domingo, 31 de agosto de 2014

Imágenes de un verano más conformista que montañero






Tener un período concreto, aunque sea más o menos amplio, de días libres seguidos (llámense vacaciones) no me parece la mejor situación para disfrutar de las escapadas montañeras, al menos de la forma que yo me planteo éstas, es decir basándome en la apetencia emocional del momento, en las condiciones (sobre todo meteorológicas), y por tanto en la improvisación: Al final se acaba convirtiendo en un estrés por aprovechar lo mejor posible todos los días, y en un cansado ir y venir. Y al final, de lo que uno quiere escapar es de tanto viaje y tanta preparación de última hora.





En esa situación, y sin contar otros elementos personales, este verano ha sido para mí, finalmente, una acumulación de paisajes variados y disfrutables, con más bien poca ambición montañera, pero dejando que en el tira y afloja entre intentarlo y descansar, acabase mandando, más o menos, lo que pedía la cabeza más que el “corazón de cabra”.





Béjar y Candelario, Gredos, los valles pirenaicos de Roncal, Belagua y Ansó, y un par de salidas sueltas por Guadarrama han sido los escenarios de unas excursiones en general tranquilas y poco emocionadas, pero que luego han resultado dejarme mejor sabor de boca que el que temía tras las varias renuncias. También es verdad que cuando viajas con amigos te acabas olvidando de lo que no sale bien.





Por lo tanto, parece continuar la tendencia (salvo excepciones) de los dos o tres últimos años de tomarme el montañismo de forma menos emocionada, menos impulsora del ánimo. Por un lado el cuerpo me lo pide y siento que me agrada ir al campo más relajado, pero por otro echo de menos cuando proponerme un objetivo y cumplirlo me hacía sentir más vivo, incluyendo las rutas de varios días en solitario, a las que ahora parezco haber cogido algo más de reticencia. En esa tesitura, tal vez en la escalada (que actualmente limito a los bloques de travesía en rocódromos) esté la opción futura. De hecho, casi diría que en estos momentos es lo que más disfruto, sin estar saliendo a practicarla al monte. Ya dije que dedicaría tal vez una entrada al tema, pero no acabo de ver cómo enfocarlo.









domingo, 3 de agosto de 2014

Guadarrama, la sierra de los inagotables rincones por descubrir




Si, es cierto que no debe tener más rincones por descubrir que otras muchas sierras, y que mucho más inagotables deben ser esos rincones en sistemas montañosos más complejos, pero hay un par de motivos que le dan un especial valor a dichos rincones del Guadarrama.



Primero, precisamente la humildad de esta sierra, su relativa pequeñez, que no impide que sigan apareciendo nuevos “micropaisajes” insospechados (o poco imaginados) ante el montañero que ya lleva muchos años recorriéndola, cuando ya creía conocerla del todo; en Pirineos o en Los Alpes es lógico que sea así, pero en Guadarrama las sorpresas acaban por ser “metasorpresas”, porque llega un punto en el que ya no se esperan más, y sin embargo haberlas sigue habiéndolas.





En segundo lugar, esos rincones parecen seguir siendo secretos, porque lo normal es que uno se encuentre con la soledad en ellos; nuevamente es algo esperable en cordilleras más amplias que Guadarrama, pero sorprendente en un masificado paraje a menos de una hora de la capital, con efecto reclamo potenciado tras su declaración como Parque Nacional y, sobre todo, insisto, relativamente menor en dimensiones. ¿Dónde se ha metido todo el mundo que sabes que ese mismo domingo está pululando por esta pequeña sierra? No, más bien dónde me he metido yo…





A veces, apenas hay unos metros entre uno de esos rincones y la senda por la que transita la gente de manera frecuente; de vez en cuando escuchas alguna cercana conversación, mientras tú estás inmerso en un pequeño micromundo que te separa del resto. Sólo era cuestión de explorar un poco más, de meterte por ese recoveco entre los riscos que muchas otras veces antes habías visto desde el camino que muchos más conocen.





Pero mejor que sigan siendo “secretos”. Que los encuentre quien los busque. Ya han facilitado los mapas esa labor, y aunque de vez en cuando a mí me da por explicarlo en alguna descripción, algunos de ellos merecen conservar el encanto del misterio, que no lo es para algunos, quizás para muchos, pero en cualquier caso si lo es para la inmensa mayoría. El descubridor saldrá ganando si explora por si mismo, sin indicaciones de nadie.








viernes, 25 de julio de 2014

Mi primer ordenador vuelve a casa para resucitar mi pasado


Siendo muy dado yo a sorprenderme con las cosas del pasado, en especial –como es lógico- si pertenecen a mi propio pasado, recientemente me he reencontrado inesperadamente con algo que me ha transportado a unos 20 ó 25 años atrás en mi vida. Y es algo que podría parecer entre superficial y friqui, pero el caso es que me ha impresionado.

Trasteando por Internet, de repente me he visto jugando con un emulador del que fue mi primer ordenador, el Amstrad CPC 6128. ¡Cuántas veces he añorado aquellos juegos! No es que reniegue totalmente de los juegos actuales, o de los últimos 10 ó 15 años, que con algunos también me he entretenido, además de reconocer el nivelazo que se ha alcanzado en muchos aspectos; pero el hecho es que siempre he tenido la sensación de que con los juegos de los 80 y primera mitad de los 90 me lo pasaba muchísimo mejor. Y muchos años he anhelado poder volver a jugar con ellos, aunque dándolo por imposible… Tonto de mí (o poco apañado en tecnología), porque estaba claro que no podía ser muy difícil encontrar un simulador de aquel ordenador que tanto llamó la atención en su momento… Si el caso es que he tenido emuladores de videoconsolas antiguas, pero nunca se me ocurrió buscar el Amstrad…

…y sin embargo me alegro de que haya tardado más tiempo en darme cuenta, porque así el impacto ha sido mayor: Cuando me he visto ante las pantallas de aquellos “Camelot Warriors”, o “Abu Simbel Profanation”, o “Phantomas II”, o “Game Over”, o “Army Moves”, o “Nonamed”, o “Dragon´s Layer”, o “Ghost´n Globins”, o “Commando”, o “Kick Off”, o “Enduro Racer”… he tenido una clarísima sensación de haber estado jugando a ellos la mismísima semana anterior… ¡no habían cambiado nada en mi cabeza! ¡Incluso seguía recordando muchos de los trucos! En algunos casos, podía llevar más de 20 años sin jugar… Con todo lo mucho que ha llovido, con todo lo muchísimo que ha podido cambiar en mi vida…

En definitiva, no me ha ocurrido como con las películas, muchas de las cuales envejecen con el paso del tiempo. O como cuando volví al campamento del Moncayo 27 años después, que sabía que era el lugar pero no acababa de reconocerlo del todo, fotográficamente. Será porque ese campamento lo recordé muchas veces, con la inevitable distorsión, mientras que todos esos juegos simplemente habían estado en “pause” pero olvidados (aunque sabiendo que los echaba de menos, en comparación con posteriores y más potentes juegos).

Precisamente este recuerdo resucitado me retrotrae a la época en que probablemente lo que más disfrutaba en mi vida eran aquellos campamentos, el grupo scout, base de mi posterior (y actual) afición por la montaña. El escapismo iba por otros derroteros distintos a los de fijarme en el paisaje y tratar de coleccionar cimas, aunque dichos lugares sí eran escenarios de lo que realmente me llenaba en aquellos años. Es más, recuerdo que aquel ordenador apareció ante mí a la vuelta de un campamento de Semana Santa, en forma de regalo de cumpleaños. Y se convirtió en otra nueva manera de escapar.

Mis amigos y vecinos estaban en su mayoría con los Spectrum (sobre todo el de 48K), o los Commodore, y cuando corrió la voz de que yo tenía aquel CPC ¡de 128 K!, de repente todo el mundo entraba en mi casa, incluso algunos que no habían estado nunca. No sé si aquello hizo arrepentir a mis padres en la elección del regalo. El caso es que era un ordenador espectacular para su época.

Lo curioso es que entonces me llamó la atención la informática; cogía el manual de instrucciones del Amstrad y copiaba los programas en lenguaje Basic, e incluso me diseñaba yo mis propios juegos; eso sí, siempre aventuras conversacionales o juegos tipo Trivial con varias opciones de respuesta, porque de los “PRINT”, “INPUT” Y “GO TO” no pasaba… Llegué a escribir un juego conversacional de la trilogía de Regreso al Futuro…

…Lo curioso –continúo- es que en parte parecía que podía ir para informático, porque como mínimo me gustaba aquello… Pero, motivado por el apego al campo derivado de las salidas y viajes con el grupo scout,  luego tiró más el monte - o más bien la cabra que soy tiró para el monte-, y mis estudios derivaron por ese lado, mientras que lo otro fue quedando cada vez más apartado… y mira tú por donde, ahora me viene este recuerdo retro en un momento en el que tengo un contrato por actualizar una página web dedicada al sector informático... casi parece una broma…

Por añadir otro detalle relacionado con algunas entradas que suelo escribir en el blog, también me ha llamado la atención la música de muchos de los juegos. No sólo el hecho de seguir recordándola, de poder tararear aún muchas de las melodías (¡qué buenas eran muchas, al margen del sonido “lata”!), sino la influencia casi experimental o progresiva del estilo de muchas de ellas… ¿vendrá en parte de ahí mi posterior –actual- gusto por el rock progresivo, que entonces no sabía ni que existía –o al menos que se llamara así-…?

En fin, que me parece una flipada tener metido, dentro de este mismo portátil desde el que escribo, aquel mismo ordenador (¡porque a efectos prácticos es exactamente el mismo!), resucitado en una versión que lo relega a un mero programa que apenas ocupa unos pocos megas, juegos incluídos. Entonces era todo un trasto en medio de mi habitación, y ahora cabe en la enésima parte de la memoria de un dispositivo que no ocupa ni la décima parte de espacio físico que aquel (y aún cabe en la enésima parte de la memoria de un pen-drive)… pero que en grandeza, encanto y significado nostálgico  no le llega al viejo Amstrad ni a la suela de los zapatos; además, por mucho más inteligente que sea, este Acer sigue sin ser capaz de entender ni esto que estoy escribiendo, con lo que no temo ofenderle, aunque por otro lado le agradezco que me permita poder volver a jugar 20 años después con el CPC 6128… Bueno, os dejo que voy a echar unas partiditas con mi viejo amigo…

lunes, 21 de julio de 2014

El extraordinario viaje de T.S. Spivet (Jean-Pierre Jeunet)


Vale que es un Jean-Pierre Jeunet menor, vale que está a años luz de “Amelie” o “Delicatessen”, y vale que últimamente voy muy poco al cine e incluso apenas veo películas, pero en cualquier caso el otro día tuve un más que agradable disfrute con “El extraordinario viaje de T.S. Spivet”; no una escapada de luxe mi mucho menos, pero sí poco más de hora y media de un positivo viaje para la mente y los sentidos.

Y es que la realización técnica, el ritmo narrativo, el detallismo, la belleza visual, la música countrie (de la buena, porque en ese género hay de lo peor y de lo mejor), y el espíritu optimista me insuflaron un buen rollo generalizado que me dibujó una sonrisa en la cara durante buena parte del film. No por sus chistes, que en general me parecieron flojos –sin dejar de ser simpáticos-, sino porque los mensajes transmitidos iban por derroteros muy diferentes de lo que viene siendo la ruidosa estética mediática actual. No voy a decir que Jeunet siga siendo tan rompedor como con “Delicatessen” (ni abismalmente de lejos), pero está claro que sigue yendo a lo suyo. Edulcorado y algo americanizado, pero a lo suyo. Una gozada poder seguir encontrando películas como las suyas en medio de una cartelera tan carente de originalidad.

Es verdad que la cinta tiene altibajos, que sus personajes tienen bastante menos fuerza que en películas suyas anteriores, y que la historia no parece especialmente potente (sin ser mala). Hombre, “Delicatessen” o “Largo domingo de noviazgo”, cada una a su manera, sí eran historias muy aprovechables, pero la verdad es que “Amelie” tampoco contaba algo especialmente extraordinario y ahí hizo un milagro al hacer extraordinarios los pequeños grandes detalles de la vida. Sí, cierto, la vida en sí misma, desde su aparente sencillez, es lo suficientemente increíble, pero no es fácil transmitirlo en el cine, y el film que dio fama a la encantadora Audrey Tautou lo llevó a un nivel –este sí- de luxe en el cine moderno. Muy lejos se queda en el caso de su última película; No es que sea un “viaje muy ordinario”, pero tampoco llega a “extraordinario” (aunque en este caso nos han engañado los que han puesto el título en español, ya que en el original el adjetivo se refiere al protagonista).

Quizá lo que más me decepciona es la crítica a los medios de comunicación, que además de quedar simplista, caricaturesca  y aun así lejos de superar la realidad, me da la sensación clarísima de deja-vu cinematográfico… Una pena, porque el tema merece hoy por hoy una nueva revisión, que sea tan radicalmente sarcástica y corrosiva que deje a “El show de Truman” en una película inocente (que de hecho es lo que han conseguido los propios medios desde entonces).

Pero, lo dicho, a pesar de lo explicado en los dos párrafos anteriores –que al final casi voy a acabar poniéndola a caer de un burro-, en su mayor parte me gustó bastante y me hizo pasar un buen rato, con una buena dosis de esa filosofía evasiva, que al mismo tiempo consiste en enfrentarse al mundo para buscar lo que uno quiere en la vida; Aunque esté muy visto, o parezca sacado de un libro de autoayuda del montón, el mensaje funciona si te lo cuentan con la calidad y estilo de Jeunet.

jueves, 10 de julio de 2014

Tras las huellas de Lucien Briet. Bellezas del Alto Aragón (José Luis Acín Fanló)


Se dice que la fotografía congela para la eternidad una instantánea del tiempo, que hace inmutable el pasado. Pero lo cierto es que una fotografía no se queda permanentemente invariable con el paso de los años; su imagen sí, pero lo que ésta expresa va cambiando en la misma medida en que cambia la vida con el devenir del tiempo, con los hechos y las experiencias, con las modas y las costumbres, y en consecuencia con la cambiante percepción del observador, ya sea alguien concreto según madura o envejece, ya sea el ser humano en general según evoluciona su propia historia.

Es esa percepción que me provocan las fotografías antiguas en mi mentalidad acostumbrada a la actualidad uno de los aspectos que más me impresionan del arte de las emulsiones. A veces porque la imagen refleja, ya sea en su técnica o bien en los elementos que la componen, el más que patente paso del tiempo, con lo que la foto realmente parece rescatada de una época que uno no acaba de asimilar que existió, como si fuera de cuento o leyenda; Pero en otras ocasiones es más bien por lo contrario, por que algunos de sus elementos, o su aspecto formal, han sobrevivido al paso del tiempo, pareciendo que, de alguna manera, la foto casi podría haberse hecho en la actualidad, lo que le da una autenticidad aún más escalofriante, ya que es en esos casos cuando se percibe lo real o auténtico que puede llegar a seguir resultando el pasado, como si estuvieras asomado al mismo por una ventana. El primer caso es retro, el segundo es atemporal.

Por otro lado, si hay algo en la realidad física que permanece habitual y aparentemente inmutable –en mayor o menor medida- con el paso, no ya de los años de la vida de una persona, ni siquiera de las generaciones, sino más bien de las épocas de la historia de la humanidad, son los paisajes naturales no transformados por nuestra mano. Cuando el entorno natural permanece mientras pequeños elementos humanos van matizando el paso del tiempo, o simplemente los elementos vivos del paisaje (vegetación) se van desarrollando, y ello queda reflejado en sucesivas fotografías, se produce una historia visual que a mí personalmente me resulta fascinante.

Eso es exactamente lo que consiguió José Luis Acín Fanló en su precioso e interesantísimo libro “Tras las huellas de Lucien Briet”, revisión de la obra “Bellezas del Alto Aragón” del nombrado en el título pirineísta francés. Briet recorrió la cordillera fronteriza en diversos viajes entre finales del siglo XIX y principios del XX, realizando la primera gran recopilación de fotografías de la magnífica cadena montañosa, de sus glaciares, valles, ríos y pueblos, y siendo pionero en divulgar las maravillas de esos parajes naturales y rurales, agrestes y humanos. José Luís Acín siguió los pasos de Lucien Briet, y tomó las mismas fotografías con los mismos encuadres (en la medida de lo posible) prácticamente un siglo después. El resultado, con las parejas de fotos comparativas, es un reescritura visual de una historia que ya hablaba por si misma sólo con el propio paso del tiempo antes mencionado respecto a las fotos originales, pero que con la obra de Acín cobra una elocuencia asombrosa.

Hay fotografías que únicamente muestran paisajes naturales, de lugares tan únicos como el valle de Ordesa y el macizo del Monte Perdido, la garganta de Bujaruelo, el barranco de Mascún o la garganta de Escuaín. En estos casos, o apenas hay cambios y el asombro es ante el propio paisaje y su inmutabilidad, o bien ha crecido la vegetación o han decrecido los glaciares, y aparecen los efectos anímicos de la historia visual contada, ya sean positivos o negativos (respectivamente), o simplemente curiosos. Es muy llamativo comparar la situación, a veces exactamente igual en 90 ó 100 años de tiempo, de las piedras y las rocas, o las casi idénticas manchas de praderas en medio de los canchales lejanos de la ladera al fondo de la imagen. También lo es ver cómo en muchos casos el bosque ha invadido nuevas superficies, o preguntarse si ese árbol en un rincón de la foto más moderna será el mismo que ese arbolito en la misma situación de la antigua…

En esas imágenes meramente naturales, hay un aspecto técnico que le da un gran sabor mágico a las fotos antiguas, y es el hecho de que los tiempos de exposición de aquellas viejas cámaras (al menos las transportables para viajes) aún debían ser algo largos, lo que hacía que el agua en movimiento, en los rápidos de los ríos y las cascadas, apareciera siempre difuminada, cosa que es tenida –con razón- por muy estética desde hace mucho tiempo, habiéndose logrado desde hace muchas décadas que las exposiciones sean tan instantáneas como para congelar ese movimiento, como aparece en las fotos de José Luis Acín; es cierto que la técnica actual permite en casos como esos seguir optando por usar velocidades de obturación lentas para seguir logrando el efecto artístico, y cabe preguntarse qué argumentos llevaron a Acín a preferir la exposición corta, sobre todo en su afán de transmitir la idea del paso del tiempo entre las dos imágenes: ¿Importaba más aquí el aspecto formal o el esencial? Lo cierto es que el resultado, estéticamente, creo que es el acertado, y anímicamente creo que funciona, enfatizando el efecto retro más que el atemporal (nunca me queda claro cuál de los dos es más emotivo, aunque supongo que depende del caso).

En esos paisajes naturales, a veces aparecen elementos humanos muy concretos que son la señal del paso del tiempo: Un camino que antes no existía y ahora sí, o uno que ya existía pero ahora es más ancho o incluso está asfaltado, una construcción que aparece o bien una que se arruina o desaparece, un puente remodelado, etc. A veces se ve alguna persona de aquella época. Entonces la combinación entre la parte natural mayormente conservada y el detalle humano que sirve de referencia enriquece la sensación. La comparación con la foto nueva llega a hacerme sentir, en la misma foto antigua, tanto el efecto retro, cuasi fantástico, como el atemporal, creíble y realista. Quizás mi ejemplo favorito de ello en todo el libro sea la foto de la Ermita de la Virgen de Pineta, que me deja embelesado cada vez que la veo.

Luego están las fotos con más elementos humanos que naturales. Pueblos transformados en mayor o en menor medida, que han conservado mejor o peor su arquitectura tradicional, o que se han desarrollado sobre todo debido al turismo y han perdido parte de su encanto añejo, o que sufrieron la destrucción de la guerra y se reconstruyeron de forma más o menos cambiada, o aquellos que, sencillamente, han acabado despoblados y arruinados. Sensaciones tan poderosas o más que las de los paisajes naturales, porque dicen cosas que nos tocan tanto o más la fibra sensible. Estéticamente las imágenes antiguas resultan románticas; los paisanos de la época que con frecuencia aparecen –como aquel aragonés con traje típico que en la actualidad sólo se lleva en las fiestas- llegan a resultar espirituales, en lo que de nuevo ayuda el efecto de la obturación lenta sobre las caras en movimiento, ligeramente difuminadas; en la foto actual, la vieja puerta de la casa en la que posaban aparece solitaria: Aquellos que allí vivieron ya no están… ¿por qué no haber intentado retratar a sus actuales moradores?, o mejor aún –si hubiera sido posible- ¿a los descendientes de aquellos?

En la propia arquitectura, cuando se viaja físicamente y no a través de libros de fotografía, se muestra una historia de muchos más siglos que la del invento de las emulsiones. Lo de los “pueblos con encanto”, antes y más ahora. Las iglesias antes románicas y luego modernizadas con el tiempo, quedan en cualquier caso como elementos atemporales, y tanto la foto antigua como la nueva muestra una realidad similar, como pasa con los paisajes naturales no transformados. Pero si a los edificios tradicionales se ha añadido alguna remodelación, la historia entre las dos fotos ya está escrita. En este tipo, quizá la foto que más me gusta es la de la Plaza Mayor de Rodellar, que en el caso de la antigua además incorpora personas. Detalles curiosos, que explican la verosimilitud de la identificación de edificios, es comprobar, de nuevo, la idéntica posición de las piedras, pero esta vez de los muros. O un vano que se ha ensanchado pero que coincide con la posición del antiguo, una balconada que ahora sólo es ventana, una puerta con el mismo dintel y jambas pero con nueva hoja, etc.

Uno de los apartados más desoladores es, lógicamente, el de los pueblos abandonados. Ruinas invadidas por la vegetación, a veces más reconocibles, a veces menos, a veces nada (salvo el entorno circundante). Aquí la historia fotográfica en dos imágenes pero muchos episodios imaginables expresa como pocas la desaparición de la vida, y entristece y sobrecoge. Luego, hay una parte no sé si perversamente “positiva”, que es el hecho de que la estética de la ruina a veces tiene su encanto también (supongo que es la influencia del gusto gótico, pero no referido al estilo arquitectónico, sino a la moda más bien juvenil). O eso, o el agridulce sabor de la nostalgia, qué sé yo. De todas formas, la mayoría de las veces es mucho mejor la estética de la foto antigua; es curioso que tanto la destrucción como el exceso de construcción afeen el pasado.

El libro no sólo son imágenes; José Luis Acín explica en el texto los itinerarios realizados siguiendo los pasos de Lucien Briet, y se centra principalmente en la descripción de los paisajes naturales y de la arquitectura tradicional de los pueblos. No sólo hay espacio para los lugares mostrados en las fotografías (tanto antiguas como en color), sino para muchos más rincones, localidades y despoblados. En muchas ocasiones se apoya en transcripciones del propio texto que también escribió el francés, y compara las impresiones de uno y otro. Aprovecha Acín para ensalzar la grandeza de la naturaleza y las sensaciones cercanas al paroxismo que llegan a producir los ambientes de montaña. Lo hace con elocuencia y elegancia, pero sin demasiada poesía o profundidad; quizá haya fotografías y parejas de fotografías comparadas que pidan un poco más.

Creo que el momento reflexivo o emotivo que más me ha calado de todo el texto es un detalle nostálgico acerca de los pueblos abandonados: ese en el que menciona cómo la soledad se ha adueñado de las calles en las que antaño hubo vida, y cómo esa vida despierta en un muy vago atisbo de lo que fue cuando algunos curiosos recorren de nuevo esos lugares, o pasan algunos días en los mismos (me consta que esto ocurre en aldeas como la de Otal). De nuevo, el sabor agridulce. Por lo demás, es un texto más interesante y lleno de información (que hay que acompañar mapas en mano para que sea aprovechable) que emocionante, pero suficiente para que, entre las fotos y la imaginación del lector, se produzca la más que adecuada evocación del viaje.

Viaje imaginado que finalmente es el mayor valor del libro, porque permite exactamente esa dosis de evasión emocional y espiritual que hace falta cuando se está tan lejos de lugares tan bucólicos como los pequeños pueblos alto aragoneses, o los grandiosos escenarios naturales en que se asientan. Y tan lejos también de la época de los viajes y las fotografías de Lucien Briet, que sin duda disfrutó del Pirineo cuando, aun ya conocido por unos cuantos amantes de la cordillera, era desconocido para la casi totalidad de la gente de la época. Es por tanto un viaje en el espacio y en el tiempo, que además invita a un futuro viaje propio, y a imaginar esas mismas fotos dentro de muchos años, quizá realizadas por uno mismo: Ese paso del tiempo, entiendo, nos sobrecogerá mucho más, porque será el del nuestro propio.

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Entrada relacionada: Montañas descaracterizadas y recuerdos borrados; de la que extraigo un texto (de Eduardo Martínez de Pisón) que denuncia los negativos efectos de la destrucción del paisaje en el paso del tiempo, lo que aporta una visión crítica de parte de lo tratado en el presente post:

"Al cabo de los años mi vida es una sucesión de paisajes perdidos, de jardines cortados, de escenarios que parecían eternos y sólo estaban prestados por un tiempo. He visto morir riberas en su infancia, lagos en su adolescencia, cumbres jóvenes. La vejez está compuesta de renuncias. Tristes son los reencuentros con los lugares irreconocibles, sin el rostro de la memoria. Hay paisajes que sólo existen ya en mis difusos recuerdos personales y que desparecerán definitivamente conmigo. Hay tantos paisajes asociados a las vidas, a las idas y retornos, que es preciso mantener su sustancia. Nosotros, los errantes, no somos de tierra quemada, gente sin espalda, perdedores de arraigos. Lo seremos si al retorno no están allí los horizontes que nos permiten que el mundo tenga significados. Al cabo de los años, tantos paisajes maltratados, tantos lugares que se han vaciado de alma en una busca ciega para ser competitivos. El paso del tiempo es como un viaje, porque la vida recorre un camino, porque las cosas se transforman y los paisajes mudan y a veces tanto que, sin movernos de ellos, parece que hubiéramos ido a otras regiones".

Es una pena que mientras muchos de los paisajes naturales se llegan a destruir con el exceso de desarrollo sin sensibilidad estética, los pueblos que sí se adaptaban formalmente a la naturaleza sufran la suerte contraria y se arruinen (o bien crezcan y se transformen perdiendo su encanto). De todo lo que hacemos, a veces parece que lo que no sabemos conservar es lo más bonito que habíamos hecho.


viernes, 27 de junio de 2014

Relectura de La viuda del Eiger


Este año, por diversas circunstancias, me ha venido bien tomar la costumbre de leer libros de relatos cortos. El primer caso ya lo mencioné hace unos meses, tratándose entonces más bien de un libro de entradas de diario sobre andanzas por la Sierra de Guadarrama (Apuntes al oeste de Guadarrama, de Alberto Martín Baró). Luego he releído varios libros, de entre los cuales el más apropiado para tratar aquí es la recopilación de narraciones de “montaña – ficción” realizada por varios autores y titulada La viuda del Eiger, editada por Desnivel hace ya siete años.

No sé exactamente cuántos años han pasado desde la primera vez que lo leí, pero serán alrededor de cinco. Es curioso cómo en ese tiempo ha cambiado mi valoración sobre varios de los relatos. Por ejemplo, “El hombre de las nieves” (que poco tiene que ver con El Yeti), de Alberto Martínez Embid y Marta Iturralde, que en la primera lectura me desagradó por lo violento de los hechos finales, ahora me ha parecido de los mejores del libro: He captado su acertada combinación de autenticidad y romanticismo a la hora de trasladar una leyenda tradicional (cuyos hechos no deben ser cambiados) a la narración realista, sin perder el halo de cuento y misterio que subyace en la historia inspiradora, y me parece que transmite muchísima credibilidad y emoción. Sin duda, imaginar el paisaje circundante del Portillón de Benasque, mapa en mano, ayuda a evocar un escenario perfecto para una historia al mismo tiempo tan agreste (en todas sus acepciones) y de ambiente idílico y liberador. Esa traslación al paisaje hace que la leyenda parezca aún mucho más apegada al lugar al que pertenece, y se saboree mejor.

También me ha gustado más que la primera vez “Sambo de la Santa Rosa, la leyenda del Aconcagua”, de César Pérez de Tudela; Entonces me pareció un relato algo seco, como que le faltaba algo, y ahora me ha parecido que cuenta todo lo que tiene que contar para, como en el anterior, evocar un lugar y el carácter modelado por dicho lugar; Es una narración muy auténtica, emocionante y agridulce. Y otro que me ha dejado mejor sabor de boca en esta segunda lectura es “El batallón”, de Alejandro Cartujo; quizá entonces me resultó más obvio (para quienes amamos la montaña y hemos sentido algo especial haciendo cima en algunas montañas), pero ahora me ha gustado lo creíble que resulta la traslación a tantos siglos atrás, y desde esa perspectiva me ha resultado emotivo tratar de entender las emociones –para ellos inéditas- mostradas por los protagonistas.

Entre los que me han gustado algo menos que aquella primera vez están “La montaña blanca”, de Antxon Iturriza, que quizá no sorprende tanto una vez que conoces la idea, y entonces sí aparece la obviedad a la que me refería en el anterior caso; eso sí, me sigue encantando el final. O “Érase una vez una cabra”, de Paco Aguado, casi meramente humorístico y que esta vez no me ha hecho tanta gracia. O “El único dios”,  de nuevo de Antxón Iturriza, cuyo planteamiento y sentido del humor me ha vuelto a resultar brillante, pero cuyo desenlace me ha parecido que desaprovecha lo anterior; además de que, puestos a hacer una metáfora divertida y crítica entre el fútbol y la religión, le da mil vueltas “Aquel santo día en Madrid” de José Luis Sampedro, que también he releído hace poco en otro libro recopilatorio de narraciones breves (Cuentos de fútbol).

También me ha llamado algo menos la atención “Una montaña llamada Eiger”, interesante pero casi meramente descriptiva narración de una ascensión real del autor, Juanjo Zorrilla, que en cualquier caso no deja de apuntar detalles curiosos y alguna reflexión aprovechable. “Montañas bajo par” de Luis Covaleda es un loable artículo crítico de defensa medioambiental, pero nada mas (entidad literaria, la justa –para mi gusto-). En “Nuestra pequeña república” Ferrán Latorre se pasa –de nuevo para mi gusto- de referencias cultas, aunque tiene sus momentos buenos.

Los que me han dejado similar impresión a la anterior lectura son tres de mis cuatro ahora favoritos (junto con “El hombre de las nieves”), y esto tiene especial valor, porque cuando dos lecturas separadas en el tiempo te gustan de manera similar y de forma muy positiva, la valoración creo que aumenta en el propio hecho de no perder ni un ápice de interés. Éstas son la melancólica “Dulce perfume de soledad”, de Eduard Sallent, la agria y lúcida fantasía que da título al libro, “La viuda del Eiger”, de David Torres, y, sobre todo, el excelente alegato medioambiental “El paisaje perdido”, -esta vez sí- de gran elaboración literaria, inteligente, agudo y afilado pero elegante, irónico, y en forma de pesadilla soñada por alguien –Eduardo Martínez de Pisón- que logra transmitir el dolor ante la destrucción de un paisaje tan amado que aquella se siente como una herida en la propia piel.

miércoles, 18 de junio de 2014

Viviendo o escapando o viviendo o escapando o viviendo o…

Dos meses y medio después del último post (creo que la inactividad más prolongada del blog), casi da la sensación de que dicha entrada era una despedida, y de hecho su contenido parece sugerir tal cosa, que yo recuerde sin pretenderlo (al menos conscientemente). En medio de las metáforas, sólo me faltaba hablar de cerrar el telón…

Había entrado progresivamente en una etapa similar a la del paréntesis o replanteo de hace dos años, pero esta vez de manera más paulatina, más prolongada, y al mismo tiempo menos reflexionada, menos traumática. De hecho, como decía al final del último post, ya no me hacía tanta falta salir a la montaña, ni cuando lo hacía me aportaba tanto, pero sin melancolías, vaya.

La cosa ha sido un poco más general, no era sólo cuestión de las formas de escapismo. Ha sido más bien al contrario: había que aceptar ciertas realidades, en cierto modo incompatibles con la idea de escapar…

…y sin embargo, el niño que uno lleva dentro volvía a pedir escapar… y escapaba ¿Cómo ha sido esta vez? De una manera seguramente más banal, en mi opinión; ya la mencionaba también en esa última frase del último post: El fútbol… El Atleti…

Es curioso, porque en cierta ocasión mencioné, en otra antigua entrada, que aquel chaval que fui y que habría querido ver a España ganar un Mundial, ya no estaba dentro de mí cuando al fin se logró aquella victoria histórica en 2010. Este año 2014, con muy diferentes circunstancias, he sentido renacer en mí a aquel chaval… pero me he (se ha) quedado con las ganas de ver lo que tantas veces soñé - soñó (aun tomándolo por un imposible): Al eterno equipo “a la sombra”, motivo de las burlas de la mayoría de los compañeros de clase en el colegio, en el lugar que, sin embargo, seguirá siendo una Ítaca para los indios vaya usted cuántos años más… Y eso es lo más doloroso: Los años, el tiempo. Un hecho así sólo puede hacer sentir lo que es la duración de la vida a los que somos del Atleti. Mi padre vio la primera final en directo en Bruselas el año en que se iba a casar con mi madre. ¿Dónde estaré yo en la tercera oportunidad (si es que vuelve a haberla)?

Pero lo más triste y absurdo de todo es lo mismo que menciona Paúl en la, también, última entrada de su blog: ¿Qué vacío hay en mi vida para que una de las mayores alegrías de los últimos años me la de un título de liga de jurgol (bueno, sí, el título seguramente más épico y meritorio de la historia del Atleti) y, apenas una semana después, ocurra exactamente lo contrario? La lección parece estar aprendida, porque en estos momentos del mundial de Brasil no me queda apenas afectividad por lo que le pase a “la roja”. El chaval dentro de mí salió echando leches después del gol de Sergio Ramos…

En el fondo, en lo más simple y básico, no sé si hay mucha diferencia con el montañismo. Parecen formas de escapar de la realidad, de cambiar vida por evasión. Y en esa disyuntiva, título de éste blog, uno empieza a tener más claro que al final la opción seguramente más acertada es la que menos justificaría la existencia del blog, y más su final.

Pero ahora las circunstancias en las cuales escribí la ya penúltima entrada han vuelto a cambiar, y algo me impulsa a querer volver a escapar para tener más ganas de vivir. Vamos, que la paradoja no tiene fin.

domingo, 30 de marzo de 2014

Cuando el escenario se convierte en el decorado de fondo



La Sierra de Guadarrama desde Madrid...

Montañas desde las que observar paisajes. Montañas desde las que observar otras montañas. Montañas que son escenario, o incluso protagonista de la función. Montañas desde las que la lejana ciudad queda empequeñecida, y olvidados momentáneamente sus cargas y agobios.


...y Madrid desde la Sierra de Guadarrama.


Montañas que habitualmente son el decorado de fondo; a veces ni eso: para muchos pasan desapercibidas. Lo importante está en primer plano. Lo que ha elegido el ser humano en su progreso va por delante. Mejor las cargas y los agobios, a cambio de lo demás.



Pero cuando las montañas han pasado de estar bajo los propios pies (con botas o con crampones) a ser el decorado de fondo, es difícil llegar a ponerse en el lugar de quienes nunca las hollaron. Las miras desde lejos, y aun estando veladas por la contaminación que al parecer preferimos y que malogra las fotos, no puedes hacerte a la idea del punto de vista indiferente hacia ellas. Aun habiendo perdido la costumbre. Incluso aunque las últimas veces que hayas ido, en realidad no estuvieras allí, sino más bien pensando en volver cuanto antes: La función ahora está en otro escenario. Pero algún rincón de la cabeza sigue anhelando lo mismo. Lo malo es que el corazón ya no tanto.

Lo malo o no, porque tal vez no haga tanta falta como pensaba. Bueno, vale, el Atleti últimamente también ayuda más a distraerse…

domingo, 2 de marzo de 2014

Apuntes al oeste de Guadarrama (Alberto Martín Baró)


Los montañeros – lectores estamos acostumbrados a libros sobre alpinismo rebosantes de épica, en ocasiones con tintes dramáticos que podrían llegar a considerarse morbosos, o bien a descripciones de paisajes y vivencias contemplativas y románticas llenas de grandilocuencia y filosofía a veces hollywoodiense. O eso, o a estilos más realistas, descriptivos o técnicos desde el punto de vista deportivo. O, como fue mi caso en los primeros libros sobre montaña que leí, a un tono más cultural y didáctico, sobre todo en la rama científica divulgativa.

Todo eso está o puede estar muy bien. Y todo ello puede servirnos para sentirnos identificados y al mismo tiempo ilustrados acerca de la relación del ser humano con la montaña, de manera más o menos acertada. Pero podría faltar, entre todos esos estilos, la descripción de las sensaciones más sencillas, más detallistas, más humildes, que se perciben al moverse por el monte, al entrar en contacto con la naturaleza.

Y buena parte de la esencia de la pasión por el montañismo podría estar en esos pequeños detalles, buena parte de lo que nos llevamos al volver a casa, en medio de una sensación de plenitud; aunque normalmente solamos relacionarlos con una especie de actores de reparto, o incluso de meros adornos del decorado: El sonido del agua en los arroyos, el cantar de los pájaros, las flores que crecen a los lados del camino, un prado en el que pasta el ganado, los colores y las luces y cómo van cambiando, las ruinas de un viejo molino vestigio de otras épocas… Son ingredientes que normalmente apenas ocupan unos segundos de atención en muchas de las excursiones en las que el protagonismo es para tal o cual trepada, o cierta canal de nieve vencida a base de golpes de piolet y crampón, etc. Y sin embargo, cada vez que volvemos al campo y respiramos el olor a pinar húmedo, o nos fijamos en el musgo que recubre las piedras berroqueñas, percibimos que también hemos vuelto allí a recuperar esas sensaciones normalmente más inadvertidas, o al menos poco reflexionadas y apenas digeridas.

Alberto Martín Baró da protagonismo a todo ese tipo de detalles, y a otros muchos, en su delicioso libro “Apuntes al oeste de Guadarrama”. Nos traslada al campo, al ámbito rural, desde el punto de vista de alguien cuya actividad no es el montañismo ni ningún tipo de deporte relacionado, sino simplemente pasear, caminar por el monte, y observar, aprender, e impregnarse de todo lo que percibe a su alrededor. Es decir, una manera posiblemente más natural, menos forzada, de adentrarnos en ese medio. Y no porque en ocasiones no suba dosmiles, que también lo hace y lo describe, sino porque efectivamente ve la verdadera esencia del contacto con la naturaleza en esa otra parte más serena y humilde del regreso a los espacios abiertos. Y porque quiere reflejar la relación con la sierra desde el punto de vista de quienes, como él, han acabado estableciendo su residencia habitual en un pueblo de la misma, en este caso el segoviano San Rafael, perteneciente a El Espinar.

No sólo sobre paisajes y detalles naturales escribe Martín Baró a lo largo de los 50 capítulos que, casi a modo de lo que ahora son los blogs, desgranan vivencias a veces cotidianas, pero al mismo tiempo mágicas o como mínimo evocadoras, del entorno que le rodea. Engrandece o poetiza los fenómenos meteorológicos, o bien plasma la pequeñez del ser humano ante alguno de ellos. Ofrece apuntes sobre toponimia. Nos cuenta cómo busca los restos de los molinos que fueron el motor de las  labores de antaño, o de alguna ermita abandonada que le ayuda a imaginar la vida de su santero.

También reflexiona sobre el cambio del paisaje con el devenir del desarrollo, lo que le lleva a la eterna disyuntiva entre lo que se pierde y lo que se gana con el progreso. Presenta algunos retratos de personas casi anónimas que, con su tarea habitual y sencilla en algunos pequeños comercios de San Rafael, aportan colores y sabores especiales a la vida del pueblo. Evoca vivencias de la infancia, cuando ese mismo entorno era escenario tan sólo de sus veraneos. Observa y analiza a los diferentes tipos de caminantes, por supuesto incluyendo a los montañeros más o menos deportivos, y saca curiosas pero al mismo tiempo comunes reflexiones acerca de los caminos, las sendas, la observación de los mapas, los esfuerzos por subir laderas empinadas, y el sentido que lleva a tales actividades.

Buena parte del libro está impregnado de nostalgia. Y de sueños y anhelos, como los que llevan a buscar el estilo de vida ideal que a lo largo de muchos años deseamos tener, que nos haga al fin dejar atrás “el agobio de horarios interminables”, como finalmente acabó consiguiendo Martín Baró tras su jubilación.

Hacia el final del libro, se reconoce frustrado a la hora de transmitir los sentimientos que sus paseos y excursiones le llevan a experimentar. Sin embargo, bajo mi punto de vista creo que no es así, al menos para quien se haya parado en diversas ocasiones a percibir esas sensaciones en el monte: Su manera natural de describir lo que ocurre ante sus ojos, su forma de plasmar con sencillez las cosas pequeñas, ha llegado con mucha autenticidad a quien ahora estas líneas escribe; la misma autenticidad que muchas veces percibo en alguna de las paradas que hago durante una excursión en un día de campo, y que yo tampoco me creería capaz de transmitir, lo que me lleva a terminar escribiendo más o menos de lo mismo que suelen contar los libros habituales de montañismo.

Por eso también hacen falta libros como “Apuntes al oeste del Guadarrama”, para completar la labor de la literatura de montaña en su afán por explicar todo lo que este medio nos aporta, y valorarlo en un conjunto lo más diverso posible.

viernes, 24 de enero de 2014

El Duque de los Abruzos. Vida de un explorador (Mirella Tenderini y Michael Shandrick)

Este libro supone para mí una novedad dentro de la lista de obras de literatura de montaña que llevo leídas: Es la primera biografía que leo acerca de un alpinista que no haya sido escrita por el propio protagonista. Esta puede ser sin duda una de las razones de que, aparte de ser interesante, el libro no me haya resultado precisamente emotivo o memorable, para mi gusto; pero hay más motivos.

Luis Amadeo de Saboya – Aosta, Duque de los Abruzos, fue hijo de Amadeo de Saboya, rey de España entre 1870 y 1873, en una época especialmente convulsa de este país, aunque ambos pertenecían a la familia real italiana. Él nunca ocupó un cargo real o político, aunque estuvo muchos años al servicio de Italia como militar. Cuando sus deberes se lo permitían, realizaba actividades alpinísticas y exploratorias, entre las cuales destacaron importantes expediciones pioneras en su época, como las primeras ascensiones al Monte San Elías en Alaska o al Ruwenzori en África, un récord de latitud al Polo Norte, o uno de los primeros intentos de conquista del K2.

Aquellas aventuras, adelantadas a su tiempo, además del espíritu deportivo y del interés científico que llevaba aparejado, tenían una especie de misión publicitaria para mejorar la popularidad de Italia en el mundo. Probablemente por esto, y por el carácter reservado -esperable en alguien de su alcurnia- de Luis Amadeo, que encargaba la redacción de las expediciones a otros compañeros de las mismas, no dejó testimonio de lo que podían transmitirle tales actividades, en un sentido más personal, reflexivo o emocional, que es lo que estoy acostumbrado a percibir en los libros sí escritos por otros alpinistas. Ese aspecto suele ser el que mejor poso deja al lector, para mi gusto, porque es fácil sentirse identificado si se comparte la afición con el escritor (al margen de las diferencias de nivel en las actividades llevadas a cabo). Y ese es un campo no explorado en este libro, lo que le da ese estilo más seco de lo habitual en este tipo de literatura.

En cualquier caso, es un libro interesante, entretenido, lleno de curiosidades, con el sabor de lo añejo, el valor de tales aventuras en aquella época, con esas estupendas fotografías en blanco y negro del también afamado Vittorio Sella, etc. Y aporta otro nuevo ejemplo (el enésimo) de cómo una vida tan intensa y tan llena de contrastes (de la corte a las tribus africanas y de ahí a lo inhabitado; de la Primera Guerra Mundial a la paz de las montañas, etc.) acaba dejando un poso de deseo de aislamiento del mundanal ruido, y al final sí nos deja entrever El Duque un resquicio de personalidad cansada de la vida en la sociedad occidental: Sus últimos años los pasó en la aldea de Somalia que él mismo había fundado para crear otro proyecto pionero, de desarrollo agrícola en una tierra empobrecida.

lunes, 20 de enero de 2014

Últimos discos, más grupos, y opiniones categóricas

Hace mucho tiempo que no escribo sobre música. No ha habido grandes cambios en mis preferencias; algunos de los grupos que vengo siguiendo desde hace años han sacado disco nuevo, en general sin mucha pena ni gloria; he conocido más bandas interesantes en mi estilo preferido actual; y me he atrevido a explorar otros géneros, confirmando en unos casos que por mucho que lo intente con determinadas cosas no puedo, pero que con otras debería atreverme más a menudo, pues resulta que hay cosas muy buenas (sean muy conocidas o no) que pueden gustarme más de lo que habría imaginado.

De los grupos que solía seguir, Dream Theater sacaron su tercera decepción discográfica consecutiva, con lo cual ya no es decepción, aunque esta lleva el agravante de ser su disco homónimo. En cualquier caso, lejos de los exagerados vapuleos que se pueden leer por ahí, el disco no es tan malo (lo mismo pasa con los dos anteriores), simplemente está muy por debajo de lo que solían ser, pero se aguanta. Es más, la suite final del disco cada vez me gusta más (aunque con casi todo el resto del disco me pasa lo contrario, cada vez me aburre más).

Muy de soslayo se ha hablado del último disco de The Flower Kings (¡que para eso es un grupo "de culto"!, vaya tela), pero curiosamente no ha sido por desprecio, sino que de hecho parecen haberlo recibido en ciertos medios con más condescendencia que yo. Efectivamente, coincido con ellos en que supera al anterior disco de la banda, pero de nuevo es otro caso de grupo que ya no es lo que era, y la decepción pesa más que la, en cualquier caso, innegable calidad (que no brillo o genialidad, como antes).

Sin embargo, la crítica ha sido severa con el último disco de Ayreon, y a mí es el que más me gusta de los tres hasta ahora mencionados, creo que con diferencia. Su único defecto, para mi gusto, es que hay poco de nuevo u original en él (que no es leve defecto), pero por lo demás me parece una gozada, que recopila con calidad y gancho buena parte de las características que más me gustan del rock progresivo en general y del proyecto de Arjen Lucassen en particular. Se le reprocha que las ideas están poco desarrolladas, que duran poco y cambian de manera brusca; bueno, a mí eso no me molesta, al menos en este caso, aunque también se me ocurren otros discazos de estructura “loca”, como el “Amarok” de Mike Oldfield. Más cansino me resulta el anterior de Ayreon, “01011001”, del que sin embargo se habló creo que excesivamente bien. Supongo que será cuestión de gustos.

No sabría decir cuáles son exactamente los grupos de rock prog que he conocido desde que no escribía una entrada de música, pero los dos que más gratamente me han sorprendido últimamente son Magic Pie y Big Big Train. También me gustó un disco de uno de los miembros de The Flower Kings, Hasse Fröberg Musical Companion, por cierto por momentos más heavy de lo que esperaba, así como otro de un grupo que vi como teloneros de Theater y que entonces no me llamaron la atención pero ahora sí, Bigelf (variados, auténticos y añejos). También me ha gustado bastante el último disco de Steven Wilson.

Y para evitar estar siempre escuchando lo mismo, y dejando a un lado escarceos con cosas más o menos alejadas de todo esto (Madredeus, o también un tal Steve Harris que nada tiene que ver con el bajista de Maiden y que hace jazz con guitarra acústica y sonido brasileiro), me he adentrado en diferentes variantes del rock y del pop a las que no estoy habituado. Lo he intentado con Mogwai, y aunque por momentos me parece que tienen su aquel, en general me acaban aburriendo un poco. Más o menos lo que me ha pasado con And So I Watch You from Afar. Menos todavía me han dicho los Pixies. Y menos aún, un grupo español actual del que se hablan maravillas, pero que yo no logro soportar: Triángulo del Amor Bizarro. De nuevo será cuestión de gustos. Por el contrario, me han encantado The New Pornographers, y más aún los discos en solitario de Neko Case. También me han sorprendido gratamente Of Montreal. A algunas cosas de Yo La Tengo les voy pillando un poco el punto sin que me maravillen; me gustan más en sus canciones más acústicas que en las rockeras (y algunos momentos me siguen resultando infumables). Y me llamó la atención como canta Sallie Ford, así como su estilo añejo, aunque al escuchar entero un disco suyo me parece que va perdiendo fuelle.

Pero al final, yo voy a lo mío, y lo que estoy deseando es que Transatlantic saque su cuarto disco, para lo que apenas quedan unos días. Eso sí, lo espero con cierta prudencia, por aquello de las numerosas decepciones de últimamente, y de hecho no acabo de tener muy claro de qué manera podrá sorprenderme este grupo de nuevo… Probablemente lo harán más en directo (para lo cual también queda poco). Y también está el regreso de Mike Oldfield: Sí, voy mucho a lo pasado de rosca, qué se le va a hacer. Además en este caso es difícil esperar ninguna maravilla, pero bueno, no deja de ser el tito Mike…

Por añadir algo de “sustancia” a algo que parece una entrada más recopilatoria que otra cosa, diré un par de cosas más. Cuanto más aprovecho las múltiples opciones que ofrece Internet para conocer un abanico muchísimo más amplio de música del que nunca imaginé que tendría acceso, menos me creo a los que dicen que les gusta oír “de todo”… ¿acaso sabes “todo” lo que hay?… ¡es inabarcable! Y como lo intentes, es imposible que te llegues a saber de memoria a todos los grupos y artistas. ¡Si hasta los subgéneros son infinitos! Y es prácticamente imposible que te guste todo; todo el mundo tiene excepciones, cosas que no traga, ya sean muchas o pocas (en mi caso son muuuuuuchas). Sería más acertado decir que te gusta escuchar "cosas distintas". Eso sí, cada vez entiendo menos que la gente se conforme con las rutinarias listas limitadísimas de canciones que se suelen poner en la mayoría de las radios; a mí me produce un gran sopor oír una y otra vez las mismas canciones, incluidas algunas que me llegaron a gustar mucho. Prefiero con creces escuchar todos los discos diferentes que pueda, repetir lo menos posible, salvo con mis estilos y grupos preferidos. Por otro lado, me gusta conocer grupos sin ser consciente de si tienen o no tirón mediático o éxito comercial, para no prejuzgarlos según esto (positiva o negativamente).

Y luego está lo de los críticos de los medios, y el afán de objetivizar lo subjetivo, sobre todo cuando las opiniones vertidas son tan radicalmente negativas o positivas. Salvo que trates de grupos realmente o muy claramente buenos o malos, en el resto los que escriben en páginas especializadas y demás me parece que son demasiado categóricos en sus conclusiones, lo que te llega a hacer dudar si no será que no tienes ni puta idea por el hecho de que te gusten ciertos grupos o discos, o porque no te gusten otros considerados casi como sagrados por algunos… Pero bueno, está claro que vivimos en un país de pocos matices.

domingo, 12 de enero de 2014

El viejo y el mar

Hace más de veinte años que leí por primera vez el archiconocido libro de Hemingway, y ahora que lo he vuelto a revisar, desde otra perspectiva personal bien distinta, además de saborear creo que más intensamente su poderosa narrativa, se me han ocurrido dos o tres ideas, unas más tontas que otras (supongo que todo lo inteligente, profundo o cultural que podía decirse sobre esta obra ya está dicho mil veces, así que yo a lo mío…).

La primera idea es que creo que nos hemos vuelto más tiquismiquis que nunca con el arte (tal vez influidos por los críticos, aunque no sea el caso de la comparación que voy a hacer): ¿Por qué hay tanta gente que cuestiona el guión de la película "Gravity" por la sencillez de la historia que cuenta? Y entonces, ¿qué deberían éstos decir del clásico y magistral relato de Hemingway? Aunque suene manido, menos también puede ser más.

La segunda idea aviso que contiene “SPOILER”, además de ser quizá la más “tonta” (o la que podría parecer más rebuscada o pillada con pinzas; pero qué se le va a hacer: así piensa mi cabeza a veces…). Lo que le ocurre al bueno del viejo que protagoniza el libro me recuerda a la conquista de una montaña: Mientras se sube se lucha contra el “trofeo”, que parece vencido en la cima, para luego desvanecerse entre los dedos durante la bajada, convirtiéndose en lo que el alpinista Lionel Terray llamó “la conquista de lo inútil”: al final se vuelve de vacío, aunque con una experiencia única en el recuerdo y en el saco del aprendizaje pero también del desgaste. Pero sin nada, al fin y al cabo. La gran diferencia es que en el montañismo ese regreso con las manos vacías se da por hecho de antemano, lo que por un lado le otorga su romanticismo propio, y por otro hace que la conquista de esa nada produzca satisfacción incluso cuando ya no tenemos la montaña a nuestro alcance. El pescador frustrado de Hemingway, en cambio, ha perdido una conquista tangible, que además necesitaba por pura necesidad vital. Y sin embargo, la pérdida más dura para él no es la material; o más que la pérdida, la carga emocional de lo vivido, el orgullo herido. Mientras los montañeros muestran (o mostramos) altivos sus fotos de viajes a sus conocidos, el viejo muestra involuntariamente a los demás pescadores la simbólica imagen de muerte del enorme espinazo de su “trofeo”. FIN DEL “SPOILER”.

Y para cerrar el círculo de reflexiones tontas o extrañas que me ha dado por pensar tras leer el libro, volveré a mencionar una referencia del segundo párrafo de esta entrada, junto a otras dos (una de ellas, de nuevo, es esta pequeña gran obra de Hemingway). Se me ocurre de esta manera una trilogía de intensas historias de luchas en solitario casi sobrehumanas en ambientes hostiles (pero muy distintos entre sí): En el espacio, la mencionada película “Gravity” de Alfonso Cuarón; En la montaña, el libro de Joe Simpson y luego película documental “Tocando el vacío”; en el mar, de nuevo “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway. En la primera y tercera referencias, destaco el mérito de la creación de una historia ficticia pero de tono realista (aunque más o menos alimentada por vivencias reales en el caso de Hemingway). En la segunda, la emoción sube un escalón al saber que fue un hecho real, y aprovecho de esta manera para volver a reivindicar el valor de las obras a que da lugar esa “loca afición” de “jugarse la vida” en altitudes extremas. Hay cierto paralelismo con el arte, porque sin ir más lejos tampoco a Hemingway su vida y obra le llevaron a un final precisamente mucho más digno que el de los alpinistas que no regresan con vida de la montaña -que al fin y al cabo es el lugar que les define y hace felices-. Y no son pocos los ejemplos, en esta y otras muchas otras disciplinas artísticas, de finales “abruptos”. Se me entienda: no reivindico esos finales, pero sí un poco más de la comprensión y admiración que sí se suele tener hacia esos muchos artistas que no acaban precisamente bien sus vidas.