domingo, 30 de marzo de 2014

Cuando el escenario se convierte en el decorado de fondo



La Sierra de Guadarrama desde Madrid...

Montañas desde las que observar paisajes. Montañas desde las que observar otras montañas. Montañas que son escenario, o incluso protagonista de la función. Montañas desde las que la lejana ciudad queda empequeñecida, y olvidados momentáneamente sus cargas y agobios.


...y Madrid desde la Sierra de Guadarrama.


Montañas que habitualmente son el decorado de fondo; a veces ni eso: para muchos pasan desapercibidas. Lo importante está en primer plano. Lo que ha elegido el ser humano en su progreso va por delante. Mejor las cargas y los agobios, a cambio de lo demás.



Pero cuando las montañas han pasado de estar bajo los propios pies (con botas o con crampones) a ser el decorado de fondo, es difícil llegar a ponerse en el lugar de quienes nunca las hollaron. Las miras desde lejos, y aun estando veladas por la contaminación que al parecer preferimos y que malogra las fotos, no puedes hacerte a la idea del punto de vista indiferente hacia ellas. Aun habiendo perdido la costumbre. Incluso aunque las últimas veces que hayas ido, en realidad no estuvieras allí, sino más bien pensando en volver cuanto antes: La función ahora está en otro escenario. Pero algún rincón de la cabeza sigue anhelando lo mismo. Lo malo es que el corazón ya no tanto.

Lo malo o no, porque tal vez no haga tanta falta como pensaba. Bueno, vale, el Atleti últimamente también ayuda más a distraerse…

domingo, 2 de marzo de 2014

Apuntes al oeste de Guadarrama (Alberto Martín Baró)


Los montañeros – lectores estamos acostumbrados a libros sobre alpinismo rebosantes de épica, en ocasiones con tintes dramáticos que podrían llegar a considerarse morbosos, o bien a descripciones de paisajes y vivencias contemplativas y románticas llenas de grandilocuencia y filosofía a veces hollywoodiense. O eso, o a estilos más realistas, descriptivos o técnicos desde el punto de vista deportivo. O, como fue mi caso en los primeros libros sobre montaña que leí, a un tono más cultural y didáctico, sobre todo en la rama científica divulgativa.

Todo eso está o puede estar muy bien. Y todo ello puede servirnos para sentirnos identificados y al mismo tiempo ilustrados acerca de la relación del ser humano con la montaña, de manera más o menos acertada. Pero podría faltar, entre todos esos estilos, la descripción de las sensaciones más sencillas, más detallistas, más humildes, que se perciben al moverse por el monte, al entrar en contacto con la naturaleza.

Y buena parte de la esencia de la pasión por el montañismo podría estar en esos pequeños detalles, buena parte de lo que nos llevamos al volver a casa, en medio de una sensación de plenitud; aunque normalmente solamos relacionarlos con una especie de actores de reparto, o incluso de meros adornos del decorado: El sonido del agua en los arroyos, el cantar de los pájaros, las flores que crecen a los lados del camino, un prado en el que pasta el ganado, los colores y las luces y cómo van cambiando, las ruinas de un viejo molino vestigio de otras épocas… Son ingredientes que normalmente apenas ocupan unos segundos de atención en muchas de las excursiones en las que el protagonismo es para tal o cual trepada, o cierta canal de nieve vencida a base de golpes de piolet y crampón, etc. Y sin embargo, cada vez que volvemos al campo y respiramos el olor a pinar húmedo, o nos fijamos en el musgo que recubre las piedras berroqueñas, percibimos que también hemos vuelto allí a recuperar esas sensaciones normalmente más inadvertidas, o al menos poco reflexionadas y apenas digeridas.

Alberto Martín Baró da protagonismo a todo ese tipo de detalles, y a otros muchos, en su delicioso libro “Apuntes al oeste de Guadarrama”. Nos traslada al campo, al ámbito rural, desde el punto de vista de alguien cuya actividad no es el montañismo ni ningún tipo de deporte relacionado, sino simplemente pasear, caminar por el monte, y observar, aprender, e impregnarse de todo lo que percibe a su alrededor. Es decir, una manera posiblemente más natural, menos forzada, de adentrarnos en ese medio. Y no porque en ocasiones no suba dosmiles, que también lo hace y lo describe, sino porque efectivamente ve la verdadera esencia del contacto con la naturaleza en esa otra parte más serena y humilde del regreso a los espacios abiertos. Y porque quiere reflejar la relación con la sierra desde el punto de vista de quienes, como él, han acabado estableciendo su residencia habitual en un pueblo de la misma, en este caso el segoviano San Rafael, perteneciente a El Espinar.

No sólo sobre paisajes y detalles naturales escribe Martín Baró a lo largo de los 50 capítulos que, casi a modo de lo que ahora son los blogs, desgranan vivencias a veces cotidianas, pero al mismo tiempo mágicas o como mínimo evocadoras, del entorno que le rodea. Engrandece o poetiza los fenómenos meteorológicos, o bien plasma la pequeñez del ser humano ante alguno de ellos. Ofrece apuntes sobre toponimia. Nos cuenta cómo busca los restos de los molinos que fueron el motor de las  labores de antaño, o de alguna ermita abandonada que le ayuda a imaginar la vida de su santero.

También reflexiona sobre el cambio del paisaje con el devenir del desarrollo, lo que le lleva a la eterna disyuntiva entre lo que se pierde y lo que se gana con el progreso. Presenta algunos retratos de personas casi anónimas que, con su tarea habitual y sencilla en algunos pequeños comercios de San Rafael, aportan colores y sabores especiales a la vida del pueblo. Evoca vivencias de la infancia, cuando ese mismo entorno era escenario tan sólo de sus veraneos. Observa y analiza a los diferentes tipos de caminantes, por supuesto incluyendo a los montañeros más o menos deportivos, y saca curiosas pero al mismo tiempo comunes reflexiones acerca de los caminos, las sendas, la observación de los mapas, los esfuerzos por subir laderas empinadas, y el sentido que lleva a tales actividades.

Buena parte del libro está impregnado de nostalgia. Y de sueños y anhelos, como los que llevan a buscar el estilo de vida ideal que a lo largo de muchos años deseamos tener, que nos haga al fin dejar atrás “el agobio de horarios interminables”, como finalmente acabó consiguiendo Martín Baró tras su jubilación.

Hacia el final del libro, se reconoce frustrado a la hora de transmitir los sentimientos que sus paseos y excursiones le llevan a experimentar. Sin embargo, bajo mi punto de vista creo que no es así, al menos para quien se haya parado en diversas ocasiones a percibir esas sensaciones en el monte: Su manera natural de describir lo que ocurre ante sus ojos, su forma de plasmar con sencillez las cosas pequeñas, ha llegado con mucha autenticidad a quien ahora estas líneas escribe; la misma autenticidad que muchas veces percibo en alguna de las paradas que hago durante una excursión en un día de campo, y que yo tampoco me creería capaz de transmitir, lo que me lleva a terminar escribiendo más o menos de lo mismo que suelen contar los libros habituales de montañismo.

Por eso también hacen falta libros como “Apuntes al oeste del Guadarrama”, para completar la labor de la literatura de montaña en su afán por explicar todo lo que este medio nos aporta, y valorarlo en un conjunto lo más diverso posible.

viernes, 24 de enero de 2014

El Duque de los Abruzos. Vida de un explorador (Mirella Tenderini y Michael Shandrick)

Este libro supone para mí una novedad dentro de la lista de obras de literatura de montaña que llevo leídas: Es la primera biografía que leo acerca de un alpinista que no haya sido escrita por el propio protagonista. Esta puede ser sin duda una de las razones de que, aparte de ser interesante, el libro no me haya resultado precisamente emotivo o memorable, para mi gusto; pero hay más motivos.

Luis Amadeo de Saboya – Aosta, Duque de los Abruzos, fue hijo de Amadeo de Saboya, rey de España entre 1870 y 1873, en una época especialmente convulsa de este país, aunque ambos pertenecían a la familia real italiana. Él nunca ocupó un cargo real o político, aunque estuvo muchos años al servicio de Italia como militar. Cuando sus deberes se lo permitían, realizaba actividades alpinísticas y exploratorias, entre las cuales destacaron importantes expediciones pioneras en su época, como las primeras ascensiones al Monte San Elías en Alaska o al Ruwenzori en África, un récord de latitud al Polo Norte, o uno de los primeros intentos de conquista del K2.

Aquellas aventuras, adelantadas a su tiempo, además del espíritu deportivo y del interés científico que llevaba aparejado, tenían una especie de misión publicitaria para mejorar la popularidad de Italia en el mundo. Probablemente por esto, y por el carácter reservado -esperable en alguien de su alcurnia- de Luis Amadeo, que encargaba la redacción de las expediciones a otros compañeros de las mismas, no dejó testimonio de lo que podían transmitirle tales actividades, en un sentido más personal, reflexivo o emocional, que es lo que estoy acostumbrado a percibir en los libros sí escritos por otros alpinistas. Ese aspecto suele ser el que mejor poso deja al lector, para mi gusto, porque es fácil sentirse identificado si se comparte la afición con el escritor (al margen de las diferencias de nivel en las actividades llevadas a cabo). Y ese es un campo no explorado en este libro, lo que le da ese estilo más seco de lo habitual en este tipo de literatura.

En cualquier caso, es un libro interesante, entretenido, lleno de curiosidades, con el sabor de lo añejo, el valor de tales aventuras en aquella época, con esas estupendas fotografías en blanco y negro del también afamado Vittorio Sella, etc. Y aporta otro nuevo ejemplo (el enésimo) de cómo una vida tan intensa y tan llena de contrastes (de la corte a las tribus africanas y de ahí a lo inhabitado; de la Primera Guerra Mundial a la paz de las montañas, etc.) acaba dejando un poso de deseo de aislamiento del mundanal ruido, y al final sí nos deja entrever El Duque un resquicio de personalidad cansada de la vida en la sociedad occidental: Sus últimos años los pasó en la aldea de Somalia que él mismo había fundado para crear otro proyecto pionero, de desarrollo agrícola en una tierra empobrecida.

lunes, 20 de enero de 2014

Últimos discos, más grupos, y opiniones categóricas

Hace mucho tiempo que no escribo sobre música. No ha habido grandes cambios en mis preferencias; algunos de los grupos que vengo siguiendo desde hace años han sacado disco nuevo, en general sin mucha pena ni gloria; he conocido más bandas interesantes en mi estilo preferido actual; y me he atrevido a explorar otros géneros, confirmando en unos casos que por mucho que lo intente con determinadas cosas no puedo, pero que con otras debería atreverme más a menudo, pues resulta que hay cosas muy buenas (sean muy conocidas o no) que pueden gustarme más de lo que habría imaginado.

De los grupos que solía seguir, Dream Theater sacaron su tercera decepción discográfica consecutiva, con lo cual ya no es decepción, aunque esta lleva el agravante de ser su disco homónimo. En cualquier caso, lejos de los exagerados vapuleos que se pueden leer por ahí, el disco no es tan malo (lo mismo pasa con los dos anteriores), simplemente está muy por debajo de lo que solían ser, pero se aguanta. Es más, la suite final del disco cada vez me gusta más (aunque con casi todo el resto del disco me pasa lo contrario, cada vez me aburre más).

Muy de soslayo se ha hablado del último disco de The Flower Kings (¡que para eso es un grupo "de culto"!, vaya tela), pero curiosamente no ha sido por desprecio, sino que de hecho parecen haberlo recibido en ciertos medios con más condescendencia que yo. Efectivamente, coincido con ellos en que supera al anterior disco de la banda, pero de nuevo es otro caso de grupo que ya no es lo que era, y la decepción pesa más que la, en cualquier caso, innegable calidad (que no brillo o genialidad, como antes).

Sin embargo, la crítica ha sido severa con el último disco de Ayreon, y a mí es el que más me gusta de los tres hasta ahora mencionados, creo que con diferencia. Su único defecto, para mi gusto, es que hay poco de nuevo u original en él (que no es leve defecto), pero por lo demás me parece una gozada, que recopila con calidad y gancho buena parte de las características que más me gustan del rock progresivo en general y del proyecto de Arjen Lucassen en particular. Se le reprocha que las ideas están poco desarrolladas, que duran poco y cambian de manera brusca; bueno, a mí eso no me molesta, al menos en este caso, aunque también se me ocurren otros discazos de estructura “loca”, como el “Amarok” de Mike Oldfield. Más cansino me resulta el anterior de Ayreon, “01011001”, del que sin embargo se habló creo que excesivamente bien. Supongo que será cuestión de gustos.

No sabría decir cuáles son exactamente los grupos de rock prog que he conocido desde que no escribía una entrada de música, pero los dos que más gratamente me han sorprendido últimamente son Magic Pie y Big Big Train. También me gustó un disco de uno de los miembros de The Flower Kings, Hasse Fröberg Musical Companion, por cierto por momentos más heavy de lo que esperaba, así como otro de un grupo que vi como teloneros de Theater y que entonces no me llamaron la atención pero ahora sí, Bigelf (variados, auténticos y añejos). También me ha gustado bastante el último disco de Steven Wilson.

Y para evitar estar siempre escuchando lo mismo, y dejando a un lado escarceos con cosas más o menos alejadas de todo esto (Madredeus, o también un tal Steve Harris que nada tiene que ver con el bajista de Maiden y que hace jazz con guitarra acústica y sonido brasileiro), me he adentrado en diferentes variantes del rock y del pop a las que no estoy habituado. Lo he intentado con Mogwai, y aunque por momentos me parece que tienen su aquel, en general me acaban aburriendo un poco. Más o menos lo que me ha pasado con And So I Watch You from Afar. Menos todavía me han dicho los Pixies. Y menos aún, un grupo español actual del que se hablan maravillas, pero que yo no logro soportar: Triángulo del Amor Bizarro. De nuevo será cuestión de gustos. Por el contrario, me han encantado The New Pornographers, y más aún los discos en solitario de Neko Case. También me han sorprendido gratamente Of Montreal. A algunas cosas de Yo La Tengo les voy pillando un poco el punto sin que me maravillen; me gustan más en sus canciones más acústicas que en las rockeras (y algunos momentos me siguen resultando infumables). Y me llamó la atención como canta Sallie Ford, así como su estilo añejo, aunque al escuchar entero un disco suyo me parece que va perdiendo fuelle.

Pero al final, yo voy a lo mío, y lo que estoy deseando es que Transatlantic saque su cuarto disco, para lo que apenas quedan unos días. Eso sí, lo espero con cierta prudencia, por aquello de las numerosas decepciones de últimamente, y de hecho no acabo de tener muy claro de qué manera podrá sorprenderme este grupo de nuevo… Probablemente lo harán más en directo (para lo cual también queda poco). Y también está el regreso de Mike Oldfield: Sí, voy mucho a lo pasado de rosca, qué se le va a hacer. Además en este caso es difícil esperar ninguna maravilla, pero bueno, no deja de ser el tito Mike…

Por añadir algo de “sustancia” a algo que parece una entrada más recopilatoria que otra cosa, diré un par de cosas más. Cuanto más aprovecho las múltiples opciones que ofrece Internet para conocer un abanico muchísimo más amplio de música del que nunca imaginé que tendría acceso, menos me creo a los que dicen que les gusta oír “de todo”… ¿acaso sabes “todo” lo que hay?… ¡es inabarcable! Y como lo intentes, es imposible que te llegues a saber de memoria a todos los grupos y artistas. ¡Si hasta los subgéneros son infinitos! Y es prácticamente imposible que te guste todo; todo el mundo tiene excepciones, cosas que no traga, ya sean muchas o pocas (en mi caso son muuuuuuchas). Sería más acertado decir que te gusta escuchar "cosas distintas". Eso sí, cada vez entiendo menos que la gente se conforme con las rutinarias listas limitadísimas de canciones que se suelen poner en la mayoría de las radios; a mí me produce un gran sopor oír una y otra vez las mismas canciones, incluidas algunas que me llegaron a gustar mucho. Prefiero con creces escuchar todos los discos diferentes que pueda, repetir lo menos posible, salvo con mis estilos y grupos preferidos. Por otro lado, me gusta conocer grupos sin ser consciente de si tienen o no tirón mediático o éxito comercial, para no prejuzgarlos según esto (positiva o negativamente).

Y luego está lo de los críticos de los medios, y el afán de objetivizar lo subjetivo, sobre todo cuando las opiniones vertidas son tan radicalmente negativas o positivas. Salvo que trates de grupos realmente o muy claramente buenos o malos, en el resto los que escriben en páginas especializadas y demás me parece que son demasiado categóricos en sus conclusiones, lo que te llega a hacer dudar si no será que no tienes ni puta idea por el hecho de que te gusten ciertos grupos o discos, o porque no te gusten otros considerados casi como sagrados por algunos… Pero bueno, está claro que vivimos en un país de pocos matices.

domingo, 12 de enero de 2014

El viejo y el mar

Hace más de veinte años que leí por primera vez el archiconocido libro de Hemingway, y ahora que lo he vuelto a revisar, desde otra perspectiva personal bien distinta, además de saborear creo que más intensamente su poderosa narrativa, se me han ocurrido dos o tres ideas, unas más tontas que otras (supongo que todo lo inteligente, profundo o cultural que podía decirse sobre esta obra ya está dicho mil veces, así que yo a lo mío…).

La primera idea es que creo que nos hemos vuelto más tiquismiquis que nunca con el arte (tal vez influidos por los críticos, aunque no sea el caso de la comparación que voy a hacer): ¿Por qué hay tanta gente que cuestiona el guión de la película "Gravity" por la sencillez de la historia que cuenta? Y entonces, ¿qué deberían éstos decir del clásico y magistral relato de Hemingway? Aunque suene manido, menos también puede ser más.

La segunda idea aviso que contiene “SPOILER”, además de ser quizá la más “tonta” (o la que podría parecer más rebuscada o pillada con pinzas; pero qué se le va a hacer: así piensa mi cabeza a veces…). Lo que le ocurre al bueno del viejo que protagoniza el libro me recuerda a la conquista de una montaña: Mientras se sube se lucha contra el “trofeo”, que parece vencido en la cima, para luego desvanecerse entre los dedos durante la bajada, convirtiéndose en lo que el alpinista Lionel Terray llamó “la conquista de lo inútil”: al final se vuelve de vacío, aunque con una experiencia única en el recuerdo y en el saco del aprendizaje pero también del desgaste. Pero sin nada, al fin y al cabo. La gran diferencia es que en el montañismo ese regreso con las manos vacías se da por hecho de antemano, lo que por un lado le otorga su romanticismo propio, y por otro hace que la conquista de esa nada produzca satisfacción incluso cuando ya no tenemos la montaña a nuestro alcance. El pescador frustrado de Hemingway, en cambio, ha perdido una conquista tangible, que además necesitaba por pura necesidad vital. Y sin embargo, la pérdida más dura para él no es la material; o más que la pérdida, la carga emocional de lo vivido, el orgullo herido. Mientras los montañeros muestran (o mostramos) altivos sus fotos de viajes a sus conocidos, el viejo muestra involuntariamente a los demás pescadores la simbólica imagen de muerte del enorme espinazo de su “trofeo”. FIN DEL “SPOILER”.

Y para cerrar el círculo de reflexiones tontas o extrañas que me ha dado por pensar tras leer el libro, volveré a mencionar una referencia del segundo párrafo de esta entrada, junto a otras dos (una de ellas, de nuevo, es esta pequeña gran obra de Hemingway). Se me ocurre de esta manera una trilogía de intensas historias de luchas en solitario casi sobrehumanas en ambientes hostiles (pero muy distintos entre sí): En el espacio, la mencionada película “Gravity” de Alfonso Cuarón; En la montaña, el libro de Joe Simpson y luego película documental “Tocando el vacío”; en el mar, de nuevo “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway. En la primera y tercera referencias, destaco el mérito de la creación de una historia ficticia pero de tono realista (aunque más o menos alimentada por vivencias reales en el caso de Hemingway). En la segunda, la emoción sube un escalón al saber que fue un hecho real, y aprovecho de esta manera para volver a reivindicar el valor de las obras a que da lugar esa “loca afición” de “jugarse la vida” en altitudes extremas. Hay cierto paralelismo con el arte, porque sin ir más lejos tampoco a Hemingway su vida y obra le llevaron a un final precisamente mucho más digno que el de los alpinistas que no regresan con vida de la montaña -que al fin y al cabo es el lugar que les define y hace felices-. Y no son pocos los ejemplos, en esta y otras muchas otras disciplinas artísticas, de finales “abruptos”. Se me entienda: no reivindico esos finales, pero sí un poco más de la comprensión y admiración que sí se suele tener hacia esos muchos artistas que no acaban precisamente bien sus vidas.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Atardecer otoñal desde la Sierra de la Cabrera




La Sierra de Ayllón desde la Sierra de la Cabrera, aprovechando la luz que se cuela horizontalmente por los escasos claros de una nubosa tarde, a modo de focos, lo cual es especialmente notorio en el caso de la Peña de la Cabra, con más detalle abajo.





Hacia el oeste, mirando al Mondalindo, el verdadero paisaje a estas horas es lo que normalmente se toma (injustamente) como mero adorno del telón de fondo: las nubes.





miércoles, 23 de octubre de 2013

Gravity, hora y media en otro mundo

Hacía mucho tiempo que no publicaba una entrada sobre alguna película, y he ido a hacerlo acerca de una sobre la que ya se ha escrito mucho y elogiosamente, pero no quería quedarme sin reflejar en el blog una de las visitas al cine más intensas que he vivido en mucho años y probablemente en toda mi vida.

Porque sin duda ver “Gravity” en una sala 3D me ha parecido una auténtica experiencia de evasión en toda regla, incomparable a cualquier otra película anterior por sus formas y técnicas. Es un verdadero viaje al espacio, al menos emocionalmente. El efecto de entrar a formar parte de la escena es muy poderoso, en una realización visual impecable que olvida completamente los conceptos de lo vertical y lo horizontal, y hace que no se perciba la clásica idea cinematográfica del encuadre. Por no hablar de la incredulidad ante la idea de cómo se habrá rodado algo así. O de la música, casi todo el tiempo hipnótica al más puro estilo de las secciones lentas psicodélicas del rock sinfónico y, en las ocasiones que se requiere, épica.

Pero los méritos van mucho más allá de lo técnico. La narración te lleva de la mano en todo momento, con total realismo y naturalidad pese a lo extraordinario de los hechos que se van sucediendo. Y todo ello con un guión sencillísimo, pero efectivo, que no necesita contar más para hacer sentir tanto: Cuánto se puso a parir en su día la simpleza del guión de Avatar, y éste para el que seguramente se ha gastado aún menos tinta resulta perfecto. Y desde luego, también es más que sobresaliente la interpretación de Sandra Bullock.

Con todos esos ingredientes al servicio de una estudiadísima dirección de Alfonso Cuarón, el resultado, para el que esto escribe, fue hora y media de auténtico alu-cine, una verdadera gozada para los sentidos, a pesar de la tensión de la historia que se cuenta, y de la angustia de estar planteada para el espectador casi como una experiencia propia. Es de esas ocasiones en las que parece que uno ha estado mucho más allá de una sala de cine, y que la sesión contrasta tanto con las horas previas y posteriores a la sesión (la realidad, vaya), que sin duda cuesta luego hacerse a la idea de lo vivido. Sólo se puede sentir en el momento de estar viéndola; las sensaciones no quedan guardadas (por mucho que uno parezca estar transmitiéndolas al escribir).

Además de lo anterior, otro aspecto de Gravity también tiene relación con el título y filosofía (entiéndase ambigua) de éste blog, y se plantea en un momento dado en el propio guión: En el espacio se está muy bien; es tal la soledad y el silencio, que es como desconectar del mundo, y nadie puede hacerte daño. Se parece a lo vivido en otros ambientes y aventuras extraordinarias de las que suelo hablar por aquí. De hecho, también se trata de supervivencia extrema en un ambiente hostil. Quizá por eso hay quien llama astronautas a los montañeros.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Bajo los cielos de Asia (Iñaki Ochoa de Olza)


No sé hasta qué punto la manera de escribir, especialmente en el caso de temas autobiográficos, refleja fielmente la personalidad del escritor, o bien puede ser una apariencia, en mayor o en menor medida. Lo que sí es cierto es que hay autores que hacen que la atención se centre en los hechos, y hay otros que, lo pretendan o no, provocan que el lector imagine mejor a la persona que sus vivencias.

En el segundo caso puede haber a su vez dos (entre otras) vertientes extremadamente opuestas, y de nuevo esto es independiente de la intención del escritor (aunque posiblemente en la primera haya más casos de pretensión que de desinterés): En una, el protagonista resulta ser un admirable conjunto de virtudes dignas de envidia que prácticamente le envuelven en un aura de mito o héroe; en la otra, por el contrario, nos parece la persona más cercana, sencilla y accesible del mundo, al margen de sus logros o méritos (también podría darse incluso una mezcla de ambas, pero es raro).

En el caso del alpinista Iñaki Ochoa de Olza (1967 – 2008), leer su libro “Bajo los cielos de Asia” acerca al lector más a la persona que a las experiencias, aunque sin obviar que la primera no se define sin las segundas (y menos en el mundo de la montaña), y no sólo resulta cercano y auténtico, sino que de hecho parece que te está contando sus aventuras mientras te tomas algo con él en un bar. Y, desde luego, en su caso no parece una apariencia, valga la redundancia.

El mayor valor del libro es precisamente esa sencillez, provista de una humildad que en absoluto parece falsa modestia (porque cuando considera que merece tirarse a sí mismo una flor, se la tira, muy pocas veces eso sí), y que desmitifica muchos tópicos y bonitas pero impostadas frases hechas del mundo del montañismo. Además, no sólo habla de montañas, ni siquiera las pone en el primer lugar, aunque puedan ser el motor de todo para él. O tal vez, simplemente el mejor escenario posible para el verdadero motor, que no es otro que la búsqueda de la libertad.

Así pues, lo que en manos de otros alpinistas-escritores podrían haber sido épicas aventuras, repletas de emoción y dramatismo, en el caso de Iñaki llegan a ser casi anécdotas contadas como en forma de blog. Y resultan muy accesibles y entretenidas de leer, porque te habla de los lugares, de las culturas, de los amigos, de lo cotidiano, de las decepciones, de las alegrías, de los sueños… de exactamente todo lo que muchos otros seres humanos, alpinistas o no, podrían hablarte. Y ello a pesar de que esas expediciones al Himalaya, y su actividad en las mismas, le convertían en alguien excepcional en lo suyo. Pero de la parte que otros habrían convertido en heroica, el sólo extrae sentimientos y reflexiones, lecciones aprendidas, y admiración por la belleza de los paisajes.

“Bajo los cielos de Asia” aporta emociones serenas, sin llegar a poner nudos en la garganta con la intensidad con la que por ejemplo lo hace “Cita con la cumbre” de su amigo Juanjo San Sebastián. También hace reír, porque Iñaki tenía buen sentido del humor e ironía, pero tampoco llega a provocar las carcajadas del mencionado libro. Es curioso, porque San Sebastián también resulta ser sencillo y desprovisto de ínfulas de ningún tipo, de manera que también empatizas enseguida con él, además de tener el mismo interés que Iñaki en mostrar no sólo lo que viven en las montañas, pero está claro que el libro del vasco es más potente, en todos los sentidos, que el del navarro. Sin embargo, eso dota a “Bajo los cielos de Asia” de un aire plácido y agradable que invita a leerlo una y otra vez, aunque sean pasajes repetidos. Se puede abrir por una página cualquiera, y tomar el hilo por casi cualquier parte, y resulta difícil dejarlo. Es tan fácil de leer que se podrían acabar en un par de días sus más de 300 páginas, pero al mismo tiempo apetece disfrutarlo poco a poco, para que dure mucho más.

Sobre el contenido, y sobre la persona, poco puedo decir yo que no diga el propio Iñaki en su libro. Sería como repetir lo ya escrito, de peor manera, y encima ya no sería de primera mano. Únicamente destacaría, por estar en relación con la temática habitual de este blog, el espíritu escapista de Iñaki, que con tanta claridad percibía el letargo provocado por la sociedad del bienestar material, del que despertaba a la vida en sus expediciones.

Sólo me gustaría añadir, a quienes al buscar libros de alpinismo únicamente les interesen hazañas extremas al estilo sobrecogedor de aquella recopilación de Desnivel llamada “Al límite”, que se abstengan de leer éste. Y a quienes tengan una idea algo negativa del mundo del montañismo debido a la imagen taciturna y aparentemente misantrópica que del mismo pueda dar algún popular personaje del mismo, que lean “Bajo los cielos de Asia”. O, también, “Cita con la cumbre”. Difícil encontrar más mensajes humanos positivos que los que transmiten ambos.


Entrada relacionada: Pura vida.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El último y moribundo vestigio de la temporada invernal tan propicia y bien aprovechada


Ha aguantado hasta el mismo comienzo del otoño, cosa que no ocurría en Guadarrama, según dicen, desde hacía unos 40 años. Es todo lo que quedaba, el domingo pasado, de uno de los inviernos más copiosos en mucho tiempo, y aquel en el que más actividades con nieve he hecho nunca.



Cualquier montaña resulta ser dos montañas muy distintas con y sin nieve. Y los recuerdos de lo vivido en ambas condiciones, algo difíciles de evocar desde la perspectiva contraria. Salvando las distancias, es algo parecido a lo del paso del tiempo, y lo de la hojarasca de la memoria, que comentaba en la entrada sobre el Moncayo. Pero en este caso apenas han pasado unos meses, la diferencia es real y física, y efectivamente parecen dos lugares diferentes.

Si en el Moncayo el vestigio de los recuerdos era un lugar aparentemente intacto con respecto a 27 años antes, en la visita del fin de semana pasado a Peñalara el símbolo de lo que hubo y vivimos meses atrás era ese nevero moribundo. Una infinitesimal minucia en comparación con el magnífico aspecto que ha llegado a presentar la Sierra en este 2013, y que difícilmente olvidaremos (aunque ojala futuros inviernos lo lograran), pero cuya heroica constancia es de hecho otra consecuencia de lo mismo.

Otra vez, sabemos que estamos en el mismo escenario de las excursiones invernales de la pasada temporada, pero cuesta asumirlo viendo el ambiente estival imperante. Sólo los restos de ese ventisquero nos lo recuerda. Nos recuerda eso, y que este año el deshielo ha durando muchos meses. Las últimas gotas caían hacia el inexorable final: Las últimas horas después de multitud de semanas. Aunque mayor puede ser la impresión en el caso de algunos glaciares del Pirineo: Quién sabe cuántos años les quedarán, después de tantos milenios…

martes, 17 de septiembre de 2013

Calcular la felicidad... ¿para qué?

Siempre me han parecido algo ridículas las listas de países ordenados en función de sus supuestos índices de felicidad, pero me parece que quedan todavía más fuera de lugar en tiempos como éstos. Pero claro, como la felicidad ya está considerada en relación directa a lo que tienes y no a lo que eres o haces, todo el mundo ve como muy interesante y significativo que España haya caído varios puestos en los últimos años. Por otro lado, es de suponer que quienes encargan estos estudios están tan interesados en sus resultados como en otros muchos "valores" relacionados directa o indirectamente con la bolsa, y en que a su vez todo esté dirigido a lo mismo.

Como respuesta, el fallecido alpinista navarro Iñaki Ochoa de Olza me lo ha puesto a huevo en su libro que estoy leyendo -y del que pronto hablaré por aquí-, recopilando estas dos citas:

"Cualquiera puede ser feliz. ¿Cuál es la finalidad?" - Bob Dylan.

"...vivir como quiero vivir, que me interesa más que ser feliz". - Myriam García Pascual.

sábado, 7 de septiembre de 2013

En verano, mejor de noche

(...en verano y posiblemente en cualquier época...)


Metros finales de subida a La Maliciosa, con el Alto de las Guarramillas o Bola del Mundo detrás, y las luces de los pueblos segovianos asomando por encima del Puerto de Navacerrada.


En la cima de La Maliciosa, con la Silueta de Cuerda Larga asomando al fondo.

jueves, 29 de agosto de 2013

"(La fotografía) es una ventana, con mi espíritu en el interior, y el mundo en el exterior"

Ikko Narahara.