jueves, 4 de julio de 2013

Vignemale, escenario de sensaciones contradictorias






Ir a un lugar tan espectacular como el macizo del Vignemale en el Pirineo francés en pleno junio, y encontrarse unas condiciones tan invernales es un verdadero privilegio. De hecho, se trata de una de las dos travesías más invernales que he hecho en la cordillera fronteriza, y del tres mil pirenaico (Petit Vignemale) con más nieve al que he subido nunca, cosa que además hicimos casi sin encontrarnos con gente. Por tanto, la emoción (que la ha habido) se supone que debería haber estado a la altura, y por comparación con otras muchas me parece que no será, sin embargo, de las más inolvidables.





Tener el plan de subir al Gran Vignemale, y que por una serie de circunstancias desafortunadas que nada tienen que ver con el montañismo nos tengamos que conformar con el Petit Vignemale, desaprovechando unas condiciones de nieve difícilmente repetibles (al menos en esta época del año) en el Glaciar de Ossue, debería haber supuesto una importante decepción, pero el hecho es que disfrutamos bastante, incluso aunque dos de nosotros estuviéramos repitiendo cima en menos de un año.



Evidentemente, lo dicho en el primer párrafo compensa a lo dicho en el segundo, y viceversa, y ahí está la explicación a cómo pudimos disfrutar un plan frustrado y a por qué no nos sentimos plenos (al menos yo) en un ambiente tan magnífico. Es como la vida: nada es perfecto.



Pero, a la larga, lo que resulta más difícil de todo es ser capaz de apartar las sensaciones que estorban, las que no ayudan ni a entender o enfrentar la vida, ni sobre todo a disfrutarla. Llámese Ley de Murphy, o llámese como se quiera, llega un momento que uno teme que, más tarde o más temprano, algo va a echar a perder las cosas buenas. Cómo aceptarlo de entrada sin que se pierda la ilusión ingenua, tan sana y necesaria, o cómo pasar por encima de los imprevistos ya sucedidos (más leves o más graves), son cosas a las que me encantaría acostumbrarme del todo. Es como que hubo una época en que todo parecía ir bien, salvo unas pocas cosas sin importancia, y ahora siempre ando con la mosca detrás de la oreja.



Una vez oí una entrevista a Frank Zappa en la que decía algo así como que el truco es no esperar grandes cosas de la vida: De esa manera no te podrás decepcionar, y lo que llegue será una agradable sorpresa.





Otra sensación psicológica que nunca falla, sea cual sea el ámbito y la escala temporal, es que un sitio en ocasiones distintas rara vez parece el mismo sitio (salvo los más rutinarios, y a veces ni esos). Y no me refiero sólo a las evidentes diferencias estacionales. Si cambiamos nosotros, por pequeño que sea el cambio, cambia el sitio.





La explicación a parte del trasfondo de todo esto (lo que pasó, vaya), en mi descripción para Pirineos 3000.

jueves, 27 de junio de 2013

El Flaco, uno que lo logró: Viviendo y escapando


Hace algún tiempo que apareció por Internet este vídeo, y es probable que si sueles buscar temas relacionados con el montañismo ya lo hayas visto antes. En cualquier caso, desde que yo lo vi tuve claro que era un documento que podía resultar muy inspirador y enriquecedor para este humilde blog, así que finalmente he decidido ponerlo.

De todo lo que transmite su protagonista, Manuel Alfonso, “El Flaco”, creo que lo que resulta finalmente es una impresión general de serenidad a la hora de entender y sentir la montaña, que para mi gusto es precisamente la más reconfortante de las emociones que se pueden vivir en este ambiente, y la que más me parece que podría aportar a la vida en general para mejorarla, para curarla de su enloquecido y desbocado ritmo de los últimos siglos.

Ahora bien, en la montaña la serenidad no siempre es un sentimiento fácil de alcanzar; no se puede forzar. Tiene que llegar por sí mismo, encontrarle a uno. De lo contrario, puede confundirse con el aburrimiento. Desde mayo del año pasado he venido experimentando esta idea, pasando del "paréntesis" al actual ritmo más o menos deportivo y constante. Supongo que eso es lo que le ha ocurrido al ser humano a lo largo de la historia, que no puede reprimir su afán de superación, y acaba debatiéndose entre la ambición y la búsqueda de la felicidad digamos más tranquila.

Por eso admiro y envidio al "Flaco", aparte de por su arrojo y decisión: Porque da la sensación de haber seguido el camino de la montaña y de la vida sin haberse equivocado en el ritmo. Parece que le hubiera salido natural.


martes, 18 de junio de 2013

Otro más: M.I.A.: "Transparencias" (1976)


Antes se me ocurrían más cosas sobre las que escribir, pero como últimamente no tengo una especial inspiración, ni tampoco quiero dejar el blog parado hasta subir algunas fotos de la última excursión, yo sigo a lo mío en cuanto a descubrimientos musicales en Internet. Así que, a riesgo de resultar repetitivo (incluyendo el estilo imperante), voy a mencionar a los últimos que he conocido, esta misma mañana.

M.I.A., siglas de Músicos Independientes Asociados, es una agrupación musical argentina de –cómo no- los luminosos años 70, que funcionaba como una cooperativa completamente al margen de los circuitos comerciales, y que de hecho son considerados como el primer grupo autogestionado de Argentina. La formación básica eran los hermanos Lito y Liliana Vitale más Alberto Muñoz, pero a ellos se llegaron a sumar hasta 60 profesionales, entre músicos, técnicos de sonido, escenógrafos, etc. Llegaron a grabar y difundir uno de sus discos a través de vales de producción de pago previo, recolectados entre los seguidores que luego se harían con su copia de la obra.

Dicho así, uno se imaginaría lo típico de un grupo que comienza y saca sus primeras maquetas, pero lo cierto es que sus resultados parecen, ya en este primer disco, totalmente profesionales. El estilo me recuerda por momentos, sobre todo en el largo tema final que da nombre al álbum, al Mike Oldfield de aquella misma época, pero hay mucho más, desde el genial piano jazz que abre el trabajo.



Me parece que el valor de poder encontrar cosas así es incalculable. Ni siquiera en la detallada recopilación de “Radiografía del rock experimental” (de Sergio Guillén Barrantes y Andrés Puente Gómez, ed. Castellarte) hacen mención alguna a ellos, en ninguna de las dos partes del libro.

Por cierto, algo me dice que a M.I.A. les habría encantado Youtube como medio de difusión…

miércoles, 29 de mayo de 2013

Para que no todo sean grupos de los setenta... o si...


De los grupos actuales, el último que me ha llamado poderosamente la atención es uno que parece sacado de los años 70 con una máquina del tiempo, los suecos Beardfish. No es que suenen retro, o con influencias de la mejor década del rock progresivo, es que directamente parecen no haber vivido los últimos 33 años.

Gracias a eso, se produce la paradoja de que, en al menos dos de sus discos (las dos partes de “Sleeping in Traffic”), todo suena fresco, en absoluto forzado; es como si de hecho el oyente se hubiera trasladado a aquella época. La calidad instrumental, la versatilidad de ideas, la elaboración y el buen gusto hacen el resto. No se echa de menos nada de lo inventado (si es que hay mucho) en los 80, 90 o el actual siglo. Una gozada.

“Sleeping in Traffic: Part One” (2007):



“Sleeping in Traffic: Part Two” (2008):


sábado, 11 de mayo de 2013

…Y todavía faltaba Gredos…




En relación al anterior post, el título de este nuevo alude en primer lugar –y como es obvio- a que, a pesar de lo productivo de la temporada invernal, aún no había salido de Guadarrama. Pero eso es lo de menos. Lo que realmente me faltaba, no ya este año, sino en toda mi vida, era acceder a la base misma del Circo de Gredos en invierno, junto a la superficie casi totalmente helada de su Laguna Grande, y hacer algún tipo de ascensión desde allí.

Esta deuda, a la que seguramente he dejado pasar demasiado tiempo, tiene su justificación en lo pronunciado e imponente de casi todas las canales de nieve que se forman en este paraje, unido al nivel de experiencia invernal de quien escribe. Curiosamente, he ido a saldarla en una excursión en la que he tenido que viajar solo. Esto, unido a los muchos meses que llevaba sin salir a vivaquear en solitario, me quitó bastante sueño durante las noches previas. Y ello a pesar de haberme propuesto hacer lo más sencillo posible, renunciando de hecho a subir a alguna cima.

Luego, y como siempre, la propia excursión ha vuelto a restar importancia a las preocupaciones. Y si bien la sensación de magia sigue sin ser la que sentía en otras épocas, el disfrute de un lugar como éste en invierno es inevitable. Habría que estar ciego, o insensible. Es como si en medio del Sistema Central hubieran colocado un rincón del nivel de grandeza de Pirineos o Picos de Europa.







Por otro lado está el largo acceso a través de la propia Garganta de Gredos, desde la localidad abulense de Navalperal de Tormes. Así como el año pasado volví a repetir la aproximación que nueve años antes había hecho por la contigua Garganta del Pinar, en esta ocasión volvía a transitar por segunda vez a través de su valle glaciar paralelo, que también había recorrido por primera vez en aquel viaje de 2003, sólo que entonces de bajada (y con prisas).

Esta manera paulatina y paciente de acercarse al Circo prometido tiene un sabor de apreciación de la distancia y de la dimensión, así como de la transformación del paisaje, que se desvanece completamente si se cambia por el habitual acceso desde la Plataforma de Gredos. Por ganar en comodidad, no sabemos lo que nos perdemos.



Subiendo por la Garganta de Gredos se van apreciando diversos gradientes altitudinales: La morfología, cada vez más rocosa y tortuosa, resultado de la acción del hielo de hace miles de años; la vegetación, en constante proceso de miniaturización; la simplificación de los colores, desde el mosaico primaveral hasta el bicolor de roca y nieve invernal; y el más antinatural de todos: el comportamiento cada vez más confiado de las cabras, a medida que te acercas al lugar más visitado por el hombre de todo el valle, que paradójicamente es el más alejado en este itinerario.



Pero, abstrayéndote de esa última idea, y viendo las paredes nevadas cada vez más cerca, como telón de fondo fantástico que con la acumulación de los pasos uno espera convertir en escenario real que pisar física y finalmente, uno se siente en una especie de expedición por territorio ignoto, por que es difícil llegar a cruzarse con alguien a lo largo de sus cerca de 15 kilómetros de recorrido.







Cuando tras el madrugón del segundo día llegas junto a la Laguna Grande, casi en el momento en el que el sol va a empezar a dorar tímidamente los escarpes hasta ahora blanquinegros de Los Tres Hermanitos y del Cuchillar de las Navajas, no puedes evitar sentirte privilegiado de estar en ese lugar y en ese instante.



A partir de ahí, la subida por una pala sencilla de la Hoya del Ameal para ganar altura no hace sino acrecentar la espectacularidad de las vistas. También se siente uno agradecido al hecho de que sea accesible, incluso con  nieve, la cresta que une el Cerro de los Huertos con el Risco Negro, no sólo por el hecho de poder contemplar también la belleza de La Galana sobre el abismo de El Gargantón, sobre el que cae a plomo la pared desde cuyo alto contemplo en solitario tan impresionante panorama, sino porque es una gozada poder moverse con tanta facilidad por un ambiente tan escarpado, aparentemente inaccesible visto desde lejos. Está claro que el amante de la dificultad sólo se conformará con vías mucho más complicadas, pero a mí esas accesibilidades naturales, en un lugar así, me parecen un regalo. Por otro lado, no hizo falta cima para sentir; Asomarse al otro lado en esa cresta para ver La Galana fue suficiente, y equivalente.







Como para restar perfección a una excursión que parecía haber salido inmejorablemente, luego hubo que darse prisa (pero mucha más que 10 años antes) para llegar a tiempo al único autobús de vuelta en Navalperal, añadiendo el factor estrés, al límite mismo del tiempo, y corriendo en varios tramos de bajada del final, con el macutón a la espalda. Los más de cien metros de desnivel de subida final por carretera al pueblo desde el puente que cruza el Río Tormes fueron de auténtica contrarreloj. Y cuando creí que había llegado físicamente bien (cansado y en pleno subidón de pulsaciones, pero entero), ya montado en el autobús empecé a sentirme bastante mal: Primero mareo y náuseas, luego respiración progresivamente más intensa, después se me dormían los antebrazos, empezaba a notar el mismo cosquilleo en los pies… Al parecer, experimenté una hiperventilación debido a un bajón de azúcar por el sobreesfuerzo… Luego me fui recuperando y quedó en un susto, pero susto importante, porque nunca antes me había ocurrido… incluso llegué a pensar, en medio del acceso, que había bebido agua en mal estado…

… En definitiva, que esa experiencia final restó algo de poesía a un fin de semana que de otra manera sólo habría recordado por la belleza de un paraje maravilloso. También, de alguna manera, vino a cerrar el ciclo de “preocupación previa – disfrute del momento – vuelta a los sustos”, casi como justificando las anteriores noches medio insomnes (que, dicho sea de paso, supongo que algo debieron influir en lo que me pasó, por falta de descanso).





Sea lo que sea, creo que es un buen colofón para un estupendo invierno en el Sistema Central, el mejor aprovechado que recuerdo. El veraniego Circo de Gredos de casi todos mis primeros años se ha mostrado ante mí con un aspecto de gala que hasta ahora sólo conocía desde miradores (magníficos, eso sí), como Cabeza Nevada. Supongo (y espero) que habrá futuras incursiones aún más atrevidas.















miércoles, 1 de mayo de 2013

Estampas invernales, y algunas primaverales, de una temporada propicia y bien aprovechada



Los dos tercios finales de este invierno y las primeras semanas de primavera han sido verdaderamente pródigos en nieve en la Sierra de Guadarrama. Parece como si estas montañas se hubieran querido vestir con sus mejores galas para su nombramiento como Parque Nacional, al margen de si este reconocimiento le hace honor o no en cuanto a los detalles de su documento final.

Creo que esta vez casi se puede decir que he aprovechado más que aceptablemente las oportunidades que han propiciado las condiciones. No sé si en cuanto a calidad de las actividades realizadas (que tampoco han estado nada mal), pero sí como mínimo en cuanto a cantidad, si bien siempre parece que inviernos así acaban dando la sensación de que uno se ha dejado en el plato más de lo que ha comido. Por un lado, porque para que caiga tanto es inevitable que haya muchos fines de semana imposibles de aprovechar, precisamente por la que está cayendo. Y segundo, porque luego quedan pocas ocasiones para muchas posibles cosas que hacer, y las salidas se concentran en un tiempo reducido, creando además la sensación de rutina (aunque en este caso aceptada con ganas por mi actual etapa basada en la constancia deportiva).





Lo que sí viene bien de vivir años como éste, al menos desde mi perspectiva general (es decir, sin tener en cuenta esa actitud deportiva de ahora), es que te das cuenta de que hacer mucho más no te produce una mayor satisfacción –al menos a mí-. En otros años propicios, como hace tres o cuatro temporadas, me daba rabia no haber podido hacer más con todo lo que había caído. Este año he aprovechado prácticamente todos los fines de semana y festivos adecuados que se han dado, y me satisface desde esa perspectiva deportiva, pero no me ha hecho más feliz. Una sola excursión en aquellos inviernos de 2008-09 o 09-10, viendo nieve como nunca antes había contemplado en el Valle de la Fuenfría, ya bastaba para dejarme una sensación plena de disfrute, además de un recuerdo imborrable; en realidad no hacía falta más.

Sea lo que sea, ha sido indudablemente un buen invierno, del que no olvidaré la subida a Siete Picos por la canal suroeste al séptimo pico, ascensión pocas veces realizable en buenas condiciones de nieve –de hecho, no fueron totalmente óptimas-, y que curiosamente pude disfrutar tras una serie de circunstancias, descartes y casualidades: No pude ir con Isa y Ángel a Picos de Europa en Semana Santa por el mal tiempo; sólo quedó el Jueves Santo como día de meteorología medio aceptable en Guadarrama; y me limité a la zona de Cercedilla para poder ir en tren y evitar el posible atasco de la operación salida, además de descartar Cotos por lo tarde de la hora y la esperable masificación. Al final, me vi haciendo una de las ascensiones invernales en solitario que más me han impresionado y satisfecho en mi vida, en un lugar que, como digo, pocos años es así de aprovechable.





Pero dejando a un lado el estado de ánimo de cada etapa de la vida, o lo que el cuerpo pide en cada momento, sigue siendo cierto que al final las mayores satisfacciones del montañismo las proporciona descubrir nuevas estampas, nuevas imágenes de paisajes y, en definitiva, pararse a percibir todo lo que esa naturaleza tan especial tiene que decirnos. Por lo tanto, si el Guadarrama se ha querido vestir de gala para su ascenso en su nivel de protección, no creo que sea con la intención de que nos lo pasemos lo mejor posible en sentido lúdico -que en parte también-, si no sobre todo para que entendamos el valor profundo de todo lo que nos ofrece, a nosotros y a las generaciones futuras.

























jueves, 25 de abril de 2013

Tres momentos en la historia de unos históricos, The Allman Brothers Band


Para que no todo sea rock progresivo, otro de los grupos que he procurado conocer –los tenía pendientes desde hace mucho- aprovechando ese surtidor inagotable que es Youtube, es la mítica Allman Brothers Band. Temía que me resultaran el habitual grupo auténtico de rock – blues, sin nada nuevo que aportarme a estas alturas, pero, siendo eso, me han parecido una auténtica maravilla, unos fuera de serie instrumentalmente, lo que hace que esa autenticidad quede más potenciada, además de acompañada de un gusto exquisito. Una gozada para los oídos.

Dejo tres muestras de lo que esta banda ha sido y es (cambios, parones y defunciones aparte) a lo largo de sus 44 años de historia).

En 1970:



21 años después, en 1991:



Y otros 22 años más tarde, en este mismo 2013 (lo de "1983" supongo que se refiere al año de las canciones originales):



Es decir, que nunca han dejado de ser lo mismo. Una banda de un tipo de rock que suena igual de emocionate en cualquier época.

En los tres casos (sobre todo en el tercero), recomiendo encarecidamente el uso de auriculares.

miércoles, 17 de abril de 2013

Fútbol y jurgol


De un total de 364 entradas en toda la historia del blog, ésta es tan solo la sexta que voy a dedicar a un entretenimiento que hasta hace unos 15 años estaba entre mis dos o tres principales distracciones.

Y es que en los últimos años he ido asimilando que para que algo te ayude a desconectar de la realidad, conviene que sea lo menos masivo y mediatizado posible, porque de lo contrario acaba relacionado, de alguna manera u otra, con todo aquello que representa esa parte deprimente de la sociedad de la que precisamente apetece escapar momentáneamente mediante lo que llamamos aficiones.

Sin embargo, ocurre con el fútbol, como con tantas otras cosas, que no tiene por qué existir una única perspectiva, por mucho que los medios excesivamente forofos y sensacionalistas nos atosiguen con ello. Y no hablo ya de la parte técnica o táctica del deporte, que de eso también hay mucho (y a veces llega a ser también cargante). Hablo de la parte romántica y humana –pero no vulgar- de lo que no es más que un juego, que tantas historias ofrece casi como si fueran cuentos para niños. O, simplemente, de una manera más elegante de mostrar el fútbol; Sobre todo, que no le haga sentir a uno como si le estuviera hablando un político en plena campaña electoral, o bien un periodista de la prensa rosa -¿veis cómo ese “jurgol” al final recuerda a otras cosas…?-.

Y no, no es esnobismo. Porque sobre fútbol han compuesto libros y relatos escritores como Mario Benedetti, Miguel Delibes, Fernando Fernán-Gómez, Eduardo Galeano, Javier Marías o el recientemente fallecido José Luis Sampedro, entre otros muchos. Es un mundo que no sólo da pie a actitudes borreguiles, sino que también puede inspirar la parte contraria, es decir la inteligencia. Pero claro, acostumbrados al estilo polémico y ruidoso al que se recurre para lograr buenas audiencias en la tele, decir esto suena poco creíble, casi ridículo.

Precisamente ridículo me he sentido muchas veces al recordar cierta anécdota de mi adolescencia. En uno de aquellos juegos en los que cada uno debía decir un personaje al que admirase, y durante el cual las respuestas eran del tipo “Gandhi, Einstein, Martin Luther King, Juana de Arco, Eva Perón, El Che o Jesucristo”, voy yo y digo: “Jorge Valdano”. Y encima, siendo del Atleti. Las caras de estupefacción ante la referencia hacia un representante de ese vulgar opio para el pueblo quedaron grabadas para siempre, y durante todo este tiempo les he dado mentalmente la razón: “¡vaya cagada!”. Sin embargo, hace poco he vuelto a releer el libro “Sueños de fútbol” acerca del que fuese jugador y luego entrenador argentino, y me he reconciliado bastante con aquel suceso hasta ahora sonrojante de mi pasado.

Valdano solía defender una idea y una posición de esas que suelen estar “en tierra de nadie”. Trataba de hacer ver el fútbol como un generador de felicidad desde la inteligencia y la cultura, además de un juego ejemplarizante para la vida, y eso ni lo pueden aceptar los millones de aficionados al fútbol que precisamente se agarran a este deporte para no tener que pensar en otras cosas, o incluso simplemente para no tener que pensar, ni tampoco los detractores del fútbol que, desde posiciones más intelectuales, ven este deporte como una de las formas de aborregar a las masas (como de hecho suele ocurrir).

En “Sueños de fútbol” se muestran tantas y tantas metáforas del fútbol con la vida, tantos ejemplos sobre lo justo y lo injusto, sobre el deseo de hacer las cosas de la mejor, más elegante y constructiva de las maneras, frente a los entrenadores e ideólogos del deporte que coartan la libertad, imaginación y talento de los jugadores en pro de objetivos resultadistas, desprovistos de romanticismo… Se repasan, al mismo tiempo, muchos aspectos de la parte negativa relacionada con el juego. En ese sentido, una frase suya lo resume todo: “Hay dos tipos de espectadores: aquellos que aman el fútbol y aquellos que aman la moda o el fenómeno social. Éstos últimos son los peligrosos”.

Sin embargo, las multitudes ampliamente mayoritarias hacen que el fútbol tienda a esa otra parte. O eso, o los medios las empujan hacia allí: como en tantas otras cosas, nunca queda claro cuál de las dos partes es más culpable: ¿la tele pone lo que la gente quiere ver, o la gente quiere ver lo que pone la tele?

Por lo tanto, lo que finalmente tenemos es el debate polémico, encendido y de forofos, que es como entrar en un bar cualquiera de barrio. El periodista que no sólo no disimula sus colores sino que más bien se expresa como un ultra. O bien el que, no ocultando sus preferencias, intenta hacer creer que sus juicios (por ejemplo los arbitrales) son objetivos; luego, “casualmente”, siempre son los mismos los que defienden que determinadas jugadas son penalty y otras son “piscinazos”, y siempre son los de enfrente los que sostienen justamente lo contrario; y si esas mismas jugadas conciernen a la Selección Española, también “casualmente”, resultan estar todos de acuerdo. Pero, desde el sillón, los espectadores nos lo tragamos.

Al parecer, disfrutamos mucho del entrenador populista que exalta a los seguidores de su equipo frente la conspiración general que existe contra él; del jugador que se entristece cuando cree que no cobra los suficientes millones al mes; del equipo que presume de no hablar nunca de los árbitros, hasta que dos o tres resultados adversos con influencia arbitral le hacen poner el grito en el cielo; de una Selección cuya función es, dicen algunos, levantar el ánimo en los malos tiempos que vivimos (mientras sus jugadores cobran fuera las primas pagadas con dinero público para no declarar a hacienda). O de los culebrones de fichajes, de los rumores y exclusivas inventadas, informaciones ridículas de quienes se supone que son profesionales del periodismo. Por no hablar de las barbaridades que se pueden escuchar dentro de un estadio, no ya por parte de los seguidores radicales, sino de personas aparentemente normales y corrientes. Demasiado ruido, demasiada vulgaridad.

Al final, lo que únicamente me interesa, de verdad, del fútbol, es simplemente el fútbol: Lo que ocurre dentro del rectángulo de juego. Y lo justo y necesario como para estar distraído la hora y media que dura. El resto me sobra. Luego, a otra cosa, que hay mucha más vida más allá. No vaya a ser que el estilo del forofo incapaz de juzgar todo con el mismo rasero se me contagie a otras cosas, como parece ocurrirle a la gente con la política…

…Otra cosa sería si se hablara de éste deporte como solía hacerlo Valdano.:

“Es de buen gusto intelectual presumir de ignorancia en materia futbolística. Como si el balón fuera a destrozar los delicados jarrones de la cultura”.


martes, 9 de abril de 2013

Happy The Man, otro rincón de ensueño musical en el paraíso progresivo de los 70


Descubrir la enorme cantidad de discos que pueden escucharse completos a través de Youtube, ha sido para mí como encontrar un mapa de un nuevo paraíso, lleno de rincones extraordinarios que ni sabía que existieran.

Uno pincha por curiosidad en uno de los grupos que aparecen a la derecha, relacionados con el vídeo que acababa de escuchar, y mientras a la vista de la portada de un disco suenan las notas de una agrupación olvidada por cualquier medio de comunicación a pesar de estar seguramente formada por grandes músicos, a la derecha aparecen cinco, ocho, o diez nuevos grupos que desconocía: Es como haber subido a lo alto de una montaña; uno no ha tenido tiempo de disfrutar de ella, cuando al contemplar desde la cima todas las otras que la rodean ya está deseando ascender a cada una de ellas.

A mí esto me está pasando especialmente con el rock progresivo y sus estilos adyacentes, y sobre todo en lo que respecta a los años 70: ¡Son inabarcables! Cada día puedo llegar a conocer a tres o cuatro grupos de los que, en muchos casos, ni había oído hablar. Casi empiezo a pensar que su dificultad real no es tan meritoria, porque es algo asombroso, difícil de explicar. Yo ya llevo bastante más de 10 años pensando que esa década es la mejor de la historia del rock, pero es que cuando empecé a pensarlo no conocía ni la cuadragésima parte de lo que conozco ahora, y el hecho es que varios de los discos que descubro ahora a diario son mejores que la inmensa mayoría de los que antes me servían para llegar a esa conclusión acerca de la era post-hippie. Y luego llaman "genios" a ciertos grupos que venden millones de discos, cuando probablemente ni quienes nos ponen sus canciones en las radios - fórmula conocen ni la enésima parte de lo que existe y ha existido.

El hecho es que los más famosos de mis últimos grupos favoritos, en estos últimos años, ya son desconocidos para la mayoría de la gente con la que hablo, sin que dicha gente sea precisamente de los que no pasan de escuchar los 40 principales. Bueno, pues si éstos suelen sonar a chino para muchas personas, no digo ya los que estoy conociendo últimamente por Internet. "Bichos raros", no existen, prácticamente. El último que me ha impresionado especialmente, los norteamericanos Happy The Man, de los que pongo aquí su primer y homónimo disco, de 1977, y que recomiendo encarecidamente escuchar con auriculares, para que la experiencia sonora sea completa:



Y lo dicho, desde esta cima aparecen nuevos objetivos que recorrer. Y digo yo, sin ánimo de entrar en polémicas sobre derechos de autor y demás: ¿Qué posibilidades tendría yo de comprar discos de éstos grupos si no fuera gracias a su conocimiento a través de Internet?: ¡Ni siquiera sabría que existen, ni mucho menos a qué suenan!

domingo, 17 de marzo de 2013

El primero de la cuerda (Roger Frison-Roche, 1941)


En varias ocasiones he mencionado lo mucho que me gusta leer libros de montaña que narren directamente hechos reales vividos por sus autores, ya que es algo que añade al sabor de la literatura de aventuras la fuerza de la verdad, tratándose de situaciones frecuentemente extremas, o bien de experiencias agradables, contemplativas o bucólicas con las que cualquier aficionado al montañismo como yo puede sentirse identificado, evocando esas vivencias en un sillón de tu casa.

Pues bien, “El primero de la cuerda” es la primera novela de ficción de montaña, con una trama inventada, que he leído, y por cierto que en la historia de la literatura de alpinismo también está considerada como tal. Me ha agradado, y por momentos me ha gustado mucho, pero las sensaciones no son las mismas. Lo que no puedo decir con seguridad es si esto se debe a la diferencia entre ficción y realidad a que me estoy refiriendo, o simplemente a esta novela en concreto.

Lo cierto es que la valoración que se suele hacer en general de la novela de Roger Frison-Roche (1906 – 1999), guía de montaña, periodista y escritor, es bastante elevada, al margen de que también se considera como, tal vez, el libro de montaña más leído de todos los tiempos. También tengo que aclarar que la versión que he leído no está catalogada en la ficha como “traducción” sino como “versión española”, por parte del también montañero, periodista y escritor Agustín Faus, lo que no puedo evitar que me produzca dudas, no acerca de los aspectos técnicos o argumentales de la novela, sino más bien de cómo se habrán cuidado los recursos artísticos o la psicología de los personajes; no sé hasta que punto esta “versión” se habrá tomado ciertas libertades, aunque el prólogo aclara que esta edición es más fiel que alguna ya publicada anteriormente en España. Supongo que lo ideal sería tener un buen nivel de francés y leer la original, pero no es mi caso, ni remotamente.

El caso es que el libro me ha parecido evocador, muy entretenido, y más o menos emocionante en sus pasajes puramente de alpinismo. Pero, al mismo tiempo, tanto el argumento como sus personajes, estando suficientemente bien pensados y trazados, no acaba de parecerme que tengan toda la profundidad necesaria para que me impresionen, más allá de una novela de aventuras de nivel medio. Casi me ha parecido literatura juvenil o adolescente, algo ingenua por momentos. Aunque también es verdad que, al mismo tiempo, esa ingenuidad no queda mal del todo en el ambiente montañero, jovial por definición, ni mucho menos en un marco rural como el de Chamonix en los años 20 del siglo pasado, donde lo llano y lo sencillo son caracteres naturales, lo que por cierto tiene un sabor muy agradable.

Frison-Roche, como narrador, parece que no quiere distanciarse de ese carácter llano, o sencillamente no puede, y supongo que esto se debe a que su novela, aunque con personajes e historias inventadas, está inspirada por su propia experiencia en Chamonix años atrás, cuando él mismo luchó para llegar a ser guía, como el protagonista del libro. Esto es algo fundamental que no sé si hacía falta aclarar (por lo conocido de la obra), pero que puede cambiar el entendimiento de buena parte de lo escrito en esta entrada hasta ahora, pero en realidad tampoco mucho.

Es cierto que las ascensiones y escaladas pueden parecerse a las vividas por el propio autor, o incluso en algún momento ser tal cual, pero al proponernos su propia historia inventada, está jugando al eterno juego literario de la complicidad con el lector; el juego de creerse la historia sabiéndola ficticia: Esto no es lo mismo que saber, porque te lo estén diciendo, que los hechos son reales, y absolutamente calcados a como ocurrieron o a como los vivió o recuerda el autor; el ejercicio no me resulta el mismo, y la impresión de la verdad no tergiversada me parece siempre más intensa, al menos en el caso de la literatura de montaña. Leyendo “El primero de la cuerda” estoy jugando, imaginando, pero no viendo un documental; por eso no me impresiona, como lo hiciera “La conquista del Cervino”, “Estrellas y borrascas” o “Tocando el vacío”. Y eso que las descripciones de esas escaladas de la novela son realmente detalladas y sobre todo entendibles, por ejemplo más que las de Mummery en “Escaladas en los Alpes” que sí es totalmente autobiográfica, (y que por cierto comparte buena parte del escenario con este libro).

Al final, es cierto que la historia inventada y los personajes ficticios son una excusa para hablar de montaña y de la experiencia propia de Frison-Roche, y el punto de vista para el lector es diferente, no necesariamente mejor ni peor. El argumento acompañante es casi superficial al lado de la propia exaltación montañera, lo que vuelve a separarlo de las novelas de aventuras “al uso”, en las que las escenas de acción ocurren muchas veces por otros motivos u objetivos: Aquí el objeto es la montaña en si misma, y todo lo que ésta implica.

Sin embargo, lo que más me ha agradado de la novela son los pasajes descriptivos de la vida en el valle, el ambiente de los guías, el contraste con los turistas, los capítulos rurales y pastoriles, etc: Tienen un sabor muy auténtico. Eso, y lo que nunca falta en un libro de montaña: poder seguir el desarrollo de toda la acción en un buen mapa de la zona. Con el tiempo estoy llegando a “conocer” el Macizo del Mont Blanc al detalle gracias a los libros.

También habría que mencionar –y seguramente discutir- alguna perorata ético – moral, sobre todo en el último capítulo, aunque bien es cierto que el propio autor ya la pone previamente en entredicho con el desarrollo de la acción anterior, fundamental para hacer posible el “final feliz”. No sé hasta qué punto la “versión española” ha intervenido a este respecto…

viernes, 8 de marzo de 2013

Continúan los milagros: Apoteosis progresiva de Flower Kings y Neal Morse en Madrid


Tal vez suene exagerado (lo de los milagros, digo), pero es que ya nos pareció una gratísima sorpresa conocer el regreso de The Flowers Kings tras cinco años de ausencia, y más aún contar con la privilegiada visita de la banda sueca hace seis meses, como para encima haber disfrutado de nuevo de otra demostración en directo de estos renovadores de la dignidad progresiva setentera, con apenas medio año de diferencia, cuando hasta hace poco sólo habían venido a tocar otras dos veces –que yo sepa- en sus casi dos décadas de existencia.

Pero es que si a eso le sumamos que junto a ellos vino también el genial Neal Morse con su banda, incluyendo la presencia estelar del ex – batería de Dream Theater, Mike Portnoy, y que eso además dio pie a que ambos grupos se juntaran al final del show para cerrar en plan apoteósico el concierto, con canciones de la banda que une a parte de sus miembros, Transatlantic, para qué queremos más.

Es cierto que después de la apabullante actuación de The Flower Kings en septiembre, presenciar una versión reducida del mismo repertorio, con peor calidad de sonido (sin ser mala), igual nos dejó algo menos impresionados de lo que esperábamos. Me parece que el grupo necesita más extensión para llegar a crear la sensación envolvente que le caracteriza. Ahora bien, el privilegio volvió a agradecerse, y en cualquier caso ver y escuchar a Roine Stolt tocando la guitarra volvió a parecerme alucinante. Además, Hasse Fröberg tuvo mejor día que la vez anterior, con una voz en mejores condiciones, y demostró ser el gran cantante que es.

Es patente que lo sintético del set list (merced a la duración megalómana de las canciones) no sirvió para dar cuenta, ni mucho menos, de la impresionante discografía con que cuenta el grupo. Creo que el hecho de que “Numbers” se ventile casi media hora del concierto no le hace justicia a una actuación de apenas hora y veinte minutos, ni mucho menos a las muchísimas canciones de calidad superior que tiene la banda. “The Truth Will Set You Free” lo arregla en buena medida, así como “Last Minute on Earth” e “In The Eyes of the World”, pero “Rising the Imperial” vuelve a redundar sobre lo mismo, para mi gusto. En cualquier caso, hay que reconocer que una actuación de este grupo es algo único, diferente a cualquier cosa que exista actualmente, e impregnado de una calidad, una elegancia y una magia indiscutibles.

Sin embargo, aunque el estilo de Neal Morse pueda ser más convencional, menos distinguido, su actuación me pareció muy espectacular, bastante más –si cabe- de lo que había imaginado. Me pareció un concierto de un nivel de intensidad impresionante, sin desdeñar –al contrario- la dificultad y la calidad de lo que estaba siendo interpretado sobre el escenario. La potencia de los momentos más dinámicos y heavies, unida a la ampulosidad instrumental de esas partes técnicas tan frecuentes –pero muy, muy frecuentes- me resultó abrumadora, para lo bueno y -hacia el final del concierto- para lo no tan bueno (porque tampoco puedo decir “malo”, en absoluto). Creo que tal vez ni en un concierto de Dream Theater he llegado a presenciar tanta proporción de partes enrevesadas progresivas como la que planteó aquella noche Neal Morse (en esa comparación no hablo necesariamente de calidad). Normalmente estos grupos necesitan medir esas secciones tan complicadas (dentro de que todo lo que hacen ya es complicado), e irlas distribuyendo a lo largo del concierto para ir sorprendiendo al público, pero es que lo de la Neal Morse Band el sábado 2 de marzo fue un derroche casi constante de malabarismo. Al principio me pareció una gozada, algo que me hizo disfrutar de ese estilo musical progresivo – metalero como hacía años; pero hacia el final, como digo, se acabó haciendo algo más rutinario, menos sorprendente, en parte porque el sonido deslució algunos detalles (no se escuchaba demasiado el saxofón ni el violín de ese gran músico que es Bill Hubauer), y también en parte porque lo que más me gustó del repertorio escogido fue la primera mitad; (aunque reconozco que la monumental suite que cierra el nuevo disco y que hizo lo propio en el concierto, “World Without End”, tiene también un gran valor de dificultad).

Tras el arranque con la homónima del último disco “Momentum”, la verdad es hubo instantes, en esos primeros 40 minutos de actuación de la banda norteamericana, que me parecieron absolutamente inolvidables. Los elaboradísimos coros de “Author of Confusion”, llenos de armonías y juegos vocales a cinco gargantas, al más puro estilo de Gentle Giant, son la demostración coral que más me ha agradado e impresionado jamás en un concierto de rock, incluso muy por encima de las versiones que he escuchado de la opereta de “Bohemian Rhapsody” de Queen (por parte del español Momo y de los argentinos God Save the Queen). Y no conformes con ello, repitieron similar demostración más tarde en “Thoughts Part 5”, amén del resto de coros (más convencionales pero perfectos) de las demás canciones. ¿Cuántas horas de ensayo supone sólo eso? También me pareció grandiosa la interpretación del medley reducido de ese gran disco que es “Question Mark”, de una calidad, una fuerza envolvente, y una emotividad difíciles de explicar; mejor que intentarlo, he encontrado un vídeo de esta parte, de aquella misma noche en Madrid, bastante más que aceptable para ser de aficionado. Pero, claro, aun así había que estar allí:


Luego está la vitalidad y buen rollo del propio Neal Morse. Siempre ha sido todo un cerebro para la música, seguramente desde antes de Spock´s Beard, pero hay que reconocer que a este hombre su etapa religiosa le ha infundido una fuerza y un positivismo brutales, y para darse cuenta de ello no hace falta ser creyente (yo no lo soy, hoy por hoy). Es verdaderamente admirable cómo este tipo de aspecto inicialmente sencillo –prototipo de padre de familia media cincuentón- se pasa casi todo el concierto botando y corriendo de acá para allá, cambiando de la guitarra a los teclados, y de ahí al micro, vacilando con sus músicos y con el público, riendo las improvisaciones que Mike Portnoy le pone como trampas, dándole una patada sin darse cuenta al teclado en uno de sus múltiples movimientos, para luego darse la vuelta y al percatarse del peligroso bamboleo del sintetizador, reaccionar cómicamente ante él como si hasta los instrumentos se estuvieran excitando ante la energía del rock and roll, incluso tal vez en una especie de símbolo de manifestación divina. Realmente, es inevitable que te acabe cayendo bien. Yo no acabo de creer en Dios, pero creo en Neal Morse.

Tras la Neal Morse Band, estaba por llegar no sé si lo mejor o lo más esperado, pero desde luego sí lo más singular y llamativo de toda la tarde – noche, el momento en el que todos los músicos unirían sus fuerzas para otorgar una nueva dimensión a esa superbanda llamada Transatlantic. La única pega, conocida a priori, era que la duración prevista (y de hecho cumplida a rajatabla) para este colofón difícilmente daría cuenta, ni de lejos, de lo que las prolongadas suites del grupo suponen. Y efectivamente la media hora de la actuación final quedó inevitablemente lejísimos (en lo musical, porque en lo temporal es obvio) de las más de tres horas netas (sin contar descansos) que la propia banda nos ofreció a los madrileños hace casi tres años. De todas formas, fue la parte de todo el concierto que más buen rollo me transmitió, me animó a cantar y tararear las canciones. Más allá de una cuestión de calidad o técnica, fue algo relacionado con la emotividad.

Comenzó con Neal Morse y Roine Stolt interpretando la balada “Bridge Across Forever”, tras lo cual se unieron Jonas Reingold al bajo y Mike Portnoy a la batería, quedando conformado así el número básico de miembros de Transatlantic; en este caso Reingold sustituía a Pete Trewavas, y aunque el valor de éste último es incuestionable, la presencia del bajista de The Flower Kings no sólo no desmerecía sino que resultaba ser ya todo un lujo, al margen de lo que vendría después. Era una especie de fantasía musical hecha realidad, ver a Reingold compartir escenario con Morse y Portnoy, una de esas formaciones que a veces los melómanos nos ponemos a imaginar: “Cómo me gustaría ver tocar juntos a Roine Stolt y a Brian May, o a Steve Morse y a Mike Oldfield”, por ejemplo. Así las cosas, comenzaron a interpretar “All of the Above”, que resumieron en ocho minutos (de la media hora total que dura el tema), mientras se iban incorporando otros miembros de la Neal Morse Band.

Con el grupo cada vez más numeroso, comenzaron a sucederse partes de “The Wirldwind”. Bill Hubauer estaba situado ya al segundo teclado, y en un momento dado apareció Hasse Fröberg para ofrecer con su voz otra de esas combinaciones soñadas a las que aludía en el anterior párrafo. Y no menos inolvidable fue la entrada del gran Tomas Bodin para sustiuír a Hubauer al teclado, mientras éste recuperaba el violín eléctrico. El bajo estaba ocupado ya por Randy George, y Jonas Reingold atendía a sus queridos bass – pedals, mientras gesticulaba con la comicidad que le caracteriza. Era emocionante ver a Reingold o a Föberg interactuar con Portnoy o con Morse. La apoteosis era cada vez mayor, y finalizó con “Stranger in your Soul”, y las dos baterías a pleno rendimiento, aporreadas por Portnoy y por Felix Lehrmann evocando los mejores tiempos de Genesis:


Puede que mereciese la pena haber hecho una mención especial, con más detenimiento, a ese personaje indiscutiblemente carismático llamado Mike Portnoy, pero también entiendo que, en los relativamente pocos sitios en los que se debe haber escrito sobre este concierto, mayoritariamente se ha debido destacar ya su figura, la más popular de todas las presentes aquella noche en la sala But de Madrid, y poco me quedará por añadir, seguramente. Lo que sí que creo que merece la pena destacar es que si este “milagro”, y posiblemente de manera indirecta los anteriores, han sido posibles, ha sido en buena medida gracias al empuje de éste músico, cuyo mayor éxito y notoriedad respecto al resto es un buen filón para todos. Así quedó reflejado en la reacción del público. En ese sentido, hay que agradecer a Portnoy infinitamente su buen gusto por optar por proyectos como Neal Morse y Transatlantic, que han podido abrir el conocimiento de ésta música a más gente en un país en el que incluso el rock más convencional empieza ya a ser casi “de culto”, mientras se siguen cerrando salas de conciertos (gracias por el enlace Ángel), los 40 Principales de hoy hacen que la misma emisora hace 20 años parezca ahora casi buena(ya entonces era llamada “Los 40 Criminales”), y los DJ´s reinan infinitamente por encima de casi cualquier otra propuesta en directo. En medio de eso, el Metal es una alternativa cada vez más escondida, así que no digamos ya el Prog Rock, que sólo encuentra aire a través de grupos como Dream Theater o Porcupine Tree. Estos otros de la noche de la sala But ya son demasiado “pasados de moda” para unos y demasiado "raros" para otros, como para merecer mención incluso en ciertos medios que presumen de ir contracorriente, o de “indies” (otra nefasta etiqueta más). Lo dicho, un milagro más, pero inolvidable.