad, si no de El sentimiento de la montaña, de Eduardo Matínez de Pisón y Sebastián Álvaro, que estaba leyendo entonces, y sobre el que escribí varias entradas aquí (1, 2, 3, 4 y 5). En el contexto de este libro, y de los comentarios que de la obra de Conrad se hacen en él, yo imaginé ingenuamente que la frase correspondía a las habituales sensaciones de quien regresa de una idílica escapada por rincones apartados de la civilización y se vuelve a chocar con las vulgaridades con que ésta última queda representada habitualmente. Nada más lejos de la realidad, porque Conrad, que efectivamente critica de manera feroz muchas consecuencias de la civilización, tampoco representa aquí nada romántico acerca de la huída de la misma, al contrario.

Es muy difícil afrontar un comentario acerca de este libro, entre otras muchas razones porque la misma obra es un comentario constante, una larga y profunda reflexión acerca de la propia historia que narra y el pesimista descubrimiento de la condición humana que aquella revela. Lo único que puedo modestamente intentar es dar algunos apuntes en relación al contexto de éste blog. El protagonista Marlow, una especie de marinero mercenario, aunque inicialmente seducido por lo exótico, no viaja a África en la época de sus primeras y  románticas exploraciones, sino cuando el continente que antaño representara el misterio y la aventura se había convertido ya en un escenario del atroz imperialismo europeo. Conrad ataca la hipocresía de la sociedad y el progreso con el sarcasmo de “misión civilizadora” para calificar aquella vil rapiña. Por lo tanto, pocas conclusiones edificantes se pueden sacar aquí, en lo que a escapismo optimista se refiere.

El personaje de Kurtz al que Marlow busca, jefe de una explotación de marfil confinado en lo más recóndito del Río Congo, es prácticamente la antítesis del ideal de escapista al que podemos estar acostumbrados. El pirineísta Henry Russell, aun mostrando sus ciertas dosis de misantropía en Recuerdos de un montañero, transmite una serie de sentimientos plenos y satisfactorios, y su libro saca aspectos positivos del interior del ser humano. El relato de Marlow – Conrad nos lleva sin embargo a donde el título del libro nos indica.

Tras leer este libro, y sintetizando las ideas expresadas a lo largo del tiempo en ¿Viviendo o escapando?, podría dividir, a groso modo, las reacciones del ser humano ante la civilización o la falta de ella en cuatro extremos: 1, el que se siente plenamente satisfecho en la sociedad civilizada; 2, el que odia la civilización (viviendo o no en ella); 3, el que no soporta lo salvaje; y 4, el que lo añora por encima de todo (viviendo en mayor o menor medida en ello). Tano Kurtz como finalmente también Marlow son, al mismo tiempo, de los tipos 2 y 3: Han huido de la civilización de la que estaban hartos, y se han encontrado con que en lo salvaje también han hallado el mismo interior oscuro del ser humano, aunque sea en otro medio, que incluso lo enfatiza aun más, al haberse encontrado con su verdadero y decepcionante yo, más verdadero y auténtico al no poderse disimular con los eufemismos y falsos buenos modales de la vida en sociedad. Francamente pesimista. En un punto intermedio entre Henry Russell y Marlow/Kurtz/Conrad podría estar Chris McCandless, que, tal y como cuenta John Krakauer en Hacias rutas salvajes, a veces parecía encontrar satisfacción y plenitud en su huída de la sociedad, pero en otras ocasiones chocaba de nuevo con la parte cruda y agria de la vida y del ser humano.

No deja de chocarme que E. M. de Pisón y S. Álvaro eligieran esta obra como representación cultural de la relación entre el ideal de la aventura y el sentimiento de la montaña. Los protagonistas buscan resolver una especie de misterio, una especie de búsqueda interior revelada a través de un viaje, como en el alpinismo, sí, pero las consecuencias no podían ser más pesimistas, en este caso. Seguramente haya obras más neutrales, que muestren tanto la parte positiva como la negativa. Por lo demás, es cierto que el escenario natural acaba siendo un protagonista más, con su papel influyente en el ánimo del viajero.

jueves, 3 de enero de 2013

Estrellas y borrascas. Seis caras norte (Gaston Rébuffat, 1954)




No me extraña que Estrellas y borrascas de Gaston Rébuffat esté considerada como una de las obras maestras de la literatura de alpinismo, a pesar de sus sólo 118 páginas de extensión. Aparte de la categoría de las ascensiones descritas –para la época pero también actualmente-, las seis escaladas de mayor prestigio en los Alpes (caras norte de las Grandes Jorasses, Piz Badille, Drus, Cervino, Cime Grande di Lavaredo y Eiger), la belleza poética con que está escrito eleva su valor muchos metros por encima, si cabe, de las cotas físicas alcanzadas por el guía francés.

Por culpa de todo ello, el libro podría leerse, aun con toda la degustación que merece, en un solo día; como a mí me daba pena despacharlo tan rápido, procuré dejarlo en tres jornadas de lectura, con una intermedia más para hacer una excursión por la sierra. La ventaja es que su brevedad y calidad invita a ser releído más de una y de dos veces.

Comienza Rébuffat cada una de las narraciones con una evocadora descripción de la montaña a escalar, con especial énfasis en la vía objeto de la ascensión. Logra aquí trasladar al lector el deseo previo del escalador ante su reto; la imagen del montañero al pie de la montaña es clave para entender esta pasión, y el autor consigue en cierta manera que el lector se sienta en parte en esa situación. Por otro lado, tiene mucho mérito lograr descripciones originales de montañas tan populares y ya descritas como el Cervino: ¿Qué se podía decir de él que no se hubiera dicho, incluso ya en aquellos años 50 del siglo XX? Bueno, pues incluso ahora resulta una evocación fresca y original.

A continuación, Rébuffat rinde homenaje a sus predecesores en el objetivo a culminar, con un resumen de la historia de su conquista. Por un lado es una agradable muestra de sencillez y respeto, huyendo de posibles ínfulas de autobombo, y por otro añade interés documental a la obra. En este sentido, Estrellas y borrascas, siendo ya un clásico, supone una diferencia con la lectura de los escritos de Edward Whymper o Albert Frederick Mummery, que como pioneros que fueron –cada uno en lo suyo-, no tenían referencias previas. También se puede considerar un punto intermedio entre aquellos libros del alpinismo remoto, y otros ya de este siglo XXI, como La llamada del silencio de Joe Simpson, en el que de hecho la lectura y evocación de los predecesores se convierten en un motor, en una guía y también en alimento de los miedos del autor.

Finalmente, la descripción de la aventura es de un dinamismo y una belleza muy estimulantes. La vibrante y en ocasiones tensa acción no cierra camino a la poesía, ni ésta entorpece nunca a la primera. Rébuffat escribe con una elegancia similar a aquella con la que escala; no hay más que ver su imagen ascendiendo por verticales paredes: no se aferra a la roca, la acaricia con sutileza, mientras fuma en pipa. Así escribe también: sin grandilocuencias pero sin perder las formas; sin florituras pero con colorido y vitalismo. Me resulta bastante más bonito y disfrutable que el estilo de su amigo Lionel Terray en Los conquistadores de lo inútil, por ejemplo (aun considerando que es otro gran libro, con otros muchos valores a destacar).

Y precisamente hay que decir algo en relación al mencionado Terray. Ambos alpinistas franceses son guías, pero mientras éste destaca el mayor valor de las empresas que acomete fuera de su trabajo, Rébuffat disfruta especialmente del hecho de realizar ascensiones con varios de sus clientes, y de hecho alguna de las descritas en este libro son así; Rébuffat disfruta “abriendo las puertas de la montaña” a otros, sirviéndoles discretamente el descubrimiento de paisajes y panoramas, programando paradas en aquellos lugares en los que sabe que su acompañante va a impresionarse con las vistas: Le gusta ver la felicidad dibujada en el rostro de su cliente. Muestra con ello un carácter especialmente generoso. No critico con ello a Terray, ni mucho menos; de hecho me parece otro personaje, aparentemente, de una gran nobleza y dignidad; pero sus prioridades eran otras: Él era guía como medio para subsistir estando cerca del lugar que más amaba, las montañas. Rébuffat siente el oficio de guía en sí mismo como el más satisfactorio del mundo.

Con respecto al contenido, a las experiencias alpinas, Estrellas y borrascas logra especial impresión en el lector en aquellos momentos evocados por el propio título del libro, en los vivacs y en la lucha para sobreponerse a las tormentas. Noches en vela en minúsculas repisas colgadas sobre inverosímiles abismos, mientras el agua cala por completo sus ropas y las temperaturas bajan hasta registros difíciles de soportar sin moverse, (o como mínimo difícil es entender cómo se pueden superar situaciones así). Y a pesar de todo, aun queda espacio en la mente y en el espíritu para obtener un beneficio de lo experimentado en esas vivencias. Si no, no se podrían escribir libros como éste.