"Cambiar: Desprenderse de lo que uno creía que era". (Verbolario, Rodrigo Cortés)
martes, 15 de mayo de 2012
¿RePLANteo…?
Tengo la sensación de que ha llegado el punto, aunque ya venía presintiéndolo tiempo atrás. Esto ya no es lo que era, ya no me transmite la motivación que al principio. Tampoco puedo concretar o precisar mucho, porque no tengo claro del todo el alcance de lo que siento. Ni el qué (que puede ser el montañismo, éste blog, o la idea del escapismo –antes espontánea y ahora demasiado reflexionada-, o vaya usted a saber qué), ni los porqués (aunque algunos son imaginables, ni estoy seguro de todos, ni del peso de cada uno), ni mucho menos las consecuencias o decisiones que tome, si es que llego a tomar alguna, que es precisamente de lo que va lo del replanteo…
Los porqués pueden estar relacionados con la acumulación de experiencias derivada en rutina, con el estancamiento, con algunas decepciones, con mi estado vital actual, etc. Desde que convertí el senderismo y el montañismo en afición, he pasado por varias etapas, comenzando con la ilusión inicial por la novedad, pasando por el descubrimiento de lugares nuevos cada vez más espectaculares (en eso creo que tengo cierta tendencia al estancamiento desde hace ya unos pocos años), por la mejora en el nivel y la diversificación del tipo de actividades y formas de llevarlas a cabo -uso de material y técnicas nuevas, travesías en solitario, etc.-, (siempre he ido muy despacio en todo ello, y ahora mismo me veo en un punto en el que no acabo de dar nuevos pasos, ni tengo claro que me apetezca), por la mejora en la percepción de los detalles (paisaje, naturaleza, emociones), pasando también por alguna pequeña fase rutinaria, encontrando nuevos estímulos en la lectura de libros y también en la elaboración de mis propias crónicas y descripciones para compartir en Internet (primero en Pirineos 3000, después en este blog); Al cabo de un tiempo, cada una de esas nuevas posibilidades o etapas iba derivando en rutina, y me parece que el planteamiento de este blog ya me ha hecho entrar en una nueva.
El último plan, el 134 por Sierra Nevada, y cómo salió finalmente, es quizá más una consecuencia de lo que plasmo ahora en esta entrada y no al revés. Es la señal o demostración de que tal vez ya no tengo la misma actitud ante la montaña. No porque me resulte difícil concluir si me pesó más la precaución ante la meteorología o la falta de ganas, sino porque llegó un momento en que me daba igual renunciar, incluso lo prefería, a pesar de un viaje con tantas horas de autobús (el que peor relación entre logística y resultado he vivido nunca en esto del montañismo, con diferencia). No tenía la sensación de derrota o fracaso de otras excursiones; sencillamente me daba igual, deseaba volver a casa y punto. Y no me había pasado nunca, al menos en esa situación (no muy favorable meteorológicamente, pero sí probablemente lo suficiente como para haber intentado algo más). El plan no se cumplió ni de lejos, ni tampoco me apetece ponerlo aquí como “pendiente”.
No es un hecho aislado. La última excursión con cierto intríngulis, y de hecho la última que había reflejado en el blog, la del Callejón de los Lobos, salió prácticamente perfecta, y era muy atractiva en cuanto a itinerario y paisaje, y sin embargo no hay mas que leer lo que escribí aquí para comprobar que no tengo las mismas sensaciones que antes.
Es verdad que me gustaría recuperar las ganas, pero es que tampoco quiero forzarlo obsesivamente. A lo mejor resulta que es en otras cosas de la vida en las que tendría que poner más ganas, probablemente. No lo sé, no tengo ni idea. Prefiero que sea el tiempo el que lo vaya diciendo, prefiero dejarme llevar. Entiendo que esto no significa que vaya a dejar de salir al campo o a la montaña, espero. Incluso si alguna excursión lo merece, supongo que lo plasmaré por aquí. Simplemente prefiero que el planteamiento surja sólo o de manera espontánea, como en otras etapas de mi afición montañera. Pero es innegable que es difícil saber hasta qué punto hay que dejarse llevar con naturalidad y hasta qué punto conviene automotivarse. Hay cada vez menos cosas que tenga realmente claras, en todos los órdenes de la vida.
martes, 1 de mayo de 2012
134: Lo que se pueda por Sierra Nevada
Desde la tarde de hoy (ya) martes 1, y si el tiempo y en especial el viento nos lo permite (sumado al importante peso que llevaremos encima), trataremos de subir desde Capileira y Central Eléctrica de Poqueira por la Loma Púa hasta el Veleta, para posteriormente -insisto, si se puede- ir a por el Mulhacén y lo que posteriormente se deje (teniendo en cuenta las fuerzas que puedan quedar para entonces). Es de suponer que bajaremos de nuevo a la cara sur, tal vez a Trevélez, tal vez de nuevo a Capileira, o incluso cabe la muy remota posibilidad de bajar por la norte a Güéjar Sierra (ya es mucho pedir), en ese caso o bien por la Vereda de la Estrella desde el Collado del Ciervo, o por el Collado de Vacares y Loma del Calvario... Todo ello hasta el viernes / sábado, más o menos. Varias noches de luna casi llena (esperamos que las más altas sean en refugios), alguna posibilidad de ascensión nocturna con dicha luna llena... o que la meteorología y/o el palizón nos haga renunciar, en mayor o en menor medida... En montaña nunca se sabe qué excursión puede acabar saliendo... ¡y ahí está parte de la gracia!
viernes, 27 de abril de 2012
Ventajas de no ser los mejores
Antes de nada siento tocar, después de mucho tiempo, un tema tan terrenal y masivo, pero por un lado la ocasión lo merece, y por otro mi posición en él sigue siendo minoritaria, que es precisamente a lo que voy.
En general, se puede decir que los madridistas deseaban que el Chelsea eliminara al Barcelona, y que los barcelonistas esperaban lo mismo del Bayern contra el Madrid: Ambos anhelos se han materializado, y a ambas partes se les ha quedado cara de circunstancias. Es lo malo de la rivalidad llevada al extremo, unida a cierto toque de mediocridad propia de la sociedad resultadista: Las aficiones de los dos clubes de fútbol actualmente más poderosos del mundo preferían perderse el mejor enfrentamiento posible para el partido más importante del mundo entre clubes; Pesaba más el miedo a caer ante el eterno rival delante de medio planeta, que la ilusión de derrotarlo ante la mirada de miles de millones de espectadores mientras alzaban la décima o la quinta, lo que habría sido el mayor clímax futbolístico imaginable para cualquier seguidor de uno u otro equipo. Me parece que la final resultante es una buena y merecida lección para ambas partes (excluyendo a los creo que minoritarios madridistas y barcelonistas que sí deseaban esa final). Los que no somos ni de uno ni de otro, y en parte gracias a la insoportable insistencia de los medios de comunicación, en general no echaremos mucho de menos ese partido –aunque yo reconozco que sí lo habría preferido, obviamente, al Chelsea – Bayern (al igual que, a posteriori, también lo preferirían madridistas y barcelonistas, si lo llegan a saber antes…)-. ¡Exclusiva!: Me da que algún dirigente de televisión está hablando con la UEFA para improvisar la organización de un partido por el tercer y cuarto puesto…
Estas son las cosas que a mí me hacen sentir privilegiado de que el equipo por el que siento simpatía sea el Atletico de Madrid. No me refiero a la eliminación de ellos ni a nuestra clasificación (evidentemente, porque es una excepción a la norma), sino a la actitud de la rivalidad llevada a la necedad. Me explico. Ayer, mientras saboreaba la ilusión de vernos en otra final europea, y en el conocimiento de que el rival más asequible que podría tocarnos en ésta era el Sporting de Portugal, sin embargo salté como un resorte para celebrar el 3 – 1 del Athletic de Bilbao, que sin duda será un equipo mucho más difícil de batir, incluso diría que por actitud, favorito. Porque un Athletic de Bilbao – Atlético de Madrid me parece la final más bonita y emocionante posible para la final de la Europa Ligue, un espectáculo inolvidable y digno de ver. Como lo habría sido (monotemática mediática y odios insanos aparte) un Madrid – Barça en la final de la Champions. Sí, ya sé que alguno dirá que no es lo mismo, que para comparar la situación me tendría que poner en la tesitura de jugar ese mismo partido contra el Madrid o conta el Barça. Bueno, pues como respuesta, debo decir que yo sí anhelaba la posibilidad de comenzar la próxima temporada jugando la Supercopa contra el Madrid o contra el Barça. Ni la mitad de ilusión me hace pensar jugarla, si el Athletic nos lo permitiera –que será bien difícil- contra el Bayern o –ni la quinta parte- contra el Chelsea. Y sí, ya sé que sigue sin ser lo mismo, pero es que precisamente por eso me gusta ser del Atleti, porque me pesa más la ilusión por esos hipotéticos partidos dificilísimos que el miedo a que los perdamos. Y, sobre todo, porque me sigue apeteciendo ver el mejor partido de fútbol posible. Por otro lado, igual lo que digo ahora suena hasta empalagoso, pero el caso es que me imagino perdiendo la final contra el Athletic y, en medio de la tristeza, escapándoseme una sonrisa por ver campeón a un Athletic de Bilbao que ha hecho una competición europea admirable. Sobre si ganamos ante tan duro rival, no necesito explicar cómo me imagino.
Creo que este tipo de cosas sólo son posibles si tu equipo no está en unos niveles tan elitistas y estratosféricos que puedes caer en el desprecio, o como mínimo menosprecio, de todo lo que no es tu propio equipo. Aunque, no nos engañemos, tampoco se está precisamente libre de caer en actitudes similares siendo del Atleti: Ahí está el antimadridismo, como ejemplo de lo mismo. En eso yo soy más bien un caso raro. Porque puedo compartir la pequeña e inevitable dosis antimadridista que, por pura rivalidad, hace que me guste ganar más al Madrid que al resto, o incluso que me pueda caer algo peor que otros equipos, pero de ahí a que ser antimadridista sea considerado algo imprescindible, tan importante y emocionante como ser del Atleti o incluso que muchos prefiriesen la derrota del Madrid en liga a la clasificación del Atleti para la próxima Champions, pues no: volvemos a dar el mismo ejemplo de rivalidad necia. Entre otras cosas, porque si tenemos en cuenta de dónde obtienen los clubes los mayores ingresos, la diferencia entre los de Madrid y Barça y el resto, y cómo funciona el marketing actualmente, es fácil entender que el antimadridismo es una poderosa herramienta de beneficios para el Real Madrid: lo importante no es que hablen bien de él, sino que hablen de él. Al contrario que en el resto de Europa, donde la gente sigue siendo del equipo de su ciudad o de toda la vida -y ahí están las pequeñas diferencias de puntos entre los de arriba en sus clasificaciones -, aquí la gente se olvida de ser del Atleti o de su equipo, y se preocupa más de lo que haga o deje de hacer el Madrid y el Barça aunque ese no sea su equipo; Y encima ahora con las redes sociales todo se sabe (así funciona precisamente el marketing). Luego nos quejamos de la enorme diferencia entre los dos de arriba y el resto, y de lo mediocre que es el Atleti en liga, etc.: Pues normal, es justo lo que expresamos con ese antimadridismo: tenemos lo que queremos, igual que Madrid y Barça tienen la final de Champions que, a medias, deseaba cada uno de ellos (aunque en este caso no haya relación causa – efecto). Las cadenas televisivas contratan, pagan mejor, y le ponen la publicidad más cara, a lo que la gente quiere ver. Tanto más antimadridistas seamos, tanto mayor será la diferencia entre Real Madrid y Atlético de Madrid. (Sin negar que hay muchas más razones para el desequilibrio de la supuesta mejor liga del mundo). Por cierto, todo esto tiene cierto parecido o relación con lo que ocurre en otras esferas de la sociedad actual, que sí son realmente importantes. Y así nos va.
En definitiva, que para bien y para mal (como todo lo demás), creo que esto de sentirse del Atleti también le hace a uno ver la vida de otra manera.
jueves, 12 de abril de 2012
Cumplido 133: Flying Colors, el difícil anhelo de reinventarse
Entiendo que la música como medio de evasión es para los músicos al menos tan efectiva como pueda serlo para el oyente. Y supongo que para que ese efecto siga resultándole fresco al compositor o intérprete que está acostumbrado a desarrollar un estilo más o menos concreto con su grupo o en solitario, necesita de vez en cuando poner en marcha nuevos proyectos que le permitan huir de la propia rutina, porque si no la evasión se convierte paradójicamente en prisión. Esto tiene un sentido especial en el caso de músicos habituados al rock experimental como los que componen Flying Colors, lo que no deja de ser otra paradoja: aun siendo más abiertos y diversos que, en general, los músicos de estilos más convencionales, o precisamente por ello, también acaban teniendo la sensación de que necesitan hacer algo distinto. No es de extrañar que artistas inquietos como Mike Portnoy, Steve Morse o Neal Morse salten frecuentemente de agrupación en agrupación, en algún caso sin abandonar ninguna o casi ninguna de ellas, compaginándolas.
Claro, todo esto habría que tenerlo en cuenta como oyente a la hora de escuchar el primer disco de una nueva formación constituida por estos experimentadores musicales insaciables, y yo no lo tuve en cuenta en la primera audición. Supongo que, de manera más o menos inconsciente, me había imaginado previamente un sonido cercano a Transatlantic con ciertas dosis del estilo compositivo y guitarrístico de Steve Morse, pero seguramente más en la vertiente jazz-rock de Dixie Dregs, ya que la cosa me parecía que iría orientada hacia el rock progresivo. No había pensado que tal vez la vertiente progresiva es la que más han explotado Portnoy y Neal Morse los últimos años, y que si habían formado un nuevo grupo era para hacer algo distinto. Y de hecho así es, en general. Quizá por eso la primera escucha me dejó un tanto frío, debido a estar un poco desubicado; había canciones en las que, por momentos, no me quedaba claro que un disco así necesitara llevar la firma de esos nombres propios; el único inconfundible casi todo el tiempo me parecía Steve Morse merced a sus solos de guitarra, aunque en su vertiente más hard-rockera, mostrada sin ir más lejos en Deep Purple. Y lo que tampoco había considerado es que Flying Colors está formado por más músicos: Su cantante principal, Casey McPherson, proviene del pop-rock, y eso se nota mucho.
El disco debut de Flying Colors es de hecho bastante diverso. Una obra de rock progresivo también es diversa, porque puede recorrer todos los estilos que le de la gana sin desentonar, pero el tono progresivo prevalece y lo envuelve todo, y en este nuevo trabajo no es así, y de hecho es minoritario. Se trata de un disco de rock en general, con algunos momentos más o menos progresivos, un par de destellos heavies, y sobre todo bastante rock e incluso pop-rock. Son algunas de las canciones dentro de éste último género las que me contrariaban inicialmente, y en parte siguen haciéndolo, sobre todo porque creo que proporcionalmente son bastantes y alguna me llega casi a aburrir (demasiada baladita). También en parte me sorprende el hecho de que músicos que han creado trabajos tan complejos y elaborados necesiten acudir a una relativa sencillez para disfrutar. Uno imagina que, puestos a probar cosas nuevas, tal vez intenten algo aún más difícil, por pura ambición, como por ejemplo jazz. También es posible, sin más, que hayan querido buscar un sonido accesible a más público, que en su derecho están (al fin y al cabo, de esto viven). O eso, o simplemente hacer algo menos ambicioso para poder disfrutar de la pureza y lo directo. En cualquier caso, también hay que decirlo, una vez que me he hecho a la idea, el disco me parece de una calidad notable, y bastante disfrutable, en general. Y no tan alejado, en realidad, de cosas que siempre han hecho –aunque de manera más puntual- los tres músicos que me animaron a interesarme por el proyecto.
Tampoco tengo claro qué canciones me gustan más; ni siquiera está relacionado del todo con lo cercanas que sean o no a lo que esperaba inicialmente. Por ejemplo, las dos canciones que sirven para abrir y cerrar el disco, “Blue Ocean” y “Infinite Fire”, son las más parecidas a esa idea inicial, las más progresivas –la primera a medias del estilo Neal Morse y del tono rockero de Steve Morse, marcado con maestría por un envolvente e insistente bajo de Dave LaRue; la segunda más en la onda Neal Morse, y de hecho con momentos que podrían estar sacados de un disco de Transatlantic-; bueno, pues no son necesariamente mis favoritas (pero sí de las que más), porque en comparación con las obras anteriores de Neal me saben a menos. Por cierto, que son las más largas –como corresponde al estilo-, y de hecho entre las dos ocupan la tercera parte del disco, luego en el fondo esa idea de que Flying Colors es tan diferente a lo esperado puede ser en parte engañosa (sobre todo en la primera escucha).
Hay dos canciones bastante heavies, una especialmente rápida y cañera, “All Falls Down”, y otra con un tempo menos dinámico pero igualmente poderoso, “Shoulda Coulda Woulda”, que además tiene uno de los mejores estribillos del disco, aunque ambas tienen un desarrollo melódico muy atractivo. Las dos están entre mis favoritas. Por el sonido metalero, es inevitable relacionarlas con Mike Portnoy, pero desde el punto de vista rítmico y melódico no tienen mucho que ver con Dream Theater (aunque sí tal vez algo en el final de ese estribillo poderoso mencionado). Tampoco Neal Morse le hace ascos a ritmos como el de “Shoulda Coulda Woulda” en alguno de sus discos en solitario, pero no es lo más característico en él.
Además de las cuatro canciones mencionadas hasta ahora, me gusta especialmente “Kaila”; probablemente sea la que más de todo el disco. Se trata de un medio tiempo melódico, muy sentido en su composición e interpretación, otro gran estribillo, y con algún detalle de influencia renacentista -como la introducción-, que parece firma de Steve Morse (mostrada en alguna ocasión por la banda que lleva su nombre). Aquí digamos que hay un término medio entre la parte rockera más o menos esperable proveniente del guitarrista, y el estilo vocal rock-pop de McPherson. Ni es exactamente mi idea previa de lo que iba a ser el disco, ni está muy alejada de ello, pero en cualquier caso me parece un temazo.
El resto ya me suena bastante distinto de lo esperado (con excepciones, a veces simples detalles dentro de un tema), y aunque tras varias escuchas me parece que está bien, en general ya no me cambia el estado de ánimo. La voz de McPherson, por momentos a lo Chris Martin de Coldplay aunque con más timbre y registros (lo cual, con todos mis respetos, no me parece muy difícil), se hace la protagonista la mayor parte del tiempo y lo impregna todo, y las composiciones no desentonarían en emisoras de radio convencionales, más allá incluso de Rock FM (antigua Rock and Gol). El ejemplo evidente es “The Storm”, con un sonido rock-pop asequible y relativamente moderno (o a mí me suena así), quizá comparable a grupos de rock adolescente de la última década, tipo Nickelback, aunque también hay que decir que sí se parece a algo relacionado con Mike Portnoy: De hecho, a una de las canciones más diferentes y menos representativas de Dream Theater en la última década, ese sucedáneo de U2 llamado “I Walk Beside You” (Hay que hacer la salvedad de que en el disco “Awake” alguna cosilla también se parecía a U2, pero era menos patente, y no tenía nada que ver con ésta).
Luego está “Forever In a Daze”, un poquito más extraña y rockera, incluso con un ligero deje progresivo –que se hace más patente en la brillante parte instrumental donde Dave LaRue está monumental- pero que compositiva y melódicamente me resulta poco atractiva, aunque en lo rítmico pueda tener su aquel; No sé, es rara, tendré que escucharla más veces. Y luego “Love Is What I´m Waiting For”, que puede no ser esperable pero tampoco es inédita, porque de nuevo se nota otra tendencia de Portnoy desarrollada ocasionalmente y compartida con Neal en Transatlantic: El medio tiempo pop-melódico estilo Beatles, también con algún toque a lo Queen; no está mal, tiene su cosa. “Everything Changes” vuelve a la baladita estilo pop actual asequible (aquí el parecido de McPherson con Chris Martin me parece evidente); está bien, pero en el fondo me agrada no por la canción en sí, sino por las partes instrumentales con el toque de nuevo entre neoclásico y renacentista de Steve Morse. “Better Than Walkin Away” es una balada detrás de otra balada, pero, además, aún más lenta y sosa que la anterior, con lo que me resulta el momento más cansino del disco (sin ser malo del todo). Y la otra que falta sirve para escoltar, junto a la anterior pero por el otro lado, a la más cañera (antes mencionada), y de nuevo en tono lento: “Fool In My Heart”: Otra baladita pop, ahora con intervención vocal de Mike Portnoy y Neal Morse, que se deja escuchar pero sin tirar cohetes; también puede tener algo que ver con algún tema “bonus-track” de Tansatlantic: o sea, lo menos Transtalantic de Transatlantic. Todo lo dicho en estos dos últimos párrafos conforma un bloque bastante amplio de canciones que, aunque tengan que ver con los gustos musicales de los tres monstruos que se han juntado en Flying Colors, y no se les de mal trabajar esos estilos, no creo que sea donde más pueda destacar su brillantez, en mi opinión. Seguro que Messi puede hacerlo bien incluso jugando de defensa, que es un puesto dignísimo, pero a mí no me divertiría verlo jugando ahí (salvo por el morbillo inicial). De todas formas, la otra opción, que hubieran hecho exactamente lo mismo de otros proyectos, habría sido repetitiva. Así que esperar que superasen lo que ya habían hecho antes era mucho pedir. Tiene que ser complicado reinventarse incluso para cracks ya veteranos de la música como éstos, así que hay que considerar como mucho más que digno el intento.
En definitiva, un buen trabajo, con alguna que otra canción realmente valiosa, pero tampoco un disco que vaya a parecerme antológico dentro de algún tiempo, creo. Otra cosa muy distinta es la posibilidad, ya veremos si más o menos remota, de poder ver en directo a esta gente tocando juntos. Eso ya sí que podría ser ciertamente inolvidable, al menos para mí. Ojala se materialice el plan…
viernes, 6 de abril de 2012
Cumplido 132: Intocable
Paradojas de la vida: Me he dado cuenta de que, mucha loa al escapismo y tal y cual y bla, bla, bla, y resulta que la mayoría de los libros que leo desde hace años cuentan hechos reales, nada de ficción (y menos aún novela fantástica o similares, porque eso casi lo tengo olvidado, salvo muy contadas excepciones). Lo de la literatura de montaña tiene más lógica, pero este libro autobiográfico de Philippe Pozzo Di Borgo nunca habría entrado en mis planes de este blog, salvo porque me lo regalaron, y porque, una vez en mis manos, pensé que lo que cuenta y su punto de vista podía tener cierto sentido en la temática general de este espacio. Y es que al fin y al cabo, no deja de ser la vida de otra persona, muy diferente en la mayoría de los aspectos a lo que yo haya podido vivir, y entrar en un relato narrado en primera persona te lleva a, al menos, imaginar otras realidades humanas. Cada vez creo más en la idea de que escapar no es sólo un objetivo de disfrute, sino también una necesidad de enriquecimiento, pues quedarse en uno mismo o en lo ya conocido no sirve precisamente para aprender. Y eso también conlleva conocer vivencias no especialmente agradables, pero que a su vez sirven de ejemplo de superación en situaciones mucho más difíciles que las de uno mismo.
En el caso de Pozzo Di Borgo se trata de una historia llena de contrastes, comenzando con la situación acomodada y privilegiada de alguien que nace en una familia aristocrática, que en su juventud conoce a la mujer ideal, pero que a partir de un momento de su vida comienza a vivir una experiencia personal especialmente dura por la grave enfermedad de ella, y más adelante él mismo sufre un accidente que le acarrea una tetraplejia, tres años antes de que su mujer fallezca. Es tras ello que decide escribir el libro con la ayuda de un magnetófono, y de ahí surge una historia autobiográfica cuya primera parte (inicialmente un libro publicado hace más de diez años titulado "El nuevo aliento") es, sobre todo, muy dura; no se regodea en el dramatismo al narrarla, pero por sí sola ya es bastante amarga. Y lo interesante no es sólo cómo afronta -a la hora de narrarlas- todas esas duras experiencias, y de qué manera explica la percepción de uno mismo y de su vida en su nada fácil situación, de la que en la mayoría de los sentidos es prácticamente imposible escapar; lo curioso es también cómo interpreta ahora la parte de su vida en la que podía disponer de su cuerpo plenamente, probablemente sin ser capaz de valorarlo entonces como habría merecido. Como deberíamos valorarlo todos, en la creencia de que nos cuesta escapar cuando en realidad estamos físicamente completos; los oficialmente sanos tenemos habitualmente otro tipo de discapacidad: la del ánimo o la actitud. Pozzo Di Borgo tiene una perspectiva de la vida que aporta el conocimiento de otra visión de la misma, no sólo en el caso de su enfermedad, sino sobre todo en el caso general de la vida misma, de cualquier persona, sea cual sea su estado.
En el segundo texto, "El demonio de la guarda", más breve y escrito más recientemente e incluido en el libro "Intocable", cuenta los años más recientes de su vida, que por cierto son los que se tratan en la exitosa película del mismo nombre, aún en cartelera. Es la parte más desenfadada e incluso humorística. Se une a su protagonismo el de Abdel, el ex-preso senegalés que se ocupa de su cuidado, y del contraste entre personas tan dispares surge tanto la salvación de ambos como las situaciones cómicas que arrancan las sonrisas del lector. Tanto Pozzo Di Borgo como Abdel logran escapar de una realidad en la que parecían irremisiblemente atrapados, y rehacen sus vidas logrando unas dosis dignas de felicidad. En esta parte también es interesante cómo cambia la visión de la sociedad por parte de Pozzo, que si bien nunca fue precisamente un conservador a ultranza, difícilmente habría imaginado años atrás llegar a conclusiones como que el Occidente mercantil es "un exceso de orgías, de paraísos, de frenesís, de ruidos y de olvidos". Desde su escapismo forzado, Pozzo percibe los males de la sociedad y sus posibles remedios. Y no olvidemos que él sufrió la escapada en el sentido contrario del de la búsqueda de la plenitud: Pasó de tenerlo todo a estar sólo y postrado en una silla. Y, también paradojas e ironías de la vida, el accidente había llegado como consecuencia del otro tipo de escapismo, el de tratar de disfrutar y sentirse libre en momentos difíciles, y que Pozzo había buscado mediante otra de esas actividades habitualmente alardeadas en blogs como éste: El parapente. Y es curioso cómo logra transmitir el poder evasivo de esos vuelos que con tanta destreza llegó a dominar, desde la perspectiva de su actual inmovilidad. Pasa igual cuando uno añora la montaña estando encerrado en casa: Escapar es también evocar.
No me atrevo a profundizar más. Por un lado, el tema o los temas tratados en el libro son bastante sensibles para lo que yo pueda aportar, y por otro lado hay en buena parte de sus páginas un estilo poético y profundo que unas veces no logro sentir, y otras ni siquiera llego a entender. No es que se me dé muy bien la poesía, pero aparte de eso supongo que por mucho que nos empeñemos en tratar de empatizar con alguien en la situación de Pozzo Di Borgo, no podemos ni hacernos a la idea.
sábado, 31 de marzo de 2012
133: Flying Colors
Steve Morse, el espectacular guitarra de Dixie Dregs y que desde hace ya 18 años sustituye a Ritchie Blackmore en Deep Purple, se juntó con Mike Portnoy, el impresionante ex-batería de Dream Theater y con el genial ex-líder de Spock´s Beard, Neal Morse (que no es hermano del primero), los cuales ya habían coincidido tanto en Transatlantic como en alguno de los discos en solitario del segundo. Junto al bajista Dave LaRue, compañero del primero en su Steve Morse Band, y el joven cantante Casey McPherson, han formado Flying Colors. Esto que parece un culebrón no es sino el motivo de que esté enormemente interesado en escuchar el reciente primer disco de la formación: Se han juntado, sobre todo, tres talentazos que están entre mis músicos favoritos hoy por hoy. Escuchar a Steve Morse junto a Mike Portnoy y Neal Morse me parece un lujazo mucho más que morboso.
miércoles, 28 de marzo de 2012
132: "Intocable" (Philippe Pozzo di Borgo)
Libro que ha inspirado la reciente película del mismo nombre, y que por su contenido -se supone que tan duro como divertido, y con protagonistas que contrastan pero que se apoyan mutuamente-, puede ser una buena manera de afrontar realidades desdramatizando, y eso me apetece como alternativa a mi habitual temática literaria - montañera.
martes, 20 de marzo de 2012
Cumplido 131: En un Callejón, pero de momento sin Lobos
Cuántas cosas han cambiado en los nueve años que han pasado desde la primera vez que recorrí la Garganta del Pinar hasta esta segunda vez, y sobre todo cuánto ha cambiado mi percepción…
Hace poco más de un año repetí la primera “ascensión” que había hecho nunca, catorce años antes, a la Sarnosa en el sector oriental de Gredos. Lo que reflejé en la entrada que escribí entonces, pareció llevarme a una conclusión que tenía más que ver con los puntos en común pasado todo ese tiempo que con lo que había cambiado. Sin embargo, habiendo cinco años menos de diferencia en esta nueva excursión respecto de la otra vez que recorrí este itinerario común de la Garganta del Pinar (aunque entonces subimos a Cinco Lagunas y al Almanzor), la sensación de cambios o diferencias ha sido bastante mayor. Y eso es lo que emocionalmente o psicológicamente más me ha llamado la atención de este plan 131, por encima del propio Callejón de los Lobos o de la cima del Meapoco.
Puede haber puntos comunes, cosas que siguen siendo iguales, y sobre todo un mismo o parecido espíritu motor de mantener el contacto con la naturaleza, seguir sintiéndonos capaces de afrontar esfuerzos agrestes, y buscar el silencio, la tranquilidad y la soledad. Pero resulta difícil sentir el mismo impulso ingenuo e infantil. La sorpresa de 2003 ante el constante discurrir del agua de una garganta de la que buscábamos su origen, que fue uno de los mayores alicientes que recuerdo, ahora ya está muy vista, además de superada por posteriores ejemplos más espectaculares en, por ejemplo, Pirineos. No es que haya dejado de agradarme, ni mucho menos, es que ha dejado de sorprenderme, pasando a un segundo plano. En esta otra época (la anterior fue en verano), sólo nos parábamos curiosos ante las pequeñas cascadas heladas, y ni siquiera se puede comparar con la ilusión de hace nueve años (por mi parte).
Las muchas excursiones, la experiencia acumulada, el aprendizaje y asimilación de terrenos incómodos que antes nos parecían auténticas aventuras y ahora superamos sin pensarlo demasiado, la necesidad de ir buscando lugares nuevos y retos más difíciles (y no es que nuestro nivel haya avanzado mucho, sólo algo), la comprobación, a través de Internet, de que sólo somos un caso más de entre muchísimos otros aficionados al montañismo que hacen lo mismo y en muchos casos mejor que nosotros y con mayor dificultad… No es que eso sea importante ahora, pero sí lo era antes, cuando creíamos que lo que hacíamos era más especial, ya que realmente no teníamos referentes, éramos mucho más ignorantes en este mundillo, no sabíamos lo que hacían otros de nuestro nivel. Nos sentíamos como en un mundo propio, creado para nosotros mismos, como si fuéramos unos privilegiados. No es que nos lo creyéramos, ni mucho menos, pero era lo que nuestra percepción nos decía, y éramos capaces de jugar a ello.
La montaña le hace sentir a uno sólo ante la naturaleza, enfrentado a lo inhóspito. El ser consciente de que en realidad es una moda hace creer en parte que ese sentimiento es una falsa percepción. Ha desaparecido la ingenuidad e ilusión infantil. Es parecido a comparar lo que sentían los pioneros del alpinismo ante lo inexplorado en los siglos XVIII y XIX con la masificación y conocimiento actuales. Ya no hay misterio. ¿Dónde habrá que buscar cuando tantas experiencias se han acumulado ya? ¿Acaso no será imposible volver a sentir lo mismo?
Por no hablar de la relación entre lo que se busca en la montaña y aquello de lo que se huye del mundanal ruido. Porque, ¿habría necesidad o gusto por escapar si no hubiera de lo que huir? Y cuando se llega a ese punto en la vida en el que empiezas a pensar que, si no puedes luchar contra la realidad, mejor será asumirla en todo lo posible; Entonces, ese refugio escondido entre catedrales de roca, por encima de los límites de la vida cómoda y cálida, ya no ejerce su poder evasivo, y en parte parece que se ha convertido en el enemigo de lo que te conviene, en la droga que te aleja de la realidad que no terminas de asumir, pero cuyo efecto ya no sacia el deseo (que a su vez ya no es tan intenso).
También ha hecho mella el montañismo en solitario, que hace nueve años sólo contemplaba en excursiones de un día por el Guadarrama, en cualquier caso cruzándome con muchos otros excursionistas. Las posteriores travesías de dos o más días, con la única compañía humana de mis propios pensamientos, me llevaron a encontrarme con sensaciones al mismo tiempo sencillas y grandiosas, serenas y sobrecogedoras. Pasar de eso a una excursión con mucha compañía o en zonas masificadas, me provocaba la contradicción de perder contacto con lo que buscaba, la naturaleza pura y dura. Era un paso más allá en la huída, y, siguiendo la metáfora del párrafo anterior, la droga me hacía sentir bien al tiempo que me alejaba del deseo de socializarme.
La pregunta es: ¿A qué clase de carencia pretende sustituir la montaña? ¿Cuántos espacios vacíos pretende rellenar? Unos pueden parecer más evidentes que otros…
Sea lo que sea, sigue mereciendo la pena. Pero, para que vuelva a ser un juego inocente, hay que quitarle trascendencia. Distraerse. Cuantas más cosas haya que hacer y decidir (dónde vivaquear, si hacerlo al raso o poniendo la tienda, cuál es el sitio más adecuado para la misma, dónde buscar agua, subir por éste lado o por aquel, en qué momento ponernos los crampones, sacar el piolet o seguir con los bastones, elegir ésta pendiente o aquella, a qué pueblo bajar para que no se nos haga tarde, etc, etc.), unido a la mera contemplación paisajística (no más que estética), realización de fotografías, pensar en la descripción para Internet, observar la fauna y la flora, etc., mejor. Todo eso, incluso lo más práctico y anodino, también tiene su encanto. Y sobre todo, lo más importante, compartir las experiencias con buenos amigos, a ser posible que tengan afinidad con uno en la manera de entender la montaña.
Ya volverán los tiempos de aquel pensamiento del romanticismo, de la montaña como lugar en el que contemplar no sólo el paisaje exterior sino también el interior. Al fin y al cabo, esa filosofía tampoco estaba presente en aquellas primeras excursiones ingenuas, como la primera por la Garganta del Pinar hace nueve años. Y bien que nos lo pasábamos, sin duda.
Descripción técnica de la ascensión.
viernes, 9 de marzo de 2012
131: Callejón de los Lobos
- Lugar: Garganta del Pinar, Sierra de Gredos.
- Momento: Mañana sábado y el domingo.
- Plan: Subir al Meapoco desde Navalperal de Tormes, por la Garganta del Pinar y el Callejón de los Lobos. Varias posibilidades de bajada: Cuerda de los Barquillos y vuelta a Navalperal; Garganta del Hornillo o Cuerda de la Majada Peña y final en La Angostura; Garganta de la Solana, o Cuerda de los Copetes, o Garganta de Navamediana y final en La Aliseda (por tiempos, están ordenadas de mas factible y probable a menos).
sábado, 18 de febrero de 2012
Cumplido 129: Los conquistadores de lo inútil, Lionel Terray, 1961
De entre los diversos libros de alpinismo y montaña acerca de experiencias reales contadas en primera persona por sus protagonistas que he leído hasta ahora, Los conquistadores de lo inútil es el primero que tiene una estructura de autobiografía prácticamente completa, cronológicamente hablando. No sólo eso, el libro va bastante más allá de las aventuras montañeras en sí, y Lionel Terray nos cuenta en mayor o en menor medida todos los aspectos de su vida (con el alpinismo como eje central), no simplemente como referencias personales (como hace Juanjo Sansebastián en Cita con la cumbre), sino integrándolas en una misma razón de ser: Su vida y su persona.
Libros como La conquista del Cervino de Whymper o Escaladas en los Alpes de Mummery –centrados sobre todo en aspectos técnicos- o como Recuerdos de un montañero de Russell –incluso mencionando ocasionalmente el mundanal ruido con una intención prácticamente misantrópica- me transmitieron la sensación de que el montañismo puede ser una especie de mundo encerrado en si mismo, que podría justificar una vida sin que haga falta alimentarla con otras necesidades o motivaciones, lo cual por un lado me evadía completamente -y con agrado- en sus lecturas, pero por otro me parecía sacado de una especie de ambiente irreal –lo cual también tiene su gracia, tratándose de hechos reales y no de novela de ficción-. Este libro de Lionel Terray resulta más real, más costumbrista, más creíble o más palpable, y partiendo de esa base todo su contenido resulta muy interesante, aunque pueda ser un punto menos romántico o idealista. Es un poco como la manera en que se plantea actualmente el cine fantástico, que casi parece obligatorio dotarlo de explicación científica (valga la extraña comparación).
Eso no significa que el mensaje no sea escapista. En todo caso, yo diría que Lionel Terray explica mejor que Mummery o Russell, o con mejor sentido práctico, cómo se puede materializar, en el mundo real, una manera de ser singular o dotada de una percepción o sensibilidad diferente a la de la media. Cómo se puede conseguir desde un punto de vista material, y cómo se puede mantener el mismo espíritu a pesar de las concesiones terrenales que hay que hacer.
Así, Terray nos explica el origen de su espíritu escapista y aventurero, desde su niñez. Nos cuenta cómo en clase era incapaz de atender a las lecciones de los profesores, que no le estimulaban en absoluto, mientras él tenía sus pensamientos puestos en sus juegos y exploraciones por los bosques que rodeaban su casa en Grenoble. Más adelante, con apenas doce años, tras haber vivido algunas experiencias montañeras y haberse trasladado con su familia a Chamonix, ya percibía en su interior “un alma atormentada y una gran sensibilidad. Ya desde entonces veía con claridad la bajeza, la vulgaridad y la monotonía del mundo, y soñaba apasionadamente encontrar una existencia más noble, más libre y más generosa”. Y fue precisamente ante el espectáculo de las montañas del macizo del Mont Blanc donde “adiviné inmediatamente que éstas me permitirían disfrutar alegrías, acariciar sueños y conseguir la gloria”. Y es aquí donde apunta la necesidad idealista de conquistar lo inútil: “sentí (…) el valor que tendrían para mí estos frutos inútiles, que no se recogen en el barro, sino en un joyero de belleza y luz”. Por lo tanto, Terray no está muy alejado de la filosofía de Russell, simplemente habla, a partir de ese momento, de la parte práctica de su vida, de cómo conseguirlo sin poner en peligro su misma subsistencia.
Convencido de qué es lo que le va a proporcionar la felicidad y la motivación, se plantea qué es lo que necesita para poder subsistir dignamente sin renunciar a ello. Llega incluso a convertirse en agricultor, lo cual no está alejado de su ideal de amor a la tierra, y además le permite estar cerca de las montañas en las que practicar su pasión. Pero lo que finalmente le definirá profesionalmente serán los oficios de instructor de esquí y, por supuesto, de guía de montaña –antes de lo cual vive varias temporadas de severas prácticas en clubes juveniles, de métodos prácticamente militares, que también narra con realismo-. Parecería lo ideal, sobre todo lo de guía de montaña, pero lo cierto es que el ámbito en el que realmente disfruta del alpinismo de una manera personal y audaz es en las ocasiones en que sigue escalando como aficionado: Ahí es donde efectúa sus ascensiones técnicamente más meritorias y comprometidas, pero sobre todo más deseadas desde el punto de vista de su personalidad. Esto significa que Terray, después de trabajar esforzadamente para clientes todos los días de la semana, efectuaba en el mismo marco sus más duras escaladas en los días libres, y lo hacía con gran entusiasmo e ilusión. Es innegable su capacidad de trabajo y sacrificio en pos de su ideal.
No acaba ahí el mérito de su planteamiento. Porque su trabajo no era precisamente el mejor modelo de estabilidad económica, al menos en sus primeros años. Por lo tanto, Terray no niega la incertidumbre y la inseguridad con la que vivía: Se puede ver, por lo tanto, la diferencia con la sensación de “cuento de hadas” que puede provocar leer a Whymper o a Russell. Y además, paradójicamente eso le sirve a Terray para justificar mejor su filosofía de conquistar lo inútil, ya que aquellos se quedaban cortos en su mensaje al no ser tan sinceros: Terray prefería la incertidumbre de la libertad a la mediocridad de la seguridad; era lo que le hacía sentir vivo. Consideraba, al mismo tiempo, que “una actividad no es más noble por el hecho de ser más lucrativa”, o que “lo más importante era la acción y no su precio; porque la acción, en sí misma, posee un valor”. Es más, se hace una serie de cuestionamientos sobre el supuesto valor o utilidad de ciertas actividades económicas de la sociedad, que por el hecho de ser remuneradas, están mejor vistas (curiosos paralelismos se podrían sacar con la situación actual). Por lo tanto, se aprecia la más que probable ironía del título del libro. Y la ironía roza el sarcasmo es estas frases: “Mi vida no ha sido más que un largo y delicado equilibrio entre la acción gratuita, que correspondía al ideal de mi juventud, y la honorable prostitución, que aseguraba mi pan cotidiano. ¿Qué espíritu vulgar puede pretender que la prostitución útil valga más que las hazañas gratuitas?” Y no, desde luego a Terray no se le debería llamar precisamente perroflauta holgazán: “¡No soñéis con una vida fácil! ¡No pidáis una tarea que esté a la medida de vuestras fuerzas! ¡Pedid, más bien, que vuestras fuerzas estén a la altura de vuestros deberes!”.
También es lógico que se muestre un especial realismo, aún más crudo, en las campañas militares en las que Terray participa durante el final de la Segunda Guerra Mundial, y durante las cuales los Alpes son el marco de numerosas maniobras que requieren de la experiencia de alpinistas como él (algo parecido al Batallón Alpino del Guadarrama unos años antes). Es curioso, en este marco Terray también disfruta de los aspectos técnicos montañeros en sí, de repente convertidos en herramienta al servicio de algo que poco tiene que ver con la palabra “inútil”, aunque paradójica y desgraciadamente relacionado con otras características humanas que quizá algunos critiquen menos que al propio alpinismo improductivo. Por otro lado, desde el punto de vista psicológico, Terray saca alguna especie de curiosa metáfora: “(…) el alpinismo es para muchos un medio de canalizar esos deseos de lucha que anidan en el corazón del ser humano desde el principio de los tiempos y cuya satisfacción no facilita en absoluto la vida moderna”. “ (…) es probable que si hubiera nacido siglos antes habría sido soldado o corsario, y quizá el alpinismo representó para mí una especie de combate”. Por otro lado, y ya fuera del marco bélico propiamente dicho, Terray siente que “Durante esta época de guerra, en todos los sectores la inestabilidad de las condiciones de existencia fomentaban un estado permanente de desorganización o, más exactamente, de organización improvisada. Esto daba a la vida un aire de fantasía, que en la época de la productividad sólo respirábamos raras veces”. Curioso: Escapismo debido a la realista crudeza.
Más adelante, y sin abandonar las referencias a lo cotidiano y a las obligaciones, se centra más en describir su actividad de alpinista de primer nivel cuando narra los años con su mejor compañero de cordada: Louis Lachenal. Sin duda, otro ejemplo de personalidad especial y desconectada del mundo: De éste gran amigo suyo termina escribiendo Terray: “Verdadero genio del alpinismo, Lachenal había hallado en las cimas el medio de emplear por completo las excepcionales cualidades físicas y morales con que la naturaleza le había dotado. Pero fuera de las montañas, como un águila con alas cortadas, se convertía en un ser mal adaptado a la mediocridad del mundo de abajo”.
Son interesantes las reflexiones de Terray acerca de la relación con los compañeros de cordada, en el capítulo de “Guía de grandes ascensiones”. A pesar de la gran amistad que alcanza con Lachenal, prefiere desmitificar el ideal de fraternidad: Si vas buscando al mejor amigo posible, probablemente pasarás grandes temporadas sin encontrar el mejor compañero de cordada posible, y te quedarás sin escalar, o escalando de manera mediocre. Con que haya una buena conexión entre ambos desde el punto de vista deportivo, como le ocurrió anteriormente a Terray con Gaston Rébuffat, es más que suficiente. Por otro lado, tiene una visión elitista pero razonable de la amistad (reconozco que yo la comparto en cierta medida, para bien o para mal): “La amistad es para mí algo infinitamente valioso, pero pienso que, al igual que todo lo verdaderamente valioso, sólo se da en raras ocasiones. La amistad no se concede a cualquier persona simplemente porque con ella se haya compartido el peligro, el dolor, el placer y la pena. Como el amor, es un poderoso sentimiento que debe ser cultivado con esfuerzo. Como el amor, si se desarrolla demasiado deprisa y demasiado a menudo, pierde color hasta el punto de convertirse simplemente en una simpatía empalagosa”. Tampoco quiero yo hacer apología de ésta visión, pues muchos psicólogos dicen actualmente que es más sano tener muchos amigos con los que llevarse bien que sólo unos pocos con los que compartir un gran afecto… Quizá puede haber un poco de ambas cosas, pero Terray parecía desdeñar lo primero…
Los núcleos más potentes del libro desde el punto de vista del alpinismo son los capítulos dedicados a “La cara norte del Eiger” y al “Annapurna”. Pero aquí sólo podría hablar de ellos con cierto detenimiento si dedicase una entrada kilométrica (que ya de por sí me está saliendo muy larga), puesto que son los más descriptivos y detallados técnicamente; los más parecidos, en buena medida, a los libros de alpinismo que había leído hasta ahora. El dedicado el Eiger es muy interesante desde el punto de vista narrativo, pero por su afán de detallismo quizá pierde algo de la emoción esperable en un marco tan mítico. El del Annapurna incluye una sustanciosa introducción paisajística y antropológica sobre los países que habitan a los pies del Himalaya, que se agradece por su interés humano pero que se me hizo algo larga por sus aspectos históricos, quizá algo pretenciosos o desubicados en este tipo de libro (para mi gusto, quede claro); eso sí, me resultó muy curiosa e impresionante la manera en que describe Terray a los sherpas y coolies, y su extraordinaria capacidad como porteadores, y la no menos interesante razón de ser, económicamente hablando, de éste su método de transporte tradicional, antes de ser aprovechado por las expediciones himalayistas. Por otro lado, la aventura en sí de la conquista del primer ochomil me ha resultado menos sobrecogedora que cuando la leí en Historia del alpinismo de Agustín Faus y sobre todo en El sentimiento de la montaña de E. M. de Pisón y S. Álvaro, supongo que en parte porque Terray no es explícito en los momentos más escabrosos o gore de la historia, lo cual quizá diga poco en mi favor y si algo más en el de Terray, al huir del morbo. Aún tengo pendiente la versión más completa y famosa, la de Maurice Herzog. Más allá de todo esto, qué enorme diferencia con las expediciones comerciales de nuestros días; aquello sí eran verdaderas aventuras, con mapas tremendamente imprecisos, con muchos más días de aproximaciones…
…Y sin embargo, Terray no consideraba aquella aventura como verdadero alpinismo, sino como una maniobra prácticamente militar; un trabajo de equipo con varios campamentos base y de altura, relevos, etc., que desposeía del carácter personal de la conquista de una montaña, de la lucha del escalador solitario o en cordada de dos contra la pared de roca o el hielo. En sus últimos años, recupera esta sensación gracias a poder aplicar el estilo alpino en algunas grandes cimas sudamericanas como el Huatsan (6395 m.), en Perú: “Gracias a la simplicidad de los medios (…), habíamos conseguido devolver a las cumbres sus verdaderas dimensiones y habíamos dado a las dificultades su valor real. De esta manera, nos habíamos encontrado de nuevo con la aventura montañera en su auténtica pureza, tal como la habían conocido antaño Whymper y los primeros conquistadores”. Por un lado, había que buscar montañas cada vez más difíciles, en marcos más inhóspitos y de mayor altitud, para conservar intacto el entusiasmo; por otro, había un límite a partir del cual no se podía concebir la pureza del estilo alpino prácticamente solitario, y se hacían necesarias las expediciones de grandes grupos… o eso creía Terray… qué habría pensado si hubiese llegado a conocer a Messner y compañía… Yo por mi parte, creo que en el fondo todo depende un poco del nivel de ignorancia: Si uno no sabe nada de montañismo, podrá vivir grandes aventuras tratando de conquistar por sus medios dosmiles de Gredos o Picos de Europa o tresmiles del Pirineo, como otros hicieron en el sigo XIX, aunque quien lo hace actualmente pueda ser visto como un imprudente (y no sin razón)…
Otro aspecto interesante de la última década de Terray es la extensión de su conocimiento alpino a otros ámbitos, haciéndose conferenciante, fotógrafo o incluso cineasta y reportero de documentales, hasta llevarlo al interés humano por las civilizaciones remotas en países subdesarrollados. Lo que más me llama la atención de su faceta en las técnicas visuales, y con la que me siento en parte identificado, es que el uso de la cámara le llevó, al buscar el significado, la fuerza, la síntesis y el realismo en las imágenes, a adquirir una mayor percepción e intensidad de emoción en lo que veía. Como reza una canción de Yes: “I´m a camera”.
Tras muchos años de intensa actividad, a él mismo le sorprendía comprobar que su entusiasmo por el alpinismo no mermaba, y si en alguna ocasión, debido al agotamiento, se tomaba algunos días de descanso, pronto notaba que “Todo lo que me rodeaba me parecía pequeño, feo, mediocre y monótono. (…) De nuevo sentía la necesidad de lanzarme al gran juego, y lo hacía”. No obstante, el libro finaliza con una añoranza de paz para sus últimos años: “Si en realidad no hay ninguna roca, ningún serac, ninguna grieta que me esté esperando en algún lugar del mundo para detener mi carrera, llegará un día en el que, viejo y cansado, encontraré la paz entre los animales y las flores. El círculo quedará cerrado, y por fin seré el simple pastor que añoraba ser en mis sueños de niño”. Desgraciadamente, sí hubo una roca, una pared que, pocos años después de escribir el libro, detuvo su carrera.
Por último, me gustaría mostrar mi satisfacción por haber dedicado tantas líneas al que al fin y al cabo fue un gran deportista francés, y supongo que se me ha entendido por dónde voy. No quiero con esto dar lecciones a nadie (para empezar, éste blog necesitaría más difusión de la que yo pretendo que tenga), pero si expresar la actitud que me gustaría que imperase en los medios y en la sociedad, y no tiene nada que ver con poner la otra mejilla ni nada por el estilo. Por supuesto, acepto que sería ingenuo pensar que todo el mundo conoce el significado profundo de la palabra deportividad, o que hoy en día sea fácil triunfar sin que surja la polémica y la crispación, pero en todo caso sí me gustaría mostrar mi rechazo a la estupidez debida al exceso de patriotismo, y lo digo por ambas partes. Aunque, claro, el alpinismo no es tan competitivo ni generador de envidias como los deportes de masas, pero en cualquier caso también tiene sus lamentables excepciones. Y, claro, el alpinismo, como bien expresa este libro, es mucho más que un deporte.
¡Vaya entrada más inútilmente larga! Como corresponde, vaya.
lunes, 13 de febrero de 2012
Testimonio invernal
...Y cuando parecía que el invierno iba a pasar con más pena que gloria por Guadarrama, cuando la desgana motivada por la escasez de nieve estaba tornando en hastío, cuando las semanas sin salir al monte se acumulaban como hacía muchos años que no me ocurría, y aun cuando habiendo desafiado al fin a la pereza el plan sin embargo no era tal porque de nuevo, como en otra ocasión del año pasado, apenas había motivación por alguna ruta concreta, sino poco más que una mera intención de ver cómo estaba la sierra en su mejor momento en lo que va de temporada, entonces apareció otra vez la improvisación (como en la mencionada ocasión anterior), y salió una escapada decente.
Finalmente, y tras un par de decisiones acertadas de Iván, hicimos por primera vez otra de las canales que teníamos pendientes, el Tubo Central del circo de Peñalara, accediendo finalmente a la cuerda no directamente sino pegados a Dos Hermanas, donde encontramos las mayores pendientes. Es cierto que la abundante huella le quitaba mérito y encanto -además de miedo- a la ascensión, pero también lo es que se trata de una bonita ruta que nos ofreció nuevas y vistosas perspectivas de este entorno.
Así pues, y para darle un poco de tono nival al blog, dejo aquí este testimonio de que este año también ha habido invierno en Guadarrama, aunque haya llegado tarde. Eso sí, no pretendo ser gafe: Esperemos que no sea el único...
lunes, 6 de febrero de 2012
Un regreso muy esperado...
Hoy me he llevado una grata sorpresa; una esperada noticia que empezaba a no tener claro si se produciría. Al fin, después de cinco años, regresa uno de mis descubrimientos favoritos de los últimos años, el grupo sueco de rock progresivo The Flower Kings. Todo lo que he disfrutado escuchando sus discos ha sido después de que sacaran el último, el magistral "The Sum of no Evil", así que ya me sentía gafe de mi propia admiración hacia ellos, pero este año la cosa se arregla.
Esto supone dos posibles planes musicales futuros , el primero más factible que el segundo: La escucha de su siguiente disco (sale en junio), y la asistencia a alguno de los conciertos de la gira (que comienza en septiembre); esperemos que ésto no nos lo pongan difícil y se pasen por Madrid... Sea lo que sea, ya me han alegrado el día.
Esto supone dos posibles planes musicales futuros , el primero más factible que el segundo: La escucha de su siguiente disco (sale en junio), y la asistencia a alguno de los conciertos de la gira (que comienza en septiembre); esperemos que ésto no nos lo pongan difícil y se pasen por Madrid... Sea lo que sea, ya me han alegrado el día.
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