domingo, 2 de septiembre de 2012

Ahí sigue el Picu Urriellu, símbolo de una pasión inexplicable pero inevitable




Sus espectaculares dimensiones y su elegante belleza altiva son sólo una parte de la razón de su irresistible poder de atracción. La otra es la irrefrenable curiosidad y la ambición humana. Porque la belleza, al fin y al cabo, está en los ojos de quien la mira. Pero así lleva más de un siglo, llamando la atención de propios y extraños.



¿Y antes? Antes era parte del decorado, el telón de fondo de un escenario de duras labores ancestrales basadas en la tierra. Pequeños pueblos y aldeas de pastores, ajenos a sus verticales paredes calizas, que sólo recorrían aquellos senderos, también espectaculares y a veces difíciles, incluso mortales, que les exigía la necesidad: los que llevaban a las majadas, o a las cuevas donde guardar los quesos artesanales, o las colmenas donde se desarrollaba la miel, o las minas de carbón. Una vida ahora añorada, pero de la que entonces la mayoría deseaban escapar, si es que tenían alguna noción de que más allá existía la posibilidad de vivir mejor.



Y entonces se fijaron en aquellas montañas los que ya vivían mejor; los que, venidos de fuera, disponían del tiempo libre para apreciar en esas escarpadas formaciones una belleza que en realidad es casual, o más bien causal, mero efecto de procesos orogénicos milenarios. Y decidieron que la conquista de aquellas cumbres aparentemente imposibles era, más que un deseo emocional, casi una obligación patriótica. Nació la conquista de lo inútil, que directa e indirectamente tantas satisfacciones ha aportado a los amantes de las montañas a posteriori.



De repente, aquellos pastores de Bulnes, Camarmeña, Sotres o Caín, miraron a sus montañas de otra manera. Ya no sólo las querían por ser su sustento, sino porque podían hallar en ellas otra forma de vida. Nació así el concepto de los guías locales de montaña. Un trabajo mucho más satisfactorio y agradecido, del que obtendrían reconocimiento imperecedero: Personas que nunca habrían salido del anonimato de haber sido humildes poseedores de rebaños, ahora ocupan páginas de libros de montañismo, y tienen placas y monumentos dedicados aquí y allá.



Este verano he vuelto a acercarme al atractivo monolito, esta vez en una excursión más de senderismo tirando a turismo que en las ocasiones anteriores. Esta vez no existió la magia de la niebla ocultando su figura hasta el momento de estar a sus pies, con el posterior descubrimiento impresionante in situ, ni la sensación de aventura en largas travesías con poca gente con la que cruzarnos, sino que vimos el Naranjo desde el primer momento, cambiando la panorámica a medida que nos acercábamos -lo cual también tiene su atractivo, pero no magia-, y además formábamos parte de una romería de curiosos. Desde luego, las sensaciones no son las mismas, ni de lejos. Ya lo he dicho más veces: Es llamativo hasta qué punto puede cambiar la percepción en un mismo escenario, por mítico que éste sea, si la obra interpretada es distinta.



Lo interesante en esta ocasión ha sido acompañar el viaje de la lectura del libro “Las historias del naranjo de Bulnes” de Francisco Ballesteros Villar, para captar el significado histórico de la relación entre el hombre y El Picu, y mirar de otra manera su figura desde los distintos miradores de alrededor. Un libro muy interesante y muy bien escrito, quizá no especialmente emocionante debido a la abrumadora acumulación de datos, nombres de protagonistas y sus familiares, pero que sin duda aporta perspectivas reveladoras que ayudan a aceptar - ya que no a comprender del todo, a ojos de los ajenos al alpinismo- el por qué de una pasión tan inexplicable y al mismo tiempo tan inevitable, tan definitoria del carácter del ser humano en el que nos hemos ido convirtiendo, con todo lo positivo y todo lo negativo que eso implica.



Y mientras tanto, El Picu sigue ahí. Si pudiera pensar, seguramente no sabría explicarse el por qué de tantos miles de años ignorado, y de repente en apenas cien verse jalonado de seguros que marcan sus decenas de vías, huellas de la ambición de un ser que antes se ocupaba de otras cosas...





lunes, 6 de agosto de 2012

Vivac en Hoyo Cerrado. Y no hace falta más




Bueno, sí, vale. Hace falta que sea una noche apacible, tener un buen saco de dormir, y algo de comer. Pero nada más. No hace falta un somier, ni un cómodo colchón, ni un frigorífico donde guardar la cena y el desayuno, ni un televisor, ni un ordenador ni dispositivo con conexión a Internet, ni ningún otro tipo de lujo, comodidad ni entretenimiento.




Porque a mí no sólo me resulta difícil aburrirme en un lugar como Hoyo Cerrado, en el Valle del Lozoya, Sierra de Guadarrama, sino que incluso diría que ni siquiera necesito divertirme. Conocer y contemplar todos los rincones de este pequeño y solitario valle de origen glaciar, es algo más cercano a la serenidad que a la actividad, y llena cualquier alma no ya sensible, sino simplemente sensitiva.




Tampoco hace falta ambición montañera, acumular innecesariamente kilómetros o metros de desnivel de los que presumir, ni apuntar nuevas cumbres en frías listas. Si se completa el recorrido hasta la cima del Nevero, que más que una ascensión es un paseo, es por los alicientes que conlleva: La puesta de sol desde lo alto de la cuerda de los Montes Carpetanos, el regreso bajo la siempre sugerente y misteriosa luz de la luna -más en estos lugares-, y sobre todo la sensación de que volver para dormir a la pradera donde he dejado el material de vivac tiene cierto regusto de regresar a casa. Pero a la mejor casa posible, a la naturaleza acogedora que es Hoyo Cerrado una noche de verano.

Y no hace falta más.







lunes, 30 de julio de 2012

Miguel Delibes: “El Camino”


No acabo de atreverme a comentar algo acerca de un escritor tan valorado y del que tanto se ha debido decir ya como Miguel Delibes, pero el caso es que su libro “El Camino”, que he leído hace poco, me inspira ciertas reflexiones relacionadas con la temática de este blog.

Al Mochuelo le agradaba aquello más que nada, quizá, también, porque no conocía otra cosa”.

Pues la verdad es que me resulta algo paradójico en cierto sentido: Alguien cuya vida ha permanecido ubicada siempre en el mismo valle, limitada por las montañas que lo cierran, y es capaz de valorar y disfrutar siempre esos mismos paisajes naturales, compuestos por bosques, prados, caseríos y trenes, y ese estilo de vida adusto, resulta que no siente el deseo de salir de allí, de conocer otra cosa. Mientras, los que vivimos en grandes ciudades pero conocemos lugares apartados y tranquilos, anhelamos no ya el viajar de vez en cuando a esos parajes y zonas rurales, sino incluso la posibilidad de llegar a vivir alguna vez en alguno de ellos. Si alguien nunca hubiera salido de la ciudad, ¿le agradaría como al Mochuelo hasta el punto de no querer nunca ir más allá de sus límites?

Pero la diferencia está en el hecho de que, en realidad, eso de vivir apegado a un único lugar del que nunca sales, en general pertenece a otra época y sólo al ámbito rural. Y en la mente infantil de Daniel, el Mochuelo, el mayor anhelo podía ser que su vida siguiera estando allí, y siguiera consistiendo en la misma sencillez, pero para un adulto en la misma época y lugar, tras la dura experiencia vital acumulada, lo mejor que podía ocurrirle al Mochuelo era precisamente salir de allí, y progresar. ¿Estaba equivocado el Mochuelo, o estaba equivocado su padre? ¿De dónde provenía el desasosiego o la infelicidad: de la decepcionante vida rural en si misma, o simplemente del hecho de anhelar algo distinto, o algo más, durante tanto tiempo? Niño o no, ingenuo o no, el Mochuelo no anhelaba otra cosa, y era feliz; su principal desasosiego consistía en que todos se empeñaran en que debía progresar, porque pensaban que así podría liberarse, cuando él donde se sentía libre era en el valle, sin progresar. ¿No serían los demás los que necesitarían liberarse del agobio del inconformismo con sus vidas?

Habría que haber visto al Mochuelo tras haber progresado, o bien al contrario, si se hubiese quedado en el valle hasta hacerse adulto sin progresar, para llegar a alguna conclusión más clara.

Sea lo que sea, el estilo sencillo, realista y cómico con que están escritas la anécdotas costumbristas que se cuentan en este libro, realmente ha conseguido transportarme a un ambiente diferente del rutinario y muy agradable.

martes, 17 de julio de 2012

domingo, 8 de julio de 2012

The Flower Kings, en los “Banks Of Eden”

Aunque conozco la existencia de The Flowr Kings desde hace mucho tiempo, y de hecho los escuchaba cuando ponían algo de ellos en un programa de rock progresivo de Radio Vallecas hace unos diez años o más, lo cierto es que mi interés absorbente hacia su música se reduce a los cuatro o cinco últimos años, coincidiendo precisamente con el período más largo de inactividad del grupo. Y en ese tiempo se han convertido en uno de mis descubrimientos musicales favoritos de esta última época, por no decir el mejor. Por lo tanto, mis ganas por poder disfrutar por primera vez de un nuevo disco de estudio eran muchas. Así que, al margen de la calidad del álbum, también me apetecía mucho mencionarlo por aquí.

Pero sí, la verdad es que la expectativa era tanta que seguramente habría deseado un disco de mayor nivel dentro de la discografía de The Flower Kings -ya que dedicaba una entrada a este grupo al que tanto admiro, me habría gustado poder elevar los elogios a ese punto-. Aunque, bien pensado y matizado, también es verdad que tampoco dejaba de temer una posible decepción, por un lado en consonancia con diversos trabajos y reapariciones de los últimos tiempos (en diferentes ámbitos, no sólo la música), y que parecen venir a confirmar que con el paso de los años las cosas no vuelven a ser iguales; o ha cambiado el artista, o ha cambiado el receptor de la obra, o ambos. Por otro lado, cuando alguien tiene la veteranía de Roine Stolt, lo normal es que el punto culminante de su carrera al que tenemos asociado su ingenio y creatividad haya quedado ya atrás. Siendo un buen disco, no es demostrativo de la genialidad de sus autores; se han quedado a las orillas del Edén.

Así que es mejor tener en cuenta también esos matices para no llevar la decepción más allá de lo necesario, ni infravalorar la obra más de la cuenta. Porque realmente, bien escuchado, “Banks of Eden” es un buen disco, definitorio de buena parte de la esencia de The Flower Kings, fiel a su estilo y a su ánimo de no hacer cualquier cosa. Comparado con la media de la discografía del grupo, me parece de los más flojos, pero no el peor (y ninguno es malo, ni mucho menos); y en comparación con los otros dos discos que para mi gusto tienen un nivel similar (“Back in the World of Adventures” y “Unfold the Future”), al menos este “Banks of Eden” es más estable o coherente, sin demasiados altibajos ni temas que desperdiciar o que saltar con el avance rápido. Símplemente, me parece escaso en momentos de brillantez, y sobre todo sobrio -creo que intencionadamente- dentro del estilo habitual del grupo. Con respecto a esto último, supongo que algún prestigioso crítico musical quizá podría hablar de la palabra mágica: “madurez”; sobre esto ya dije unas palabras hace mucho. Aunque tampoco seria exactamente justo compararlo con el caso de la madurez asociada a la búsqueda del éxito comercial; en ese sentido me parece que The Flower Kings han vuelto a ser fieles a su personalidad.

Para satisfacer mi intención de hacer justicia a The Flower Kings como realmente desearía hacerles, a continuación voy a destacar todo lo que me parece positivo del disco, que no es poco, y luego ya matizaré lo que me deja algo frío cuando hable de las canciones. Para empezar, el disco suena a The Flower Kings por los cuatro costados, y eso me gusta, y bastante, puesto que el sonido y estilo del grupo obviamente me gusta mucho: esa esencia envolvente y etérea, mezclada con la energía del rock, en una combinación original y mágica. En segundo lugar, dentro de la rica diversidad de “sub-estilos” dentro del propio estilo del grupo, los escogidos en esta ocasión están casi en su totalidad dentro de los que me agradan, huyendo de lo excesivamente psicodélico de otras ocasiones, por ejemplo. Además, la calidad de la grabación del álbum, como siempre, es excelente, y da gusto escucharlo; esto adquiere un valor muy especial teniendo en cuenta que han utilizado equipos analógicos, propios de los 70, lo cual le da una autenticidad mayor (que se nota) al tiempo que demuestra el mérito técnico de estos músicos (el propio Roine Stolt es, como otras veces, el productor); me gustaría saber cuántos más siguen siendo capaces hoy en día de grabar un disco con esas técnicas y logrando este nivel de calidad. Luego están las letras, que creo que en esta ocasión han puesto el dedo en la llaga, teniendo en cuenta que la temática habitual del grupo siempre ha tenido mucha relación con lo que ahora está pasando en el mundo (y que precisamente ha estallado desde que el grupo decidió tomarse su descanso), y lo han hecho sin resultar, creo, obvios u oportunistas; además, el juego de palabras del título del disco no impide que dicho título suene totalmente a la esencia habitual del grupo; con todas las letras creo que ocurre igual. Por último, tras la ligera frialdad con que recibí la primera escucha, las posteriores ocasiones se puede decir que en general me agrada; vamos, que me apetece coger el disco y ponérmelo. Eso sí, más cuando estoy haciendo alguna cosa que cuando me centro sólo en el disco, cosa que con otros trabajos del grupo, por su complejidad y detallismo, me ocurre al revés.

Los 25 minutos de “Numbers” abren el álbum para dejar claro que en lo esencial el grupo sigue siendo el de siempre. En esta ocasión la suite no está dividida en partes, y de hecho es una composición de estructura especialmente sólida, que aunque tenga sus cambios y sus matices, tiene un tono y tempo más o menos uniforme de principio a fin. Es precisamente esa estructura su punto fuerte, con una consistencia que deja una impresión final de sobriedad -extensible a todo el disco-, que en mi opinión ni llega a maravillar ni tampoco a aburrir. Está bastante bien, y con su mérito compositivo y de desarrollo, pero no me cambia mucho el estado de ánimo; apenas hay detallitos instrumentales virtuosos o espectaculares, sólo con cuentagotas. Pero, insisto, me agrada de principio a fin, mola y suena muy auténtica; hay incluso algún momento rockero con cierto feeling, como esos coros tarareados a los 8 minutos y medio, con cierto regusto a lo Led Zeppelin. Lo cierto es que no veo que para el oyente pueda ser especialmente difícil de asimilar como tema largo, como decían en la página web al anunciar el disco, al menos para quien conozca bien la discografía del grupo. Tampoco me aporta muchas cosas nuevas más en las siguientes escuchas, como suele pasar con este tipo de suites que en la primera audición cuesta coger el punto. La verdad es que las suites de The Flower Kings que pasan de los 20 minutos suelen ser muy buenas composiciones, pero tampoco necesariamente lo que mejor se les da, para mi gusto (no es como “Tarkus” para ELP, “Close to the Edge” para Yes u “Octavarium” para Dream Theater), pero sí suelen tener un mayor nivel de calidad que este “Numbers”, como ocurriera en su día con temazos como “Stardust we are”, “Monster & Men” o “Love is the Only Answer”, en los que, aunque también reinaba una cierta moderación en la vistosidad para favorecer la solidez, en comparación con temas de 10 ó 12 minutos que sí solían ser más impresionantes instrumentalmente, sí había en cualquier caso en esos temas “gigantes” más espacio para las sorpresas o cambios inesperados, menos sobriedad que en “Numbers”.

Mi favorita del disco es “For The Love Of Gold”; ya desde su inicio, la entrada instrumental que luego se repite un par de veces más a lo largo del corte, me parece el momento más brillante, como composición y como demostración instrumental, uno de esos toques de vistosidad que antes The Flower Kings mostraban con más frecuencia, en general. La canción en sí también me parece que tiene un punto ligeramente superior al resto, aunque ya más al nivel de éste; eso sí, con un tono melódico y rítmico optimista que me resulta más agradable y vitalista que la media del álbum. Y luego está la letra, encabezada por el acertado juego de palabras del título, y que aunque no tenga por qué ser de las mejores artísticamente, sí es de las que más claras dejan las cosas, lo cual también me agrada:

What if our destiny lies in the hands of fools
There was a way out, but they´ll never let us know
Moves like a clockwork but it´s just insane
It governs like a body without brains


La introducción y demás partes instrumentales de “Pandemonium” son otros de los momentos en los que el grupo ha querido mostrar cierto mérito técnico y vistosidad unido a algo más de ritmo y caña -también hay que aclararlo: aunque The Flower Kings no suela ser un grupo especialmente cañero o potente, en este disco predominan más de lo habitual los medios tiempos-. Por otro lado, la canción en sí es más que correcta y lograda, sobre todo en su intención de mostrar un tono sombrío y crudo, acorde a su letra (que expresa la dureza y el pesimismo de nuestros tiempos). En definitiva, un buen tema, rondando el notable (como todo el disco), pero alejado de la brillantez de otros tiempos (como todo el disco).

Mantiene similar nivel de calidad “For Those About To Drown”, con parecido ritmo, menos caña y un tono musical más optimista, más otra buena parte instrumental llegando a los cuatro minutos. Y para mi gusto baja algo el nivel con el tema que cierra el álbum, “Rising The Imperial”, el más lento e intimista, que sin llegar a ser del todo mediocre, creo que no logra el tono emotivo que pretendía, para mi gusto. Aquí quedan los momentos letrísticos típicamente espirituales de la banda.

Terminado el disco propiamente dicho, reparo en que se trata del de menor duración de toda la discografía del grupo, y en la mayoría de los casos con bastante diferencia, lo que añade un punto más de relativa insatisfacción a lo ya escuchado antes. Sólo queda la esperanza de que el segundo disco, el de los “bonus tracks” de la edición especial, compense un poco esa última sensación, pero no es algo alentador, primero porque uno no espera que los temas “descartados” mejoren el nivel, y segundo porque incluso en el hipotético caso de que lo hicieran, el hecho de no formar parte de la “obra principal” significa que son “otra cosa”, separada del significado conceptual y artístico del disco, lo cual suele ser especialmente patente en un álbum de rock progresivo, que rara vez es una mera recopilación de canciones independientes grabadas en distintas situaciones y con diferentes estados de ánimo. Vamos, que la obra “en sí” ya no va a dar más de sí, lo otro es un “añadido”.

Efectivamente, los cuatro temas del segundo disco (que por cierto habrían cabido en el primero si hubieran prescindido del vídeo documental que los acompaña) son aún más sobrios, directos y breves que los del disco en sí... lo cual no significa que sean peores, ojo. Sí pueden serlo los dos primeros: El instrumental “Illuminati”, cuyo título me parece que sobrevalora el ingenio creativo de Stolt al crearlo, aunque también debo decir que es un buen ejemplo de cómo una gran interpretación instrumental (la de su propia guitarra) puede justificar una composición mediocre, porque fuera de sus solos el tema suena a pastiche, la verdad; otra cosa habría sido, tal vez, si los solos de teclado los hubiera hecho el otrora saxofonista del grupo, Ulf Wallander (sin desmerecer a Tomas Bodin, que me parece un monstruo, pero aquí no). Y la “rock-popera” y simple “Fireghosts”, que casi podría haberla firmado Bruce Springsteen en sus momentos más facilones y comerciales; pero que tampoco es que sea horrible, es pegadiza y se deja escuchar, está bien... pero me sabe a poco para los Flower Kings.

Sin embargo, he aquí que los otros dos bonus tracks, sin estar en el nivel de calidad máximo de los dos Cds, ni mucho menos en el de la historia del grupo (obviamente), ni tampoco ser especialmente demostrativos de su esencia progresiva -aunque algo tienen de ella- , resulta que están muy bien en su tono rockero y hard-rockero. Y eso que “Going Up” tiene cierto parecido con la anterior, pero con una entrada y unos golpes instrumentales mucho más vistosos y atractivos, además de un estribillo casi brillante; me parece mejor que la mayoría del propio CD – 1. Como también me pasa, con un puntito menos de calidad, con “LoLines”, dominado por un atractivo riff típicamente del Hard Rock de los 70, muy a lo Led Zeppelin.

¿Y si nos olvidamos de estrategias comerciales de venta de discos (en las que también caen los “auténticos” Flower Kings), y consideramos los dos discos como un mismo disco en sí? Lo digo porque, visto así, y perdonando la relativa flojera de los dos primeros bonus, al final la obra completa no está tan mal. Al menos, si no nos empeñamos en compararla con discazos seguramente irrepetibles como “Space Revolver” o “The Sum Of No Evil”, entre otros.


En definitiva, que lo importante es que The Flower Kings han vuelto, que podemos escuchar su anhelado nuevo disco, cosa que más de uno llegamos a dudar que ocurriera, y que es un trabajo más que decente y que a mí, personalmente, me apetece ponerme a escuchar y disfruto haciéndolo. Y, más importante aún, ya tenemos compradas -o eso suponemos, si no hay error informático 0036- las entradas para verles dentro de un par de meses. Eso ya sí que son palabras mayores...

viernes, 8 de junio de 2012

Somiedo, el paraíso encontrado en el paréntesis

.
..Y al final surgió, sería lo que habría que responder al comentario de Paúl en la anterior entrada. La propuesta de Ángel de viajar a Somiedo llegaba en un momento de muchas dudas. Yo tenía claro que quería darme tiempo en lo del montañismo, que las ganas eran pocas. Pero Somiedo era un lugar que rondaba por mi cabeza desde hacía años, y ésta parecía la oportunidad idónea, en una de las mejores estaciones del año...

 



Sin embargo, la ilusión o el momento no eran los mejores posibles. Curiosamente, por error tuve la ocasión de comprobar lo que era renunciar a la idea, pues pensaba que Ángel se iba la semana anterior. Me costó bastante decidir que no; me ayudaron las malas previsiones meteorológicas (¡qué tema más psicológico, caramba!). Luego, la renuncia no me causó desasosiego alguno. Pero cuando supe que en realidad la propuesta era para la semana siguiente, sí que me sentí con más ganas.

 



El planteamiento era el ideal. Nada de ir a un lugar varias veces trillado. Al contrario, no sólo era nuevo sino que, como he dicho, llevaba años deseándolo -más entonces que ahora, eso sí-. Nada de terceras o cuartas opciones después de descartar otras mejores por la -una vez más- meteorología. Nada de excursiones de logística complicada, pesadas cargas a la espalda, o incertidumbres sobre dónde dormir o coger agua. Nada de grandes ambiciones, o de obsesión por añadir picos conquistados a listas que van siendo más frías cuanto más largas, y que además parecen más relacionadas con el carácter competitivo moderno urbano que con la sencillez añeja de la gente del campo. Simplemente, dejarse llevar por el descubrimiento de un nuevo paraíso.

 




Y desde luego que Somiedo es ese paraíso, ideal para olvidarse de ambiciones friquis y empaparse de sensaciones más sosegadas. La vertiente norte de la Cordillera Cantábrica siempre ofrece estos frondosos paisajes, tan idílicos que la contemplación sustituye a cualquier deseo de prisa o “récords”. Y es de esa manera que la única excursión verdaderamente montañera del viaje nos devuelve a las épocas del ritmo tranquilo y las muchas pausas, de pasar más tiempo descubriendo y saboreando que acumulando kilómetros de distancia o metros de desnivel para presumir. Así eran nuestras primeras excursiones por la Sierra de Guadarrama, y ese es en el fondo nuestro carácter; cuando hemos querido obsesionarnos con las marcas -y eso que no eran precisamente de primer nivel-, ha aparecido la rutina, entre otras causas.

 




Tampoco hay que negarlo, creo que hace años éste mismo lugar me habría sorprendido aun más. No puedo decir que de repente se me hayan abierto los sentidos y las emociones como en los primeros acercamientos a Ordesa o a Picos de Europa -tampoco son lugares exactamente comparables-, y eso significa que, en cualquier caso, lo del replanteo sigue siendo un hecho, por el momento. Ésto ha sido, me parece, un paraíso encontrado dentro de un paréntesis. Ya veremos lo que depara el futuro.

 





Más allá del paisaje natural, también hay en lugares como Somiedo más posibilidades de encontrar ejemplos de personalidades que sí han sabido escapar verdadera y plenamente. El carácter general de la gente ya es otro, resulta más abierto, nada desconfiado. Pero el ejemplo concreto de algunas de las personas gracias a las cuales, por cierto, hemos tenido el privilegio de cumplir un sueño con el que alguno ni si quiera habíamos soñado, es especialmente llamativo. Una vida tan alejada de lo convencional, tan conforme con la idea de vivir en aldeas tan poco pobladas, en algún caso siendo la única habitante durante el invierno, y todo ello hablando de personas jóvenes, de nuestra edad; Dedicando tantas horas a un trabajo tan duro, a la intemperie, en pro de la conservación de la naturaleza, y con la sonrisa puesta casi como una constante. Pero sonrisa sincera, de la de sonreír con toda la cara, salida de dentro, no para quedar bien. Y cuya felicidad consiste en su propio trabajo, en volver a encontrar de nuevo cada primavera a las osas y a sus oseznos. Y en transmitir a los demás lo que ese valor supone para las tierras en que viven, y a la larga para todos. De verdad, de chapeau, vosotros sí que habéis escapado.

 











martes, 15 de mayo de 2012

¿RePLANteo…?


Tengo la sensación de que ha llegado el punto, aunque ya venía presintiéndolo tiempo atrás. Esto ya no es lo que era, ya no me transmite la motivación que al principio. Tampoco puedo concretar o precisar mucho, porque no tengo claro del todo el alcance de lo que siento. Ni el qué (que puede ser el montañismo, éste blog, o la idea del escapismo –antes espontánea y ahora demasiado reflexionada-, o vaya usted a saber qué), ni los porqués (aunque algunos son imaginables, ni estoy seguro de todos, ni del peso de cada uno), ni mucho menos las consecuencias o decisiones que tome, si es que llego a tomar alguna, que es precisamente de lo que va lo del replanteo…

Los porqués pueden estar relacionados con la acumulación de experiencias derivada en rutina, con el estancamiento, con algunas decepciones, con mi estado vital actual, etc. Desde que convertí el senderismo y el montañismo en afición, he pasado por varias etapas, comenzando con la ilusión inicial por la novedad, pasando por el descubrimiento de lugares nuevos cada vez más espectaculares (en eso creo que tengo cierta tendencia al estancamiento desde hace ya unos pocos años), por la mejora en el nivel y la diversificación del tipo de actividades y formas de llevarlas a cabo -uso de material y técnicas nuevas, travesías en solitario, etc.-, (siempre he ido muy despacio en todo ello, y ahora mismo me veo en un punto en el que no acabo de dar nuevos pasos, ni tengo claro que me apetezca), por la mejora en la percepción de los detalles (paisaje, naturaleza, emociones), pasando también por alguna pequeña fase rutinaria, encontrando nuevos estímulos en la lectura de libros y también en la elaboración de mis propias crónicas y descripciones para compartir en Internet (primero en Pirineos 3000, después en este blog); Al cabo de un tiempo, cada una de esas nuevas posibilidades o etapas iba derivando en rutina, y me parece que el planteamiento de este blog ya me ha hecho entrar en una nueva.

El último plan, el 134 por Sierra Nevada, y cómo salió finalmente, es quizá más una consecuencia de lo que plasmo ahora en esta entrada y no al revés. Es la señal o demostración de que tal vez ya no tengo la misma actitud ante la montaña. No porque me resulte difícil concluir si me pesó más la precaución ante la meteorología o la falta de ganas, sino porque llegó un momento en que me daba igual renunciar, incluso lo prefería, a pesar de un viaje con tantas horas de autobús (el que peor relación entre logística y resultado he vivido nunca en esto del montañismo, con diferencia). No tenía la sensación de derrota o fracaso de otras excursiones; sencillamente me daba igual, deseaba volver a casa y punto. Y no me había pasado nunca, al menos en esa situación (no muy favorable meteorológicamente, pero sí probablemente lo suficiente como para haber intentado algo más). El plan no se cumplió ni de lejos, ni tampoco me apetece ponerlo aquí como “pendiente”.

No es un hecho aislado. La última excursión con cierto intríngulis, y de hecho la última que había reflejado en el blog, la del Callejón de los Lobos, salió prácticamente perfecta, y era muy atractiva en cuanto a itinerario y paisaje, y sin embargo no hay mas que leer lo que escribí aquí para comprobar que no tengo las mismas sensaciones que antes.

Es verdad que me gustaría recuperar las ganas, pero es que tampoco quiero forzarlo obsesivamente. A lo mejor resulta que es en otras cosas de la vida en las que tendría que poner más ganas, probablemente. No lo sé, no tengo ni idea. Prefiero que sea el tiempo el que lo vaya diciendo, prefiero dejarme llevar. Entiendo que esto no significa que vaya a dejar de salir al campo o a la montaña, espero. Incluso si alguna excursión lo merece, supongo que lo plasmaré por aquí. Simplemente prefiero que el planteamiento surja sólo o de manera espontánea, como en otras etapas de mi afición montañera. Pero es innegable que es difícil saber hasta qué punto hay que dejarse llevar con naturalidad y hasta qué punto conviene automotivarse. Hay cada vez menos cosas que tenga realmente claras, en todos los órdenes de la vida.

martes, 1 de mayo de 2012

134: Lo que se pueda por Sierra Nevada

Desde la tarde de hoy (ya) martes 1, y si el tiempo y en especial el viento nos lo permite (sumado al importante peso que llevaremos encima), trataremos de subir desde Capileira y Central Eléctrica de Poqueira por la Loma Púa hasta el Veleta, para posteriormente -insisto, si se puede- ir a por el Mulhacén y lo que posteriormente se deje (teniendo en cuenta las fuerzas que puedan quedar para entonces). Es de suponer que bajaremos de nuevo a la cara sur, tal vez a Trevélez, tal vez de nuevo a Capileira, o incluso cabe la muy remota posibilidad de bajar por la norte a Güéjar Sierra (ya es mucho pedir), en ese caso o bien por la Vereda de la Estrella desde el Collado del Ciervo, o por el Collado de Vacares y Loma del Calvario... Todo ello hasta el viernes / sábado, más o menos. Varias noches de luna casi llena (esperamos que las más altas sean en refugios), alguna posibilidad de ascensión nocturna con dicha luna llena... o que la meteorología y/o el palizón nos haga renunciar, en mayor o en menor medida... En montaña nunca se sabe qué excursión puede acabar saliendo... ¡y ahí está parte de la gracia!

viernes, 27 de abril de 2012

Ventajas de no ser los mejores


Antes de nada siento tocar, después de mucho tiempo, un tema tan terrenal y masivo, pero por un lado la ocasión lo merece, y por otro mi posición en él sigue siendo minoritaria, que es precisamente a lo que voy.

En general, se puede decir que los madridistas deseaban que el Chelsea eliminara al Barcelona, y que los barcelonistas esperaban lo mismo del Bayern contra el Madrid: Ambos anhelos se han materializado, y a ambas partes se les ha quedado cara de circunstancias. Es lo malo de la rivalidad llevada al extremo, unida a cierto toque de mediocridad propia de la sociedad resultadista: Las aficiones de los dos clubes de fútbol actualmente más poderosos del mundo preferían perderse el mejor enfrentamiento posible para el partido más importante del mundo entre clubes; Pesaba más el miedo a caer ante el eterno rival delante de medio planeta, que la ilusión de derrotarlo ante la mirada de miles de millones de espectadores mientras alzaban la décima o la quinta, lo que habría sido el mayor clímax futbolístico imaginable para cualquier seguidor de uno u otro equipo. Me parece que la final resultante es una buena y merecida lección para ambas partes (excluyendo a los creo que minoritarios madridistas y barcelonistas que sí deseaban esa final). Los que no somos ni de uno ni de otro, y en parte gracias a la insoportable insistencia de los medios de comunicación, en general no echaremos mucho de menos ese partido –aunque yo reconozco que sí lo habría preferido, obviamente, al Chelsea – Bayern (al igual que, a posteriori, también lo preferirían madridistas y barcelonistas, si lo llegan a saber antes…)-. ¡Exclusiva!: Me da que algún dirigente de televisión está hablando con la UEFA para improvisar la organización de un partido por el tercer y cuarto puesto…

Estas son las cosas que a mí me hacen sentir privilegiado de que el equipo por el que siento simpatía sea el Atletico de Madrid. No me refiero a la eliminación de ellos ni a nuestra clasificación (evidentemente, porque es una excepción a la norma), sino a la actitud de la rivalidad llevada a la necedad. Me explico. Ayer, mientras saboreaba la ilusión de vernos en otra final europea, y en el conocimiento de que el rival más asequible que podría tocarnos en ésta era el Sporting de Portugal, sin embargo salté como un resorte para celebrar el 3 – 1 del Athletic de Bilbao, que sin duda será un equipo mucho más difícil de batir, incluso diría que por actitud, favorito. Porque un Athletic de Bilbao – Atlético de Madrid me parece la final más bonita y emocionante posible para la final de la Europa Ligue, un espectáculo inolvidable y digno de ver. Como lo habría sido (monotemática mediática y odios insanos aparte) un Madrid – Barça en la final de la Champions. Sí, ya sé que alguno dirá que no es lo mismo, que para comparar la situación me tendría que poner en la tesitura de jugar ese mismo partido contra el Madrid o conta el Barça. Bueno, pues como respuesta, debo decir que yo sí anhelaba la posibilidad de comenzar la próxima temporada jugando la Supercopa contra el Madrid o contra el Barça. Ni la mitad de ilusión me hace pensar jugarla, si el Athletic nos lo permitiera –que será bien difícil- contra el Bayern o –ni la quinta parte- contra el Chelsea. Y sí, ya sé que sigue sin ser lo mismo, pero es que precisamente por eso me gusta ser del Atleti, porque me pesa más la ilusión por esos hipotéticos partidos dificilísimos que el miedo a que los perdamos. Y, sobre todo, porque me sigue apeteciendo ver el mejor partido de fútbol posible. Por otro lado, igual lo que digo ahora suena hasta empalagoso, pero el caso es que me imagino perdiendo la final contra el Athletic y, en medio de la tristeza, escapándoseme una sonrisa por ver campeón a un Athletic de Bilbao que ha hecho una competición europea admirable. Sobre si ganamos ante tan duro rival, no necesito explicar cómo me imagino.

Creo que este tipo de cosas sólo son posibles si tu equipo no está en unos niveles tan elitistas y estratosféricos que puedes caer en el desprecio, o como mínimo menosprecio, de todo lo que no es tu propio equipo. Aunque, no nos engañemos, tampoco se está precisamente libre de caer en actitudes similares siendo del Atleti: Ahí está el antimadridismo, como ejemplo de lo mismo. En eso yo soy más bien un caso raro. Porque puedo compartir la pequeña e inevitable dosis antimadridista que, por pura rivalidad, hace que me guste ganar más al Madrid que al resto, o incluso que me pueda caer algo peor que otros equipos, pero de ahí a que ser antimadridista sea considerado algo imprescindible, tan importante y emocionante como ser del Atleti o incluso que muchos prefiriesen la derrota del Madrid en liga a la clasificación del Atleti para la próxima Champions, pues no: volvemos a dar el mismo ejemplo de rivalidad necia. Entre otras cosas, porque si tenemos en cuenta de dónde obtienen los clubes los mayores ingresos, la diferencia entre los de Madrid y Barça y el resto, y cómo funciona el marketing actualmente, es fácil entender que el antimadridismo es una poderosa herramienta de beneficios para el Real Madrid: lo importante no es que hablen bien de él, sino que hablen de él. Al contrario que en el resto de Europa, donde la gente sigue siendo del equipo de su ciudad o de toda la vida -y ahí están las pequeñas diferencias de puntos entre los de arriba en sus clasificaciones -, aquí la gente se olvida de ser del Atleti o de su equipo, y se preocupa más de lo que haga o deje de hacer el Madrid y el Barça aunque ese no sea su equipo; Y encima ahora con las redes sociales todo se sabe (así funciona precisamente el marketing). Luego nos quejamos de la enorme diferencia entre los dos de arriba y el resto, y de lo mediocre que es el Atleti en liga, etc.: Pues normal, es justo lo que expresamos con ese antimadridismo: tenemos lo que queremos, igual que Madrid y Barça tienen la final de Champions que, a medias, deseaba cada uno de ellos (aunque en este caso no haya relación causa – efecto). Las cadenas televisivas contratan, pagan mejor, y le ponen la publicidad más cara, a lo que la gente quiere ver. Tanto más antimadridistas seamos, tanto mayor será la diferencia entre Real Madrid y Atlético de Madrid. (Sin negar que hay muchas más razones para el desequilibrio de la supuesta mejor liga del mundo). Por cierto, todo esto tiene cierto parecido o relación con lo que ocurre en otras esferas de la sociedad actual, que sí son realmente importantes. Y así nos va.

En definitiva, que para bien y para mal (como todo lo demás), creo que esto de sentirse del Atleti también le hace a uno ver la vida de otra manera.

jueves, 12 de abril de 2012

Cumplido 133: Flying Colors, el difícil anhelo de reinventarse

Entiendo que la música como medio de evasión es para los músicos al menos tan efectiva como pueda serlo para el oyente. Y supongo que para que ese efecto siga resultándole fresco al compositor o intérprete que está acostumbrado a desarrollar un estilo más o menos concreto con su grupo o en solitario, necesita de vez en cuando poner en marcha nuevos proyectos que le permitan huir de la propia rutina, porque si no la evasión se convierte paradójicamente en prisión. Esto tiene un sentido especial en el caso de músicos habituados al rock experimental como los que componen Flying Colors, lo que no deja de ser otra paradoja: aun siendo más abiertos y diversos que, en general, los músicos de estilos más convencionales, o precisamente por ello, también acaban teniendo la sensación de que necesitan hacer algo distinto. No es de extrañar que artistas inquietos como Mike Portnoy, Steve Morse o Neal Morse salten frecuentemente de agrupación en agrupación, en algún caso sin abandonar ninguna o casi ninguna de ellas, compaginándolas.

Claro, todo esto habría que tenerlo en cuenta como oyente a la hora de escuchar el primer disco de una nueva formación constituida por estos experimentadores musicales insaciables, y yo no lo tuve en cuenta en la primera audición. Supongo que, de manera más o menos inconsciente, me había imaginado previamente un sonido cercano a Transatlantic con ciertas dosis del estilo compositivo y guitarrístico de Steve Morse, pero seguramente más en la vertiente jazz-rock de Dixie Dregs, ya que la cosa me parecía que iría orientada hacia el rock progresivo. No había pensado que tal vez la vertiente progresiva es la que más han explotado Portnoy y Neal Morse los últimos años, y que si habían formado un nuevo grupo era para hacer algo distinto. Y de hecho así es, en general. Quizá por eso la primera escucha me dejó un tanto frío, debido a estar un poco desubicado; había canciones en las que, por momentos, no me quedaba claro que un disco así necesitara llevar la firma de esos nombres propios; el único inconfundible casi todo el tiempo me parecía Steve Morse merced a sus solos de guitarra, aunque en su vertiente más hard-rockera, mostrada sin ir más lejos en Deep Purple. Y lo que tampoco había considerado es que Flying Colors está formado por más músicos: Su cantante principal, Casey McPherson, proviene del pop-rock, y eso se nota mucho.

El disco debut de Flying Colors es de hecho bastante diverso. Una obra de rock progresivo también es diversa, porque puede recorrer todos los estilos que le de la gana sin desentonar, pero el tono progresivo prevalece y lo envuelve todo, y en este nuevo trabajo no es así, y de hecho es minoritario. Se trata de un disco de rock en general, con algunos momentos más o menos progresivos, un par de destellos heavies, y sobre todo bastante rock e incluso pop-rock. Son algunas de las canciones dentro de éste último género las que me contrariaban inicialmente, y en parte siguen haciéndolo, sobre todo porque creo que proporcionalmente son bastantes y alguna me llega casi a aburrir (demasiada baladita). También en parte me sorprende el hecho de que músicos que han creado trabajos tan complejos y elaborados necesiten acudir a una relativa sencillez para disfrutar. Uno imagina que, puestos a probar cosas nuevas, tal vez intenten algo aún más difícil, por pura ambición, como por ejemplo jazz. También es posible, sin más, que hayan querido buscar un sonido accesible a más público, que en su derecho están (al fin y al cabo, de esto viven). O eso, o simplemente hacer algo menos ambicioso para poder disfrutar de la pureza y lo directo. En cualquier caso, también hay que decirlo, una vez que me he hecho a la idea, el disco me parece de una calidad notable, y bastante disfrutable, en general. Y no tan alejado, en realidad, de cosas que siempre han hecho –aunque de manera más puntual- los tres músicos que me animaron a interesarme por el proyecto.

Tampoco tengo claro qué canciones me gustan más; ni siquiera está relacionado del todo con lo cercanas que sean o no a lo que esperaba inicialmente. Por ejemplo, las dos canciones que sirven para abrir y cerrar el disco, “Blue Ocean” y “Infinite Fire”, son las más parecidas a esa idea inicial, las más progresivas –la primera a medias del estilo Neal Morse y del tono rockero de Steve Morse, marcado con maestría por un envolvente e insistente bajo de Dave LaRue; la segunda más en la onda Neal Morse, y de hecho con momentos que podrían estar sacados de un disco de Transatlantic-; bueno, pues no son necesariamente mis favoritas (pero sí de las que más), porque en comparación con las obras anteriores de Neal me saben a menos. Por cierto, que son las más largas –como corresponde al estilo-, y de hecho entre las dos ocupan la tercera parte del disco, luego en el fondo esa idea de que Flying Colors es tan diferente a lo esperado puede ser en parte engañosa (sobre todo en la primera escucha).

Hay dos canciones bastante heavies, una especialmente rápida y cañera, “All Falls Down”, y otra con un tempo menos dinámico pero igualmente poderoso, “Shoulda Coulda Woulda”, que además tiene uno de los mejores estribillos del disco, aunque ambas tienen un desarrollo melódico muy atractivo. Las dos están entre mis favoritas. Por el sonido metalero, es inevitable relacionarlas con Mike Portnoy, pero desde el punto de vista rítmico y melódico no tienen mucho que ver con Dream Theater (aunque sí tal vez algo en el final de ese estribillo poderoso mencionado). Tampoco Neal Morse le hace ascos a ritmos como el de “Shoulda Coulda Woulda” en alguno de sus discos en solitario, pero no es lo más característico en él.

Además de las cuatro canciones mencionadas hasta ahora, me gusta especialmente “Kaila”; probablemente sea la que más de todo el disco. Se trata de un medio tiempo melódico, muy sentido en su composición e interpretación, otro gran estribillo, y con algún detalle de influencia renacentista -como la introducción-, que parece firma de Steve Morse (mostrada en alguna ocasión por la banda que lleva su nombre). Aquí digamos que hay un término medio entre la parte rockera más o menos esperable proveniente del guitarrista, y el estilo vocal rock-pop de McPherson. Ni es exactamente mi idea previa de lo que iba a ser el disco, ni está muy alejada de ello, pero en cualquier caso me parece un temazo.

El resto ya me suena bastante distinto de lo esperado (con excepciones, a veces simples detalles dentro de un tema), y aunque tras varias escuchas me parece que está bien, en general ya no me cambia el estado de ánimo. La voz de McPherson, por momentos a lo Chris Martin de Coldplay aunque con más timbre y registros (lo cual, con todos mis respetos, no me parece muy difícil), se hace la protagonista la mayor parte del tiempo y lo impregna todo, y las composiciones no desentonarían en emisoras de radio convencionales, más allá incluso de Rock FM (antigua Rock and Gol). El ejemplo evidente es “The Storm”, con un sonido rock-pop asequible y relativamente moderno (o a mí me suena así), quizá comparable a grupos de rock adolescente de la última década, tipo Nickelback, aunque también hay que decir que sí se parece a algo relacionado con Mike Portnoy: De hecho, a una de las canciones más diferentes y menos representativas de Dream Theater en la última década, ese sucedáneo de U2 llamado “I Walk Beside You” (Hay que hacer la salvedad de que en el disco “Awake” alguna cosilla también se parecía a U2, pero era menos patente, y no tenía nada que ver con ésta).

Luego está “Forever In a Daze”, un poquito más extraña y rockera, incluso con un ligero deje progresivo –que se hace más patente en la brillante parte instrumental donde Dave LaRue está monumental- pero que compositiva y melódicamente me resulta poco atractiva, aunque en lo rítmico pueda tener su aquel; No sé, es rara, tendré que escucharla más veces. Y luego “Love Is What I´m Waiting For”, que puede no ser esperable pero tampoco es inédita, porque de nuevo se nota otra tendencia de Portnoy desarrollada ocasionalmente y compartida con Neal en Transatlantic: El medio tiempo pop-melódico estilo Beatles, también con algún toque a lo Queen; no está mal, tiene su cosa. “Everything Changes” vuelve a la baladita estilo pop actual asequible (aquí el parecido de McPherson con Chris Martin me parece evidente); está bien, pero en el fondo me agrada no por la canción en sí, sino por las partes instrumentales con el toque de nuevo entre neoclásico y renacentista de Steve Morse. “Better Than Walkin Away” es una balada detrás de otra balada, pero, además, aún más lenta y sosa que la anterior, con lo que me resulta el momento más cansino del disco (sin ser malo del todo). Y la otra que falta sirve para escoltar, junto a la anterior pero por el otro lado, a la más cañera (antes mencionada), y de nuevo en tono lento: “Fool In My Heart”: Otra baladita pop, ahora con intervención vocal de Mike Portnoy y Neal Morse, que se deja escuchar pero sin tirar cohetes; también puede tener algo que ver con algún tema “bonus-track” de Tansatlantic: o sea, lo menos Transtalantic de Transatlantic. Todo lo dicho en estos dos últimos párrafos conforma un bloque bastante amplio de canciones que, aunque tengan que ver con los gustos musicales de los tres monstruos que se han juntado en Flying Colors, y no se les de mal trabajar esos estilos, no creo que sea donde más pueda destacar su brillantez, en mi opinión. Seguro que Messi puede hacerlo bien incluso jugando de defensa, que es un puesto dignísimo, pero a mí no me divertiría verlo jugando ahí (salvo por el morbillo inicial). De todas formas, la otra opción, que hubieran hecho exactamente lo mismo de otros proyectos, habría sido repetitiva. Así que esperar que superasen lo que ya habían hecho antes era mucho pedir. Tiene que ser complicado reinventarse incluso para cracks ya veteranos de la música como éstos, así que hay que considerar como mucho más que digno el intento.

En definitiva, un buen trabajo, con alguna que otra canción realmente valiosa, pero tampoco un disco que vaya a parecerme antológico dentro de algún tiempo, creo. Otra cosa muy distinta es la posibilidad, ya veremos si más o menos remota, de poder ver en directo a esta gente tocando juntos. Eso ya sí que podría ser ciertamente inolvidable, al menos para mí. Ojala se materialice el plan…

viernes, 6 de abril de 2012

Cumplido 132: Intocable

Paradojas de la vida: Me he dado cuenta de que, mucha loa al escapismo y tal y cual y bla, bla, bla, y resulta que la mayoría de los libros que leo desde hace años cuentan hechos reales, nada de ficción (y menos aún novela fantástica o similares, porque eso casi lo tengo olvidado, salvo muy contadas excepciones). Lo de la literatura de montaña tiene más lógica, pero este libro autobiográfico de Philippe Pozzo Di Borgo nunca habría entrado en mis planes de este blog, salvo porque me lo regalaron, y porque, una vez en mis manos, pensé que lo que cuenta y su punto de vista podía tener cierto sentido en la temática general de este espacio. Y es que al fin y al cabo, no deja de ser la vida de otra persona, muy diferente en la mayoría de los aspectos a lo que yo haya podido vivir, y entrar en un relato narrado en primera persona te lleva a, al menos, imaginar otras realidades humanas. Cada vez creo más en la idea de que escapar no es sólo un objetivo de disfrute, sino también una necesidad de enriquecimiento, pues quedarse en uno mismo o en lo ya conocido no sirve precisamente para aprender. Y eso también conlleva conocer vivencias no especialmente agradables, pero que a su vez sirven de ejemplo de superación en situaciones mucho más difíciles que las de uno mismo.

En el caso de Pozzo Di Borgo se trata de una historia llena de contrastes, comenzando con la situación acomodada y privilegiada de alguien que nace en una familia aristocrática, que en su juventud conoce a la mujer ideal, pero que a partir de un momento de su vida comienza a vivir una experiencia personal especialmente dura por la grave enfermedad de ella, y más adelante él mismo sufre un accidente que le acarrea una tetraplejia, tres años antes de que su mujer fallezca. Es tras ello que decide escribir el libro con la ayuda de un magnetófono, y de ahí surge una historia autobiográfica cuya primera parte (inicialmente un libro publicado hace más de diez años titulado "El nuevo aliento") es, sobre todo, muy dura; no se regodea en el dramatismo al narrarla, pero por sí sola ya es bastante amarga. Y lo interesante no es sólo cómo afronta -a la hora de narrarlas- todas esas duras experiencias, y de qué manera explica la percepción de uno mismo y de su vida en su nada fácil situación, de la que en la mayoría de los sentidos es prácticamente imposible escapar; lo curioso es también cómo interpreta ahora la parte de su vida en la que podía disponer de su cuerpo plenamente, probablemente sin ser capaz de valorarlo entonces como habría merecido. Como deberíamos valorarlo todos, en la creencia de que nos cuesta escapar cuando en realidad estamos físicamente completos; los oficialmente sanos tenemos habitualmente otro tipo de discapacidad: la del ánimo o la actitud. Pozzo Di Borgo tiene una perspectiva de la vida que aporta el conocimiento de otra visión de la misma, no sólo en el caso de su enfermedad, sino sobre todo en el caso general de la vida misma, de cualquier persona, sea cual sea su estado.

En el segundo texto, "El demonio de la guarda", más breve y escrito más recientemente e incluido en el libro "Intocable", cuenta los años más recientes de su vida, que por cierto son los que se tratan en la exitosa película del mismo nombre, aún en cartelera. Es la parte más desenfadada e incluso humorística. Se une a su protagonismo el de Abdel, el ex-preso senegalés que se ocupa de su cuidado, y del contraste entre personas tan dispares surge tanto la salvación de ambos como las situaciones cómicas que arrancan las sonrisas del lector. Tanto Pozzo Di Borgo como Abdel logran escapar de una realidad en la que parecían irremisiblemente atrapados, y rehacen sus vidas logrando unas dosis dignas de felicidad. En esta parte también es interesante cómo cambia la visión de la sociedad por parte de Pozzo, que si bien nunca fue precisamente un conservador a ultranza, difícilmente habría imaginado años atrás llegar a conclusiones como que el Occidente mercantil es "un exceso de orgías, de paraísos, de frenesís, de ruidos y de olvidos". Desde su escapismo forzado, Pozzo percibe los males de la sociedad y sus posibles remedios. Y no olvidemos que él sufrió la escapada en el sentido contrario del de la búsqueda de la plenitud: Pasó de tenerlo todo a estar sólo y postrado en una silla. Y, también paradojas e ironías de la vida, el accidente había llegado como consecuencia del otro tipo de escapismo, el de tratar de disfrutar y sentirse libre en momentos difíciles, y que Pozzo había buscado mediante otra de esas actividades habitualmente alardeadas en blogs como éste: El parapente. Y es curioso cómo logra transmitir el poder evasivo de esos vuelos que con tanta destreza llegó a dominar, desde la perspectiva de su actual inmovilidad. Pasa igual cuando uno añora la montaña estando encerrado en casa: Escapar es también evocar.

No me atrevo a profundizar más. Por un lado, el tema o los temas tratados en el libro son bastante sensibles para lo que yo pueda aportar, y por otro lado hay en buena parte de sus páginas un estilo poético y profundo que unas veces no logro sentir, y otras ni siquiera llego a entender. No es que se me dé muy bien la poesía, pero aparte de eso supongo que por mucho que nos empeñemos en tratar de empatizar con alguien en la situación de Pozzo Di Borgo, no podemos ni hacernos a la idea.