sábado, 25 de abril de 2015

2001: Odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968)

Lo reconozco, la letra de las canciones siempre me ha importado más bien poco, en general. En inglés sobre todo, pero incluso también en español (con más excepciones). Al final, escucho música sobre todo por la música, y supongo que por eso he acabado tendiendo a géneros y estilos especialmente instrumentales –en mayor o menor medida-, sobre todo el rock progresivo. Y si “2001: Odisea del Espacio” fuera música en vez de cine, posiblemente sería rock progresivo (con permiso de la magistral música de la banda sonora, claro).

No niego la enjundia que hay detrás de este mito del cine de ciencia ficción, e incluso disfruto mucho de su parte con más diálogos, aquella en la que la personalidad más destacada y determinante no es la de un humano, sino la del ordenador HAL 9000. Pero la inmensa mayoría del metraje es una película muda, como empezó siendo el cine, durante los suficientes años como para que el séptimo arte sentara e incluso desarrollara sus bases, antes de la aparición del sonoro. Y definitivamente es en muestras como ésta donde se ve que quien en el cine transmite y sobrecoge sin palabras (aunque con la inestimable ayuda de la música de los dos Strauss) tiene el olimpo del celuloide ganado.

Y desde luego, es el elemento “sin letra” lo que más me hizo disfrutar en el reestreno de la película de Stanley Kubrick el pasado 16 de abril. Al igual que otros muchos, acudí por primera vez en mi vida a ver esta película en pantalla grande, y la sensación de fascinación con la elegancia y la grandeza de las imágenes me llevaba a recordar inevitablemente lo vivido hace año y medio con Gravity; en este otro caso por cierto el argumento es mucho más superficial y tampoco me importó; incluso salvando las distancias, podría decir algo similar de Avatar.

El maravilloso baile inercial de las naves y estaciones espaciales al ritmo del vals de Johann Satrauss es un bálsamo para el espíritu, una verdadera escapada. Los momentos espaciales –y terrenales- más emocionantes, aderezados por “Asi habló Zaratustra” de Richard Strauss se convierten en algo sencillamente apoteósico, que hacen que sea difícil contener la excitación en la quietud de la butaca; el ritmo es lento en la pantalla, pero las pulsaciones suben en el espectador.

Incluso la psicodelia del viaje lisérgico casi al final me resultó agradablemente evasiva, y sin necesidad de tomar nada; A parte de las razones apuntadas en el primer párrafo, de la inevitable referencia del subgénero hermano del prog conocido como space rock, así como de la sinfonía prácticamente operística que de hecho es la película en sí, esa psicodelia es otro elemento para comparar las sensaciones de esta película con ese estilo que nacía en aquellos mismos finales de los 60, que es el rock progresivo.

Pero, al igual que también ocurre en los relativamente pocos momentos con letra del rock progresivo, asimismo hay en “2001”, como he dicho y es de sobra conocido, un trasfondo de gran profundidad, diversas interpretaciones, e interminables discusiones. Cuando vi la película por primera vez, hace unos 20 años (por cierto en una pantalla que no era pequeña sino lo siguiente, y que por tener algo viejos los cables el color no acababa de verse bien –era con la que jugaba con mi viejo ordenador-), desde luego entonces entendí muy pocas cosas del film. La comprendí mejor a posteriori, leyendo al respecto de la misma, y viendo la secuela (“2010: Odisea dos”, 1984), donde se explican mejor las cosas.

Dicen algunos que para entender realmente bien la película es conveniente leer la novela homónima de Arthur C. Clarke (cosa que tengo pendiente). También hay quien dice que, en cualquier caso, una película que no se explica bien a sí misma, que precisa de pistas externas para entenderse, no puede considerarse una buena película. No sé si este argumento echa por tierra mi defensa inicial del cine como arte esencialmente visual, ni tampoco si de verdad es imposible entender esta película por si misma sin ayuda ajena (o depende de la inteligencia y cultura de cada cual), ni si el razonamiento dicho es realmente importante. El caso es que, con las ayudas prestadas, el otro día si entendí el argumento mientras la veía, saqué mis propias conclusiones en algunos casos, y me pareció que todo tenía bastante sentido y estaba maravillosamente hilado. Además, disfruté de lo mucho que explican esas imágenes sin palabras pero plenas de significado, por ejemplo (y sobre todo) en toda la introducción prehistórica hasta su mencionadísima súper – elipsis temporal del hueso y la nave, que al mismo tiempo es una metáfora.

No es este el sitio para ponerme a tratar la temática del film; ya se ha hecho en muchos otros, ni yo me veo capacitado para mejorarlo –ni siquiera igualarlo-. Sólo añadiré un “osado” matiz y otra referencia – comparativa cinematográfica (si no se ha hecho ya, que lo desconozco). Lo de que el matiz sea “osado” es por el hecho de discutir a los mismísimos C. Clarke y Kubrick, que negaron la idea apuntada por muchos de que el monolito representase a dios, sino que se trataba según ellos de un elemento perteneciente a una raza extraterrestre superior. Bueno, entendiendo a dios como concepto (al margen de creencias religiosas concretas), no veo excesiva diferencia con lo de los extraterrestres: Ambas ideas hablan de lo desconocido según hechos palpables, del más allá o del cielo – espacio, y sobre todo de la posibilidad de que haya un ser o seres superiores al humano, con especial influencia en nuestras vidas (como de hecho provoca el monolito en la película, cada vez que aparece). Tampoco han sido escasas las culturas que a lo largo de la historia han relacionado ambos conceptos, ni faltan otros ejemplos cinematográficos (y aquí viene la referencia – comparativa que mencioné al principio del párrafo): La simbología que hay detrás (y no tan detrás) de “Encuentros en la tercera fase” de Steven Spielberg. Aunque también es cierto que, una vez que la historia de “2001” se supone que simboliza más bien la idea del superhombre de Nietzsche, se entiende que los tiros van más bien por la idea del filósofo alemán de que “Dios ha muerto”.

Con eso y con todo lo que falta (que no es precisamente poco), aun así me sigo quedando con la “música” más que con la letra de la película, y con todo lo que ello transmite (y desde luego también con la conexión entre ambas). Sobre todo en ese sentido, el otro día fue sin duda una de las ocasiones en las que más recuerdo haber disfrutado en el cine desde hacía mucho tiempo…

…De no ser por un problema que no tengo más remedio que mencionar: En mitad de la película, aprovechando el intermedio de la misma, aparecieron en la sala cuatro tipos disfrazados de monos haciendo chorradas y vacilando a los espectadores, al más puro estilo de animadores carnavalescos o de despedida de soltero. Ni qué decir tiene que era algo totalmente fuera de lugar, por mucho que se quiera entretener a un público joven que, si lo que buscaba era eso, desde luego no pintaba nada yendo a ver este tipo de película. La manera en que esto cortó la tensión de la película, precisamente en uno de los momentos más intensos de la misma, es el único pero de una tarde inolvidable.

Qué se le va a hacer; por muchos años de evolución que llevemos, hay quien intelectualmente todavía está mucho más cerca del hueso que de la nave…

domingo, 12 de abril de 2015

¿Existe realmente este lugar…?




¿…O tan sólo forma parte de mi imaginación, de una especie de ensoñación?

En las cuatro veces que he estado en los tres circos glaciares de Pinilla más al oeste del de El Nevero, nunca me he encontrado con nadie, ni tan siquiera con alguna señal o huella de que haya habido alguien allí recientemente. Que esto ocurra en una de las zonas de paisaje glaciar más importantes y espectaculares de una sierra tan masificada como Guadarrama, me hace pensar que acceder allí casi parece como entrar en otra dimensión, y de ahí la fantasía o el juego de imaginar que, salvo por el hecho de que una de las veces fui con un amigo, nadie podría confirmarme de primera mano que el lugar exista más allá de mis recuerdos y fotografías (subrayo lo de primera mano, porque obviamente el lugar es conocido y está documentado sobradamente).





En ese ejercicio de irrealidad supuesta ayuda la propia configuración del paisaje, con un modelado glaciar que por sí mismo ofrece siempre una estética especial, aislada, evasiva, más que la que de por sí tiene el campo, y de mayor énfasis al ser un tipo de formación relativamente escasa en Guadarrama. Si a eso le añadimos la puesta de sol, la noche, la luz de la luna y la nieve, con la claridad especial y las sensaciones de ensueño que se da en esos casos, el cuadro casi onírico queda completado.






sábado, 4 de abril de 2015

“Montañas de una vida” (Walter Bonatti, 1995)


Hay quien, por indolencia, sólo es capaz de ver en el alpinismo un medio para huir de la realidad de nuestros días. Pero no es justo. No excluyo que, ocasionalmente, pueda manifestarse en quien lo practica cierto componente de escapismo, pero este componente no debe atropellar la razón fundamental que no es huir sino alcanzar”.

Tal vez en este extracto del libro de Bonatti está la razón, o una de las razones, de que haya llegado un punto en el que ya no recibo del montañismo las mismas sensaciones y emociones de hace años: Creí que practicándolo pondría una barrera entre la decepcionante realidad y yo, pero al final la barrera acaba convertida en un espejo, que refleja precisamente la imposibilidad de huir de la realidad (la cual sigue en el mismo lado que yo respecto de la barrera – espejo).

Al mismo tiempo, “Montañas de una vida” me revela hasta qué punto no he sido del todo capaz de trasladar las enseñanzas de mis actividades en la naturaleza a la vida real, precisamente por ese empeño escapista. Y es que el texto del escalador italiano es un ejemplo de cómo el alpinismo, realizado con ética, coherencia y honestidad, puede llegar a ser una escuela para la vida cotidiana. Pero antes hace falta amar esa vida tanto o más que el propio alpinismo.

Lo que también me ha ocurrido leyendo el libro, por esos mismos motivos u otros, es que las razones morales de Bonatti en sus decisiones como alpinista, pareciéndome respetables y razonables, e incluso considerándolas admirables, me resultan más difíciles de entender en el propio mundo de la montaña que en el mundo real (no sé si es una paradoja). “Allí donde no se usan dados cargados para vencer a cualquier precio, existen aún el juego, la sorpresa, la fantasía, el entusiasmo del éxito y la duda de la derrota”, dice no sin acierto el escalador. Sin duda me parece más meritorio conquistar montañas con medios técnicos más clásicos y naturales, como hacía Bonatti, que con los nuevos equipos y tecnologías que se empezaban a usar en su tiempo (y lo que quedaba por llegar), pero tampoco tengo claro, al margen del -para mí- innegociable respeto al medio ambiente y a la integridad física de los demás escaladores, quién escribe las reglas sobre cómo se debe subir. No es que me parezcan mal esas normas éticas no escritas del juego, al contrario, pero en realidad sólo las veo importantes para imponérselas a uno mismo como forma de crecimiento personal y búsqueda de la plenitud (que no es poco), pero no para predicar con ellas sobre cómo deben alcanzar los demás su realización. Sin embargo, en el mundo real lo veo mucho más claro y entendible: Tanto conformismo, indiferencia y pragmatismo han hecho mucho daño al mundo en el que vivimos: la llamada crisis de valores, y las consecuencias que llevamos viendo desde hace años. En este caso sí deberían imperar las normas éticas.

Volviendo a la montaña, ¿qué habría pensado Bonatti de conquistas actuales como la liberación del Dawn Wall en Yosemite? Por un lado, desde el punto de vista del material es una escalada aún mucho más natural que el uso de estribos que el propio italiano utilizaba. Aunque por otro, desde el aspecto técnico supone una preparación previa, física y gestual, mucho más meticulosa y artificial de lo que al de Bergamo le habría gustado, por no hablar de la repercusión y seguimiento mediáticos en directo, intrínsecos del aspecto competitivo que él tanto evitaba. Pero volviendo al aspecto del material, Bonatti criticaba por ejemplo que nuevas vías abiertas en los 60 y 70 carecían de mérito al utilizar compresores de aire para colocar seguros, y la verdadera conquista habría sido abrir esas vías con los medios previos, y si así no se podía, no abrirlas; ¿habría ahora que invalidar las aperturas en artificial llevadas a cabo por alpinistas de la época de Bonatti y anteriores al estar liberándose ahora rutas como la Dawn Wall sin usar estribos?

También podría decirse que cada época tiene su propia ética y sus propias reglas, pero Bonatti objetaría si el progreso lleva a la dirección adecuada, lo cual es una duda razonable. Incluso algún que otro montañero del siglo XIX habría visto lo que luego hizo Bonatti como acrobacias estériles: Con Whymper el objetivo era conquistar la montaña aparentemente inconquistable pero buscando su punto débil, y pocas décadas después, con Mummery, la escalada ya sólo tenía sentido si se buscaba el aumento de la dificultad. ¿Habría dicho Whymper o incluso Mummery que si algo no se podía subir sin estribos, mejor no subirlo? Por eso me parecen tan relativas y difícilmente definibles esas normas éticas, y sobre todo mucho menos de obligada proyección hacia los demás, en el mundo del alpinismo. Otra cosa es la admiración o el ejemplo voluntariamente elegido que pueda suponer para otros, y ahí sí me pondría del lado de Bonatti. Pero eso ya es como en el arte: Habrá quien valore más el virtuosismo técnico que la transmisión de emociones, y viceversa, pero cada artista será libre y digno de elegir la vía de conquista que prefiera, y salvo gustos no tendrá por qué ser mejor una que otra, objetivamente. O como en el fútbol: Será preferible el juego ofensivo y vistoso, pero el defensivo también es legítimo. Lo ilegítimo es vender obras falsas, amañar partidos, o apuntarse una cima a la que no se ha subido.

Lo que es cierto es que, tras las muchas declaraciones de principios del alpinista italiano en su libro, logra transmitir al lector un poso de carácter, de personalidad, y de coherencia, que aportan un valor especial a sus descripciones, las hace si cabe más auténticas. Y digo si cabe porque el estilo narrativo de Bonatti es de por sí natural, palpable, aunque no por ello desprovisto de elegancia o estilo, con capacidad para evocar de forma inspirada la belleza y grandeza de los grandes paisajes de alta montaña; pero en la diferencia que le separa de la poesía de, por ejemplo, Gaston Rebuffat, está el toque de cercanía entre el temperamento italiano y el español respecto del francés. Y ojo que yo disfruté más con el estilo de Rebuffat.

Las aventuras alpinistas en sí no me han conmovido como otros libros lo hacían años atrás –pero supongo que de nuevo por las mismas razones ya explicadas al principio-, aunque hay algunas que me han sorprendido por su increíble inverosimilitud aparente. El ejemplo más claro me ha parecido quizás la conquista en solitario del pilar sudoeste del Dru, con esas acrobáticas improvisaciones para salir del paso en verdaderas situaciones de vida o muerte, en pleno desplome y con cientos de metros de vacío a sus pies. O las situaciones extremas en la norte de las Grandes Jorasses, gigantescos desprendimientos de rocas incluidos. O, en general, todos esos vivacs colgados en pequeñas repisas en medio de la pared, pasando horas y horas de insomnio expuestos a violentas tormentas de viento, nieve e incluso rayos, con temperaturas muy inferiores a los cero grados y la ropa completamente empapada. Precios extremadamente caros a pagar, pero que revelan hasta qué punto en la vida cotidiana nos quejamos de pequeñas incomodidades meteorológicas que apenas suponen una millonésima parte de lo que un ser humano es capaz de llegar a soportar. Por no hablar de otras caprichosas “incomodidades”.

Estoy acurrucado para el vivac en una especie de escalón suspendido en medio de un desierto vertical. Bajo mis pies, aunque inalcanzable para mis ojos, late la vida. Una vida fácil y agradable de imaginar para quien, como yo, está colgado entre cielo y tierra. Pero también es una vida banal y decepcionante si para huir de ella he llegado hasta aquí”.

Como puede verse, la descripción de sus aventuras lleva a Bonatti a acabar haciendo un estudio psicológico de si mismo, y al mismo tiempo una crítica de la sociedad. Un componente especialmente tratado en el libro es la soledad: “Afrontar en soledad la naturaleza más adusta me ha acostumbrado ante todo a tomar mis propias decisiones, me ha enseñado a medirlas con mi metro y a pagarlas con mi piel” (…) “Me he preguntado a menudo si he nacido o si me he hecho solitario. Es cierto que algunas experiencias me han hecho perder muchas ilusiones con respecto a los demás”.

Las reflexiones más interesantes acaban estando relacionadas, no obstante, con esa crítica a la sociedad, y a la alternativa ética que él defiende, desde la enseñanza del alpinismo. Aunque para empezar se expresa en la línea de lo que he escrito en el tercer párrafo (segundo propio) de ésta entrada: “En la montaña se ponen a prueba y desarrollan dotes espartanas que impone la propia naturaleza, pero es difícil trasladarlas a la enseñanza en el vivir cotidiano. Es el eterno conflicto entre dos vidas: sobre el papel podrían parecer afines y que una vida sirviera para fortalecer a la otra, pero en realidad se encuentran en dos líneas que divergen y que, en muchas ocasiones, se oponen. La montaña me ha enseñado a no hacer trampas, a ser honesto conmigo mismo y con todo lo que hago. Afrontada de cierta manera, la montaña es una escuela indudablemente dura, a veces incluso cruel, pero sincera lo que no siempre sucede en la vida diaria. Así pues, si trasladamos estos principios al mundo de los hombres, me veré considerado al instante como un tonto y, en todo caso, seré castigado puesto que yo no he dado codazos, tan sólo los he recibido”.

En la época dorada de la coronación de los tramposos, a los que de forma inaudita mucha gente admira y envidia en vez de censurar por su contribución a la ruina general, mientras efectivamente se utiliza el adjetivo “tonto” al que alude Bonatti para calificar a las personas íntegras, muchas de las conclusiones que extrae el italiano para la vida cotidiana no sólo me parecen mucho más convincentes que la propia ética alpinista, sino que parecen estar escritas una docena de años después del año en que se publicó por primera vez el libro (si bien la corrupción y las crisis no son algo nuevo). Por ejemplo:

Nos preguntamos a menudo qué sentido puede tener el alpinismo hoy en día. Todo aquello que expresa valores humanos, y por lo tanto también el alpinismo, debería merecer respeto. Sin embargo, no siempre es así porque, actualmente, en un mundo que parece cada vez más dispuesto a premiar a los astutos y a los tramposos, a rendirse ante ladrones y corruptos, es difícil auspiciar virtudes como la honestidad, la coherencia, la responsabilidad, el compromiso y los gestos desinteresados del espíritu. Todos sabemos que la verdadera enfermedad de base, infecciosa y contagiosa, se incuba hoy en día en el Estado –al menos en el nuestro- con sus instituciones deslegitimadas y envilecidas, con sus entramados de poder y de intereses personales con demasiada frecuencia escandalosos. Todo esto lleva a que la sociedad, afectada por los efectos del mal gobierno, casi asfixiada por el reflejo de las debilidades propias y ajenas, llega a subvertir o a ignorar los valores más elementales”.

En definitiva, es esa proyección de los valores que Bonatti dice haber aprendido en la montaña hacia la sociedad la parte que más me ha interesado del libro. Y seguramente ese es el "alcanzar" al que se refiere en el extracto con el que he abierto esta entrada, de manera que el alpinismo pasa de ser una huida de la realidad a ser una herramienta educativa para transformar la realidad. Y casi parece que es el poso que el propio autor quiso dejar en su obra, al cerrar él mismo con esta última frase:

El hombre tiene que volver a ser más humano y más limpio, si quiere sobrevivir a ese mundo nuevo que él mismo y para sí mismo ha creado”.

lunes, 2 de marzo de 2015

Paisaje sólido vs paisaje etéreo






Al final ganó el etéreo, aunque con el aparente beneplácito del sólido. O eso, o más que la guerra, hicieron el amor:


martes, 10 de febrero de 2015

viernes, 16 de enero de 2015

Al asalto del Khili-Khili (W.E. Bowman, 1956)


Dos de las temáticas literarias con las que más he disfrutado desde hace años son el alpinismo y el humor, pero desconocía que ambas se hubieran fusionado alguna vez en un libro hasta que tuve noticia de esta novela de los años 50. Lógicamente, no tuve más remedio que proponerme su lectura, y la verdad es que, más que por el interés en sí hacia esos dos géneros, creo que el haberla leído ahora ha resultado adecuado sobre todo por el hecho de que actualmente me tomo el montañismo de manera bastante menos apasionada que antes, lo que ayuda a entrar con mucho más agrado en su tono satírico.

Aunque la verdad es que, más que como una parodia de las viejas expediciones al Himalaya para conquistar sus cimas más altas (que también), el libro me ha perecido que destaca por su surrealismo, por su humor absurdo. La historia relata -con cierta burla hacia el tono heroico habitual en algunos libros de alpinismo- la conquista de una cima imaginada por el autor, de nada menos que 13.300 metros de altitud, en una expedición en la que los porteadores y sherpas escalan sin dificultad alguna, mientras que los propios alpinistas muestran una torpeza que raya el patetismo.

En general me ha parecido bastante entretenido, y con tres o cuatro momentos concretos de verdadera carcajada (literalmente), logrando recrear mentalmente unas desternillantes imágenes esperpénticas, como ocurre tanto en el capítulo de la caída sucesiva de los miembros de la expedición a una grieta del glaciar y su posterior rescate, como en el de la desastrosamente torpe noche que pasan dos de ellos en una tienda de campaña de un campo de altura. Tampoco tienen desperdicio los alpinistas escalando lo más rápido posible, no por lograr hacer cima, sino por huir del espantoso cocinero de la expedición. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto leyendo, hasta el punto de tener que parar de leer. También es cierto que hacia los capítulos del final, para mi gusto la novela va perdiendo gracia, e incluso llega a resultar sosa por momentos.

Ahora tengo una duda: Si colocar este libro junto a los de alpinismo, o bien al lado de los de Woody Allen y Eduardo Mendoza. No anda muy alejado del estilo de los relatos humorísticos del cineasta, ni tampoco de “Sin noticias de Gurb”.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Desconexión total al sur del Tajo




Asumida la actual etapa de ligera indiferencia montañera (salvo alguna excepción de la que no quiero abusar), resulta que ese otro tipo de excursiones campestres que sólo llevo a cabo muy de vez en cuando, consistentes en recorrer terrenos más bien llanos o con escaso desnivel, me ha deparado recientemente mayores sensaciones de las que por lo general solía experimentar en ellas.




Esto ha tenido lugar cerca de Aranjuez, en los terrenos yesíferos que, inmediatamente al sur del Tajo, están casi copados por cultivos tanto de secano (olivares, viñedos, cereales) como de regadío. Allí, en los confines de Madrid y Toledo, a tramos en una provincia y a tramos en la otra –los límites son aquí especialmente caprichosos, conformando ese apéndice (por no llamarlo de otra manera) tan característico del sur de la Comunidad de Madrid-, allí, decía, encontré el ambiente adecuado para olvidarme de si lo que me gusta es la montaña, el aire libre, salir, no salir, o sencillamente no pensar en lo que me gusta, sino simplemente hacerlo.






Parece mentira que en un lugar tan aparentemente accesible llegue a tenerse una sensación de soledad y quietud tan absoluta en tanto panorama visible alrededor. A ello ayudó un cielo velado, no totalmente gris pero lejos de ser luminoso, y un ligero viento como casi único acompañante; que un 23 de noviembre no se tenga frío en camiseta con esas condiciones ya desubica; El silencio acaba por desorientar emocionalmente: No sabes exactamente lo que sientes, pero notas tu insignificancia, y sobre todo que te has desconectado de todo y del todo. Y no me hizo falta subir a ninguna cumbre.






Los colores otoñales del Jardín del Príncipe de Aranjuez y sus aledaños, así como el ruinoso pero evocador Castillo de Oreja, de origen musulmán, erigido en vistosa y altiva localización sobre los cortados que dominan la vega meridional del río, y acompañado de los restos de un curioso poblado, fueron los otros alicientes de un día que, como suele ocurrirme con este tipo de excursiones, previamente no prometía tanto (o eso o soy yo y mi demasiado moderado optimismo).








sábado, 22 de noviembre de 2014

Harold and the Barrels, amor a Genesis y al arte en general

Un par de cosas me habría gustado hacer respecto al concierto que presencié el viernes pasado (14 de noviembre) en Madrid, con el grupo Harold and The Barrels, tributando a los clásicos Genesis. Primera, haber conocido a Genesis muchos años antes (apenas hace 5 años) y haberles dedicado aún más tiempo en ese lustro, con lo que el apego y disfrute a las canciones habría sido superior (aunque no fue precisamente pequeño), y además habría podido memorizar mejor el repertorio.

La segunda es que me habría gustado sacar más tiempo para escribir esta reseña antes, conservando más las sensaciones de la velada. Todo ello con un claro objetivo: Elaborar ahora una crónica más amplia y detallada, a la altura de lo que pude presenciar, de lo que Harold and the Barrels ofrecieron y por tanto merecen. Si, de acuerdo, este es un blog que sólo leen cuatro gatos (pocos de mis amigos y dos más, por así decir), pero es que la proporción de reconocimiento que creo que esta banda de versiones recibe con respecto al nivel de calidad de su trabajo sería posiblemente comparable.

Interpretar en directo temazos de la dificultad de “Firth of Fifth” o “Supper´s Ready” y clavarlas de principio a fin, homenajeando con tal capacidad instrumental la etapa más artística, brillante y olvidada de una banda tan mítica, y hacerlo para audiencias como la de aquella noche, de alrededor de cien personas, es como para que todos los periodistas musicales de este país, sin recibir nada a cambio, perdieran una buena cantidad de su tiempo hablando de ellos, con el mismo amor al arte que ellos. Aunque no les leyera ni dios. (Tampoco sé si quedan muchos periodistas musicales capaces de hablar con autoridad de los Genesis de los 70). Así que yo, que no soy ni periodista musical, tendría que haber hecho justicia al respecto, que es lo que me habría gustado al escribir este post.

Pero claro, hablamos de rock progresivo de los años 70, y hablamos de un país llamado España. En fin, que lo de Harold and the Barrels es puro romanticismo, pero de dimensiones épicas. ¿A quién se le ocurre? Bueno, pues insisto en que el nivel de detalle con que está trabajado cada compás de las canciones, con toda la complejidad que implican temas como “The Musical Box”, “The Fountain of Salmacis”, “Watcher of the Skies”, “The Knife”, “The Battle of the Epic Forest” o “The Lamb Lies Down on Broadway” (con ese piano sobresaliente e incansable), con lujosos aderezos como el de la flauta, entiendo que implica tal cantidad de horas de ensayo -que supongo que difícilmente dan siquiera de comer-, que me parece que esta gente merece un monumento.

Y encima toda esta historia da que pensar con respecto a conciertos cuyas entradas cuestan más del doble (y bastante más, y no incluyen consumición), por parte de bandas que sí viven (y algunas de ellas muy bien) de eso de la música, pero a las que suele costarles dar con un sonido perfecto (a veces ni de lejos) en directo (que si son profesionales se supone que no tendría que ser problema). Por que en el concierto de Harold and the Barrels, desde el primer segundo de la introducción, con esa versión instrumental de “Behind the Lines”, previa al atractivo y en su día exitoso “Turn it On Again” (Phill Collins ya partía el bacalao), la calidad acústica fue impecable, con esa batería sonando en perfecto estéreo… No escuchaba algo comparable desde el concierto de Yes, y para mencionar algo superior en ese sentido me tengo que remontar al de Norah Jones (ambos creo que tienen razones de sobra para sonar a ese nivel, claro). Considerando que hubo un momento, en los inicios de la megalómana y extraordinaria “Supper´s Ready” (este amor al arte raya la locura), en los que había 7 instrumentos sonando al mismo tiempo y se podían distinguir individualmente todos: Tres guitarras, bajo, batería, teclado y flauta…

Habría que destacar a todo el grupo, sin duda, pero me quedo especialmente con tres de ellos. Hay dos clásicos del rock español, que en el momento de estar allí no reconocí… El bajista, que me pareció trazar durante toda la noche unas líneas melódicas espectaculares (y qué bien se oía, contundente pero sin machacar al resto ni mucho menos, como debe ser con este instrumento), es José Ramón “Guny” Pérez, que en su día formase parte de una gran (y más conocida) banda, relacionada con el género, como es Asfalto (más conocida por su “rock urbano”, pero que tuvo –y tiene- sus delirios progresivos –y benditos delirios-). El otro podría parecer mucho menos relacionado en el estilo; se trata de Fernando Sánchez de Obús, pero el hecho es que tiene un nivelazo de batería progresivo tremendo.

El tercero es el artífice del temerario proyecto, el teclista Carlos Pastor. Me pareció que tanto con sonido piano como de teclado electrónico es un auténtico virtuoso, que sacó ese sonido mágico que define la esencia más cercana del prog a la equívoca etiqueta de “rock sinfónico”. Pero, más allá de eso, me gustaría destacar cuál es su filosofía, cuál es la razón (o sinrazón) de atreverse a tal conquista de lo inútil, reflejada en esta entrevista en Portal Esquizofrenia (bien traído el nombre de la web), de la que extraigo el quid de la cuestión:

No hay dinero ni reconocimiento de masas. Hacemos esto por el simple placer de salir juntos a un escenario, bordar esos acordes que nos parecen maravillosos, y sentirnos reyes disfrutando los unos de los otros. Alguno de mis compañeros incluso ha renunciado a ofertas mucho más lucrativas por estar en el proyecto y puede que para mí sea económicamente una apuesta ruinosa. Lo único que puede salvarnos de la quema es que, en el fondo, lo hacemos por puro amor al arte, pasándolo como niños sin otra perspectiva que la de hacer algo que sabemos que es bueno y salvaguardar nuestros egos por haber estado en ello. Al lado de eso el dinero no tiene ningún valor. Cómo disfrutamos y nos reímos y nos apreciamos y nos respetamos… Yo creo que eso es el verdadero éxito”.

Lo dicho, como una cabra. Pero bendita (y nunca suficientemente agradecida) locura.

No olvidaré el éxtasis vivido con los gloriosos teclados de “Firth of Fifth”. Pero sobre todo, no olvidaré nunca la emocionante “Supper´s Ready”, cuya sección “Apocalypse in 9/8” me pareció el mejor momento de todo el concierto, con ese ritmo envolvente y evasivo, que me invitó a cerrar los ojos y a imaginar delante de mi a los verdaderos Banks, Hackett, Collins, Gabriel y Rutherford. Soberbio. Sólo eché de menos “Cinema Show”, pero como ya la versionaron nada menos que The Flower Kings la última vez que estuvieron por aquí, no voy a quejarme mucho.

Ya le comenté a Ángel (que lamenté que no viniera, por lo que se perdió y por no poder comentar ni luego recordar con nadie el pedazo de concierto que presencié) que nunca había visto antes a un grupo que no conociera previamente y que me gustara tanto… Claro, hay trampa, porque la mayoría de ellos son grupos de los que no conoces las canciones… Pero se puede encontrar la excepción en otro grupo de versiones, en concreto Momo, tributo nada menos que a Queen. También me parecieron buenísimos las dos primeras veces que les vi (aquí la segunda), pero ni el nivel técnico me parece tan dificultoso ni -vuelvo a lo mismo- hablamos de un grupo versionando canciones para público minoritario. En cualquier caso, todas las bandas tributo coinciden en algo: El aprecio al grupo original les lleva a tomarse muy en serio la calidad interpretativa de las versiones: Todas las bandas “clon” que he visto me han parecido de un nivel enorme (supongo que si ellos mismos no se vieran como tal, no se atreverían a presentarse ante los seguidores de los grupos originales). Amor al arte.

Me habría gustado contar con una segunda oportunidad respecto de este repertorio, para dedicar más tiempo a Genesis y poder corear más canciones, como sí supe recordar en el estribillo de “The Carpet Crawler”, pero parece ser que van a renovar el set-list para futuras ocasiones (¿tirarán de más temas de los 80 y 90, para aspirar a más público –que ganado se lo tienen, la verdad-…?).

De momento la siguiente oportunidad será, el mes que viene, con otra banda similar liderada también por Carlos Pastor (sí, definitivamente está de psiquiátrico), con algunos más que asimismo coinciden, llamada Rock Confónico, y que versionan a diversas bandas progresivas de los 70 (pero muuuuuy, locos…). Sólo oír hablar de Yes, Camel, Jethro Tull, ELP, Focus, Gentle Giant, Mike Oldfield, los propios Genesis, etc., interpretados por esta gente en un mismo concierto, y se me eriza el vello…

viernes, 14 de noviembre de 2014

Annapurna, primer ochomil (Maurice Herzog, 1953)

Al margen de que hace algún tiempo que la literatura de montaña, aunque me sigue gustando, ya no me impresiona tanto como en las primeras lecturas (quizá en consonancia con lo que me pasa con la propia práctica del montañismo), creo que con Annapurna primer ochomil me ha ocurrido algo más sencillo: Ya me sabía la historia.

Tampoco sé si eso es un motivo realmente definitivo de que no me haya resultado una lectura al nivel de lo mítico del título, porque lo mismo podría decir de cuando leí Tocando el vacío de Joe Simpson (antes había visto el también impresionante documental), y sin embargo se trata del libro que seguramente más me ha impactado nunca, incluyendo todos los géneros literarios. Aquí tal vez hay que añadir la otra razón apuntada: La obra de Simpson sí está más o menos entre las primeras que leí sobre alpinismo, en pleno auge de mi apego a ese tipo de literatura.

Sin embargo, creo que hay que reconocer algo más, sin ánimo de echar por tierra -desde mi modesta posición de mero aficionado- a uno de los clásicos de la historia del montañismo. Si bien considero a Joe Simpson a alguien con un enorme talento como escritor, me parece que Maurice Herzog no deja constancia en su libro sobre la primera ascensión histórica al Annapurna de una gran brillantez con la pluma. Es algo que me parece haber leído a Iñaki Ochoa de Olza, no sé si en el foro de Sistema central o en su libro Bajo los cielos de Asia, aunque creo que con palabras más rotundas.

Yo no llegaría a ser tan categórico como Iñaki; Creo que Annapurna primer ochomil no está mal escrito, ni mucho menos, pero tampoco es una gran obra literaria, no a la altura de la legendaria aventura que narra, para mi gusto. También es cierto que por un lado se trata de la “ópera prima” de Herzog en la literatura, y que por otro esto tuvo lugar con el agravante de tener que escribirlo al dictado, pues estaba en el hospital precisamente recuperándose de sus graves lesiones en la propia ascensión.

En cualquier caso, es cierto que la narrativa del libro, aunque resulta interesante y ágil, en general es algo prosaica, lo que contrasta con algunos momentos dramáticos de la trama, que son tratados de forma más teatral de la cuenta; creo que, paradójicamente, en esas partes habría funcionado mejor la naturalidad.

No obstante, tampoco quiero que parezca que el libro no me ha gustado (no es así en absoluto), al haberme puesto a hablar principalmente de lo negativo. Otra cosa es que la idealización que tenía de la historia que ya conocía sobre ésta “epopeya alpina” estuviera por encima de la más extensa de sus plasmaciones sobre el papel. No siempre ampliar lo conocido lo mejora.

En el contexto de 1950, y al margen de lo que supuso ante la opinión pública la conquista de la primera montaña de más de 8.000 metros, ésta aventura tiene un encanto muy especial. Ya el propio acercamiento a la base de la misma es una exploración en toda regla, recorriendo durante días un terreno desconocido, mal topografiado, etc. Nada que ver con las expediciones actuales (y desde hace algunas décadas) que se acercan a los campamentos base incluso en helicóptero. La descripción detallada de toda la logística de las operaciones (que sí es un punto fuerte y bien plasmado del libro) resulta de un interés enorme, en comparación con lo que ocurre actualmente. Los días del ataque definitivo tienen un romanticismo que es difícil encontrar en libros como Mal de altura (que literariamente sin embargo me parece bastante superior) de Jon Krakauer (1).

De cualquier manera, el libro es recomendable para cualquier aficionado a la literatura de montaña (supongo que más aún si no se conoce previamente la historia). Es razonablemente entretenido, y va ganando interés a medida que avanza. Otro de los aspectos que he disfrutado especialmente es el hecho de conocer a parte de sus protagonistas, de haber leído sobre ellos o incluso los propios libros escritos por ellos mismos en el caso de Lionel Terray y Gaston Rebuffat (también escritores notablemente mejores que Herzog), lo que hace que la lectura de este libro incluyera cierta simpatía por mi parte hacia éstos personajes.

De hecho, personalmente me quedo con la descripción que Terray hizo de la misma expedición en su también antológico libro Los conquistadores de lo inútil: Más resumida en términos generales, aunque detallando mucho más aspectos de los pueblos y culturas de Nepal y el Tíbet, de los sherpas, etc., y sobre todo más efectiva en captar la esencia auténtica (o creíble) de lo que pasó en la propia conquista.

Incluso diría que lo que ya había leído aún antes en libros sobre crónicas históricas (Historia del alpinismo de Agustín Faus y sobre todo El Sentimiento de la Montaña de Eduardo Martínez de Pisón y Sebastián Álvaro) me llegó a impresionar mucho más, especialmente (como es sabido por quien conoce la historia) en el épico descenso del Annapurna, una huida hacia la vida en toda regla. Incluso siendo breves resúmenes de lo que ahora me ha aportado la obra completa de Herzog, aquellos “spoilers” fueron sin embargo pequeñas lecturas muy intensas.


(1): Tengo pendiente tratar en este blog el libro Mal de altura de Jon Krakauer, pero aún no lo he hecho porque me gustaría hacer una entrada conjunta con el libro de Anatoli Boukreev sobre la misma trágica expedición al Everest en 1996 (aún tengo pendiente leer éste último).

jueves, 6 de noviembre de 2014

Stefani Joanne Angelina Germanotta escapa de sí misma

Las listas populares del Spotify me resultan tan cansinas como cualquier radio fórmula, pero, también como en esas emisoras, hay canciones que se llevan la palma, más por insistentes que por malas.

Hace unos días, en la oficina, aguanté una de esas listas puesta por uno de los compañeros hasta que apareció por enésima vez la cantinela repetitiva del “Bad Romance” de los coj… ¿La solución? Como suelo hacer en esos casos, ponerme los casos y escuchar mi propia música…

¿Y con qué lo contrarresto esta vez? De repente, una bombilla se encendió en mi cabeza. ¿Y por qué no con algo que no muestre inquina hacia la diva autora del jitazo antes mencionado? Es decir, con algo en lo que ha participado ella misma: Recordé que la señorita Stefani Joanne Angelina Germanotta había grabado recientemente un disco de jazz nada menos que con Tony Bennett…

…Pues vaya gozada de disco, oigan. No es que yo sea un oyente habitual de este tipo de música, ni que el disco sea muy innovador ni especialmente original (son todo versiones), pero resulta que la chica tiene (como ya me parecía) un talentazo enorme para la música, y canta de maravilla. Una lástima que esté tan desaprovechada en pos del éxito comercial; o bien lástima que para lograr ahora ese éxito haya que recurrir a ese electro-pop tan imitativo y poco imaginativo que triunfa actualmente; una pena que no hayan cundido más ejemplos como el de Amy Winehouse (sí, tampoco me parecía nada mala) o Adele.

En cualquier caso, con este disco la amiga Stefani podría haber pasado de merecer el nombre artístico que usa habitualmente, basado en el título de uno de los éxitos más comerciales y menos brillantes artísticamente de Queen, a merecer casi el de Lady Bohemian, o (más apropiado por el estilo) Lady Melancholy.

domingo, 26 de octubre de 2014

Nueva motivación para no dejar de tener ganas

En varias ocasiones he comentado cómo mi motivación por salir a la montaña ha ido pasando por diferentes etapas, alternando el entusiasmo con la sensación de rutina cercana a la apatía. El regreso a los momentos más positivos solía coincidir con algún tipo de novedad o añadido que me ayudaba a disfrutar de mis salidas desde un nuevo punto de vista: Conocer lugares nuevos (en su día Pirineos, Picos de Europa o Alpes), aprender nuevas técnicas (como el alpinismo invernal con crampones y piolet), empezar a escribir descripciones en alguna página web, comprarme una nueva cámara de fotos, hacer salidas largas en solitario, buscar itinerarios más originales o “elegantes”, iniciar éste blog, etc.

Como también he reflejado últimamente por aquí, la última etapa era más bien de motivación baja, aunque no traumática: ya no me importaba tener menos ganas que antes, y aunque no por ello había dejado de salir al monte, si me quedaba en casa tampoco pasaba nada (hay muchas otras cosas que valen la pena). Lo que nunca pensé es de qué manera volvería a experimentar una nueva atracción por salir: Algo tan meramente deportivo y superficial como tratar de hacer una ascensión de desnivel digamos respetable en el menor tiempo posible.

Yo, que siempre he visto el aspecto emotivo del montañismo en la parte contemplativa y radicalmente opuesta al alocado ritmo de la vida artificial de nuestros días, y que las excursiones largas siempre las he preferido con tranquilidad y vivacs de por medio, sin por ello dejar de hacer itinerarios que, en bastantes ocasiones, estaban cargados de kilometraje y desniveles, pero nunca a ritmo de carrera sino más bien de nómada que se mueve según se da el día o según pide el ánimo. Que si alguna vez tuve prisas era porque completar la excursión lo exigía, como en la subida al Almanzor desde Candeleda. O eso, o porque iba a perder algún tren o autobús. Esa había sido siempre mi filosofía del montañismo: una idea lo más alejada posible del concepto de la competición.

El caso es que, sin saber con total exactitud la razón o el impulso, desde hacía tiempo se me había pasado por la cabeza la posibilidad, por pura curiosidad, de intentar ser lo más rápido que pudiera en subir y bajar una montaña. Y como desde hace años tengo además un cierto anhelo no completamente comprometido de subir a La Maliciosa (mi montaña favorita de la sierra que tengo más cerca, que es la de Guadarrama) el mayor número posible de veces, pensé que ésta podía ser la cumbre perfecta para hacer sucesivas ascensiones a la misma por una ruta concreta, tratando de mejorar el tiempo cada vez.

Las previsiones meteorológicas parecían propicias para el pasado domingo 19 de octubre, y lo fijé como el día adecuado para hacer la prueba. El día anterior calculé la distancia y desniveles de un itinerario desde el pueblo de Navacerrada hasta La Barranca, y desde aquí a la cumbre de La Maliciosa por el Arroyo Tijerillas, más la vuelta por el mismo recorrido. Lo dividí en cuatro tramos, me hice una tabla en una hoja de cálculo, y lo dejé todo preparado para tomar nota de tiempos parciales y totales, incluyendo tres únicas paradas en puntos más o menos concretos: El desnivel principal lo iba a subir del tirón, sin pararme ni siquiera a echar un trago. Por la noche, antes de acostarme, tenía un cierto gusanillo en el cuerpo, que se confirmó por la mañana al levantarme, y se mantuvo mientras viajaba en autobús a Navacerrada, especialmente cuando pude ver la siempre vistosa cara sur de La Maliciosa (por la que iba a subir) ante mí: Era un gusanillo que hacía tiempo que no sentía.

De repente, tenía la sensación de estar ante una nueva recuperación de la motivación por el montañismo, pero resulta que el impulso provenía de una manera de entenderlo opuesta a la filosofía que yo siempre había defendido. Luego, durante la ascensión, efectivamente disfrutaba de la curiosidad de la prueba, de la ilusión de que se me diera lo mejor posible, de la concentración para ir regulando el ritmo de la manera más dosificada y al mismo tiempo tenaz, del hecho de sentirme en buena forma, de la incertidumbre de comprobar cuánto tardaría, de si mejoraría o no los tiempos previstos, de llegar a la cima y ver que había tardado mucho menos de lo que imaginaba en la subida desde La Barranca… No voy a decir que estaba eufórico, pero la sensación de ánimo era más que positiva y satisfactoria.

Otros detalles me hacían percibir aquello como cuando me motivaba al subir por primera vez a un tresmil en solitario, por ejemplo. Por un lado, algo que ya he vivido en otras ocasiones, por otros motivos, y que consiste en disfrutar más del deseo de la contemplación y el relax que de la propia consumación de ese deseo: Al pasar junto a una agradable pradera con bonitas vistas, donde normalmente me habría parado a disfrutar de ese rincón, sentía con más fuerza el anhelo de dicha pausa al no poder llevarla a cabo para cumplir con el objetivo del tiempo. Tal vez tanta contemplación me había llevado a la pérdida de las ganas por exceso de realización, y lo más importante no es hacer aquello de lo que crees que tienes ganas, sino el hecho mismo de tener ganas.

La segunda percepción llamativa la tuve llegando de nuevo al pueblo de Navacerrada, cuando miré atrás y volví a ver la cara sur de La Maliciosa por segunda vez desde ese mismo punto en unas pocas horas, después de haberla recorrido hasta su cima. Acostumbrado a dichas observaciones post – excursión al final de la tarde, me resultaba algo surrealista estar viviéndolo al mediodía. Aquí supongo que juega un poco el ego y la satisfacción por el objetivo cumplido, y esto ya vuelve a ser algo meramente deportivo. No me hago a la idea de lo que debe ser hacerlo mucho más rápido, a ritmo de trail-running. No me imagino lo que debe sentir Killian Jornet al ver que ha hecho el Mont Blanc desde Chamonix en un tiempo comparable al que a mí me ha llevado La Maliciosa desde Navacerrada. De repente, entiendo un poco mejor esa loca moda de las carreras por montaña.

A partir de aquí, mi plan es volver a repetir en futuras ocasiones el mismo itinerario, con el objeto de ir mejorando los tiempos. De momento lo he hecho sin correr, teniendo siempre al menos un pie en contacto con el suelo, pero supongo que llegará un momento en que, para mejorar el cronómetro, algún tramo tendré que hacer al trote, al menos. Y de hecho, esto casi podría acabar siendo una especie de transición paulatina hacia el mencionado trail-running, por el que algo de curiosidad sí que tengo también. Y además, en paralelo, podría llevarlo a otras cimas e itinerarios. Eso sí, mi intención es que la mayoría de veces que siga saliendo al monte sean para hacer montañismo al estilo de siempre, que quizás valore de otra forma al tiempo que hago las “contrarrelojes”.

Y no, de momento no voy a reflejar por aquí ni por ningún sitio (o no tengo intención de ello, en principio) los tiempos que vaya haciendo. A mí me satisface bastante el que me ha salido la primera vez (he mejorado bastante lo que había pronosticado), pero entiendo que en realidad no es gran cosa, para cualquier montañero de ritmo habitualmente rápido y sin pausas, y menos aun si se compara con tiempos de trail-running. Pero es que, en realidad, la parte que me interesa expresar aquí es la que menos tiene que ver con los resultados o con el orgullo, y sí más con las sensaciones.

En el fondo, toda esta ambición montañera de índole deportiva se parece a otra etapa de de recuperación de las ganas, la que viví hace dos años tras el “paréntesis” o “replanteo”: Entonces lo que me animaba era hacer excursiones de largo kilometraje y notable desnivel acumulado, a ser posible con una segunda ascensión añadida por la tarde. Esto acabó encajando perfectamente con la planificación de subida al Mont Blanc, y luego resultó que dicha ascensión fue el colofón y, a la larga, el final de aquella positiva etapa, y el comienzo de la nueva época menos animada (nada podía superar aquello, a priori), que ahora podría haber terminado (o al menos haberse matizado). Y también coincide con el comienzo de otro tipo de ambición deportiva, la de la escalada, que sí he mantenido con ganas, y que aunque ahora limito a los bloques de travesía en rocódromo, sin duda es otro ejemplo de actividad que me anima a superarme y motivarme.

Lo que sí sigo teniendo claro es que las prisas sólo merecen la pena, como mucho, en lugares ya muy conocidos. Ir a un sitio nuevo de montaña siempre merece más admiración hacia el lugar en sí que disfrute propio por lo que hagas en él.

Aprovechando que antes he mencionado el propósito de subir a La Maliciosa el mayor número posible de veces, voy a cerrar el post explicándolo un poco. En realidad, supongo que la inspiración proviene de Pepe, un montañero de bastante edad de Candeleda que nos encontramos una vez en la cima del Almanzor, y nos comentó que era la vez número trescientos cincuenta y pico que subía allí (años más tarde pudimos ver en Internet que ya había subido 400 veces). Lo que más me llamó la atención del hecho es que, con mayor o menor carga “friqui”, el asunto casi parecía un proyecto de toda una vida, puesto que la primera vez fue allá por los años 50 del siglo pasado.

Con el tiempo, me llamó la atención proponerme algo parecido, no con tanta frecuencia como Pepe, ni mucho menos, más que nada para no acabar convirtiéndolo en una rutina ni tampoco dejar de subir a otros muchos sitios, que es lo que realmente me gusta. Me dije que con la cifra de 100 ascensiones a una montaña concreta podría darme con un canto en los dientes. Pasé algunos años dudando qué cima, aunque La Maliciosa posiblemente fue siempre la candidata favorita. Por sus diversas opciones de vías gracias a sus cuerdas y correspondientes vaguadas, se ha acabado confirmando como la que seguramente más veces voy a subir, sean cuantas sean.

Eso sí, desde hace algún tiempo tengo claro que mi objetivo al respecto es en realidad otro: Se trata de subir el mayor número de veces a La Maliciosa, siempre que cada una de ellas tenga alguna justificación o motivación especial; en el momento en el que el objetivo sea simplemente llegar a las 100, perderá la gracia, para mi gusto (salvo, tal vez, que ya me queden muy pocas para dicha cifra –aunque también habrá que ver la importancia que le doy entonces a la tontería de los números redondos, al parecer tan importantes, pero bueno eso ya es otro tipo de “fricada”-). Hasta ahora las motivaciones han sido los diferentes itinerarios, por ejemplo cada una de sus vistosas cuerdas: La de Los Almorchones, la de Los Asientos, la noreste de La Maliciosa Baja, la de Los Porrones, el tubo norte central de la de Las Buitreras, por el tubo sur, etc., aparte de las subidas normales; Pero también lo han sido las diferentes épocas del año, la condiciones cambiantes (con o sin nieve), o algún objetivo más contemplativo, como vivaquear en la cima, etc., etc. A ello añado ahora estas sucesivas contrarrelojes, que pueden derivar en “trail-running”, y que se pueden trasladar a varios itinerarios, pero también me gustaría, en un futuro, probar vías de escalada… Vamos, que motivaciones no me van a faltar, tal vez, para llegar a la cifra de 100 o incluso más.

Pero, sobre todo, hay que hacerlo con ganas. Si no es así, para qué.

P.D.: Escrito ya el texto de ésta entrada, he tenido después una conversación con un buen amigo, en la que, tratando de diversos temas (incluyendo éste mismo), hemos llegado a una conclusión común para todos ellos, para la vida en general: Para hacer siempre las cosas con ganas, hay que renovarse, hay que innovar. Seguir siempre exactamente con lo mismo lleva al estancamiento. (O tal vez no, pero según esa conversación parece que es así).

domingo, 19 de octubre de 2014

Los directos que siempre quise tener de Queen


Al margen de la creciente fama mundial de un grupo como Queen, absolutamente engordada a partir del impacto de la muerte de Freddie Mercury, aprovechada comercialmente hasta límites ridículos (como suele ocurrir), y al margen también de frases siempre categóricas y exageradas acerca de si éste grupo (o unos cuantos otros, cada uno en su caso) es el mejor o no de la historia del rock (y alguno se atreverá a decir incluso que hasta de la música misma, ¡con un par!), para mí está claro que, incluso habiendo quedado atrás los tiempos en que eran mis favoritos (ahora no tengo uno sino muchos, y varios por encima de éste), en mi opinión sigue pareciéndome una banda única e irrepetible. Para algunos estará sobrevalorada, para mí se sigue infravalorando su mejor etapa, la inicial, en detrimento de sus “jitazos”, principalmente ochenteros, que son por los que se les conoce mayoritariamente, y ahí si que creo que hay algunos muy sobrevalorados (el que más, el que dio nombre a cierta “diva” actual…)

Y precisamente al respecto de esa predilección mía por los inicios de Queen, en concreto por sus magistrales cinco primeros discos, siempre había echado de menos poder disfrutar de álbumes en directo o vídeos de conciertos de aquella etapa. Durante muchos años tuve que conformarme con los “Live at Wembley” (grabado en 1986, emotivo y espectacular, pero con un repertorio muy descompensado en contra de mis favoritas de los años 70), y con el algo más cercano a mis preferencias “Live Killers” (este de 1979, pero con bastantes canciones de “News of the World” (1977) y “Jazz” (1978), dos buenos discos pero bastante por debajo de lo anterior, y por tanto descartando muchos grandes temas de aquella primera etapa inspiradísima, aunque también es un gran directo).

Con el tiempo, y siempre bajo el impulso comercial del mito, ha ido saliendo material oficial que sí recoge directos enteramente centrados en aquellos primeros cinco discos, o parte de ellos. “An Evening at the Concert Hall” (grabado en 1977 pero editado en 2009) recopila exactamente los cinco álbumes (“Queen”, 1973; “Queen II”, 1974; “Sheer Heart Attack”, 1974; “A Night at the Opera”, 1975; y “A Day at the Races”, 1976), y esto en principio lo convertiría en el directo perfecto de Queen para mi gusto, y en buena medida lo es. Sin embargo, ahora con la salida de los dos directos de marzo de 1974 y noviembre de ese mismo año bajo el título “Live at the Rainbow `74”, que recoge sólo material de los tres primeros álbumes, me he metido de lleno en la etapa más genuinamente Queen en su esencia, en su pureza más auténtica, menos pretenciosa en cuanto al nivel de éxito comercial, y más brillante, barroca y virtuosa artísticamente, sin menoscabo de las incontestables joyas que, ya con mayor fama mundial, aparecerían en los dos discos con nombre de películas de los Hermanos Marx. “An Evening at the Concert Hall” puede marcar el último hito de la etapa para mí más brillante de su carrera, pero “Live at the Rainbow `74” lleva directamente al centro neurálgico de dicha etapa.

Por lo tanto, es en estos discos y DVDs donde se ve a los Queen que a mí me habría gustado ver en directo; no a los del pop, los vídeos musicales, las bandas sonoras y el bigote de Freddie (a los que también echo de menos haberme perdido), sino sobre todo a los del Glam, el hard rock, el barroquismo progresivo – operístico y los pelos largos. Los 70, siempre los 70. (Y los 80, siempre los nefastos 80 –musicalmente, y sólo en general, porque también hubo cosas buenas-).

¿Cómo es posible que temazos como “Father To Son” o aún más la maravilla de “White Queen” (ambas de Brian May) quedasen luego en el olvido, luciendo como lucen en estos directos, la segunda con ese precioso añadido del piano…? Bueno, supongo que para algunos no convenían a los tiempos posteriores, habrían estado pasadas de moda… Qué pena que incluso Queen acabasen dando tanta importancia a las modas, no ya porque tuviesen o no derecho a subirse al carro de las mismas, sino sobre todo por el perjuicio que supuso para su intachable repertorio anterior. Pero claro, genialidades como “March of the Black Queen” ó “In the lap of the Gods” (éstas de Mercury, también presentes en los “nuevos” directos) al parecer eran demasiado para llegar a millones de oyentes, que eran los sueños de grandeza de Freddie, desafortunadamente o no cumplidos luego (y más tras su muerte). ¿Pero por qué? Si a base de ponerla millones de veces en la radio, hasta “Bohemian Rhapsody”, que no es precisamente una composición muy ortodoxa para círculos mainstream, ha acabado gustando a millones de personas. No es cierto que a la gente no le guste la buena música, es que no la conocen: la culpa es de los medios, que siempre han decidido arbitrariamente lo que se debe conocer, lo que debe gustar, lo que se debe considerar bueno. Y sí, desde ese punto de vista, a mí también Queen, esos Queen, me parecen sobrevalorados.

Volviendo al tronco tras haberme ido por las ramas, son increíbles momentos de estos directos como la propia introducción, con aquel instrumental solemne y atractivo llamado “Procession”; o cuando el grupo se transmutaba en banda de jazz New Orleans para interpretar “Bring Back That Leroy Brown”, mostrando dotes instrumentales que se desvanecerían en años posteriores. Y cómo sonaba el bajo de John Deacon en los temas más cañeros…¡Si por momentos recuerda, sin exagerar, a Geezer Buttler de Black Sabbath! Y pensar en lo hortera que llegaría a ser más tarde… Y esos coros, más elaborados y bastante más eficientes que en los directos posteriores. Y la voz de Freddie, ya completamente pletórica. Y la batería de Roger Taylor, más veloz y contundente de lo que luego mostraría. De Brian May poco hay que decir, porque me parece el miembro del grupo más fiel a sí mismo a lo largo de toda la historia de Queen (y evidentemente no me refiero a su imagen, que para el caso me la trae al pairo). Y la puesta en escena, rimbombante, ambigua, exagerada, verdaderamente definitoria de un grupo con personalidad y con sello de mito, no como la comodidad conformista de los 80 (vaqueros, zapatillas deportivas, etc.); aunque repito que esa es la parte que menos me importa (pero haberla hayla).

Realmente, son repertorios tan intensos y actuaciones tan disfrutables que yo, personalmente, no echo en falta los muchos super-hits (prácticamente todos) que faltan, incluyendo también los mejores de éstos. Es una gozada poder disfrutar de este material tan valioso, más ahora que, una vez que también lo más posterior de Queen ya se va quedando viejo, el tiempo vuelve a poner en su lugar (para quien quiera apreciarlo) el verdadero balance entre unas y otras canciones.

No niego que el hecho de que ahora se editen todos estos discos y vídeos tiene también su componente comercial, sacacuartos de fans empedernidos. Pero, además de que ya he dicho que éste lanzamiento en concreto representa (como “An Evening at the Concert Hall”) lo que siempre quise tener y hasta ahora no pude (aun sabiendo que podía existir en versiones “bootleg”), lo que sí tengo claro es que, pudiendo elegir entre ese último y enésimo recopilatorio que han sacado de temas en estudio con sólo tres canciones nuevas (una de ellas con doble aprovechamiento comercial necrólatra, con el dueto Mercury – Jackson), y esto que comento en esta entrada, me quedo con los irrepetibles años 70.