"Todos somos mucha gente, todos llevamos a muchos dentro, personas con los mismos recuerdos que nosotros que nos van ganando terreno y al final nos sustituyen. En eso consiste la madurez. En no reconocerse". (Los años extraordinarios, Rodrigo Cortés)
viernes, 30 de septiembre de 2011
miércoles, 21 de septiembre de 2011
"Explorando" por La Pedriza
Esta vez no había plan, ni intención de reflejarlo luego aquí. La excusa era, simplemente, pasar una noche de vivac en la Sierra de Guadarrama, cosa que este verano aún estaba pendiente.
Luego, lo de menos fue el vivac, o la enésima ascensión al Yelmo, por ruta de aproximación y vía ya sobradamente conocidas. La gracia –no planeada- estuvo, otra vez más, en conocer nuevos rincones de ese laberinto granítico llamado La Pedriza. Un lugar en el que abundan pequeños lugares escondidos en relativamente poca superficie sobre el terreno. Probablemente hay más por conocer aquí que en todo el resto de la sierra, que es mucho más amplia.
No creo que merezca la pena hacer descripciones detalladas del itinerario, o poner un preciso track de GPS. No es que quiera ocultar el tesoro por miedo a su profanación, es que creo que hago un favor a quien esté viendo esto y tenga pensado hacer alguna “exploración” parecida por La Pedriza. Lo contrario sería como un spoiler, como contar el final de la historia o quitarle encanto al misterio. Simplemente daré una referencia toponímica: El Corral Ciego. Hay mapas sobradamente minuciosos para que cada uno haga el esfuerzo por si mismo. No es que sea terreno virgen, pero jugar a ello es una gozada.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Casi cumplido 123: Picos de Vallibierna e Hito Este del Perdiguero
Escribía Juanjo San Sebastián en su “Cita con la cumbre” acerca de los miedos antes de una expedición. Se cuestionaba por qué la sensación de mal presagio no llegaba a ser lo suficientemente convincente como para renunciar a viajes en los que, efectivamente, acababa ocurriendo algún accidente más o menos desgraciado. Y, sin dar una respuesta sólida –no es su estilo-, sí que consideraba una buena razón el hecho de no llegar a vivir limitado por los miedos.
La referencia anterior no pretende hacer una absurda comparación entre ascensiones estivales a tresmiles pirenaicos de muy baja dificultad con las épicas aventuras de los ochomilistas, ni mucho menos relacionarlo con las tragedias que allí se viven. Pero me viene muy bien, porque hace algunas entradas escribí en un comentario que ya había dejado de sentir miedo antes de mis viajes en solitario a, por ejemplo, el Pirineo. Y, claro, ahora me parto la caja de ese comentario, aunque maldita la gracia que me hizo la insomne noche anterior al viaje a Benasque.
Es verdad que llevaba una temporada tomándome con cierta indiferencia anímica lo de preparar viajes montañeros, lejos de las tensiones de mi primera ascensión solitaria en Pirineos, al Garmo Negro hace tres años. Supongo que tenía una indiferencia anímica general, como coraza a lo vivido, en todos los aspectos de mi vida, los últimos años. Y supongo que el volver a sentir cosas, entre ellas miedo, significa que tal vez estoy superando esa etapa, para lo bueno y para lo malo.
El hecho es que los días previos a este nuevo viaje, junto a tensiones personales del momento presente, se fue generando una cierta preocupación hacia cuestiones más o menos tontas de las excursiones: Cuándo dejaría de llover el viernes, cómo haría el viaje en función a eso, si me quedaría o no autobús a Vallibierna o a la Besurta en función a lo anterior, dónde dormiría en función a lo anterior, etc.
Y entre esas preocupaciones estaba también el “Paso del Caballo” entre las Tucas de Vallibierna y de las Culebras. No era suficiente con el hecho de haber planteado la subida por el lado que permitía hacer cima sin afrontar el paso. En cualquier caso, la dificultad estaría tentándome al otro lado de la cima, y tendría que decidir si lo pasaría o no, para poder hacer cima también en las Culebras y completar la ruta circular. Supongo que incluso aunque me hubiera propuesto previamente hacer la ruta de ida y vuelta, y ni mirar hacia el paso, ni planteármelo, aun así, por esas extrañas tonterías de la mente humana, me habría quitado igualmente el sueño. Porque, en cualquier caso, el paso estaba ahí.
Finalmente, me vi enfrentado al paso, por cierto habiéndome quedado solo del todo (otros montañeros fueron desapareciendo mientras yo comía en la cima del Vallibierna), y en ese momento se volvieron a acumular todos mis miedos. Es un filo rocoso de muy baja dificultad técnica (I+), pero con una exposición impresionante, y una caída de muchos cientos de metros a ambos lados. El Puente de Mahoma del Aneto da, creo yo, bastante menos miedo (no es lo mismo medio metro de anchura de cresta que apenas un palmo). Estaba pasándolo francamente mal ante la idea de intentarlo. Y, sobre todo, si el miedo llegaba a bloquearme del todo a mitad del paso, ¿qué iba a hacer?
Así pues, por muy fácil que fuera, y por mucho que lo haga todo el mundo, creí que lo mejor era darse la vuelta. Es posible que a veces llamemos presagio simplemente a un miedo que acaba afectándonos de tal manera que su sugestión puede inducirnos a desgraciadas consecuencias (y aquí si que en absoluto pretendo compararlo con los casos de los que habla Juanjo San Sebastián).
Afortunadamente, existe una alternativa al paso, a la que también le tenía cierto miedo previamente, pero que in situ no me resultó ni tensa ni difícil. De esa manera, flanqueando el paso por una especie de balcón en su lado sur, con trepada posterior, hice cima también en el Culebras y pude completar la ruta circular. No pude evitar la euforia en la segunda cima. No me importaba no haberme atrevido con el Paso del Caballo, de hecho me alegraba de haber rectificado a tiempo, y aun así de haber podido completar la ruta circular. Además, me acababa de quitar un peso de encima; todas las preocupaciones de los días anteriores habían quedado en eso, en preocupaciones. Ya estaba; eso era todo.
Supongo que hay que saber afrontar los miedos sin dar por hecho que sólo hay una manera satisfactoria de superarlos. La famosa frase de “en la vida hay que probarlo todo”, yo me la tomo con más que con prudencia, y eso no implica dejar de vivir cosas (sin que eso signifique que lo sepa aplicar siempre, o que en algunas cosas de hecho no me pase aplicándolo…)
En cuanto al Perdiguero, fue otro tipo de experiencia, relacionada más con el sufrimiento, la constancia, y la renuncia. El cansancio acumulado por las pocas horas de sueño de las noches previas y la ascensión del día anterior me llevó a subir con un estado físico muy justito. Me lo tuve que tomar con toda la calma posible, en cuanto a ritmo y pausas, pero dentro de que subir al Perdiguero por Literota es una ruta bastante larga y de gran desnivel, en la que no hay que dejar que se vaya el tiempo.
Finalmente, después de más de 1500 metros de desnivel, me quedé en el Hito Este del Perdiguero, a sólo 50 de la cumbre, con una fatiga y sensación de malestar físico general que me impidieron afrontar esos últimos metros que tenía frente a mis narices, mientras veía a la gente en la cima, y a los grupos ir y venir de la misma.
Aquí no tuve ocasión de sentirme mal ni bien anímicamente. Razón por la cual me daba igual no terminar la ascensión. Pero al final de la excursión estuve razonablemente satisfecho del esfuerzo realizado, de no haberlo llevado, creo, a un límite extremo, y de ver cómo me fui recuperando según bajaba. Y, qué narices, de lo bonito que es el Pirineo. Ya disfrutaré la cima, tal vez, en otra ocasión en la que me encuentre mejor.
Por cierto, a ver si en un futuro procuro mejorar el tipo de alimento que me llevo a la montaña en estas excursiones de varios días, porque resulta muy duro comer latas de conservas cuando tienes sensación de náusea…
Descripciones en Pirineos 3000:
Pico de Vallibierna.
Tuca de Culebres.
Hito Este del Perdiguero.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Cumplido 125: "Super 8" (J.J. Abrams)
Aunque no sea una película que me haya marcado como lo hacían los films dirigidos o producidos por Spielberg en los setenta y ochenta, en muchos de los cuales por cierto se inspira éste, "Super 8" no me ha decepcionado en absoluto. Supongo que haría falta volver a ser un niño para volver a sentir hasta aquel punto ese influjo mágico de aquellas películas, pero ésta nueva producción del "rey midas" de Hollywood tiene todos los ingredientes, y sobre todo el estilo y el tono, de aquel cine. No es un intento forzado de imitar obras anteriores con resultado artificial y sin personalidad propia, como "Indiana Jones 4". "Super 8" tiene fuerza y brillo por sí misma; parece rescatada de aquella época; parece como estar viendo una vieja película de Spielberg que aún no habías visto -gran error si no la hubieran ambientado en los 70-. Una gozada, vaya.
Es cierto que la parte fantástica de la película no me ha provocado la emoción que recuerdo de las primeras veces que veía, por ejemplo, "Encuentros en la tercera fase". Tanto si mi edad tiene más o menos que ver en ello, creo que esto se debe a que el tono simpático y divertido con el que son presentados los personajes adolescentes de la película tiene mucha más fuerza. Ese buen rollo entre infantil y juvenil, ese espíritu de iniciativa y aventura, el buen sentido del humor, así cómo las difíciles experiencias de esas edades -tratadas con ternura pero no empalagosidad- tienen más fuerza que los sucesos extraordinarios que dan lugar a la acción; todo lo que los chavales representan y dan vida por sí mismos es argumento suficiente para disfrutar de la película; el resto es, como dice uno de los protagonistas, "valor añadido". También influirá que lo otro lo tenemos muy visto, tanto si es al encantador estilo misterioso de aquellos años, como si es con el actual cine de ciencia ficción al que ya estamos acostumbrados, en el que unos efectos especiales perfeccionistas nos lo dan todo hecho, quitándole valor a la imaginación.
Así pues, aquella premisa que tan bien funcionaba en películas como "E.T.", de colocar a personajes corrientes ante situaciones extraordinarias, no es que ahora me llame menos la atención; es que me parece tan disfrutable el hecho mismo de ver a los chavales tratando de rodar su primera película: eso es tan interesante y sobre todo divertido, o más, que los propios hechos extraordinarios. Y sobre todo desde el protagonismo de quien aún es demasiado joven como para haber perdido la ilusión, o el sentido de la magia o de la fantasía. Y que eso funcione (aunque dependerá del espectador) en una época en que el público es tan escéptico ya que el cine tiene que ser tan creíble y realista que hasta Batman necesita ser explicado como si fuera un personaje real, me parece que tiene un gran mérito. O eso, o esta película sólo nos va a gustar a los nostálgicos de aquella época.
Me ha encantado la parte autobiográfica, metacinematográfica, que tiene la película. Hablamos de un film que rememora el estilo que hizo famoso a Spielberg entre los 70 y los 80, y en el cual los protagonistas hacen lo mismo que el propio Spielberg entre finales de los 50 y principios de los 60: Coger su cámara de Super 8, reunir a sus hermanas y amigos, y rodar películas de aficionados. Es todo un autohomenaje, que al mismo tiempo es un agradecimiento al mundo del cine y a todo lo que le ha dado, y que casi parece cerrar un ciclo, aunque el cineasta siga con proyectos de ciencia ficción y fantasía.
Spielberg se ha pasado toda la vida tratando de utilizar el cine para escapar de la rutina, de la gris cotidianeidad, a través del cine fantástico y de ciencia ficción. Tras ser capaz de enfrentarse también a dramas humanos de gran calado y madurez, parece que en el otoño de su vida sigue necesitando revisitar ese escapismo, y sigue guardando dentro a un niño que se sigue expresando muy bien. Yo no puedo por menos que agradecérselo.
Es cierto que la parte fantástica de la película no me ha provocado la emoción que recuerdo de las primeras veces que veía, por ejemplo, "Encuentros en la tercera fase". Tanto si mi edad tiene más o menos que ver en ello, creo que esto se debe a que el tono simpático y divertido con el que son presentados los personajes adolescentes de la película tiene mucha más fuerza. Ese buen rollo entre infantil y juvenil, ese espíritu de iniciativa y aventura, el buen sentido del humor, así cómo las difíciles experiencias de esas edades -tratadas con ternura pero no empalagosidad- tienen más fuerza que los sucesos extraordinarios que dan lugar a la acción; todo lo que los chavales representan y dan vida por sí mismos es argumento suficiente para disfrutar de la película; el resto es, como dice uno de los protagonistas, "valor añadido". También influirá que lo otro lo tenemos muy visto, tanto si es al encantador estilo misterioso de aquellos años, como si es con el actual cine de ciencia ficción al que ya estamos acostumbrados, en el que unos efectos especiales perfeccionistas nos lo dan todo hecho, quitándole valor a la imaginación.
Así pues, aquella premisa que tan bien funcionaba en películas como "E.T.", de colocar a personajes corrientes ante situaciones extraordinarias, no es que ahora me llame menos la atención; es que me parece tan disfrutable el hecho mismo de ver a los chavales tratando de rodar su primera película: eso es tan interesante y sobre todo divertido, o más, que los propios hechos extraordinarios. Y sobre todo desde el protagonismo de quien aún es demasiado joven como para haber perdido la ilusión, o el sentido de la magia o de la fantasía. Y que eso funcione (aunque dependerá del espectador) en una época en que el público es tan escéptico ya que el cine tiene que ser tan creíble y realista que hasta Batman necesita ser explicado como si fuera un personaje real, me parece que tiene un gran mérito. O eso, o esta película sólo nos va a gustar a los nostálgicos de aquella época.
Me ha encantado la parte autobiográfica, metacinematográfica, que tiene la película. Hablamos de un film que rememora el estilo que hizo famoso a Spielberg entre los 70 y los 80, y en el cual los protagonistas hacen lo mismo que el propio Spielberg entre finales de los 50 y principios de los 60: Coger su cámara de Super 8, reunir a sus hermanas y amigos, y rodar películas de aficionados. Es todo un autohomenaje, que al mismo tiempo es un agradecimiento al mundo del cine y a todo lo que le ha dado, y que casi parece cerrar un ciclo, aunque el cineasta siga con proyectos de ciencia ficción y fantasía.
Spielberg se ha pasado toda la vida tratando de utilizar el cine para escapar de la rutina, de la gris cotidianeidad, a través del cine fantástico y de ciencia ficción. Tras ser capaz de enfrentarse también a dramas humanos de gran calado y madurez, parece que en el otoño de su vida sigue necesitando revisitar ese escapismo, y sigue guardando dentro a un niño que se sigue expresando muy bien. Yo no puedo por menos que agradecérselo.
viernes, 2 de septiembre de 2011
125: Súper 8
La película que -en teoría- simboliza el tipo de cine que fue mi favorito durante mi infancia y adolescencia, por lo tanto con una clara vocación escapista. ¿Cómo me la iba a perder?
miércoles, 31 de agosto de 2011
124: ¡Vienen YES!
Gran y deseada noticia, que llevaba esperando desde hace meses en la lista de conciertos del tour europeo de la página web del grupo. Una de las grandes bandas veteranas que me faltan por ver en directo, el 4 de noviembre por estos lares... como para no verles... ¡planazo!
viernes, 26 de agosto de 2011
123: Perdiguero y Vallibierna
- Lugar: Pirineo oscense, zona de Benasque.
- Momento: Este fin de semana.
- Plan: El sábado, ascensión al Perdiguero por el Valle de Literola. Dependiendo de la meteorología y del transporte, cabe la posibilidad de que lo haga desde el Valle de Estós, por la Coma de Perdiguero. El domingo, ascensión a la Tuca de Vallibierna por el lado "cobarde"*: Puen de Coronas, Ibones de Vallibierna, Ibon Gelat y cara este de la Tuca; *: Si desde la cima el Paso del Caballo no me impresiona, quizás suba a la Tuca de Culebres y baje por el oeste, dándome luego una vuelta por la Collada de Llauset, Ibón de Llauset y Collada de Vallibierna; si no me atrevo o no me apetece, me vuelvo por el mismo sitio. También cabe la posibilidad, por cuestión meteorológica, de que haga ambos planes a la inversa (sábado Vallibierna y domingo Perdiguero); de hecho, con la última previsión que he visto creo muy probable hacerlo así.
martes, 23 de agosto de 2011
Cumplido 122: Cita con la cumbre
El libro de Juanjo San Sebastián, del que tantas buenas opiniones llevaba escuchando desde hace años, efectivamente ha cumplido con mis espectativas, y no sólo me parece una de las mejores obras de alpinismo que he leído, sino que hacía tiempo que un libro, de éste o de cualquier otro subgénero, no me emocionaba hasta este punto.
De entrada, yo es el libro de alpinismo que recomendaría a cualquiera que no esté precisamente familiarizado con el mundo de la montaña. Por un lado, por su sencillez de exposición y su tono ameno, incluído el sentido del humor. En segundo lugar, porque no se pierde en tecnicismos alpinistas, y los pocos que hay, los explica como quien se dirige a un público cualquiera, totalmente amplio. Pero sobre todo, porque aparte de un libro sobre alpinismo, es un libro sobre humanismo, sobre experiencias vitales comunes contadas con una filosofía reflexiva y profunda pero que cualquiera puede entender. La montaña es casi un escenario o una excusa para hablar, más bien, de la vida, de las etapas de la misma y las transiciones entre ellas, de los miedos e inseguridades, del dolor y de la amistad.
Juanjo San Sebastián no se mete en descripciones rimbombantes ni sobrecargadas de estilo épico, sino que cuenta con sencillez anécdotas y vivencias que por sí solas tocan la fibra. Tampoco engaña a nadie tratando de dar la explicación incuestionable de por qué alguien arriesga su vida subiendo ochomiles; da su perspectiva del asunto, y deja que el lector saque sus conclusiones: no trata de convencer a algún posible lector escéptico. Es todo honestidad; incluso se ríe de sus propios errores, ingenuidades y posibles autocomplacencias del pasado y a veces del presente, y nunca con falsa modestia. El libro tiene fases que me han hecho soltar carcajadas, y otras que me han puesto un nudo en la garganta, y en algún caso incluso casi en la misma página. Como la vida misma. Uno se imagina a Juanjo como lo describe el prologuista del libro, David Torres: Alguien que cuando sonríe, sonríe con toda la cara.
El núcleo de la historia, la ascensión al K2 en 1994, es una experiencia que, además de épica, espectacular e increíble en si misma, en lo humano es muy dura. Resulta complicado ponerse en la piel de alguien que se dispone a contar algo así en un libro, de la misma manera que podría crear alguna extraña conciencia al lector el hecho de pensar que va a enriquecerse, e incluso disfrutar, de un hecho con un componente trágico real. Pero la manera en que lo transmite Juanjo justifica completamente cualquier posible intento de reproche al respecto. Logra que lo sientas tan natural como lo es la vida misma. Porque de hecho es así, más allá de lecciones morales sobre lo que debe o no debe hacer alguien con su vida.
De hecho, uno de los componentes mejor explicados por Juanjo (no puedo evitar nombrarle como si tuviera confianza con él, porque de alguna manera, la transmite al lector), es su capacidad para transmitir su filosofía del enfrentamiento de las personas a algunas de las grandes barreras (naturales) del ser humano: el sufrimiento, el dolor, el miedo y, finalmente, la muerte. La conclusión, supongo que no puede ser más acertada; más o menos viene a decir (no lo subrayé, y no acabo de encontrarlo), que para vivir la vida con plenitud hay que estar dispuesto a soportar una mayor o menor carga de sufrimiento; es inevitable.
Por cierto, Juanjo no cumple en absoluto el modelo de escapista de, por ejemplo, Henry Russell, el amante del Pirineo con ciertas dosis de misantropía. De hecho, ama la vida lejos de las grandes cordilleras, y muestra un gran afecto por el ser humano. Pero, en cualquier caso, las altas montañas si son, en un momento determinado de su vida, su lugar de huida tras el desencanto de alguna etapa vital previa.
De entrada, yo es el libro de alpinismo que recomendaría a cualquiera que no esté precisamente familiarizado con el mundo de la montaña. Por un lado, por su sencillez de exposición y su tono ameno, incluído el sentido del humor. En segundo lugar, porque no se pierde en tecnicismos alpinistas, y los pocos que hay, los explica como quien se dirige a un público cualquiera, totalmente amplio. Pero sobre todo, porque aparte de un libro sobre alpinismo, es un libro sobre humanismo, sobre experiencias vitales comunes contadas con una filosofía reflexiva y profunda pero que cualquiera puede entender. La montaña es casi un escenario o una excusa para hablar, más bien, de la vida, de las etapas de la misma y las transiciones entre ellas, de los miedos e inseguridades, del dolor y de la amistad.
Juanjo San Sebastián no se mete en descripciones rimbombantes ni sobrecargadas de estilo épico, sino que cuenta con sencillez anécdotas y vivencias que por sí solas tocan la fibra. Tampoco engaña a nadie tratando de dar la explicación incuestionable de por qué alguien arriesga su vida subiendo ochomiles; da su perspectiva del asunto, y deja que el lector saque sus conclusiones: no trata de convencer a algún posible lector escéptico. Es todo honestidad; incluso se ríe de sus propios errores, ingenuidades y posibles autocomplacencias del pasado y a veces del presente, y nunca con falsa modestia. El libro tiene fases que me han hecho soltar carcajadas, y otras que me han puesto un nudo en la garganta, y en algún caso incluso casi en la misma página. Como la vida misma. Uno se imagina a Juanjo como lo describe el prologuista del libro, David Torres: Alguien que cuando sonríe, sonríe con toda la cara.
El núcleo de la historia, la ascensión al K2 en 1994, es una experiencia que, además de épica, espectacular e increíble en si misma, en lo humano es muy dura. Resulta complicado ponerse en la piel de alguien que se dispone a contar algo así en un libro, de la misma manera que podría crear alguna extraña conciencia al lector el hecho de pensar que va a enriquecerse, e incluso disfrutar, de un hecho con un componente trágico real. Pero la manera en que lo transmite Juanjo justifica completamente cualquier posible intento de reproche al respecto. Logra que lo sientas tan natural como lo es la vida misma. Porque de hecho es así, más allá de lecciones morales sobre lo que debe o no debe hacer alguien con su vida.
De hecho, uno de los componentes mejor explicados por Juanjo (no puedo evitar nombrarle como si tuviera confianza con él, porque de alguna manera, la transmite al lector), es su capacidad para transmitir su filosofía del enfrentamiento de las personas a algunas de las grandes barreras (naturales) del ser humano: el sufrimiento, el dolor, el miedo y, finalmente, la muerte. La conclusión, supongo que no puede ser más acertada; más o menos viene a decir (no lo subrayé, y no acabo de encontrarlo), que para vivir la vida con plenitud hay que estar dispuesto a soportar una mayor o menor carga de sufrimiento; es inevitable.
Por cierto, Juanjo no cumple en absoluto el modelo de escapista de, por ejemplo, Henry Russell, el amante del Pirineo con ciertas dosis de misantropía. De hecho, ama la vida lejos de las grandes cordilleras, y muestra un gran afecto por el ser humano. Pero, en cualquier caso, las altas montañas si son, en un momento determinado de su vida, su lugar de huida tras el desencanto de alguna etapa vital previa.
viernes, 19 de agosto de 2011
Cumplido 121: Viaje por el Alto Pisuerga
A riesgo de que la entrada parezca una especie de catálogo turístico, en esta ocasión me limito a poner las fotos, con las explicaciones justas para las mismas, del viaje que la semana pasada hicimos al norte de la provincia de Palencia.
Estuvimos visitando pueblos y parajes anejos a los primeros kilómetros del Río Pisuerga -incluyendo su "casi" nacimiento-, en las laderas y valles de la Sierra de Peña Labra, parte de la Montaña Palentina que me quedaba por conocer, y también, ya fuera del ámbito del Parque Natural pero aún a orillas del mismo río, por la zona de Aguilar de Campoo.
Se trata de un paisaje grato y vistoso sin llegar a espectacular; unas montañas que quedan algo "ensombrecidas" al lado de las cercanas y visibles cumbres de Fuentes Carrionas, que a su vez, aun siendo mucho más imponentes, todavía tienen cerca otro macizo que aun destaca más que ellas, nada menos que los Picos de Europa. O sea, que es una sierra que no desmerece por si misma si no por comparación. Porque, por lo demás, es muy bonita, con vistosos afloramientos calizos que se yerguen sobre praderas apacibles, alomadas cumbres que dejan entrever desordenados promontorios de conglomerados, y valles en ocasiones cubiertos por abundante vegetación de robles, hayas y acebos, cuya sombra interior resulta más que acogedora.
En cuanto a los pueblos, el municipio de La Pernía destaca por localidades encantadoras, verdaderamente pequeñas, casi aldeas, acompañadas por características iglesias románicas. Como ejemplo principal, el del núcleo de la zona, San Salvador de Cantamuda y su Colegiata (S. XII):
La plaza de San Salvador de Cantamuda, con el Rollo Jurisdiccional:
La excursión de senderismo por excelencia de la zona es la que lleva al nacimiento del Río Pisuerga, conocido como Fuente Cobre.
Entre los frondosos bosques por los que por momentos se introduce la senda, convirtiéndose casi en un oscuro pasillo, aparecen algunos bosquetes de acebos, entre los cuales encontré uno de los ejemplares más grandes que recuerdo haber visto de esta especie. La primera foto es mala por la poca luz, pero la pongo para que se vea la referencia de tamaño de la mochila.
Y llegamos a Fuente Cobre, lugar considerado erróneamente como el nacimiento del Pisuerga, pero que no es sino su surgencia a través de una vistosa cueva, tras provenir de algunos centenares de metros más arriba, de un sumidero kárstico en el circo de origen glaciar de las Lagunas del Sel de la Fuente (al que no llegamos).
No muy lejos de allí, encontré los ojos o nódulos calizos que había visto antes en fotografías sin que en éstas apareciese referencia alguna de su orden de magnitud; bien podía haber sido de varios metros cuadrados de superficie, quién sabe; al final me encontré con el que más o menos intuía, y, yo sí, al menos puse el pie para que quede claro de qué tamaño hablamos:
Una de las altitudes principales de la sierra, el Valdecebollas:
Robles (Quercus petraea) -en la segunda engañan las hojas de haya del primer plano- huecos:
Los primeros y minúsculos pueblos a orillas del Pisuerga, antes aún de San Salvador de Cantamuda, y el paisaje que los rodea, también tienen su encanto. Santa María de Redondo:
San Juan de Redondo:
Un alimoche:
Otra de las atracciones principales de la zona es el Roblón de Estalaya, de casi diez metros de perímetro, y una edad estimada de más de 800 años:
Cerca de allí hay una curiosidad geológica y paleobotánica: El bosque fósil de Verdeña. Se trata de un paleosuelo en el que quedaron inmortalizados en la arenisca los huecos de tocones, raíces y troncos de árboles muertos tras una inundación, de un bosque que existió hace 300 millones de años. Con los movimientos orogénicos, el sustrato pasó a ser vertical, y fue descubierto (en sentido literal) al realizarse una extracción de carbón hace algunas décadas:
La iglesia de Verdeña, el pueblo más cercano al bosque fósil:
Cervera de Pisuerga, el primer pueblo importante a orillas del Pisuerga, en el límite mismo del Parque Natural:
Y Aguilar de Campoo, siguiente localidad importante, con su castillo...
...su Colegiata de San Miguel (S. XI)...
...y su Monasterio de Santa María la Real (S. XII):
Finalmente, cerca de Aguilar, el paisaje de origen kárstico de Las Tuerces:
Desde donde se ve muy bien el macizo del Alto Carrión. De izquierda a derecha -entre otras-, las tres principales montañas de esta sierra: El Espigüete, el Curavacas y, aunque por la lejanía parezca más bajito, la culminación en Peña Prieta:
Estuvimos visitando pueblos y parajes anejos a los primeros kilómetros del Río Pisuerga -incluyendo su "casi" nacimiento-, en las laderas y valles de la Sierra de Peña Labra, parte de la Montaña Palentina que me quedaba por conocer, y también, ya fuera del ámbito del Parque Natural pero aún a orillas del mismo río, por la zona de Aguilar de Campoo.
Se trata de un paisaje grato y vistoso sin llegar a espectacular; unas montañas que quedan algo "ensombrecidas" al lado de las cercanas y visibles cumbres de Fuentes Carrionas, que a su vez, aun siendo mucho más imponentes, todavía tienen cerca otro macizo que aun destaca más que ellas, nada menos que los Picos de Europa. O sea, que es una sierra que no desmerece por si misma si no por comparación. Porque, por lo demás, es muy bonita, con vistosos afloramientos calizos que se yerguen sobre praderas apacibles, alomadas cumbres que dejan entrever desordenados promontorios de conglomerados, y valles en ocasiones cubiertos por abundante vegetación de robles, hayas y acebos, cuya sombra interior resulta más que acogedora.
En cuanto a los pueblos, el municipio de La Pernía destaca por localidades encantadoras, verdaderamente pequeñas, casi aldeas, acompañadas por características iglesias románicas. Como ejemplo principal, el del núcleo de la zona, San Salvador de Cantamuda y su Colegiata (S. XII):
La plaza de San Salvador de Cantamuda, con el Rollo Jurisdiccional:
La excursión de senderismo por excelencia de la zona es la que lleva al nacimiento del Río Pisuerga, conocido como Fuente Cobre.
Entre los frondosos bosques por los que por momentos se introduce la senda, convirtiéndose casi en un oscuro pasillo, aparecen algunos bosquetes de acebos, entre los cuales encontré uno de los ejemplares más grandes que recuerdo haber visto de esta especie. La primera foto es mala por la poca luz, pero la pongo para que se vea la referencia de tamaño de la mochila.
Y llegamos a Fuente Cobre, lugar considerado erróneamente como el nacimiento del Pisuerga, pero que no es sino su surgencia a través de una vistosa cueva, tras provenir de algunos centenares de metros más arriba, de un sumidero kárstico en el circo de origen glaciar de las Lagunas del Sel de la Fuente (al que no llegamos).
No muy lejos de allí, encontré los ojos o nódulos calizos que había visto antes en fotografías sin que en éstas apareciese referencia alguna de su orden de magnitud; bien podía haber sido de varios metros cuadrados de superficie, quién sabe; al final me encontré con el que más o menos intuía, y, yo sí, al menos puse el pie para que quede claro de qué tamaño hablamos:
Una de las altitudes principales de la sierra, el Valdecebollas:
Robles (Quercus petraea) -en la segunda engañan las hojas de haya del primer plano- huecos:
Los primeros y minúsculos pueblos a orillas del Pisuerga, antes aún de San Salvador de Cantamuda, y el paisaje que los rodea, también tienen su encanto. Santa María de Redondo:
San Juan de Redondo:
Un alimoche:
Otra de las atracciones principales de la zona es el Roblón de Estalaya, de casi diez metros de perímetro, y una edad estimada de más de 800 años:
Cerca de allí hay una curiosidad geológica y paleobotánica: El bosque fósil de Verdeña. Se trata de un paleosuelo en el que quedaron inmortalizados en la arenisca los huecos de tocones, raíces y troncos de árboles muertos tras una inundación, de un bosque que existió hace 300 millones de años. Con los movimientos orogénicos, el sustrato pasó a ser vertical, y fue descubierto (en sentido literal) al realizarse una extracción de carbón hace algunas décadas:
La iglesia de Verdeña, el pueblo más cercano al bosque fósil:
Cervera de Pisuerga, el primer pueblo importante a orillas del Pisuerga, en el límite mismo del Parque Natural:
Y Aguilar de Campoo, siguiente localidad importante, con su castillo...
...su Colegiata de San Miguel (S. XI)...
...y su Monasterio de Santa María la Real (S. XII):
Finalmente, cerca de Aguilar, el paisaje de origen kárstico de Las Tuerces:
Desde donde se ve muy bien el macizo del Alto Carrión. De izquierda a derecha -entre otras-, las tres principales montañas de esta sierra: El Espigüete, el Curavacas y, aunque por la lejanía parezca más bajito, la culminación en Peña Prieta:
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