Tras una período largo con una serie de excursiones mayoritariamente deportivas, un eventual regreso a las velocidades moderadas y sin estrés, con prolongadas pausas, vuelve a ser la manera de reencontrarse con el verdadero ritmo al que normalmente ocurren las cosas en la montaña y en el campo en general. Aunque he disfrutado de esos viejos planes ahora cumplidos (como los mostrados en la entrada anterior a ésta), o de alguno aún más cañero y claramente marcado por un objetivo “numérico”, al ralentizar las ambiciones ocurre como que te sincronizas con la cadencia de la naturaleza y, entonces sí, la disfrutas de verdad. Sin acritud a la moda de los corredores -por la que ya he dicho que siento curiosidad e incluso llegué a acercarme a ella y no descarto probar más de lleno en un futuro-, creo humilde pero sinceramente que si alguien ha pasado por los ambientes inhóspitos sin detenerse a saborearlos, entonces los ha dejado de telón de fondo o como mucho de decorado y se ha perdido el privilegio de convertirlos en un verdadero escenario o incluso en parte del elenco actoral.
"Todos somos mucha gente, todos llevamos a muchos dentro, personas con los mismos recuerdos que nosotros que nos van ganando terreno y al final nos sustituyen. En eso consiste la madurez. En no reconocerse". (Los años extraordinarios, Rodrigo Cortés)
martes, 26 de julio de 2016
El ritmo de la montaña
Tras una período largo con una serie de excursiones mayoritariamente deportivas, un eventual regreso a las velocidades moderadas y sin estrés, con prolongadas pausas, vuelve a ser la manera de reencontrarse con el verdadero ritmo al que normalmente ocurren las cosas en la montaña y en el campo en general. Aunque he disfrutado de esos viejos planes ahora cumplidos (como los mostrados en la entrada anterior a ésta), o de alguno aún más cañero y claramente marcado por un objetivo “numérico”, al ralentizar las ambiciones ocurre como que te sincronizas con la cadencia de la naturaleza y, entonces sí, la disfrutas de verdad. Sin acritud a la moda de los corredores -por la que ya he dicho que siento curiosidad e incluso llegué a acercarme a ella y no descarto probar más de lleno en un futuro-, creo humilde pero sinceramente que si alguien ha pasado por los ambientes inhóspitos sin detenerse a saborearlos, entonces los ha dejado de telón de fondo o como mucho de decorado y se ha perdido el privilegio de convertirlos en un verdadero escenario o incluso en parte del elenco actoral.
jueves, 7 de julio de 2016
Cumplidos planes 95 y 75: Canto del Berrueco y El Cancho
Quién me iba a decir a mí que, tras la anécdota de recuperar puntualmente la vieja pauta del blog sobre los planes, con motivo de la ascensión 3 en 1 a La Maliciosa, iba a cumplir poco después, y con apenas una semana de diferencia entre sí, dos viejos planes de Gredos que llevaban sin realizar desde hacía más de cinco años, tras sus intentos frustrados de entonces. Y no es mi intención que sirva necesariamente de precedente...
El Canto del Berrueco lo intentamos en otoño de 2010, faltándonos entonces tiempo para su realización final, al pie de la parte más interesante y motivo de la excursión: la canal SW a la cima. Lo dejé aparcado perdiendo las ganas de volver a intentarlo, debido a su longitud en relación a los malos horarios de autobús, y sobre todo a que la parte final de la aproximación a la base de este risco del sector oriental de Gredos me resultó entonces algo incómoda y cansina debido al terreno, algo agreste y con abundante vegetación.
Aprovechando que actualmente me siento en buena forma, y casi diría que más anímica que física -en cuanto a constancia en grandes esfuerzos montañeros-, creí que era el momento adecuado de llevarlo a cabo, y lo preparé de manera casi improvisada, después de haber descartado a última hora precisamente el plan del Cancho, debido a que éste precisaba tres días con sus dos noches de vivac y ese fin de semana las previsiones daban cierto riesgo de chubascos.
Finalmente, disfruté de uno de esos planes en los que se explora una vía de ascensión sin conocerla ni tener información previa, sólo a partir de lo que uno mismo ha visto previamente de la cima desde relativamente lejos, en alguna excursión anterior. Con la incertidumbre de cuál sería la dificultad de la canal SW del Canto del Berrueco, la sensación de aventura se acrecentó. Eso sí, desde una cierta moderación en las sensaciones, que viene siendo la tónica los últimos meses, pero dentro de que las ganas siguen estando ahí. Y confirmando que ahora me parecen sobrevaloradas las excursiones que en otro tiempo me parecían palizones; con calma y perseverancia todo es posible.
Descripción en Pirineos 3000.
En cuanto a El Cancho, se trata de un plan con bastante más enjundia, sobre todo por dimensiones de la ruta, en distancia y desniveles. La dificultad para acceder a esta alejada cima por la vertiente sur me había llevado a dos intentos previos, el del fracasado plan 75 en primavera de2010, y otro posterior ya en primavera del año pasado, en el que procuré buscar un itinerario más directo, que tampoco funcionó. Al final, acabé subiendo al Cancho por la cara norte, ya al final del verano del año pasado, y desde arriba observé una vía más directa por la sur que las dos primeras, con lo que, aun con la cima conquistada, merecía la pena quitar la espina de hacerlo desde el Valle del Tiétar, en la Vera cacereña, que era por donde había iniciado los intentos.
La consecución definitiva estuvo caracterizada por cierto estrés. Aunque menos que las anteriores, la ruta no dejaba de ser larga, y a ello se añadió que, una vez en plena aproximación a la cima, me enteré de que tenía que pasar por una finca privada de acceso teóricamente prohibido para llegar a la base de la ascensión final. Tuve que darme más prisa en acceder a zonas discretas en las que vivaquear, buscar el paso por la finca en horarios en los que no me pudieran ver, y reducir las horas de sueño precisamente debido a lo anterior. A todo ello se añadió, motivado precisamente por lo mismo, una noche previa al “ataque final” en la que casi no pegué ojo, y después de otra noche en casa en la que apenas había dormido un par de horas.
Por lo tanto, el día de hacer cima comenzó con una somnolencia parecida a la del día de La Maliciosa 3 en 1, y aunque también esta vez fui recuperándome poco a poco, no llegué a estar lo suficientemente despierto como para disfrutar mucho de la ascensión. Salvo una alegría que hacía tiempo que no experimentaba en el momento de hacer cima (supongo que por todo lo que había costado, en intentos previos y en este mismo), el resto fue más bien plano. No aburrido ni decepcionado, pero algo frío (en contraste con el calor físico que pasé), porque además quedaba la preocupación de volver a atravesar la finca para volver, si no encontraba camino alternativo por otro sitio, como temía y de hecho así fue: A pesar del desgaste acumulado, tuve que adelantar el regreso añadiendo kilómetros al propio día y quitándome horas de descanso a esa noche.
Y, otra vez, lo de las palizas sobrevaloradas: Pocas veces he hecho más esfuerzo (distancia y desnivel) con menos horas de sueño, y tampoco es que acabara totalmente destrozado; muy cansado sí, pero entero. Me recuerda a aquello que leí que le decía Valdano a sus jugadores acerca del cansancio físico y psicológico para motivarles: “El cansancio no existe, en una mentira como otra cualquiera. Un padre de familia llega a su casa después de catorce horas de trabajo y se encuentra con el ascensor averiado. Ha de subir ocho pisos caminando y piensa que no llegará nunca. De pronto, escucha: “¡Fuego, fuego!”, y lo que pensaba que no podía hacer andando lo hace corriendo: Sube los ocho pisos, agarra a su mujer y a su hijo, se los pone al hombro, y cuando se da cuenta ha bajado los ocho pisos con ellos a cuestas”.
Similar a lo anterior pero en otro aspecto diferente, hubo otra cosa que me llamó la atención: La relativización de lo impresionante de un paisaje. Cuando el año anterior vi la caída desde la cima del Cancho hacia la garganta de la cara sur por la que ahora he subido, tuve una sensación de desnivel potente y de paisaje sobrecogedor, no muy lejana a la impresión que causa la Garganta de Chilla o la Tejea desde la zona del Almanzor. Eso te lleva a pensar que va a ser especialmente duro, como me lo parecía en aquellas ocasiones por el núcleo central del macizo de Gredos. Y nuevamente aprecié que era una valoración subjetiva, sobredimensionada, sugestionada por los vistosos roquedos de la zona, pero que no iba mucho más allá (sin contar el desnivel completo de toda la ruta desde la Vera, claro) de lo que aparenta la Garganta de Peña Jardinera desde La Maliciosa. No sé si esto es bueno o malo: Bueno, porque el esfuerzo mental que hay que hacer para afrontarlo es mucho menor; malo porque ya no causa la misma emoción de excursiones épicas de hace años. Hasta que vuelva a Picos de Europa, Pirineos o Alpes, supongo...
Lo que si es cierto es que, todo este regusto pseudo – aventurero solitario en una ruta hecha con tanto estrés anímico y físico, hizo que en el regreso a casa tuviera la sensación de volver de un viaje mucho más largo y lejano, cuando apenas había sido una tarde, un día y una mañana... A veces hay que complicar las cosas para que algo parezca más escapista de lo que es...
Descripción en Pirineos 3000.
jueves, 30 de junio de 2016
2001: Una odisea espacial (Arthur C. Clarke, 1968)
Cuando escribí el post sobre la película 2001, Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, con motivo de su reestreno en salas de cine el año pasado, mencioné que tenía pendiente leer la novela elaborada paralelamente por Arthur C. Clarke. Estos días he cumplido con el objetivo.
En aquella entrada hablaba, entre otras cosas, de la dificultad del film para hacerse entender a la primera, y de la posibilidad -más bien alta probabilidad- de que el libro lo explicase todo mejor. Al mismo tiempo, alababa la capacidad de la obra de Kubrick para transmitir sensaciones que, tal vez gracias a su falta de concreción (efecto nebulosa), permitían una mejor emoción y evasión en el espectador, como pude disfrutar aquella inolvidable tarde del reestreno.
Pues bien, no sé si atreverme a decir la recurrente frase de que el libro me ha gustado más, pero sí que me ha impresionado el hecho de tener tanta capacidad para explicar mucho mejor la historia y su trasfondo como para ser una auténtica escapada para el lector, prácticamente al nivel de como consigue la película lo segundo.
Toda la trama de la novela resulta brillante en los dos aspectos, pero ello se hace especialmente poderoso en la parte final, donde el viaje definitivo del astronauta Bowman se convierte en una impresionante evocación de travesía por el espacio: Un auténtico meta-viaje. Aquí si creo que supera enormemente a la sustitución que Kubrick hace en la película mediante unas imágenes meramente psicodélicas, que aunque resultan efectivas ni explican ni transmiten la enésima parte que Clarke.
La descripción del paso de la nave Descubrimiento (mejor nombre imposible) por los últimos planetas de Sistema Solar es tan detallada que casi es posible imaginarla con realismo, a pesar de (e incluyéndolo) las inimaginables dimensiones de planetas como Júpiter o Saturno. Las maravillas y bellezas cósmicas que son descritas ante el asombro de Bowman en otras localizaciones del espacio aún más exterior me resultaban sorprendentes, embriagadoras. Y sólo estaba leyéndolo.
A todo lo anterior se suman tres aspectos que aportan una trascendencia especial al viaje de Bowman: Uno, la soledad, enfatizada de forma mega-dimensionada por el hecho de que el astronauta se encuentra a millones de kilómetros de distancia del humano más cercano. Dos, la percepción de la probabilidad, casi certeza, de que no sólo es un viaje sin retorno, sino que su vida apenas podría tener las horas contadas, condicionadas a la disponibilidad de oxígeno de su exigua cápsula. Y tres, el hecho de que las dos desoladoras cuestiones anteriores quedan eclipsadas no sólo por las maravillas que está viendo, sino por la idea de ser la única persona en haber contemplado jamás esos rincones del universo, y más aún la de estar posiblemente dirigiéndose al mayor y más trascendental descubrimiento de la historia de la humanidad.
Aparte de las interesantes reflexiones y estudios psicológicos que propician también todo lo anterior, el caldo de cultivo creado da lugar a que broten sensaciones anímicas asimilables a un cierto estado de embeleso mientras se recorren los renglones del libro. Hasta el punto de que es casi la única vez que he leído una novela en los viajes diarios de tren (entre otras situaciones), y no me he distraído como suele pasarme con la lectura en esos breves lapsos de tiempo.
También he leído algunas partes de esos capítulos finales en mis últimos viajes de montaña, y al tiempo que me dirigía a una excursión solitaria (de hecho, en parajes que prácticamente nadie recorre), posiblemente lograba mejor conexión con la situación de Bowman para ambientarme en ella, aunque obviamente salvando las ridículamente incomparables distancias.
Por último, me gustaría incidir en un tema que ya toqué en la entrada sobre la película. La habitual discusión sobre si el famoso monolito podría representar, más allá de una inteligencia superior del espacio exterior, la idea de dios, y que tanto Clarke como Kubrick negaron. Y leyendo el libro, vuelvo a insistir sobre el paralelismo entre ambos conceptos: El del ser superior de otro mundo y eso a lo que llamamos dios. Ya no se trata únicamente de hasta qué punto el monolito parece ser el creador de la historia de la humanidad a partir de su influencia en los primeros homínidos, y que la película describe casi metafóricamente pero el libro no deja lugar a dudas. Ahora es precisamente ese viaje al encuentro con el paso definitivo para la historia del hombre lo que también me parece, a su manera, una transición al más allá: Bowman cree que está abocado a morir, y luego se encuentra con una forma de vida evolucionada que supone la vida eterna. Incluso hay un paso por una especie de infierno metafórico. De alguna manera, parece refrendar la idea de que detrás de lo que trata de explicar la religión podría haber una explicación totalmente científica. Sería sólo una cuestión del punto de vista, dividido en dos perspectivas: fe o conocimiento.
En aquella entrada hablaba, entre otras cosas, de la dificultad del film para hacerse entender a la primera, y de la posibilidad -más bien alta probabilidad- de que el libro lo explicase todo mejor. Al mismo tiempo, alababa la capacidad de la obra de Kubrick para transmitir sensaciones que, tal vez gracias a su falta de concreción (efecto nebulosa), permitían una mejor emoción y evasión en el espectador, como pude disfrutar aquella inolvidable tarde del reestreno.
Pues bien, no sé si atreverme a decir la recurrente frase de que el libro me ha gustado más, pero sí que me ha impresionado el hecho de tener tanta capacidad para explicar mucho mejor la historia y su trasfondo como para ser una auténtica escapada para el lector, prácticamente al nivel de como consigue la película lo segundo.
Toda la trama de la novela resulta brillante en los dos aspectos, pero ello se hace especialmente poderoso en la parte final, donde el viaje definitivo del astronauta Bowman se convierte en una impresionante evocación de travesía por el espacio: Un auténtico meta-viaje. Aquí si creo que supera enormemente a la sustitución que Kubrick hace en la película mediante unas imágenes meramente psicodélicas, que aunque resultan efectivas ni explican ni transmiten la enésima parte que Clarke.
La descripción del paso de la nave Descubrimiento (mejor nombre imposible) por los últimos planetas de Sistema Solar es tan detallada que casi es posible imaginarla con realismo, a pesar de (e incluyéndolo) las inimaginables dimensiones de planetas como Júpiter o Saturno. Las maravillas y bellezas cósmicas que son descritas ante el asombro de Bowman en otras localizaciones del espacio aún más exterior me resultaban sorprendentes, embriagadoras. Y sólo estaba leyéndolo.
A todo lo anterior se suman tres aspectos que aportan una trascendencia especial al viaje de Bowman: Uno, la soledad, enfatizada de forma mega-dimensionada por el hecho de que el astronauta se encuentra a millones de kilómetros de distancia del humano más cercano. Dos, la percepción de la probabilidad, casi certeza, de que no sólo es un viaje sin retorno, sino que su vida apenas podría tener las horas contadas, condicionadas a la disponibilidad de oxígeno de su exigua cápsula. Y tres, el hecho de que las dos desoladoras cuestiones anteriores quedan eclipsadas no sólo por las maravillas que está viendo, sino por la idea de ser la única persona en haber contemplado jamás esos rincones del universo, y más aún la de estar posiblemente dirigiéndose al mayor y más trascendental descubrimiento de la historia de la humanidad.
Aparte de las interesantes reflexiones y estudios psicológicos que propician también todo lo anterior, el caldo de cultivo creado da lugar a que broten sensaciones anímicas asimilables a un cierto estado de embeleso mientras se recorren los renglones del libro. Hasta el punto de que es casi la única vez que he leído una novela en los viajes diarios de tren (entre otras situaciones), y no me he distraído como suele pasarme con la lectura en esos breves lapsos de tiempo.
También he leído algunas partes de esos capítulos finales en mis últimos viajes de montaña, y al tiempo que me dirigía a una excursión solitaria (de hecho, en parajes que prácticamente nadie recorre), posiblemente lograba mejor conexión con la situación de Bowman para ambientarme en ella, aunque obviamente salvando las ridículamente incomparables distancias.
Por último, me gustaría incidir en un tema que ya toqué en la entrada sobre la película. La habitual discusión sobre si el famoso monolito podría representar, más allá de una inteligencia superior del espacio exterior, la idea de dios, y que tanto Clarke como Kubrick negaron. Y leyendo el libro, vuelvo a insistir sobre el paralelismo entre ambos conceptos: El del ser superior de otro mundo y eso a lo que llamamos dios. Ya no se trata únicamente de hasta qué punto el monolito parece ser el creador de la historia de la humanidad a partir de su influencia en los primeros homínidos, y que la película describe casi metafóricamente pero el libro no deja lugar a dudas. Ahora es precisamente ese viaje al encuentro con el paso definitivo para la historia del hombre lo que también me parece, a su manera, una transición al más allá: Bowman cree que está abocado a morir, y luego se encuentra con una forma de vida evolucionada que supone la vida eterna. Incluso hay un paso por una especie de infierno metafórico. De alguna manera, parece refrendar la idea de que detrás de lo que trata de explicar la religión podría haber una explicación totalmente científica. Sería sólo una cuestión del punto de vista, dividido en dos perspectivas: fe o conocimiento.
martes, 14 de junio de 2016
Cumplido Maliciosa 3 en 1
Creo que lo más interesante de este plan ha sido su propia preparación hasta llegar al diseño final del itinerario. Lo que empezó siendo un reto deportivo acabó derivando en la búsqueda de un recorrido lo más atractivo posible para la vista, y me parece que la ruta (que he descrito en Pirineos 3000) es una buena síntesis de algunas de las perspectivas más agraciadas de La Maliciosa. Una vez más, en el montañismo gana el escenario sobre la actividad.
Pero respecto al reto en sí también ha habido una parte de la que recibir recompensa.
La noche previa en Navacerrada no empezó demasiado bien, pues me costaba coger el sueño tan pronto. Hubo un momento en que pensé que la rabia por el hecho de que tanto tiempo de espera para llevar a cabo el plan y el asumir el pago de una cama de hotel pudieran no servir de nada sería lo que acabaría por no permitirme quedarme dormido, pero por suerte lo conseguí. Eso sí, menos de cinco horas, muy por debajo de lo deseable para el palizón planeado…
De hecho luego, en la primera de las tres subidas (que inicié a las 6:30 del domingo 5 de junio) no acababa de sentirme despejado. Cada vez que tenía ocasión de remojarme la cara con agua, en alguna fuente o arroyo, así lo hacía. El problema no era ya sólo pensar en la posibilidad de ser capaz de aguantar así todo el día, sino en la idea de si merecía la pena pasarlo así. Pero lo que sí valía la pena era aguantar al menos hasta que viese que seguía igual, porque también estaba la posibilidad de que fuera mejorando con el paso de las horas. Afortunadamente fue así.
Y luego hay también una unión entre la parte deportiva y la paisajística que igualmente redunda en la idea de la templanza, de la serenidad frente a la euforia. Supongo que pesa el hecho de haber pateado tantas veces por los mismos caminos que en otras excursiones había recorrido por separado, y por tanto la falta de novedad o sorpresa reprime en parte la emoción, pero es seguro que hace unos cuantos años éste plan me habría parecido poco menos que épico, y ahora es una satisfactoria excursión que en cualquier caso merecía la pena hacer. Antes me habría decepcionado esa ligera tibieza de emociones, (lo que me pasaba en la época del paréntesis) y ahora sin embargo tiene un extraño toque de agrado por lo sencillo, o por quitarle pomposidad a las cosas. Quizá es que en esta sociedad veo tanta extra motivación, con gestos tan dramáticamente exagerados, por cosas que en muchos casos a mí me parecen más superficiales, que inconscientemente el cuerpo me pide tomármelo con más calma.
viernes, 10 de junio de 2016
Sí, estuve en el concierto de Paul McCartney... ¿y?
Parece ser que lo importante es poder decirlo; bueno no, poder no, decirlo: Yo estuve allí. Yo ví a Paul McCartney en directo. Lo de menos es si te gusta o no su música, si disfrutaste del concierto, si conoces su discografía... ni siquiera importa si al menos has quemado el Spotify las últimas semanas escuchando tropecientas canciones que antes ni conocías; no hace falta. Ni siquiera hace falta haber estado en la actuación. Es como el concierto aquel de los Rolling Stones hace muchos años, en el que son muchísimos más los madrileños que dijeron haber estado que los que físicamente cabían en el estadio, y que se sepa no hubo overbooking (o al menos eso cuenta la leyenda). Y, volviendo al del ex-beatle, viendo al día siguiente por la tele a algunos famosos haciéndose las fotos de rigor en el Calderón para la prensa rosa, todavía me queda más claro: Hay artistas que obligan a figurar.
Pero ocurre una cosa. Afortunadamente, este blog sólo lo leen cuatro gatos, así que en mi caso no es postureo. De hecho, lo diré abiertamente: El anterior concierto en el que estuve, el del ignorado y condenado al ostracismo José Carlos Molina y sus Ñu, y por tanto óbice para que te digan: "Mira que eres raro escuchando eso", o peor: "¿y eso qué es?" (es decir, lo opuesto a la figuración), me resultó un concierto más disfrutable e inolvidable, en general, que el de McCartney.
Pero no puedo obviar la cuestión, porque el concierto del mítico bajista, cantante, compositor y multiinstrumentista es el más multitudinario y por tanto mediático en el que he estado nunca, y es difícil no sólo juzgar cómo fue sino incluso disfrutarlo in situ sin dejarse influir (positiva o negativamente) por ese hecho. Y no es que quiera ir de snob, pero es que en esta sociedad del éxito y la fama hay cosas que lo pervierten todo, y no es fácil evitarlo, dejar que fluya con la misma normalidad que algo alejado de los trending topic.
Por lo dicho al final del segundo párrafo, casi parece que el concierto podría haberme decepcionado. No es exactamente así. Es cierto que hubo buena parte del repertorio que no me entusiasmó especialmente. Hay muchas canciones de los Beatles o del propio McCartney o los Wings que, gustándome más o menos, tampoco me llegan a emocionar: Caso de "A Hard day´s night", "Love me do" o "Can´t buy me love", y que obviamente cayeron, además de alguna del cantante en solitario que, sencillamente, no soporto, y también nos hizo tragar ("Temporary secretary", para más señas). La mayor parte de éstas se situaron en la primera mitad, y mi estado de ánimo no era muy álgido. Ahí es donde tenía la sensación de "¿he venido aquí influido por el hecho de que "hay que estar" por que lo dice la tele?", y mira que creo conocerme y me parece que soy más bien poco influenciable...
Pero no, en la segunda mitad (o en algún caso antes) de las largas 2 horas y 45 minutos del concierto comprendí por qué estaba allí: "Eleanor Rigby", "Something", "Blackbird", "Back in the USSR"... o también algunas de los Wings, como "Band on the Run" o "Nineteen Hundred and Eighty Five", o alguna en solitario como "Maybe I´m Amazed"o la más reciente "Queenie eye". Sí, también eché de menos alguna: Me habría gustado más "Lovely Rita" o "When I´m 64" (que ahora podría decir 74), que son más suyas que de Lennon, en vez de tocar una de ese mítico disco ("Sgt. Pepper") que era de Lennon y me gusta menos -aunque también-: "Being for the Benefit of Mr. Kite!”, también hay que decir que la complejidad y psicodelia de este tema sonaron impresionantes en directo. Pero ya incluso disfrutaba las que normalmente me resultan más de "ni fú ni fá", como "Lady Madonna", "Ob la di ob la da" o "Birthday". En cualquier caso ahora las sensaciones eran independientes de la importancia mediática del artista.
Igual es que el artista lo merece. Igual es que es uno de los inventores de la música pop e incluso rock (al menos como se entiende hoy en día), con una influencia impregnada en todo lo creado posteriormente. Igual es que es una de las mentes más geniales y creativas que han existido en los últimos cincuenta y pico años. Pero claro, yo siempre pongo un asterisco para aclarar, y preguntarme, por qué otros grandes músicos no son conocidos ni por el 10% de la gente, o por qué al lado de gente como McCartney se sitúa a tantos otros que me parecen sobrevalorados. ¿Acaso no lo son y por tanto soy el snob que no pretendía ser? Bueno, también habrá quién piense que el propio señor Macca está sobrevalorado...
La cuestión es que, a medida que se acercaban los momentos más antológicos del recital, yo ya había ido perdiendo cualquier tipo de prejuicio masivo, snob, posturero, etc., etc., y de repente me ví inundado por las lágrimas al cerciorarme de que estaba escuchando al gran Paul McCartney cantar y tocar al piano el "Let it be", en vivo y en directo, aunque fuese una mini figurita inidentificable en la lejanía del escenario desde el fondo sur del estadio del mejor equipo de la historia de los que no tienen Copas de Europa, que son la inmensísima mayoría; aunque tuviéramos que verle a través de las pantallas gigantes, era él - o su igual de genial gemelo susitutorio tras la conspiranoica muerte del original en el 66, ejem...-, y estaba interpretando, él, su autor, una de esas canciones que trascienden al músico, o al grupo, que pasan a formar parte del imaginario popular universal. Me vine abajo. Estaba feliz, pero superado por la emoción. De repente, comprendí que mi canción favorita no tendría por qué haber sido "Bohemian Rhapsody" de Queen, como tanto tiempo creí, o cualquiera de cualquier grupo que conociera posteriormente a aquellas melodías de los Beatles que ya estaban ahí antes de ser consciente de que la música era una de mis aficiones favoritas. Y el resultado fueron los minutos (3 ó 4, los que fueran) más emotivos que recuerdo haber vivido nunca en directo, y mira que son cerca de 250 actuaciones vistas en más de 20 años... No pude cantar ni una sola frase de la canción.
Luego ya vendrían otras que aunque puedan gustarme más no pudieron superar la emotividad de aquella, pero igualmente fueron inolvidables, y además pude cantar como cuando las aprovechábamos para aprender inglés en el instituto, caso especial de "Yesterday" y "Hey Jude". También estuvo la espectacularidad y pirotecnia de otro de mis favoritos (ahora de los Wings), el impresionante "Live and let die", así como el fin de fiesta de los bises con los apoteósicos "Carry that wight" y "The end" (de traca habría sido si se hubiera atrevido con el medley de la cara B del Abbey Road completo, pero supongo que ya es mucho pedir).
En fin, que poco más se puede pedir a un señor de sus años, y que sí, que había que ir, pero no por que sí, sino por cosas que no se pueden explicar en las reseñas de los periódicos generalistas obligados a contarlo porque, ellos sí, tienen que ir por que sí. Tampoco podrían explicarlo en el caso de los músicos a los que ignoran, como el mencionado José Carlos Molina, así que el resultado, para ellos y para sus miles de lectores, es el mismo.
sábado, 4 de junio de 2016
Un nuevo plan: Maliciosa 3 en 1
Y llegó el día de la fricada, que anuncié en noviembre del año pasado al hacer balance de las excursiones cronometradas: Subir a La Maliciosa tres veces en el mismo día, por tres itinerarios distintos de ascensión y otros tres de bajada, también distintos (en mayor o en menor medida) a los tres anteriores.
Me ha parecido que, mucho tiempo después, podía recuperar ocasionalmente la vieja pauta del blog en sus primeros años. No es que otros planes más o menos recientes me hayan parecido menos interesantes, ni mucho menos (ahí está el caso del Mont Blanc), ni que otros futuros no lo vayan a ser aunque no los refleje así, pero en este caso llevo tanto tiempo con la idea en la cabeza, pulíéndola poco a poco, que me parecía apropiado, y además aquella rutina de la que entonces me cansé, en este caso concreto me parece divertido plantearla así:
1. Dónde: La Maliciosa, Sierra de Guadarrama.
2. Cuándo: Mañana domingo, 5 de junio.
3. Plan: Saldré a eso de las 7:00 de la mañana o antes del pueblo de Navacerrada (donde pasaré esta noche).
Me ha parecido que, mucho tiempo después, podía recuperar ocasionalmente la vieja pauta del blog en sus primeros años. No es que otros planes más o menos recientes me hayan parecido menos interesantes, ni mucho menos (ahí está el caso del Mont Blanc), ni que otros futuros no lo vayan a ser aunque no los refleje así, pero en este caso llevo tanto tiempo con la idea en la cabeza, pulíéndola poco a poco, que me parecía apropiado, y además aquella rutina de la que entonces me cansé, en este caso concreto me parece divertido plantearla así:
1. Dónde: La Maliciosa, Sierra de Guadarrama.
2. Cuándo: Mañana domingo, 5 de junio.
3. Plan: Saldré a eso de las 7:00 de la mañana o antes del pueblo de Navacerrada (donde pasaré esta noche).
- Primera ascensión, por el Arroyo de Peña Jardinera (cara sur, desde el Embalse de la Maliciosa). Bajada por el Arroyo de la Maliciosa o de las Tijerillas.
- Segunda ascensión, por la vertiente del Regajo del Pez (ladera oeste, por la Fuente de la Campanilla y Collado del Piornal). Bajada al Collado de las Vacas y Arroyo de la Gargantilla.
- Tercera ascensión, por canal de la cara sureste. Bajada a Matalpino, por la Maliciosa Baja y Collado Porrón.
domingo, 22 de mayo de 2016
Iron Maiden. Deconstrucción (Deconstrucción)
No, no es que haya repetido por error la última palabra del título de la entrada, ni tampoco que quiera enfatizar su significado. Todo lo que está fuera del paréntesis de ese título es el nombre de un libro escrito por el crítico musical Juanjo Ordás, en el que analiza la obra del clásico grupo británico de heavy metal, desmenuzando sus discos para tratarlos desde un punto de vista intencionadamente original, tratando de obviar el mito. El paréntesis es lo que trata de ser esta entrada, una deconstrucción de la deconstrucción hecha por Ordás. Una meta-deconstrucción, vaya.
Y es que cuando uno se compra un libro con toda la ilusión de ponerse a leer sobre aquello que le gusta, es fácil caer en la trampa de pensar que el texto va a ser complaciente con lo que uno piensa previamente. No era mi caso, porque el propio título ya me sugería precaución en ese sentido. Y aunque esa autodefensa me ha permitido aprovechar con interés todo el tiempo dedicado a la obra de Juanjo Ordás, y me ha parecido incluso productivo leer partes con las que antes no habría estado de acuerdo, o aspectos en los que no me había fijado, no he podido evitar que hubiera ciertos momentos en los que, no tanto por el contenido como por la forma de exponerse o argumentarse, me quedaba con la sensación de que me la estaban dando con queso, usando algún que otro razonamiento tramposo, algún que otro uso caprichoso de la vara de medir. Y cuando eso ocurre leyendo un libro, uno se queda discutiendo con el autor como si lo tuviera delante, para sentirse inmediatamente frustrado al ver que sólo me estoy escuchando yo mismo. Como eso me parece injusto después de haber aportado mi granito de arena al bolsillo de Ordás, aprovecho ahora las ventajas de tener un blog (que reconozco que no lee casi nadie, pero al menos me vale como mejor desahogo).
Por todo lo escrito en el anterior párrafo, y aquí reconozco que he sido yo el injusto –y posiblemente vuelva a serlo más adelante-, parece que el libro me ha molestado más que gustado, y no es así. De entrada, me ha parecido de contenido interesante y estimulante para la reflexión, y el sólo hecho de hacer pensar y ver la obra de unos músicos que conozco desde hace muchos años de una manera nueva, incluso aunque en ocasiones pueda no estar de acuerdo con lo expuesto (y en muchos casos precisamente gracias a ello), ya es algo por lo que merece la pena haberlo leído (e incluso comprado). Pero es que además ha habido momentos en los que he disfrutado con sus descripciones, y con la re-escucha de algunas canciones tras leer ciertos detalles de las mismas que no me había parado a identificar antes. También me ha gustado la impresión general que me iba causando la sensación de estar entendiendo a Iron Maiden desde una nueva perspectiva.
Por lo tanto, la “Deconstrucción” a la que se refiere Ordás funciona en muchos detalles y también en su conjunto. Es un libro con mucho trabajo de estudio detrás, y muy bien elaborado en la exposición, que trata toda la discografía de la Doncella de Hierro desde todos los aspectos, musical y textual, conectándolo a las distintas vicisitudes del grupo y sus miembros a lo largo de los años, lo que ayuda a entender mejor el sentido de la trayectoria de la banda. Es muy interesante la evolución de las inquietudes en las letras de las canciones, su discurrir hacia la madurez; Me ha agradado entender y relacionar los significados que hay detrás de cada tema, más allá del ánimo de escapismo propio del Heavy Metal, y en especial de Iron Maiden, que era lo que hasta ahora había valorado por encima de cualquier otra cuestión. Está muy bien poner al descubierto ese aspecto de una música tantas veces vilipendiada por ser (supuestamente) superficial o inmadura.
En lo musical, son curiosos los parecidos que revela entre composiciones de diferentes épocas, y también la ilustración que hace de la transformación del estilo de la banda con el paso del tiempo, conservando siempre un sello inconfundible, pero potenciando nuevos elementos que lo llevan a nuevos planos sonoros. Las descripciones de canciones concretas van más allá del mero detalle de aspectos técnicos, y logra relacionar la forma en que esa música transmite su significado, en relación a la letra: Me agradó mucho cómo lo explica con la pesadilla que representa “Still life”, o cómo la parte instrumental de “Where eagles dare” logra crear la sensación del vértigo en las batallas aéreas. Son aspectos no siempre reflexionados que explican por qué una banda como Iron Maiden suele tener un halo mágico, un algo detrás difícil de identificar que los hace especiales, no simplemente un grupo “cañero y que mola mucho”, y Ordás ha sabido profundizar y explicar ese “algo”.
Pero ya va tocando que pueda aprovechar la entrada para desahogar esos eventuales desagrados que me ha causado el libro. Y no me refiero a cuando no he estado de acuerdo, sino a cuando me ha parecido que el tratamiento de algún tema no ha sido el mismo que con otros. Porque yo no voy a dejar de disfrutar a lo grande con temas criticados negativamente por Ordás como “To tame a land” o “Alexander the great” por el hecho de haber leído este libro, pero sí puedo considerarlos de otra manera después de leer sus razonamientos al respecto, sobre si al ser narrativas en tercera persona el oyente no se siente involucrado en la letra como con “Hallowed be thy name”; al menos argumenta aparentemente bien la crítica, al margen de pasar por alto o infravalorar el valor meramente musical de aquellos temas (que no sólo no es pequeño, sino que a mí personalmente me parece de los mejores de toda la carrera del grupo). Sin embargo, cuando alaba “Rime of the ancient marineer” (que por supuesto también es de mis favoritos), tema también en tercera persona, se apoya en el argumento, antes no usado, del músico que cuenta una historia como un director de cine cuenta su película, gracias a una simbología que en “To tame a land” y “Alexander the great” no se molesta ni en desmenuzar. Son los momentos en los que uno empieza a sospechar que el gusto personal del autor le impide medir por igual todas las canciones, especialmente las que menos le agradan, y lo adorna todo con parecida narrativa que en otros momentos del libro le ha funcionado perfectamente. Al menos en las mencionadas hasta ahora en este párrafo lo argumenta, pero con mi admirada “Quest for fire” se despacha de manera tan simple y seca que ya no deja lugar a dudas; supongo que la trabaja al mismo nivel “pueril” que él considera que tiene la canción, pero Ordás también olvida que el valor de entretenimiento y disfrute, de escapismo, es un activo fundamental en el Heavy Metal, y “Quest for fire”, con su poderoso y consistente rasgueo de las estrofas siempre me ha llevado en volandas cuando la escucho, y la épica de su melodía me resulta tremendamente efectiva.
Otra cuestión que me ha molestado un poco es que parezca que Ordás se tira el rollo diciendo que va a desmitificar ciertos aspectos de discos clásicos de Maiden con los que nadie se atrevería a meterse, lo cual de entrada me parece incluso atractivo, pero luego resulta algo decepcionante comprobar cómo las canciones obvias y tenidas por indiscutibles son casi siempre alabadas, mientras que la crítica recae en aquellas que no van a encontrar tanta oposición, por ser temas más olvidados. Ya he puesto el ejemplo de “Quest for fire” (¿cómo va a atreverse a criticar en ese disco “The trooper”, que también me gusta, pero después de mil escuchas prefiero la anterior, si a nadie se le ocurriría hacerlo?) Pues vaya desmitificación. No digo que por sistema tenga que criticar las que gustan a la mayoría, pero entonces que tampoco deje entrever esa advertencia de supuesta audacia por su parte. También me parece que “2 minutes to midnight”, estando bien, es otro clásico sobrevalorado; en parte reconoce la poca originalidad del riff inicial poniendo ejemplos de temas anteriores de otros grupos que sonaban muy similares (a los que nombra él yo añadiría “Curse of the Pharaohs” de Mercyful Fate), pero hace pelillos a la mar con aquello de que el acto creativo puede ser influido inconscientemente por lo que se ha escuchado antes; es verdad, pero no deja de ser falto de originalidad, y sin embargo no le sirve de argumento para matizar su exagerada calificación de “monumental”, cuando con otras (como el mencionado “Quest for fire”) ha sido mucho menos complaciente sin apenas razonarlo. Por si fuera poco, critica que la dinámica que traía el “2 minutes…” en el disco queda rota por la instrumental “Losfer words (Big orra)”, que a mí me parece bastante superior, con una complejidad y estructura llena de cambios tonales y de intensidad que funcionan de manera envolvente, con ese estado de gracia que tenía el grupo en aquellos años, que llevaba al oyente a dejar todo lo que estuviera haciendo para ponerse a tararear cada solo y cada punteo (al menos era –y sigue siendo- así en mi caso). De este tema, así como de “Flash of the blade”, “The duellists” y “Back in the village” se “atreve” (con el beneplácito del olvido generalizado de los mismos) a decir que son “relleno”. Del “Back in the village” se lo puedo perdonar, no porque me parezca relleno, sino porque me parece el menos bueno, pero sobre todo de “The duellists”… vale, sería incoherente (como Ordás) si no reconociera la falta de originalidad por la similitud con “Where Eagles dare” (y en este caso no hay excusa, pues es obvio al ser “autoplagio”), pero por lo demás…: por un lado está otro de esos elaborados y envolventes desarrollos instrumentales, que a mí me parece sencillamente antológico en la carrera del grupo, pero, ¿cómo que su estribillo es demasiado simple…? Páginas más adelante, se atreverá a decir que el estribillo de “The wicker man” es “uno de los mejores de toda la carrera de Iron Maiden”. ¿Se ha puesto Ordás a contar las notas y acordes que hay en uno y otro estribillo? ¿Y aún así el de “The duellists” le parece simple? En este caso, las matemáticas ponen en evidencia al crítico. No hay más preguntas, señoría.
Otra deconstrucción de la deconstrucción: Un aspecto interesante del libro es aquel en el que Ordás analiza los planteamientos que el grupo hace de los repertorios de sus conciertos. A la hora de valorar lo acertado o desacertado de los set – list, varias veces basa sus argumentos en lo que ya ha quedado como hechos demostrados: Si ya ha demostrado que esta o aquella canción no es buena, ya no hace falta explicar que incluirla en la gira es un error; así, se ceba repetidas veces con temas como “Tailgunner”, por poner un ejemplo, pero al mismo tiempo volverá a reflejar como indiscutible que “2 minutes to midnight”, por poner otro, tiene que sonar sí o sí. Y no pierde esa costumbre tan en boga de los críticos actuales de añadir adjetivos para volver a aclarar, casi con aparente saña, lo que ya nos dijo: la mediocre “Quest for fire”, etc.
Aquí es donde abro un paréntesis para tratar de llegar al meollo de la cuestión, a un meollo que atañe no sólo a este libro sino a todo el mundo de la crítica y de las opiniones en general, sobre lo que ya hablé al referirme a los libros “Mal de altura” y “Everest 1996”. Quizá se trata de la forma de expresarse, y yo mismo estoy cayendo seguramente en ello en esta misma entrada. No tengo claro que baste con dar por hecho que los críticos ofrecen meras opiniones, ni siquiera con aclararlo al principio del libro, como hace Ordás al decir que no son verdades absolutas. Cuando lees el texto te parece que esa frase ha quedado como una excusa, como un salvoconducto mediocre que ha perdido su sentido, y a mí personalmente me resulta difícil seguir el juego de creerme que el autor sólo expresa opiniones personales, cuando por las formas y estilo resulta a veces categórico. El ejemplo de su razonamiento sobre los repertorios de los conciertos es el claro ejemplo, pues se trata de un argumento ya basado en otro, de manera que el primero ha quedado como solidificado, como indiscutible. Pero claro, ¿cuál sería la forma de no embaucar al lector de esa manera, o bien de no cabrearle si es cabezota e irreducible como es mi caso? ¿Acompañar las opiniones de coletillas como “en mi opinión”, “para mi gusto”, “creo que”, etc? Quizá quedaría engorroso, o un tanto inocente, o se le acusaría de falsa modestia, tal vez. En cualquier caso, me cuesta creer que en el vocabulario y en la gramática españolas, supuestamente tan ricas, no haya mejores formas de expresarse para los críticos, muchos de los cuales tiran demasiadas piedras contra su propio tejado por esa falta de humildad, aunque puede que algunos lo hagan a posta precisamente para tener más publicidad (que aunque sea negativa, también da de comer). Y ojo, no digo que sea el caso (ninguno de los dos casos) de Juanjo Ordás, que en general creo que es más bien moderado y razonable: Son más las ocasiones en las que, no estando de acuerdo con él, me resulta respetuoso y respetable. Quizá yo mismo podría estar siendo más duro e injusto con él en esta crítica que él con sus temas menos predilectos de Maiden en el libro.
Y volviendo al contenido del libro, el autor, que es aún un año más joven que yo y por tanto no debió vivir lo que supusieron los primeros discos de Iron Maiden en el momento de salir (incluido alguno de los que “desmitifica”), lo cual no tiene por qué ser un problema a la hora de juzgar la obra del grupo, sí que vuelve a dejar entrever una especial inclinación por la última época de la banda, con menos volumen (en sentido de cantidad y sonoridad) de críticas a esta etapa que a la considerada por los veteranos como la era dorada. En este caso no voy a hablar de un problema en su argumentación, pues de hecho me parece una opinión perfectamente respetable y con razones de peso para creer en ella: Los últimos 15 ó 16 años de Maiden han dado lugar a momentos realmente brillantes, y sobre todo de una dignidad enorme para un grupo que, después de tan larga trayectoria, sigue luchando por eludir la dificultad de ser creativo sin traicionar a su esencia. Pero, para mi gusto, una cosa es esa y otra ponerlo a la altura de los mejores momentos de los 80. Y ojo que tampoco quiero yo mitificar en exceso aquellos años: Hay discos que me resultan relativamente “menores” como “Killers” o “Somewhere in time”. Pero en el fondo, creo que Maiden no puede volver al nivel de calidad y brillo creativo que tuvo en otra época, entre otras cosas porque ya no pueden reinventarse, ya dieron lo mejor de sí mismos entonces. Algunos de sus trabajos actuales son de gran calidad, pero a otro nivel; no creo que con ellos hubieran logrado entonces la atención que tuvieron y que siguen teniendo ahora. Veo un gran trabajo y mérito en “Dance of Death” (que Ordás no valora tanto) y en “A Matter of Life and Death” (que sí), pero también veo que la chispa creativa, sobre todo en las melodías, ya no la tienen tan elevada; es una especie de quiero y no puedo del todo, muchos años después de que ya todo esté inventado. Ordás alaba la producción del actual Kevin Shirley, que otorga al grupo un sonido más libre, más rugoso y con matices, pero creo que habría que dar al clásico Martin Birch el mérito de conseguir aquel sonido limpio, compacto y envolvente que no se ha vuelto a alcanzar; creo que si se intentara ahora sonaría plastificado, de ahí el mérito y acierto de optar por la propuesta de Shirley, pero en realidad a mí me parece otro ejemplo de incapacidad por reactivar lo que fue. Sí creo que lo están haciendo lo mejor que puede hacerse a estas alturas, pero no me parece que, por ejemplo, “The Final Frontier” sea tan bueno como dice el autor del libro. También he leído en Internet su crítica del último disco, “The book of Souls” (que se editó después del libro), y también me parece excesivamente positiva. Ya dije en el blog que a mí también me gusta bastante, por recuperar en buena medida el estilo más clásico de la banda, y me mola escucharlo por eso, pero creo que está sobrevalorado; por otro lado, Ordás dice que “sin pretenderlo remite referencias de épocas pasadas”, cosa con la que no puedo estar más en desacuerdo, puesto que me parece que esa orientación hacia el pasado es totalmente deliberada, incluso con momentos de evidente “autoplagio” en forma de guiño a los fans (sin ir más lejos, el comienzo de “Shadows of the Valley”, una actualización venida a menos del punteo introductorio de “Wasted years”, pero hay más), por no hablar del Eddie de la portada, el más parecido al que dibujaba Derek Riggs en los 80. Lo que sí me ha ocurrido es que la última vez que he escuchado “The book of souls” ya no me ha agradado tanto, y cuando a continuación me he puesto a oír “Powerslave”, el subidón de ánimo ha sido total, incluyendo las canciones “de relleno”. ¿Apego a lo que me gustó en el pasado? Tal vez, pero hay tantas cosas del pasado que dejaron de gustarme…
Otra característica del libro es la mención a músicos y discos contemporáneos de cada etapa del grupo, para poner cada obra en su contexto. Sin duda es un acierto, pero tengo que volver a “quejarme”, en este caso de obviar a ciertas bandas que no llegan ni a ser nombradas: El power metal es como si no hubiera llegado a existir, sin aparecer no ya los grupos “sucedáneos” como Gamma Ray, Blind Guradian o Stratovarius, sino que ni siquiera comenta nada acerca de Helloween. Por otro lado, y para ponerlos también en el contexto de sus composiciones más progresivas, no habría estado de más que mencionara a estandartes contemporáneos del género como Porcupine Tree, Dream Theater u Opeth (apenas nombra a Tool pero como ejemplo de la tendencia alternativa). A partir de ahí, los grupos condenados al ostracismo son innumerables (creo que los ejemplos que he puesto son de los más destacados como para obviarlos). No digo con esto que tenga que hacer una lista exhaustiva de todos, pero cuando dice que tal o cual disco de Maiden es el mejor de tal o cual año en el panorama metalero mundial (incluyendo la última época), la sensación vuelve a ser que el comentarista musical no ha escuchado todos los discos que se sacaron ese año (no digo que sea así, pero le falta credibilidad al argumento).
Bueno, pues después de toda esta retahíla de desahogos y de reprimendas al trabajo de Juanjo Ordás, vuelvo a la idea general de que el libro merece la pena. Obviamente es mucho más amplio de lo que he podido reflejar aquí, trata muchos más aspectos y con mucha más profundidad; esta modesta entrada de blog no puede hacerle justicia: Lo cómodo es criticar el libro, lo difícil es escribirlo. Creo sinceramente que todo seguidor y admirador de la carrera de Iron Maiden debería leerlo, pues le va a hacer ver ciertos aspectos del grupo de otra manera. Es sin duda una forma de renovar el interés por su música, que tanto encasillada en un género concreto como disfrutada de manera independiente, merece amplios y distendidos debates.
Y es que cuando uno se compra un libro con toda la ilusión de ponerse a leer sobre aquello que le gusta, es fácil caer en la trampa de pensar que el texto va a ser complaciente con lo que uno piensa previamente. No era mi caso, porque el propio título ya me sugería precaución en ese sentido. Y aunque esa autodefensa me ha permitido aprovechar con interés todo el tiempo dedicado a la obra de Juanjo Ordás, y me ha parecido incluso productivo leer partes con las que antes no habría estado de acuerdo, o aspectos en los que no me había fijado, no he podido evitar que hubiera ciertos momentos en los que, no tanto por el contenido como por la forma de exponerse o argumentarse, me quedaba con la sensación de que me la estaban dando con queso, usando algún que otro razonamiento tramposo, algún que otro uso caprichoso de la vara de medir. Y cuando eso ocurre leyendo un libro, uno se queda discutiendo con el autor como si lo tuviera delante, para sentirse inmediatamente frustrado al ver que sólo me estoy escuchando yo mismo. Como eso me parece injusto después de haber aportado mi granito de arena al bolsillo de Ordás, aprovecho ahora las ventajas de tener un blog (que reconozco que no lee casi nadie, pero al menos me vale como mejor desahogo).
Por todo lo escrito en el anterior párrafo, y aquí reconozco que he sido yo el injusto –y posiblemente vuelva a serlo más adelante-, parece que el libro me ha molestado más que gustado, y no es así. De entrada, me ha parecido de contenido interesante y estimulante para la reflexión, y el sólo hecho de hacer pensar y ver la obra de unos músicos que conozco desde hace muchos años de una manera nueva, incluso aunque en ocasiones pueda no estar de acuerdo con lo expuesto (y en muchos casos precisamente gracias a ello), ya es algo por lo que merece la pena haberlo leído (e incluso comprado). Pero es que además ha habido momentos en los que he disfrutado con sus descripciones, y con la re-escucha de algunas canciones tras leer ciertos detalles de las mismas que no me había parado a identificar antes. También me ha gustado la impresión general que me iba causando la sensación de estar entendiendo a Iron Maiden desde una nueva perspectiva.
Por lo tanto, la “Deconstrucción” a la que se refiere Ordás funciona en muchos detalles y también en su conjunto. Es un libro con mucho trabajo de estudio detrás, y muy bien elaborado en la exposición, que trata toda la discografía de la Doncella de Hierro desde todos los aspectos, musical y textual, conectándolo a las distintas vicisitudes del grupo y sus miembros a lo largo de los años, lo que ayuda a entender mejor el sentido de la trayectoria de la banda. Es muy interesante la evolución de las inquietudes en las letras de las canciones, su discurrir hacia la madurez; Me ha agradado entender y relacionar los significados que hay detrás de cada tema, más allá del ánimo de escapismo propio del Heavy Metal, y en especial de Iron Maiden, que era lo que hasta ahora había valorado por encima de cualquier otra cuestión. Está muy bien poner al descubierto ese aspecto de una música tantas veces vilipendiada por ser (supuestamente) superficial o inmadura.
En lo musical, son curiosos los parecidos que revela entre composiciones de diferentes épocas, y también la ilustración que hace de la transformación del estilo de la banda con el paso del tiempo, conservando siempre un sello inconfundible, pero potenciando nuevos elementos que lo llevan a nuevos planos sonoros. Las descripciones de canciones concretas van más allá del mero detalle de aspectos técnicos, y logra relacionar la forma en que esa música transmite su significado, en relación a la letra: Me agradó mucho cómo lo explica con la pesadilla que representa “Still life”, o cómo la parte instrumental de “Where eagles dare” logra crear la sensación del vértigo en las batallas aéreas. Son aspectos no siempre reflexionados que explican por qué una banda como Iron Maiden suele tener un halo mágico, un algo detrás difícil de identificar que los hace especiales, no simplemente un grupo “cañero y que mola mucho”, y Ordás ha sabido profundizar y explicar ese “algo”.
Pero ya va tocando que pueda aprovechar la entrada para desahogar esos eventuales desagrados que me ha causado el libro. Y no me refiero a cuando no he estado de acuerdo, sino a cuando me ha parecido que el tratamiento de algún tema no ha sido el mismo que con otros. Porque yo no voy a dejar de disfrutar a lo grande con temas criticados negativamente por Ordás como “To tame a land” o “Alexander the great” por el hecho de haber leído este libro, pero sí puedo considerarlos de otra manera después de leer sus razonamientos al respecto, sobre si al ser narrativas en tercera persona el oyente no se siente involucrado en la letra como con “Hallowed be thy name”; al menos argumenta aparentemente bien la crítica, al margen de pasar por alto o infravalorar el valor meramente musical de aquellos temas (que no sólo no es pequeño, sino que a mí personalmente me parece de los mejores de toda la carrera del grupo). Sin embargo, cuando alaba “Rime of the ancient marineer” (que por supuesto también es de mis favoritos), tema también en tercera persona, se apoya en el argumento, antes no usado, del músico que cuenta una historia como un director de cine cuenta su película, gracias a una simbología que en “To tame a land” y “Alexander the great” no se molesta ni en desmenuzar. Son los momentos en los que uno empieza a sospechar que el gusto personal del autor le impide medir por igual todas las canciones, especialmente las que menos le agradan, y lo adorna todo con parecida narrativa que en otros momentos del libro le ha funcionado perfectamente. Al menos en las mencionadas hasta ahora en este párrafo lo argumenta, pero con mi admirada “Quest for fire” se despacha de manera tan simple y seca que ya no deja lugar a dudas; supongo que la trabaja al mismo nivel “pueril” que él considera que tiene la canción, pero Ordás también olvida que el valor de entretenimiento y disfrute, de escapismo, es un activo fundamental en el Heavy Metal, y “Quest for fire”, con su poderoso y consistente rasgueo de las estrofas siempre me ha llevado en volandas cuando la escucho, y la épica de su melodía me resulta tremendamente efectiva.
Otra cuestión que me ha molestado un poco es que parezca que Ordás se tira el rollo diciendo que va a desmitificar ciertos aspectos de discos clásicos de Maiden con los que nadie se atrevería a meterse, lo cual de entrada me parece incluso atractivo, pero luego resulta algo decepcionante comprobar cómo las canciones obvias y tenidas por indiscutibles son casi siempre alabadas, mientras que la crítica recae en aquellas que no van a encontrar tanta oposición, por ser temas más olvidados. Ya he puesto el ejemplo de “Quest for fire” (¿cómo va a atreverse a criticar en ese disco “The trooper”, que también me gusta, pero después de mil escuchas prefiero la anterior, si a nadie se le ocurriría hacerlo?) Pues vaya desmitificación. No digo que por sistema tenga que criticar las que gustan a la mayoría, pero entonces que tampoco deje entrever esa advertencia de supuesta audacia por su parte. También me parece que “2 minutes to midnight”, estando bien, es otro clásico sobrevalorado; en parte reconoce la poca originalidad del riff inicial poniendo ejemplos de temas anteriores de otros grupos que sonaban muy similares (a los que nombra él yo añadiría “Curse of the Pharaohs” de Mercyful Fate), pero hace pelillos a la mar con aquello de que el acto creativo puede ser influido inconscientemente por lo que se ha escuchado antes; es verdad, pero no deja de ser falto de originalidad, y sin embargo no le sirve de argumento para matizar su exagerada calificación de “monumental”, cuando con otras (como el mencionado “Quest for fire”) ha sido mucho menos complaciente sin apenas razonarlo. Por si fuera poco, critica que la dinámica que traía el “2 minutes…” en el disco queda rota por la instrumental “Losfer words (Big orra)”, que a mí me parece bastante superior, con una complejidad y estructura llena de cambios tonales y de intensidad que funcionan de manera envolvente, con ese estado de gracia que tenía el grupo en aquellos años, que llevaba al oyente a dejar todo lo que estuviera haciendo para ponerse a tararear cada solo y cada punteo (al menos era –y sigue siendo- así en mi caso). De este tema, así como de “Flash of the blade”, “The duellists” y “Back in the village” se “atreve” (con el beneplácito del olvido generalizado de los mismos) a decir que son “relleno”. Del “Back in the village” se lo puedo perdonar, no porque me parezca relleno, sino porque me parece el menos bueno, pero sobre todo de “The duellists”… vale, sería incoherente (como Ordás) si no reconociera la falta de originalidad por la similitud con “Where Eagles dare” (y en este caso no hay excusa, pues es obvio al ser “autoplagio”), pero por lo demás…: por un lado está otro de esos elaborados y envolventes desarrollos instrumentales, que a mí me parece sencillamente antológico en la carrera del grupo, pero, ¿cómo que su estribillo es demasiado simple…? Páginas más adelante, se atreverá a decir que el estribillo de “The wicker man” es “uno de los mejores de toda la carrera de Iron Maiden”. ¿Se ha puesto Ordás a contar las notas y acordes que hay en uno y otro estribillo? ¿Y aún así el de “The duellists” le parece simple? En este caso, las matemáticas ponen en evidencia al crítico. No hay más preguntas, señoría.
Otra deconstrucción de la deconstrucción: Un aspecto interesante del libro es aquel en el que Ordás analiza los planteamientos que el grupo hace de los repertorios de sus conciertos. A la hora de valorar lo acertado o desacertado de los set – list, varias veces basa sus argumentos en lo que ya ha quedado como hechos demostrados: Si ya ha demostrado que esta o aquella canción no es buena, ya no hace falta explicar que incluirla en la gira es un error; así, se ceba repetidas veces con temas como “Tailgunner”, por poner un ejemplo, pero al mismo tiempo volverá a reflejar como indiscutible que “2 minutes to midnight”, por poner otro, tiene que sonar sí o sí. Y no pierde esa costumbre tan en boga de los críticos actuales de añadir adjetivos para volver a aclarar, casi con aparente saña, lo que ya nos dijo: la mediocre “Quest for fire”, etc.
Aquí es donde abro un paréntesis para tratar de llegar al meollo de la cuestión, a un meollo que atañe no sólo a este libro sino a todo el mundo de la crítica y de las opiniones en general, sobre lo que ya hablé al referirme a los libros “Mal de altura” y “Everest 1996”. Quizá se trata de la forma de expresarse, y yo mismo estoy cayendo seguramente en ello en esta misma entrada. No tengo claro que baste con dar por hecho que los críticos ofrecen meras opiniones, ni siquiera con aclararlo al principio del libro, como hace Ordás al decir que no son verdades absolutas. Cuando lees el texto te parece que esa frase ha quedado como una excusa, como un salvoconducto mediocre que ha perdido su sentido, y a mí personalmente me resulta difícil seguir el juego de creerme que el autor sólo expresa opiniones personales, cuando por las formas y estilo resulta a veces categórico. El ejemplo de su razonamiento sobre los repertorios de los conciertos es el claro ejemplo, pues se trata de un argumento ya basado en otro, de manera que el primero ha quedado como solidificado, como indiscutible. Pero claro, ¿cuál sería la forma de no embaucar al lector de esa manera, o bien de no cabrearle si es cabezota e irreducible como es mi caso? ¿Acompañar las opiniones de coletillas como “en mi opinión”, “para mi gusto”, “creo que”, etc? Quizá quedaría engorroso, o un tanto inocente, o se le acusaría de falsa modestia, tal vez. En cualquier caso, me cuesta creer que en el vocabulario y en la gramática españolas, supuestamente tan ricas, no haya mejores formas de expresarse para los críticos, muchos de los cuales tiran demasiadas piedras contra su propio tejado por esa falta de humildad, aunque puede que algunos lo hagan a posta precisamente para tener más publicidad (que aunque sea negativa, también da de comer). Y ojo, no digo que sea el caso (ninguno de los dos casos) de Juanjo Ordás, que en general creo que es más bien moderado y razonable: Son más las ocasiones en las que, no estando de acuerdo con él, me resulta respetuoso y respetable. Quizá yo mismo podría estar siendo más duro e injusto con él en esta crítica que él con sus temas menos predilectos de Maiden en el libro.
Y volviendo al contenido del libro, el autor, que es aún un año más joven que yo y por tanto no debió vivir lo que supusieron los primeros discos de Iron Maiden en el momento de salir (incluido alguno de los que “desmitifica”), lo cual no tiene por qué ser un problema a la hora de juzgar la obra del grupo, sí que vuelve a dejar entrever una especial inclinación por la última época de la banda, con menos volumen (en sentido de cantidad y sonoridad) de críticas a esta etapa que a la considerada por los veteranos como la era dorada. En este caso no voy a hablar de un problema en su argumentación, pues de hecho me parece una opinión perfectamente respetable y con razones de peso para creer en ella: Los últimos 15 ó 16 años de Maiden han dado lugar a momentos realmente brillantes, y sobre todo de una dignidad enorme para un grupo que, después de tan larga trayectoria, sigue luchando por eludir la dificultad de ser creativo sin traicionar a su esencia. Pero, para mi gusto, una cosa es esa y otra ponerlo a la altura de los mejores momentos de los 80. Y ojo que tampoco quiero yo mitificar en exceso aquellos años: Hay discos que me resultan relativamente “menores” como “Killers” o “Somewhere in time”. Pero en el fondo, creo que Maiden no puede volver al nivel de calidad y brillo creativo que tuvo en otra época, entre otras cosas porque ya no pueden reinventarse, ya dieron lo mejor de sí mismos entonces. Algunos de sus trabajos actuales son de gran calidad, pero a otro nivel; no creo que con ellos hubieran logrado entonces la atención que tuvieron y que siguen teniendo ahora. Veo un gran trabajo y mérito en “Dance of Death” (que Ordás no valora tanto) y en “A Matter of Life and Death” (que sí), pero también veo que la chispa creativa, sobre todo en las melodías, ya no la tienen tan elevada; es una especie de quiero y no puedo del todo, muchos años después de que ya todo esté inventado. Ordás alaba la producción del actual Kevin Shirley, que otorga al grupo un sonido más libre, más rugoso y con matices, pero creo que habría que dar al clásico Martin Birch el mérito de conseguir aquel sonido limpio, compacto y envolvente que no se ha vuelto a alcanzar; creo que si se intentara ahora sonaría plastificado, de ahí el mérito y acierto de optar por la propuesta de Shirley, pero en realidad a mí me parece otro ejemplo de incapacidad por reactivar lo que fue. Sí creo que lo están haciendo lo mejor que puede hacerse a estas alturas, pero no me parece que, por ejemplo, “The Final Frontier” sea tan bueno como dice el autor del libro. También he leído en Internet su crítica del último disco, “The book of Souls” (que se editó después del libro), y también me parece excesivamente positiva. Ya dije en el blog que a mí también me gusta bastante, por recuperar en buena medida el estilo más clásico de la banda, y me mola escucharlo por eso, pero creo que está sobrevalorado; por otro lado, Ordás dice que “sin pretenderlo remite referencias de épocas pasadas”, cosa con la que no puedo estar más en desacuerdo, puesto que me parece que esa orientación hacia el pasado es totalmente deliberada, incluso con momentos de evidente “autoplagio” en forma de guiño a los fans (sin ir más lejos, el comienzo de “Shadows of the Valley”, una actualización venida a menos del punteo introductorio de “Wasted years”, pero hay más), por no hablar del Eddie de la portada, el más parecido al que dibujaba Derek Riggs en los 80. Lo que sí me ha ocurrido es que la última vez que he escuchado “The book of souls” ya no me ha agradado tanto, y cuando a continuación me he puesto a oír “Powerslave”, el subidón de ánimo ha sido total, incluyendo las canciones “de relleno”. ¿Apego a lo que me gustó en el pasado? Tal vez, pero hay tantas cosas del pasado que dejaron de gustarme…
Otra característica del libro es la mención a músicos y discos contemporáneos de cada etapa del grupo, para poner cada obra en su contexto. Sin duda es un acierto, pero tengo que volver a “quejarme”, en este caso de obviar a ciertas bandas que no llegan ni a ser nombradas: El power metal es como si no hubiera llegado a existir, sin aparecer no ya los grupos “sucedáneos” como Gamma Ray, Blind Guradian o Stratovarius, sino que ni siquiera comenta nada acerca de Helloween. Por otro lado, y para ponerlos también en el contexto de sus composiciones más progresivas, no habría estado de más que mencionara a estandartes contemporáneos del género como Porcupine Tree, Dream Theater u Opeth (apenas nombra a Tool pero como ejemplo de la tendencia alternativa). A partir de ahí, los grupos condenados al ostracismo son innumerables (creo que los ejemplos que he puesto son de los más destacados como para obviarlos). No digo con esto que tenga que hacer una lista exhaustiva de todos, pero cuando dice que tal o cual disco de Maiden es el mejor de tal o cual año en el panorama metalero mundial (incluyendo la última época), la sensación vuelve a ser que el comentarista musical no ha escuchado todos los discos que se sacaron ese año (no digo que sea así, pero le falta credibilidad al argumento).
Bueno, pues después de toda esta retahíla de desahogos y de reprimendas al trabajo de Juanjo Ordás, vuelvo a la idea general de que el libro merece la pena. Obviamente es mucho más amplio de lo que he podido reflejar aquí, trata muchos más aspectos y con mucha más profundidad; esta modesta entrada de blog no puede hacerle justicia: Lo cómodo es criticar el libro, lo difícil es escribirlo. Creo sinceramente que todo seguidor y admirador de la carrera de Iron Maiden debería leerlo, pues le va a hacer ver ciertos aspectos del grupo de otra manera. Es sin duda una forma de renovar el interés por su música, que tanto encasillada en un género concreto como disfrutada de manera independiente, merece amplios y distendidos debates.
lunes, 9 de mayo de 2016
Ñu, 20 años y muchos días después
Gira 40 Aniversario de Ñu, 6 de mayo de 2016, Sala Joy Eslava, Madrid
Hace el tiempo que reza el título de esta entrada, un 15 de diciembre de 1995, acudí por primera vez a ver a Ñu en directo; No sólo eso: era mi primer concierto de cualquier grupo. Apenas llevaba 2 ó 3 años empapándome de la música de ese artistazo al margen de su contexto geográfico y temporal llamado José Carlos Molina, pero con aquellas edades ese tiempo es más que suficiente para creerte que eres su más fiel seguidor. Los verdaderos acólitos del grupo, sin embargo, celebraban ya los 20 años y un día que titulaban su disco recopilatorio y conmemorativo.
Ahora la longevidad de Ñu se ha doblado (con muy diferente intensidad en su actividad, también es cierto), y el efecto nostálgico –del que ya he hablado en otros casos- es mucho más poderoso, para todos. Ahora es cuando resulta difícil disimular lo que se siente de verdad, cuando todas las partes (músicos y público) se dan cuenta de lo que realmente significa una carrera artística completa en sus vidas. Ya no cuentan posibles críticas a discos que gustaron menos, o actuaciones que decepcionaron, o simplemente excesos de celo, discusiones sobre “éstos son mejores” o “esos tampoco son tan buenos”; eso ha quedado en un segundo plano, aplastado por las auténticas emociones; ya no puede uno engañarse a sí mismo: La reacción entregada del público ante un concierto conmemorativo de los 40 años de Ñu es lo que verdaderamente siente esa gente por ese grupo, y el primero en percibirlo es el propio artista (y bien que lo merece).
No importa que de las prácticamente 3 horas de aquella noche de mediados de los 90 en la Sala Canciller (muchos lo recuerdan como el concierto que no acababa nunca…) se pasara el 6 de mayo de 2016 a 2 horas. Fueron probablemente las dos horas más intensas y emotivas que he podido vivir en un concierto de Ñu, y eso que he estado en unos cuantos (y algunos mejores, desde el punto de vista técnico u objetivo). Lo del viernes en la Joy Eslava fue sencillamente mágico, antológico, inolvidable. Fue una comunión perfecta entre público y músicos, una declaración mutua de amor, una explicación recíproca e incuestionable de por qué cada una de las dos partes estaba allí. Nunca había visto nada a ese nivel en un concierto de Ñu, y creo que, tal vez, en ningún otro concierto de cualquier otro grupo.
Pero, tal y como lo estoy explicando, corro el riesgo de que parezca que fue una cuestión de complacencia incondicional, y que Molina no necesitaba hacer nada para ganarse esta vez al respetable. Nada más lejos de la realidad. De hecho, yo iba allí con el miedo de que me pareciera que el veterano cantante y flautista ya no estuviera precisamente para aquellos trotes. Las últimas veces que lo había visto (en las fiestas de Lavapiés de hace 3 ó 4 años, y un par de años antes colaborando con la violinista Judith Mateo), siendo buenos conciertos, la impresión que me dio es que ya se tomaba las cosas con más calma. Incluso recuerdo que en la presentación del disco Títeres en la sala Caracol (de lo que ya hace más de 10 años) acabó medio pidiendo perdón por terminar con la voz casi agotada. En este concierto del 40 aniversario ha estado sencillamente pletórico, rejuvenecido, dándolo todo, y con un buen rollo y simpatía como pocas veces recuerdo.
La muestra de lo anterior quedó de manifiesto en el valiente, enérgico y casi épico repertorio planteado, que supuso un auténtico subidón detrás de otro, y que en muchos casos suponía una verdadera prueba de fuego (y nunca mejor dicho) para una voz tantos años y giras desplegada. Arrancó el grupo con la única y homónima representación de su último disco de estudio, “Viejos himnos para nuevos guerreros”, vaticinando con su título lo que a partir de ese momento se iba a desatar. La primera sorpresa llegaba con un clásico para seguidores distinguidos, “Los ojos de la zíngara”. A partir de ahí, los temas más esperados o típicos como “No hay ningún loco”, “La Granja del loco”, “Manicomio”, “Animales Sueltos”, “El Tren”, “Ella” o “Más duro que nunca” se alternaban con otros más sorprendentes pero que son parte imborrable de la historia del grupo, como “El hombre de fuego” o la que encumbró al Molina como un “señor de cierta edad con un par”, nada menos que la espídica, potente y muy exigente “Fuego”; aunque en su inicio creyéramos que se le iba a romper la garganta en ésta, el tío la defendió perfectamente. Pudo haber algún desliz, algún solo de flauta que no daba con todas las notas, o algún momento de letra olvidada, pero por lo demás fue una muestra de segunda juventud, de dominio de todas las facetas: instrumental (flauta, guitarra, piano), vocal y escénica.
El show contó con la participación de varios músicos de anteriores etapas de Ñu, que iban relevándose en el homenaje a la historia del grupo, dándole si cabe más colorido. Hubo momentos con dos guitarras (al actual se unió Pedro Vela de la época de Cuatro Gatos), un violoncello, dos chicas haciendo coros, además del bajo, batería y teclado. Así fue por ejemplo durante la interpretación de la monumental “Hada”, del disco “Réquiem”, del que hacía años que había perdido la esperanza de llegar a escuchar alguna vez alguna canción en directo; además, con mi amigo J.C. Molina Jr., hijo del fundador del grupo, a la batería (cosa que también vi por vez primera). En otros momentos era Judith Mateo quien añadía más toque celta al show con su violín, como en la apoteósica versión de “El Flautista”, e incluso se les unía Jorge Calvo, que por momentos dejaba el teclado (que había arrebatado al genial y principal Peter Mayr) para acompañarles con una especie de whistle tradicional.
Los momentos más épicos estaban aderezados por introducciones, cierres y referencias curiosas: Si el final de “El hombre de fuego” acabó con un trocito del riff de “Lucifer”, la impresionante “Sé quién” fue introducida mediante el despiste, con una vistosa “Entrada al reino” que parecía que iba a dar lugar a “A golpe de látigo”. También fue grande el momento en el que el mencionado Peter Mayr se transformó en Jon Lord para tocar el solo de “Highway Star” durante la parte instrumental de “El hombre de fuego”; es sin duda uno de los teclistas más espectaculares y carismáticos que han pasado por Ñu. Con todo, poco pudo igualarse a las apoteosis musicales y letrísticas (con el público coreando atronador) de “Galeras” y “Preparan”. Aunque, para momento bonito en cuanto a respuesta público – cantante, la sonrisa de oreja a oreja que se dibujó en el rostro del Molina cuando, guitarra acústica en ristre, vio como todo el mundo coreaba de la primera a la última frase “Tocaba correr”. Los pelos como escarpias (y algo de humedad en los ojos). Ni siquiera la emotiva y final “Una copa por un viejo amigo” alcanzó ese nivel de sentimiento, aunque no anduvo lejos.
En definitiva, si un concierto que celebra los 40 años de historia de un proyecto musical debe servir al público como síntesis de lo que ese grupo ha supuesto a lo largo de esos años para los presentes, este concierto lo cumplió con creces. Si a los músicos debe servirles para captar el poso que ha dejado dicha historia en toda esa gente, creo que todavía más. En el caso de Ñu, si su inquebrantable decisión de honestidad artística a la hora de elegir rumbo ha llevado al grupo a tener un público más limitado que el de los músicos que siguen las modas, es con un concierto como éste con el que el señor José Carlos Molina puede concluir si ha merecido la pena, y me parece que la respuesta también es afirmativa. Y creo que de ahí viene que, cerca del final del concierto, el propio Molina manifestase que si no había sido el día más feliz de su vida, poco le había faltado.
“Hacer música es algo más espiritual que vender millones de discos o congregar a miles de personas. Es algo que necesitas hacer y no puedes pasar sin ello. Con que sólo te escuchen veinte ya no te sientes fracasado. Y juntar a mil es ya realmente emocionante…” (José Carlos Molina).
Hace el tiempo que reza el título de esta entrada, un 15 de diciembre de 1995, acudí por primera vez a ver a Ñu en directo; No sólo eso: era mi primer concierto de cualquier grupo. Apenas llevaba 2 ó 3 años empapándome de la música de ese artistazo al margen de su contexto geográfico y temporal llamado José Carlos Molina, pero con aquellas edades ese tiempo es más que suficiente para creerte que eres su más fiel seguidor. Los verdaderos acólitos del grupo, sin embargo, celebraban ya los 20 años y un día que titulaban su disco recopilatorio y conmemorativo.
Ahora la longevidad de Ñu se ha doblado (con muy diferente intensidad en su actividad, también es cierto), y el efecto nostálgico –del que ya he hablado en otros casos- es mucho más poderoso, para todos. Ahora es cuando resulta difícil disimular lo que se siente de verdad, cuando todas las partes (músicos y público) se dan cuenta de lo que realmente significa una carrera artística completa en sus vidas. Ya no cuentan posibles críticas a discos que gustaron menos, o actuaciones que decepcionaron, o simplemente excesos de celo, discusiones sobre “éstos son mejores” o “esos tampoco son tan buenos”; eso ha quedado en un segundo plano, aplastado por las auténticas emociones; ya no puede uno engañarse a sí mismo: La reacción entregada del público ante un concierto conmemorativo de los 40 años de Ñu es lo que verdaderamente siente esa gente por ese grupo, y el primero en percibirlo es el propio artista (y bien que lo merece).
No importa que de las prácticamente 3 horas de aquella noche de mediados de los 90 en la Sala Canciller (muchos lo recuerdan como el concierto que no acababa nunca…) se pasara el 6 de mayo de 2016 a 2 horas. Fueron probablemente las dos horas más intensas y emotivas que he podido vivir en un concierto de Ñu, y eso que he estado en unos cuantos (y algunos mejores, desde el punto de vista técnico u objetivo). Lo del viernes en la Joy Eslava fue sencillamente mágico, antológico, inolvidable. Fue una comunión perfecta entre público y músicos, una declaración mutua de amor, una explicación recíproca e incuestionable de por qué cada una de las dos partes estaba allí. Nunca había visto nada a ese nivel en un concierto de Ñu, y creo que, tal vez, en ningún otro concierto de cualquier otro grupo.
Pero, tal y como lo estoy explicando, corro el riesgo de que parezca que fue una cuestión de complacencia incondicional, y que Molina no necesitaba hacer nada para ganarse esta vez al respetable. Nada más lejos de la realidad. De hecho, yo iba allí con el miedo de que me pareciera que el veterano cantante y flautista ya no estuviera precisamente para aquellos trotes. Las últimas veces que lo había visto (en las fiestas de Lavapiés de hace 3 ó 4 años, y un par de años antes colaborando con la violinista Judith Mateo), siendo buenos conciertos, la impresión que me dio es que ya se tomaba las cosas con más calma. Incluso recuerdo que en la presentación del disco Títeres en la sala Caracol (de lo que ya hace más de 10 años) acabó medio pidiendo perdón por terminar con la voz casi agotada. En este concierto del 40 aniversario ha estado sencillamente pletórico, rejuvenecido, dándolo todo, y con un buen rollo y simpatía como pocas veces recuerdo.
La muestra de lo anterior quedó de manifiesto en el valiente, enérgico y casi épico repertorio planteado, que supuso un auténtico subidón detrás de otro, y que en muchos casos suponía una verdadera prueba de fuego (y nunca mejor dicho) para una voz tantos años y giras desplegada. Arrancó el grupo con la única y homónima representación de su último disco de estudio, “Viejos himnos para nuevos guerreros”, vaticinando con su título lo que a partir de ese momento se iba a desatar. La primera sorpresa llegaba con un clásico para seguidores distinguidos, “Los ojos de la zíngara”. A partir de ahí, los temas más esperados o típicos como “No hay ningún loco”, “La Granja del loco”, “Manicomio”, “Animales Sueltos”, “El Tren”, “Ella” o “Más duro que nunca” se alternaban con otros más sorprendentes pero que son parte imborrable de la historia del grupo, como “El hombre de fuego” o la que encumbró al Molina como un “señor de cierta edad con un par”, nada menos que la espídica, potente y muy exigente “Fuego”; aunque en su inicio creyéramos que se le iba a romper la garganta en ésta, el tío la defendió perfectamente. Pudo haber algún desliz, algún solo de flauta que no daba con todas las notas, o algún momento de letra olvidada, pero por lo demás fue una muestra de segunda juventud, de dominio de todas las facetas: instrumental (flauta, guitarra, piano), vocal y escénica.
El show contó con la participación de varios músicos de anteriores etapas de Ñu, que iban relevándose en el homenaje a la historia del grupo, dándole si cabe más colorido. Hubo momentos con dos guitarras (al actual se unió Pedro Vela de la época de Cuatro Gatos), un violoncello, dos chicas haciendo coros, además del bajo, batería y teclado. Así fue por ejemplo durante la interpretación de la monumental “Hada”, del disco “Réquiem”, del que hacía años que había perdido la esperanza de llegar a escuchar alguna vez alguna canción en directo; además, con mi amigo J.C. Molina Jr., hijo del fundador del grupo, a la batería (cosa que también vi por vez primera). En otros momentos era Judith Mateo quien añadía más toque celta al show con su violín, como en la apoteósica versión de “El Flautista”, e incluso se les unía Jorge Calvo, que por momentos dejaba el teclado (que había arrebatado al genial y principal Peter Mayr) para acompañarles con una especie de whistle tradicional.
Los momentos más épicos estaban aderezados por introducciones, cierres y referencias curiosas: Si el final de “El hombre de fuego” acabó con un trocito del riff de “Lucifer”, la impresionante “Sé quién” fue introducida mediante el despiste, con una vistosa “Entrada al reino” que parecía que iba a dar lugar a “A golpe de látigo”. También fue grande el momento en el que el mencionado Peter Mayr se transformó en Jon Lord para tocar el solo de “Highway Star” durante la parte instrumental de “El hombre de fuego”; es sin duda uno de los teclistas más espectaculares y carismáticos que han pasado por Ñu. Con todo, poco pudo igualarse a las apoteosis musicales y letrísticas (con el público coreando atronador) de “Galeras” y “Preparan”. Aunque, para momento bonito en cuanto a respuesta público – cantante, la sonrisa de oreja a oreja que se dibujó en el rostro del Molina cuando, guitarra acústica en ristre, vio como todo el mundo coreaba de la primera a la última frase “Tocaba correr”. Los pelos como escarpias (y algo de humedad en los ojos). Ni siquiera la emotiva y final “Una copa por un viejo amigo” alcanzó ese nivel de sentimiento, aunque no anduvo lejos.
En definitiva, si un concierto que celebra los 40 años de historia de un proyecto musical debe servir al público como síntesis de lo que ese grupo ha supuesto a lo largo de esos años para los presentes, este concierto lo cumplió con creces. Si a los músicos debe servirles para captar el poso que ha dejado dicha historia en toda esa gente, creo que todavía más. En el caso de Ñu, si su inquebrantable decisión de honestidad artística a la hora de elegir rumbo ha llevado al grupo a tener un público más limitado que el de los músicos que siguen las modas, es con un concierto como éste con el que el señor José Carlos Molina puede concluir si ha merecido la pena, y me parece que la respuesta también es afirmativa. Y creo que de ahí viene que, cerca del final del concierto, el propio Molina manifestase que si no había sido el día más feliz de su vida, poco le había faltado.
“Hacer música es algo más espiritual que vender millones de discos o congregar a miles de personas. Es algo que necesitas hacer y no puedes pasar sin ello. Con que sólo te escuchen veinte ya no te sientes fracasado. Y juntar a mil es ya realmente emocionante…” (José Carlos Molina).
martes, 3 de mayo de 2016
domingo, 10 de abril de 2016
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