Valle de Benás, Huesca
Cap de Creus, Girona
Valle de Tena, Huesca
Urkiola, Vizcaya
"Todos somos mucha gente, todos llevamos a muchos dentro, personas con los mismos recuerdos que nosotros que nos van ganando terreno y al final nos sustituyen. En eso consiste la madurez. En no reconocerse". (Los años extraordinarios, Rodrigo Cortés)
lunes, 28 de agosto de 2017
jueves, 24 de agosto de 2017
Graduación de soportabilidad de molestias sonoras humanas en la montaña
SD: Rara vez coincidimos en la cima de una montaña con alguien cuya presencia es tan discreta y silenciosa que prácticamente nos sentimos como si estuviéramos solos. En ese (excepcional) caso no existe nivel de soportabilidad, y por tanto no hay que calificar o graduar la situación: Sería como andar en la graduación de la escalada: SD (Sin Dificultad). Para todos los demás casos (excluyendo cuando estamos realmente solos, que sería como no moverse en la graduación de escalada), promuevo la siguiente escala de soportabilidad de la violación del silencio (en cimas o en cualquier entorno natural deseablemente silencioso –o con sonidos únicamente de la propia naturaleza-):
I: Sonidos muy discretos de movimiento, o bien conversación en tono muy bajo, con susurros o poco más. Ya no nos sentimos solos, pero cualquier amante de la naturaleza está perfectamente preparado para soportarlo sin problema alguno, al igual que cualquier montañero puede superar un paso de trepada de grado I.
II: Conversación en tono normal, o ruidillos tipo papel albal del bocata. La mayoría de montañeros y naturalistas lo soportan, pero algunos pueden empezar a sentirse molestos, de la misma forma que no todos los montañeros se sienten completamente seguros en todas las trepadas de IIº grado, sobre todo las más expuestas.
III: Conversación typical spanish, es decir, a un volumen que haría pensar que sus participantes están a una distancia de 50 metros o más en vez de cara a cara; como si estuvieran en un bar, vaya. La mayoría de los naturalistas lo llevan mal, y muchos agradecerían unos tapones para los oídos, al igual que muchos montañeros no afrontarían trepadas de grado III sin el uso de una cuerda.
IV: De la misma manera que se considera que con este grado empieza la escalada propiamente dicha, aquí empiezan las molestias sonoras realmente difíciles de soportar. Se trataría de una conversación a gritos, como si sus participantes estuvieran a 200 metros o más de distancia; como si estuvieran en un bar cuando hay fútbol, vaya.
V: Este grado sería una coincidencia de diversas conversaciones de todo tipo y volumen (sobre todo de los grados III y IV) en una cima o lugar campestre muy concurrido; la suma de todas esas chácharas ya sí que nos harían sentir prácticamente como si estuviéramos todos en un bar cuando hay un derby o un clásico.
6: Con este grado empieza la soportabilidad de dificultad. Aquí entraría en juego un nuevo elemento (sumado a los anteriores): los excursionistas que comparten “generosamente” su música con los demás. Dependiendo del volumen y desagrado con el estilo musical concreto, hay tres subniveles:
• 6a: Volúmen de teléfono móvil; también entraría aquí el eco lejano pero molesto de una fiesta en el pueblo del valle mientras arriba intentamos dormir bajo las estrellas.
• 6b: Equipo de música portátil de toda la vida, presente muchas veces por ejemplo en la típica charca concurrida.
• 6c: Megabafles de coche tuneado en área recreativa o en zona de acampada de festival veraniego campestre.
7: Con los vehículos hemos topado:
• 7a: Carretera o autopista a cierta distancia, aviones a gran altura, drones más cerca del terreno, etc.
• 7b: Motos de cross, quads, etc., en el propio camino por el que vamos.
• 7c: Helicópteros rondando los montes (sean o no de rescate, y sin entrar a valorar su función, sólo su destrucción del silencio).
8: Llegamos a las soportabilidades extremas. Damos a entender que la diferencia con el anterior grado es que pasamos de un momento molesto de cierta duración a una tabarra constante. ¿Quién te mandará a ti ponerte a andar, escalar, acampar, buscar setas, o lo que sea, en medio de...?:
• 8a: Un bosque que está siendo talado a hecho.
• 8b: Las obras de construcción de la nueva carretera o vía de tren que va a atravesar la sierra.
• 8c: El jardín de un fábrica industrial.
9: En la escalada existe desde hace algún tiempo este grado, si bien muy pocos superan sus vías. No me consta que pueda haber algo que supere a lo ya dicho en nuestro caso, pero tal vez haya alguien dispuesto a intentar vivaquear en el interior de un reactor nuclear…
I: Sonidos muy discretos de movimiento, o bien conversación en tono muy bajo, con susurros o poco más. Ya no nos sentimos solos, pero cualquier amante de la naturaleza está perfectamente preparado para soportarlo sin problema alguno, al igual que cualquier montañero puede superar un paso de trepada de grado I.
II: Conversación en tono normal, o ruidillos tipo papel albal del bocata. La mayoría de montañeros y naturalistas lo soportan, pero algunos pueden empezar a sentirse molestos, de la misma forma que no todos los montañeros se sienten completamente seguros en todas las trepadas de IIº grado, sobre todo las más expuestas.
III: Conversación typical spanish, es decir, a un volumen que haría pensar que sus participantes están a una distancia de 50 metros o más en vez de cara a cara; como si estuvieran en un bar, vaya. La mayoría de los naturalistas lo llevan mal, y muchos agradecerían unos tapones para los oídos, al igual que muchos montañeros no afrontarían trepadas de grado III sin el uso de una cuerda.
IV: De la misma manera que se considera que con este grado empieza la escalada propiamente dicha, aquí empiezan las molestias sonoras realmente difíciles de soportar. Se trataría de una conversación a gritos, como si sus participantes estuvieran a 200 metros o más de distancia; como si estuvieran en un bar cuando hay fútbol, vaya.
V: Este grado sería una coincidencia de diversas conversaciones de todo tipo y volumen (sobre todo de los grados III y IV) en una cima o lugar campestre muy concurrido; la suma de todas esas chácharas ya sí que nos harían sentir prácticamente como si estuviéramos todos en un bar cuando hay un derby o un clásico.
6: Con este grado empieza la soportabilidad de dificultad. Aquí entraría en juego un nuevo elemento (sumado a los anteriores): los excursionistas que comparten “generosamente” su música con los demás. Dependiendo del volumen y desagrado con el estilo musical concreto, hay tres subniveles:
• 6a: Volúmen de teléfono móvil; también entraría aquí el eco lejano pero molesto de una fiesta en el pueblo del valle mientras arriba intentamos dormir bajo las estrellas.
• 6b: Equipo de música portátil de toda la vida, presente muchas veces por ejemplo en la típica charca concurrida.
• 6c: Megabafles de coche tuneado en área recreativa o en zona de acampada de festival veraniego campestre.
7: Con los vehículos hemos topado:
• 7a: Carretera o autopista a cierta distancia, aviones a gran altura, drones más cerca del terreno, etc.
• 7b: Motos de cross, quads, etc., en el propio camino por el que vamos.
• 7c: Helicópteros rondando los montes (sean o no de rescate, y sin entrar a valorar su función, sólo su destrucción del silencio).
8: Llegamos a las soportabilidades extremas. Damos a entender que la diferencia con el anterior grado es que pasamos de un momento molesto de cierta duración a una tabarra constante. ¿Quién te mandará a ti ponerte a andar, escalar, acampar, buscar setas, o lo que sea, en medio de...?:
• 8a: Un bosque que está siendo talado a hecho.
• 8b: Las obras de construcción de la nueva carretera o vía de tren que va a atravesar la sierra.
• 8c: El jardín de un fábrica industrial.
9: En la escalada existe desde hace algún tiempo este grado, si bien muy pocos superan sus vías. No me consta que pueda haber algo que supere a lo ya dicho en nuestro caso, pero tal vez haya alguien dispuesto a intentar vivaquear en el interior de un reactor nuclear…
domingo, 9 de julio de 2017
Noche en La Cabrera y breve reflexión sobre la fotografía nocturna
Al final, mi nuevo objetivo de salir al campo con la fotografía como prioridad, que no lo estoy haciendo siempre que salgo pero sí bastante, ha acabado llevándome sobre todo a la fotografía nocturna, como puede verse en las últimas entradas, que parecen haber oscurecido el blog, espero que sólo en sentido literal (visual).
Más allá de si las fotos valen la pena o no, esto me ha conducido a otra manera de percibir y disfrutar la naturaleza, en su faceta más silenciosa, reposada y evasiva, transmitiéndome sensaciones mayores de recogimiento e introspección que las ya de por sí habituales en ambientes alejados de la urbe. No puedo decir que sea algo totalmente nuevo, pero sí llevado a otro nivel: Igual que la diferencia que hay de hacer una excursión de un día a pasar la noche vivaqueando, o de eso a hacer la propia caminata durante las horas de oscuridad, el pasar unas horas pendiente de la cámara y por lo tanto sin moverme del sitio en medio de la noche aporta otras dosis más de contemplación y de magia. Y, en cierta manera, el resultado final de las fotos creo que recoge parte de ese sentimiento (qué más puede pedir un aficionado a la fotografía y a la naturaleza).
114 fotos de 2 minutos de exposición cada una (3 horas 48 minutos)
7,5 mm micro (equivalente a 15 mm); f/3.5; ISO 100
sábado, 1 de julio de 2017
La historia de tu vida (Ted Chiang)
Lo intenté con Fundación y, aunque me pareció un buen libro (seguro que mucho mejor de lo que pude apreciar), no era lo que buscaba. Lo intenté con Dune, en parte por la recomendación que recibí en un comentario de aquella entrada, y aunque también me pareció bueno y me gustó algo más, tampoco me entusiasmó del todo, sobre todo por algunas partes que se me hicieron algo cansinas. Al final, el libro de ciencia ficción con el que llevaba tiempo queriendo volver a disfrutar del género resultó ser esta recopilación de relatos cortos.
Pero no fue por ello la razón por la que acudí a La historia de tu vida de Ted Chiang, sino que, supongo que al igual que para no pocos aficionados al cine de un tiempo a esta parte, me vi impulsado por el hecho de que su relato homónimo es en el que se basa la película La llegada de Dennis Villeneuve, la cual reconozco que me llegó a fascinar. En ese sentido, me alegro de haber visto primero la película, porque creo que ésta hace menos sombra sobre el relato que el que intuyo que hace éste sobre el disfrute de la narrativa de la película y alguno de sus giros de guión. En cualquier caso, en ambos formatos el mensaje es similar e igualmente lúcido (tanto en el fondo como sobre todo en la forma), y se agradece la oportunidad del mismo en una época (quizá como todas) en la que parece tan necesario mejorar nuestro entendimiento. Me gustaría volver a ver ahora la película por segunda vez (dejo abierta la posibilidad de dedicarle entonces otra entrada, tal vez contrastándola más en profundidad con el relato).
Aparte de ese relato, que es uno de los que más me han gustado, pero tampoco sabría decir hasta qué punto influye en eso la propia película, me han encantado sobre todo el primero, La torre de Babilonia, y el último, ¿Te gusta lo que ves?. El primero me iba pareciendo, ya de choque para empezar a leer el libro, un continuo y sucesivo derroche de imaginación deslumbrante, además con posibilidades de ser interpretado metafóricamente de diversas maneras, hasta como el meollo mismo del viaje de la vida o de la historia de la humanidad en su afán de búsqueda; aunque quizá el final no llegue a estar a la altura (esa última palabra quizá no sea la más adecuada, pero bueno…). En cuanto al falso documental futurista que cierra el libro, se trata de una reflexión sociológica sobre la psicología de la apariencia física y sus implicaciones, y me encanta que, aunque el autor acabe posicionándose, en ningún momento del desarrollo resulte maniqueísta en absoluto, exponiendo en profundidad varios puntos de vista, no rehuyendo ninguna de las ventajas ni inconvenientes tanto de la cultura de la estética como de la filosofía “anti – aspectista”.
En el resto de los relatos también hay momentos muy buenos, pero ya no me llegan a resultar tan rotundos como en los tres comentados. En algunos casos porque llega a volverse algo farragoso en cuanto a tecnicismos científicos o pseudo-científicos, como ocurre por ejemplo a medida que avanza el relato Comprende, que sin embargo había empezado muy bien, con la narración en primera persona de alguien sometido a un experimento de aumento continuo de la inteligencia, y que hasta la mitad me iba atrapando y sorprendiendo cada vez más, pero llega un momento que se vuelve excesivo por lo ya dicho, aunque quizá no hubiera otra forma de contarlo. Quizá por eso acierta uno de los comentarios de la solapa del libro, al decir que “si estos relatos fueran mucho más largos, la cabeza de los lectores podría estallar”. Y aunque me quedo con las ganas de leer alguna novela más o menos larga de Ted Chiang (que era el tipo de libro de ciencia ficción que buscaba años atrás), reconozco que es verdad: Estos relatos no pueden tener más intensidad. Eso, y que realmente me han creado la sensación de haber leído algo diferente a todo lo que conocía hasta ahora.
Pero no fue por ello la razón por la que acudí a La historia de tu vida de Ted Chiang, sino que, supongo que al igual que para no pocos aficionados al cine de un tiempo a esta parte, me vi impulsado por el hecho de que su relato homónimo es en el que se basa la película La llegada de Dennis Villeneuve, la cual reconozco que me llegó a fascinar. En ese sentido, me alegro de haber visto primero la película, porque creo que ésta hace menos sombra sobre el relato que el que intuyo que hace éste sobre el disfrute de la narrativa de la película y alguno de sus giros de guión. En cualquier caso, en ambos formatos el mensaje es similar e igualmente lúcido (tanto en el fondo como sobre todo en la forma), y se agradece la oportunidad del mismo en una época (quizá como todas) en la que parece tan necesario mejorar nuestro entendimiento. Me gustaría volver a ver ahora la película por segunda vez (dejo abierta la posibilidad de dedicarle entonces otra entrada, tal vez contrastándola más en profundidad con el relato).
Aparte de ese relato, que es uno de los que más me han gustado, pero tampoco sabría decir hasta qué punto influye en eso la propia película, me han encantado sobre todo el primero, La torre de Babilonia, y el último, ¿Te gusta lo que ves?. El primero me iba pareciendo, ya de choque para empezar a leer el libro, un continuo y sucesivo derroche de imaginación deslumbrante, además con posibilidades de ser interpretado metafóricamente de diversas maneras, hasta como el meollo mismo del viaje de la vida o de la historia de la humanidad en su afán de búsqueda; aunque quizá el final no llegue a estar a la altura (esa última palabra quizá no sea la más adecuada, pero bueno…). En cuanto al falso documental futurista que cierra el libro, se trata de una reflexión sociológica sobre la psicología de la apariencia física y sus implicaciones, y me encanta que, aunque el autor acabe posicionándose, en ningún momento del desarrollo resulte maniqueísta en absoluto, exponiendo en profundidad varios puntos de vista, no rehuyendo ninguna de las ventajas ni inconvenientes tanto de la cultura de la estética como de la filosofía “anti – aspectista”.
En el resto de los relatos también hay momentos muy buenos, pero ya no me llegan a resultar tan rotundos como en los tres comentados. En algunos casos porque llega a volverse algo farragoso en cuanto a tecnicismos científicos o pseudo-científicos, como ocurre por ejemplo a medida que avanza el relato Comprende, que sin embargo había empezado muy bien, con la narración en primera persona de alguien sometido a un experimento de aumento continuo de la inteligencia, y que hasta la mitad me iba atrapando y sorprendiendo cada vez más, pero llega un momento que se vuelve excesivo por lo ya dicho, aunque quizá no hubiera otra forma de contarlo. Quizá por eso acierta uno de los comentarios de la solapa del libro, al decir que “si estos relatos fueran mucho más largos, la cabeza de los lectores podría estallar”. Y aunque me quedo con las ganas de leer alguna novela más o menos larga de Ted Chiang (que era el tipo de libro de ciencia ficción que buscaba años atrás), reconozco que es verdad: Estos relatos no pueden tener más intensidad. Eso, y que realmente me han creado la sensación de haber leído algo diferente a todo lo que conocía hasta ahora.
viernes, 16 de junio de 2017
Tarde - noche (de luna casi llena) en La Pedriza
44 fotos de 2 minutos de exposición cada una (88 minutos)
Detalle: Luces de montañeros andando por Cuerda Larga.
jueves, 8 de junio de 2017
El ingenio de los pájaros (Jennifer Ackerman)
“En tanto que ser humano, a uno lo han dotado justo con la inteligencia precisa para ver con claridad lo absolutamente inadecuada que resulta la inteligencia cuando se confronta con la realidad” (Albert Einstein)
Despertarse antes de tiempo supone en ocasiones una breve confusión hasta que sabemos dónde y cuándo estamos, lo que se acrecienta cuando no estamos durmiendo en casa. Alguna que otra de las muchas veces que he vivaqueado en el campo o en la montaña, al despertarme en medio de la oscuridad, la primera e instantánea referencia que ha evitado mi desorientación, antes si quiera de sufrirla, ha sido el canto de los pájaros.
Esa agradable música es más que la banda sonora de la naturaleza, forma parte inseparable del paisaje. Por eso tiene la fuerza simbólica para recordarle a uno dónde está sin darle tiempo a preguntárselo, como lo hace la recurrente melodía del despertador en casa.
Las aves son probablemente los animales más perceptibles cuando se está en el campo, sobre todo por sus trinos, gorjeos y reclamos, pero también porque muchas se dejan ver volando con frecuencia. No voy a decir que sea necesariamente mi tipo de animales favorito, pero es indudable que me parecen fascinantes. Hay una poesía implícita en sus cualidades, por la libertad que representa sus posibilidades superiores de desplazamiento, y por esa mencionada musicalidad que aportan al ambiente, sea campestre, rural o incluso urbano, entre otras características.
Es precisamente el elaborado canto imitador de una especie común y habitual en Madrid ciudad, el mirlo, una de las mayores razones de que desde hace mucho tiempo vea a las aves con una curiosidad especial. Curiosidad que muchos pájaros muestran con frecuencia cuando se acercan a uno, y que es otro de los aspectos que siempre me han llamado la atención: muchos dan la sensación de estar queriendo averiguar algo de ti. Tenía cierta noción de la inteligencia de algunas especies de cuervos apañándoselas para obtener alimento, observada en algún documental; conocía algo acerca de la capacidad de orientación de las palomas; me encantaba la destreza en la fabricación de nidos, los cortejos, el cuidado de crías o el almacenamiento de comida (los arrendajos y las semillas), y recordaba lo que ciertos loros pueden llegar a hacer si se les domestica, y a veces he imaginado algún tipo de traslación de esas habilidades a otras especies, de esas que se te quedan mirando y parecen estar pensando algo. Pero ignoraba no sólo hasta qué punto llega la capacidad cognitiva de alguna de las aves mencionadas, sino que efectivamente son más de los imaginables los ejemplos sorprendentes que hay sobre el tema. Quizá de ahí que siempre me hayan transmitido un aura como de misterio, en plan “estos bichos ocultan algo, se hacen los tontos pero no lo son”.
Es por eso que cuando tuve en mis manos el reciente libro de la divulgadora científica Jennifer Ackerman, “El ingenio de los pájaros”, aunque ni siquiera sabía de su existencia hasta ese mismo momento, decidí comprarlo para ver cuánta luz podía arrojar sobre mi curiosidad sin tener que recurrir a obras puramente técnicas. Ha sido todo un acierto, pues es posiblemente el ensayo sobre temas de naturaleza con el que más he disfrutado nunca, aunque con el permiso de “Gorilas en la niebla” de Dian Fossey.
Ackerman desmenuza en el libro una serie de temáticas relacionadas con las capacidades cognitivas de las aves, recopilando toda una serie de estudios de diversos científicos especializados en diferentes tipos de aves. Lo hace dentro del mencionado tono divulgativo, pero con una minuciosidad y un rigor que hacen honor a los biólogos, ornitólogos y demás profesionales cuyo trabajo le ha servido de base. Al mismo tiempo, nunca deja lugar a un posible estilo espeso derivado de lo anterior, porque está narrado de forma muy amena; el contenido ya me ha enganchado por si mismo, pero la mayoría de los pasajes tienen una literatura agradable e incluso emocionante, y en ocasiones (aunque no muchas) deja lugar para algunas escenas evocadoras y poéticas. Tampoco hay concesión alguna a la simpleza o el sensacionalismo, cosa que he agradecido enormemente: Alerta de las objeciones y puesta en duda de aquellas investigaciones que aún no se pueden considerar concluyentes, o que tal vez aparentan algo que no es; advierte de la facilidad para antropizar a los animales, o de confundir cognición con instinto. No es nunca una muestra de pseudociencia, vaya.
Al discurrir por las páginas del libro, se va descubriendo la complejidad de las habilidades halladas por los científicos en la aves hasta el momento, y el estudio de las causas y posibles consecuencias o implicaciones de que estos animales hayan llegado a desarrollarlas hasta esos niveles, realmente asombrosos en muchos casos (y desconocidos hasta hace relativamente poco): Cascanueces que llegan a esconder hasta treinta mil semillas en diferentes ubicaciones de un área de docenas de kilómetros cuadrados, y meses después recuerdan las localizaciones exactas; pájaros que incluso recuerdan cuánto tiempo lleva escondido cada tipo de alimento en cada sitio y acuden al lugar correspondiente en el momento adecuado en función de su grado de “caducidad” (comienzo de su descomposición); o que cambian dichas ubicaciones si han sido sorprendidos por otros en el momento de ocultar la comida, e incluso llegan a hacer creer a otros que han dejado algo cuando en realidad sólo simulaban tal acto… Respecto a los mencionados cantos, ejemplos como el del El cezontle y el cuitlacoche, que pueden almacenar entre 200 y 2.000 melodías diferentes en un cerebro miles de veces más pequeño que el humano. Especies con habilidades sociales, capaces de engañar, manipular, escuchar a hurtadillas, hacer regalos; consolarse con “besos” cuando un congénere ha fracasado en alguna actividad, reto o pelea; chantajear a sus parejas; alertar del peligro con un variado y preciso lenguaje de cantos que incluye concretar la cercanía y el tipo y tamaño del enemigo; convocar a testigos para presenciar el cadáver de otro congénere, e incluso hacer un equivalente a nuestro duelo por los difuntos. Creadores y constructores de herramientas (con ramitas que doblan, recortan y dan forma de gancho) para obtener alimento, que van perfeccionando, y que para una misma especie son de formas propias de cada área geográfica (¿cultura?); Diseñadores de complicados “jardines” con elementos de formas y colores específicos, para atraer a sus parejas junto a bailes y cantos, cuya calidad determinará a quién elige la hembra (¿arte?).
La mayoría de lo expuesto en el anterior párrafo es el fruto de largos estudios en el tiempo, así que es difícil de mostrar aquí, pero también existe algún caso de experimento que se puede visualizar en algún vídeo, a los que las notas del libro invitan a visitar en Internet indicando el enlace. Como ejemplo, aquí tenemos a un Cuervo de Nueva Caledonia que es capaz de resolver en menos de 3 minutos un puzzle de 8 pasos para obtener alimento, lo que implica observación, capacidad de uso de “metaherramientas” (herramientas para conseguir otras herramientas), planificación y memorización del objetivo final mientras se resuelven los pasos previos:
A partir de casos como este, y como los expuestos hace dos párrafos, viene otra parte tanto o más interesante: La investigación del por qué o cómo ha llegado cada ave a desarrollar esas capacidades, porque además es en esa parte donde se puede vislumbrar si se trata de cognición o simple instinto, al ver que hay ejemplares que resuelven los desafíos y otros no. El hecho es que, en el ejemplo de los cuervos, se comprueba que las condiciones de cantidad de alimento y facilidad de acceso al mismo determinan que haya agrupaciones de una misma especie que aprendan a fabricar herramientas y otras que no lo necesitan: Cuanto mayor es la dificultad, mayor es la necesidad de habilidades cognitivas. Y hay excepciones aún más asombrosas: Si un cuervo tiene tanta disponibilidad de alimento que le sobra tiempo, puede llegar a sentir la necesidad de aprender a fabricar herramientas para no aburrirse. En el “cómo llega a aprender” suele haber una observación previa, de un progenitor o un adulto fabricando esa herramienta delante del ejemplar joven. Y también está la capacidad de “guardar” la herramienta para no tener que volver a fabricarla, para poder usarla en posteriores ocasiones. Todo ello recuerda a necesidades y actitudes humanas, por eso es difícil no antropizar los hechos observados por los científicos.
También hay otro tipo de estudios paralelos a cada una de estas observaciones: Por un lado, el de la forma y el tamaño de los cerebros: Se comprueba que las comunidades de aves que se han visto en la necesidad de aprender alguna de las habilidades cognitivas, tienen una masa encefálica más desarrollada que las que no. En algunos casos sí se puede determinar que el desarrollo de la habilidad ha llevado al aumento del tamaño, pero en otros casos queda la famosa duda del huevo y la gallina: ¿Hizo el cerebro “grande” más inteligente al animal, o hizo su uso de la inteligencia que su cerebro aumentase? Por otro lado, está el estudio de la actividad neuronal, comprobando qué partes del cerebro entraban en funcionamiento en según qué situaciones o tareas: El equivalente a nuestro hipocampo en el cerebro era la parte más activa en las aves con cognición geoespacial, como las palomas mensajeras: otro paralelismo con nuestro cerebro, pues es el hipocampo lo que usamos cuando tratamos de orientarnos para llegar a un lugar.
Finalmente, todos estos estudios, aparte de demostrarnos que sobre la inteligencia animal en realidad sabíamos muy poco y aún nos queda mucho por saber (pero al menos ya no nos conformamos con la clásica, perezosa y atropocéntrica actitud de achacarlo todo a su instinto y punto), hace replantearse a los científicos el propio concepto de inteligencia, incluso aplicado al ser humano (sobre el cual por cierto también queda bastante por saber)…
…y es aquí donde se llega a la cita de Einstein que encabeza esta entrada, y que aparece en el libro en el momento oportuno, como forma de plantearnos: ¿Para qué la inteligencia? Resulta que, algunos de los estudios realizados sobre algunas especies especialmente inteligentes durante décadas y varias generaciones de una misma especie, parecen indicar que, a largo plazo, el desarrollo de una cognición ha acabado por ser contraproducente para la estabilidad de algunas de esas aves, cuando han cambiado las condiciones que las llevaron a convertirse en inteligentes (disponibilidad de alimento, climatología, etc.). Aquí aparece el concepto de inteligencia adaptativa. Una frase elocuente (quizá no del todo precisa) indica que lo importante para salir adelante no es ser el más fuerte o el más inteligente, sino el que mejor se adapta a los cambios.
Para desarrollar el ejemplo o ejemplos que explican esto último en el libro necesitaría alguna entrada más del blog; vale más la pena leer el libro. Pero a mí se me ocurre un par de posibles paralelismos con el ser humano (ya que hace un par de párrafos mencioné dicha comparación), y no están mal como forma de cerrar esta entrada: Por un lado, la tecnología, de la que pondré un ejemplo concreto: Está comprobado que el uso del GPS en el coche desactiva el uso del hipocampo de nuestro cerebro, que sí tenemos activado cuando no llevamos dicho dispositivo. Por otro lado, el comentadísimo calentamiento global: El uso de nuestra inteligencia nos ha llevado a un grado de desarrollo industrial cuya influencia en el medioambiente, si los estudios científicos están en lo cierto, parece que podría derivar en un cambio climático dramático para nuestra existencia, tema de sobra conocido por todos (tanto si se quiere creer como si no).
En el futuro, ¿nos habremos adaptado a los cambios, o habremos cambiado del todo la lógica cognitiva por la ambición (si no lo hemos hecho ya)? ¿Estamos usando la inteligencia para problemas a largo plazo, además de a corto o medio? ¿O estamos improvisando? Quien sabe si estas y otras respuestas podrían encontrarse o inspirarse en el estudio del ingenio de los pájaros, que como todo estudio científico está muy lejos de haber concluido. El libro de Jennifer Ackerman parece intachable (esta entrada comete el error de poner demasiados ejemplos pero no bien explicados), pero es un obra que sólo refleja una parte de un viaje o de un proyecto. Quedan muchas posibles páginas por escribir.
jueves, 11 de mayo de 2017
Gredos Sur nocturno
La noche del 1 al 2 de mayo, cuatro días después de la luna nueva, y por tanto en fase creciente visible durante las primeras horas de la noche, aproveché la luz reflejada por el satélite para, situado en la vertiente sur del macizo central de Gredos, en las inmediaciones de Madrigal de la Vera, Cáceres, fotografiar dicha cara meridional de la sierra con el fondo del cielo norte, en busca de los mágicos cículos concéntricos a la Estrella Polar. En algún momento debí mover ligeramente la cámara y no quedó perfecto, pero sí al menos resultón (al menos para mi gusto). El proceso y el resultado son los siguientes:
Foto previa de prueba, a las 22:38 horas, con 4 minutos de exposición, aún con resplandor del atardecer al oeste (izquierda), y ya con la lejana pero omnipresente luz de Madrid al este (derecha). A continuación, haría 12 fotos de 8 minutos cada una.
Recorte o detalle de la octava foto, entre las 23:42 y las 23:50, durante la cual pasó un coche por una pista de tierra cercana.
Duodécima y última foto, entre las 0:14 y las 0:22, última que hice debido al crecimiento de la nubosidad (mi plan previo era haber hecho aproximadamente el doble), y durante la cual volvió el coche de antes (efectivamente, la situación se presta a hacer cuentas del tiempo, sobre lo que podría haber ido a hacer a esas horas...)
Detalle de la novena foto, con el macizo central de Gredos: De izquierda a derecha (oeste a este), Los Castillejos, Garganta Tejea, la mayor acumulación de nieve en la zona de la Portilla del Venteadero, las Canales Oscuras, El Almanzor, Portilla Bermeja, El Sagrao, Portilla de los Machos, El Casquerazo, Portilla de Cobos y Risco del Francés.
Combinación de las siete primeras fotos (56 minutos).
Combinación de las 9 primeras fotos (72 minutos).
Combinación de las 12 fotos (96 minutos).
"Animación" de las 12 fotos.
(Todas las fotos): 7,5 mm micro (equivalente a 15 mm); f/3.5; ISO 100
Software: StarStax 0.71 (Combinación de fotos). GIF Maker (Gif animado).
viernes, 5 de mayo de 2017
Andando la vida (Pati Blasco, 2006)
“Para ellos su amor por la escalada y los viajes y esa búsqueda del arte a su manera no era una huida de la realidad sino sus mejores aliados para dar sentido a la anarquía de la existencia”.
Alentado por la buena impresión que tuve de la reciente lectura de Nanga Parbat, la novela de David Torres, decidí adentrarme más en la literatura de ficción ambientada en la montaña, dejando atrás la narrativa de actividades alpinistas estricta y explícitamente reales, que hacía tiempo que habían dejado de llamarme la atención. Para no alejarme demasiado de la primera referencia, me animé con otra ganadora del Premio Desnivel, la primera obra de la escaladora vallisoletana Pati Blasco, y no me arrepiento en absoluto porque el disfrute ha sido si cabe mayor.
Una de las conclusiones en común con el otro libro antes comentado es que la montaña vuelve a ser escenario, posiblemente inmejorable pero escenario en cualquier caso, de una historia cuyo protagonismo está en las personas, en sus relaciones, y en su forma de afrontar la vida o si acaso de tratar de entenderla para tal vez poder afrontarla. En Andando la vida es si cabe bastante más patente todavía: Lo menos importante, con diferencia, es si los personajes alcanzan o no la cima del K2, o las vicisitudes propiamente montañeras para intentar lograrlo. En otras obras puede ser también una excusa pero teniendo un peso potente en la narrativa y en las emociones transmitidas; aquí es lo de menos en todos los sentidos. Lo que ocurre es que esa filosofía de vida errante está perfectamente plasmada y caracterizada en los viajes de escalada y de alpinismo, tal y como explica la cita extraída al principio de esta entrada, pero probablemente también encajaría en otro tipo de ambientes bohemios. Eso y que, al fin y al cabo, la novela tiene mucho de eso que se suele llamar autobiográfico, y de hecho por lo que sé está construida a partir de un diario de la escritora en una expedición al techo del Karakórum.
Así pues, el libro habla de esa “anarquía de la existencia” a la que hace referencia la cita, narrando vivencias que cualquiera absolutamente alejado del mundo de la montaña y la escalada entendería o como mínimo encontraría interesantes. Y es ahí donde la prosa sencilla pero efectiva y cálida de Pati Blasco me ha ganado por completo. Para empezar, en la presentación de familiares, amistades y amores de la protagonista (que se hace llamar Julia pero parece ser un alter – ego de la escritora), con una cercanía, una autenticidad y una vivacidad que deslumbran, que dotan de enorme credibilidad a la historia, y que inundan de positivismo y buen rollo esos capítulos. Me encanta y comparto por completo su idea de la verdadera amistad elegida, frente al círculo de conocidos que viene dado por las relaciones en entornos cotidianos.Y en segundo lugar, en el desarrollo de las relaciones humanas con el paso del tiempo, de cómo los hechos que jalonan la vida van revelando cosas antes inimaginables y ahora difíciles de afrontar, y finalmente cómo el juicio que se hace de ello y de sus protagonistas también está sujeto a cambios dependiendo de lo que uno mismo vaya viviendo. Todo esto que así contado, sin más explicaciones porque sería destripar la historia y porque en cualquier caso el post sería interminable, puede sonar confuso, conforma ese desorden vital quizá comparable al de un laberinto de grietas en un glaciar, con la consiguiente metáfora en la dificultad de moverse por un lugar así, de andar la tortuosa vida, más aún partiendo de la ingenuidad inicial, de no haber practicado antes las técnicas de encordamiento y demás (si es que para la vida existen dichas técnicas).
En cualquier caso, me quedo con esa transmisión de emociones y de formas de entender la vida que Pati Blasco lanza desde su alma desnuda con honestidad y generosidad, en un estilo que me ha traído recuerdos, al menos en la sensación recibida por mí, del merecidamente renombrado libro de Miriam García Pascual (por cierto citada por Blasco en el suyo) Bájame una estrella, o incluso del memorable ¡Eh, petrel! de Julio Villar (que también por cierto prologa Andando la vida). Obras todas que, cada una a su manera –quizá la de Blasco es la menos técnicamente poética y la más directa de las tres- están impregnadas de una sensibilidad (libre de sensiblería) que se echa de menos en estos tiempos.
Alentado por la buena impresión que tuve de la reciente lectura de Nanga Parbat, la novela de David Torres, decidí adentrarme más en la literatura de ficción ambientada en la montaña, dejando atrás la narrativa de actividades alpinistas estricta y explícitamente reales, que hacía tiempo que habían dejado de llamarme la atención. Para no alejarme demasiado de la primera referencia, me animé con otra ganadora del Premio Desnivel, la primera obra de la escaladora vallisoletana Pati Blasco, y no me arrepiento en absoluto porque el disfrute ha sido si cabe mayor.
Una de las conclusiones en común con el otro libro antes comentado es que la montaña vuelve a ser escenario, posiblemente inmejorable pero escenario en cualquier caso, de una historia cuyo protagonismo está en las personas, en sus relaciones, y en su forma de afrontar la vida o si acaso de tratar de entenderla para tal vez poder afrontarla. En Andando la vida es si cabe bastante más patente todavía: Lo menos importante, con diferencia, es si los personajes alcanzan o no la cima del K2, o las vicisitudes propiamente montañeras para intentar lograrlo. En otras obras puede ser también una excusa pero teniendo un peso potente en la narrativa y en las emociones transmitidas; aquí es lo de menos en todos los sentidos. Lo que ocurre es que esa filosofía de vida errante está perfectamente plasmada y caracterizada en los viajes de escalada y de alpinismo, tal y como explica la cita extraída al principio de esta entrada, pero probablemente también encajaría en otro tipo de ambientes bohemios. Eso y que, al fin y al cabo, la novela tiene mucho de eso que se suele llamar autobiográfico, y de hecho por lo que sé está construida a partir de un diario de la escritora en una expedición al techo del Karakórum.
Así pues, el libro habla de esa “anarquía de la existencia” a la que hace referencia la cita, narrando vivencias que cualquiera absolutamente alejado del mundo de la montaña y la escalada entendería o como mínimo encontraría interesantes. Y es ahí donde la prosa sencilla pero efectiva y cálida de Pati Blasco me ha ganado por completo. Para empezar, en la presentación de familiares, amistades y amores de la protagonista (que se hace llamar Julia pero parece ser un alter – ego de la escritora), con una cercanía, una autenticidad y una vivacidad que deslumbran, que dotan de enorme credibilidad a la historia, y que inundan de positivismo y buen rollo esos capítulos. Me encanta y comparto por completo su idea de la verdadera amistad elegida, frente al círculo de conocidos que viene dado por las relaciones en entornos cotidianos.Y en segundo lugar, en el desarrollo de las relaciones humanas con el paso del tiempo, de cómo los hechos que jalonan la vida van revelando cosas antes inimaginables y ahora difíciles de afrontar, y finalmente cómo el juicio que se hace de ello y de sus protagonistas también está sujeto a cambios dependiendo de lo que uno mismo vaya viviendo. Todo esto que así contado, sin más explicaciones porque sería destripar la historia y porque en cualquier caso el post sería interminable, puede sonar confuso, conforma ese desorden vital quizá comparable al de un laberinto de grietas en un glaciar, con la consiguiente metáfora en la dificultad de moverse por un lugar así, de andar la tortuosa vida, más aún partiendo de la ingenuidad inicial, de no haber practicado antes las técnicas de encordamiento y demás (si es que para la vida existen dichas técnicas).
En cualquier caso, me quedo con esa transmisión de emociones y de formas de entender la vida que Pati Blasco lanza desde su alma desnuda con honestidad y generosidad, en un estilo que me ha traído recuerdos, al menos en la sensación recibida por mí, del merecidamente renombrado libro de Miriam García Pascual (por cierto citada por Blasco en el suyo) Bájame una estrella, o incluso del memorable ¡Eh, petrel! de Julio Villar (que también por cierto prologa Andando la vida). Obras todas que, cada una a su manera –quizá la de Blasco es la menos técnicamente poética y la más directa de las tres- están impregnadas de una sensibilidad (libre de sensiblería) que se echa de menos en estos tiempos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)










