"Todos somos mucha gente, todos llevamos a muchos dentro, personas con los mismos recuerdos que nosotros que nos van ganando terreno y al final nos sustituyen. En eso consiste la madurez. En no reconocerse". (Los años extraordinarios, Rodrigo Cortés)
viernes, 1 de mayo de 2020
Vivir es escapar. Escapar es vivir
…Pero sin confundir escapar con huir.
Porque huir me parece más un gerundio. Y escapar me suena mejor en participio:
Si huyes siempre estás huyendo. Si has escapado has vivido.
Se huye de. Se escapa hacia.
Malo cuando “de” es la parte de la vida que no te gusta, que te aprisiona, que no te hace sentir vivo, los “medios” o “herramientas” para vivir cuya cantidad según Thoreau reducían en proporción directa las oportunidades de vivir. Porque sin embargo hay que aceptar que hay que vivir esa parte de la vida, porque es inevitable en mayor o menor medida, porque es un peaje que toca pagar para poder seguir viviendo el viaje. Mejor no sentir que hay que huir de ello.
Peor cuando “de” es uno mismo, sus miedos, sus inseguridades, sus pérdidas, sus duelos, su desorientación en escenarios no vividos antes, su hastío, su sensación de fracaso, su falta de amor propio, su sentimiento de culpa, sus arrepentimientos, su autocompasión… Estar encerrado en uno mismo es mucho peor que estarlo físicamente. No hay peor confinamiento que el de la mente… Pero ni se puede ni se debe huir de ella, tampoco.
La solución es escapar hacia la vida. La solución es encontrarse con el interior de uno mismo que nos ha permitido recorrer la parte del viaje que sí nos gustó (o que recordamos que nos gustó).
La solución es permitir a la mente encontrar su libertad. Porque es en la mente donde empieza y termina la libertad de una persona. Si la mente no ha escapado, no hay diferencia entre ser físicamente libre o estar confinado. Si la mente por fin ha logrado escapar, el fin del encierro (o la desescalada) es un nuevo deseo, y ese deseo es sinónimo de vivir, se cumpla cuando se cumpla de forma efectiva, sea cual sea el tiempo o la distancia que quedan.
No es verdad que sea en los peores momentos cuando surge la creatividad; no al menos para mí. El peor momento de mi vida ha sido mi mayor laguna, mi mayor espacio vacío. Todo este tiempo sin entradas en este blog es un espejo de esa laguna. La mente embotada, la mente confinada. No reconocerse a uno mismo. No reconocer los escenarios de mi vida. Convertir los buenos recuerdos en recuerdos amargos. Destruir todas las islas de “Inside Out”. No poder decir si quiera aquello de “que me quiten lo bailao”, porque “lo bailao” ha perdido su valor y su sentido, no ha servido para nada si al final me ha llevado a ese pozo en el que me he hundido. “Lo bailao” es incluso la razón, el culpable, de mi caída. Confundí un camino por desorientación, y me perdí, llegué a un callejón sin salida. Me enrisqué, me metí en un brete.
La diferencia entre la tristeza y la depresión es que la segunda parece que no se va a acabar nunca. Que ya siempre va a ser así. Que ya siempre voy a ser así. No se ve ningún atisbo de luz al final del túnel si el túnel no tiene final. Más bien parece que va a ir a peor, cada vez más oscuro, cada vez más estrecho, cada vez más confinado…
…Y sin embargo se acaba. Se sale del túnel. No sabes cómo, pero se sale. Se encuentra el camino, u otro camino, una “nueva normalidad”. O muchos otros caminos. Y ya no hay miedo a volver a perderse, no hay miedo a la confusión. Porque lo que en el túnel parecía haber sido una confusión de nuevo parece que fue un posible camino acertado, uno de tantos, pero sobre todo el que te dijo el corazón en aquel momento. Porque los buenos recuerdos vuelven a ser buenos. Porque las islas vuelven a estar ahí. Se ha escapado. Y se sigue viviendo. Y escapando… aunque sea un gerundio
… Qué fácil es decirlo (escribirlo) a toro pasado…
domingo, 9 de junio de 2019
lunes, 27 de mayo de 2019
ZAZ, la mejor escapada musical en mucho tiempo
Aparte del bajón en la frecuencia de post que escribo en el blog, me he dado cuenta de que en concreto hace casi tres años que no escribo nada sobre música, supongo que en cierta medida porque al final la temática predominante (montaña y demás) hace que en esa escasez general de entradas la criba la sufran más los temas menos habituales.
En todo ese tiempo desde junio de 2016 he vivido, supongo (tampoco lo recuerdo todo), muchos buenos momentos musicales, pero el caso es que en los últimos meses, en los de este mismo año 2019, he aumentado la asiduidad de asistencia a actuaciones en directo, prácticamente a niveles de mis mejores tiempos en ese ámbito (también, en parte, por aquello de tirar para adelante en momentos difíciles). El caso es que, unas veces por repertorios, otras por calidad de sonido, y otras por otras razones, en general me he encontrado con más decepciones que alegrías. Y en medio de todas las decepciones, la actuación que ha sobresalido sobre las demás, con enorme diferencia, y la única que de verdad me ha hecho escapar, fue la de la cantante francesa ZAZ, en Abril.
No sé si en el motivo podrá haber algo de la diferenciación en los géneros o estilos respecto a lo que suelo escuchar desde hace mucho (y que caracterizó el resto de conciertos), y por tanto en romper con la “rutina”, pero el caso es que la actuación de ZAZ en Madrid logró provocarme un verdadero subidón de ánimo, hasta el punto de llegar al nivel de la emoción, al de la sonrisa simultaneada con la lágrima. Creo que lo que esta artista y sobre todo persona (Isabelle Geffroy) es capaz de transmitir sobre el escenario trasciende lo musical, aunque sea la música el mejor medio con que lo codifica. Y parte de la demostración de esto que digo está también en la propia y casi constante sonrisa de la cantante, que de alguna manera sabe que está haciendo muchísimo más que cantar o interpretar. Está transmitiendo, directamente, vida. Hace escapar porque hace que los asistentes se sientan más vivos.
Volviendo a lo de los géneros, tengo una sensación encontrada pero finalmente poco significante, en el hecho de que actualmente la parte que más me gusta de toda su música, el gypsy jazz, esté más diluida entre estilos varios más cercanos a pop (que siempre ha desarrollado, pero antes algo menos). Sin embargo, la ventaja es que su concierto fue uno de los más versátiles que he presenciado en toda mi vida, y eso llevó a todo un espectáculo en el que era difícil aburrirse (otro “zasca” a la maldita rutina).
En cualquier caso, creo que la cosa va más allá de lo que fue el directo. Semanas antes, viendo en casa su concierto de la época del disco “Paris” (ésta si fue una actuación verdaderamente más jazz) ya tuve un anticipo de la inyección de ánimo que iba a presenciar en vivo, y la sensación también había sido esa misma: Puro agradecimiento a alguien que, sin conocerte de nada, te está haciendo feliz durante lo que dura el DVD.
Solo me queda dar las gracias a mi amiga Maura por haberme descubierto a esta artistaza hace unos años.
En todo ese tiempo desde junio de 2016 he vivido, supongo (tampoco lo recuerdo todo), muchos buenos momentos musicales, pero el caso es que en los últimos meses, en los de este mismo año 2019, he aumentado la asiduidad de asistencia a actuaciones en directo, prácticamente a niveles de mis mejores tiempos en ese ámbito (también, en parte, por aquello de tirar para adelante en momentos difíciles). El caso es que, unas veces por repertorios, otras por calidad de sonido, y otras por otras razones, en general me he encontrado con más decepciones que alegrías. Y en medio de todas las decepciones, la actuación que ha sobresalido sobre las demás, con enorme diferencia, y la única que de verdad me ha hecho escapar, fue la de la cantante francesa ZAZ, en Abril.
No sé si en el motivo podrá haber algo de la diferenciación en los géneros o estilos respecto a lo que suelo escuchar desde hace mucho (y que caracterizó el resto de conciertos), y por tanto en romper con la “rutina”, pero el caso es que la actuación de ZAZ en Madrid logró provocarme un verdadero subidón de ánimo, hasta el punto de llegar al nivel de la emoción, al de la sonrisa simultaneada con la lágrima. Creo que lo que esta artista y sobre todo persona (Isabelle Geffroy) es capaz de transmitir sobre el escenario trasciende lo musical, aunque sea la música el mejor medio con que lo codifica. Y parte de la demostración de esto que digo está también en la propia y casi constante sonrisa de la cantante, que de alguna manera sabe que está haciendo muchísimo más que cantar o interpretar. Está transmitiendo, directamente, vida. Hace escapar porque hace que los asistentes se sientan más vivos.
Volviendo a lo de los géneros, tengo una sensación encontrada pero finalmente poco significante, en el hecho de que actualmente la parte que más me gusta de toda su música, el gypsy jazz, esté más diluida entre estilos varios más cercanos a pop (que siempre ha desarrollado, pero antes algo menos). Sin embargo, la ventaja es que su concierto fue uno de los más versátiles que he presenciado en toda mi vida, y eso llevó a todo un espectáculo en el que era difícil aburrirse (otro “zasca” a la maldita rutina).
En cualquier caso, creo que la cosa va más allá de lo que fue el directo. Semanas antes, viendo en casa su concierto de la época del disco “Paris” (ésta si fue una actuación verdaderamente más jazz) ya tuve un anticipo de la inyección de ánimo que iba a presenciar en vivo, y la sensación también había sido esa misma: Puro agradecimiento a alguien que, sin conocerte de nada, te está haciendo feliz durante lo que dura el DVD.
Solo me queda dar las gracias a mi amiga Maura por haberme descubierto a esta artistaza hace unos años.
martes, 7 de mayo de 2019
Alex Honnold y Carlos Soria, lo titánico y lo humano
De entrada, una aclaración: Los adjetivos del título de este post no están referidos respectivamente a cada uno de los protagonistas, sino que los dos se refieren a ambos, porque en ambos casos hay un aspecto grandioso en lo que hacen, y en ambos casos hay una parte humana, por cierto muy diferente -pero vagamente relacionada- en cada uno.
En el caso del canadiense Alex Honnold, protagonista del documental ganador del premio Óscar en su última edición, no hace falta aclarar mucho lo épico de su gesta; escalar sin cuerda una pared como la de El Capitán en Yosemite es, sencillamente, algo del todo excepcional, algo al alcance de prácticamente nadie. Para entenderlo ni siquiera vale con ver la película, Free Solo; salvo para otros escaladores libres, calibrar la dificultad -técnica, física y sobre todo psicológica- de la gesta es imposible, independientemente de valoraciones éticas.
A lo que me ayudó más ver el documental fue a sufrir la parte humana de la historia. Y esta se refiere, sobre todo, a las personas que rodean al escalador en su vida personal. Y tampoco me parece que sea fácil vivir con algo así. No puedes -en principio- negar a alguien la libertad de elegir hacer aquello que en la vida le da sentido e impulso para seguir adelante, pero claro, cuando es la propia vida la que está en juego, el sufrimiento anímico que conlleva alrededor es difícil. Es complicado empatizar, y no hablo aquí precisamente de las típicas frases cuñadiles de “esa gente está loca”, “son unos insensatos”, “no vale la pena jugarse la vida por eso”, etc., etc. Es mejor ver el documental para que cada uno saque sus conclusiones. Eso sí, la sencillez con la que Honnold afronta su elección es, al mismo tiempo, sorprendente y comprensible: Es su vida, y además su actividad deportiva está profesionalmente estudiadísima y cuidadísima al milímetro: no es precisamente alguien que no sepa lo que hace. Lo más alejado de un loco, vaya. Y aun así, cuesta entenderlo.
Por similares fechas al día que vi el documental, asistí a una conferencia del alpinista natural de Ávila, Carlos Soria, el más veterano del mundo en ascender a la mayoría de las montañas de más de ocho mil metros. De nuevo la gesta titánica vuelve a estar aclarada, sin necesitar explicación alguna. Pero de nuevo pasa algo similar a lo último que decía sobre Alex Honnold: la sencillez con la que Soria explicó su vida alpinista podría ser similar, o incluso más humilde en muchos casos, que las batallitas de cualquier montañero aficionado de cordilleras ibéricas y nivel de dificultad más bien bajo. Es cierto que no hay un aspecto psicológico tan extremo como en el caso del canadiense; ahí está la gran diferencia. Soria es alguien que transmite amor por la montaña, cariño por sus experiencias vividas, e ilusión por lo que pueda deparar el futuro. Y ojo que a veces también escala sin cuerda (cosas de mucha menor dificutad). Sin duda resultó una charla muy agradable, el tipo de sentimiento del que uno querría estar siempre impregnado; Y a él le ha durado -de momento- hasta los 80 años... y luego otros tenemos baches muchas décadas antes...
En el caso del canadiense Alex Honnold, protagonista del documental ganador del premio Óscar en su última edición, no hace falta aclarar mucho lo épico de su gesta; escalar sin cuerda una pared como la de El Capitán en Yosemite es, sencillamente, algo del todo excepcional, algo al alcance de prácticamente nadie. Para entenderlo ni siquiera vale con ver la película, Free Solo; salvo para otros escaladores libres, calibrar la dificultad -técnica, física y sobre todo psicológica- de la gesta es imposible, independientemente de valoraciones éticas.
A lo que me ayudó más ver el documental fue a sufrir la parte humana de la historia. Y esta se refiere, sobre todo, a las personas que rodean al escalador en su vida personal. Y tampoco me parece que sea fácil vivir con algo así. No puedes -en principio- negar a alguien la libertad de elegir hacer aquello que en la vida le da sentido e impulso para seguir adelante, pero claro, cuando es la propia vida la que está en juego, el sufrimiento anímico que conlleva alrededor es difícil. Es complicado empatizar, y no hablo aquí precisamente de las típicas frases cuñadiles de “esa gente está loca”, “son unos insensatos”, “no vale la pena jugarse la vida por eso”, etc., etc. Es mejor ver el documental para que cada uno saque sus conclusiones. Eso sí, la sencillez con la que Honnold afronta su elección es, al mismo tiempo, sorprendente y comprensible: Es su vida, y además su actividad deportiva está profesionalmente estudiadísima y cuidadísima al milímetro: no es precisamente alguien que no sepa lo que hace. Lo más alejado de un loco, vaya. Y aun así, cuesta entenderlo.
Por similares fechas al día que vi el documental, asistí a una conferencia del alpinista natural de Ávila, Carlos Soria, el más veterano del mundo en ascender a la mayoría de las montañas de más de ocho mil metros. De nuevo la gesta titánica vuelve a estar aclarada, sin necesitar explicación alguna. Pero de nuevo pasa algo similar a lo último que decía sobre Alex Honnold: la sencillez con la que Soria explicó su vida alpinista podría ser similar, o incluso más humilde en muchos casos, que las batallitas de cualquier montañero aficionado de cordilleras ibéricas y nivel de dificultad más bien bajo. Es cierto que no hay un aspecto psicológico tan extremo como en el caso del canadiense; ahí está la gran diferencia. Soria es alguien que transmite amor por la montaña, cariño por sus experiencias vividas, e ilusión por lo que pueda deparar el futuro. Y ojo que a veces también escala sin cuerda (cosas de mucha menor dificutad). Sin duda resultó una charla muy agradable, el tipo de sentimiento del que uno querría estar siempre impregnado; Y a él le ha durado -de momento- hasta los 80 años... y luego otros tenemos baches muchas décadas antes...
viernes, 12 de abril de 2019
Dersú Uzalá (Vladímir Arséniev)
Cuando vi la película Dersu Uazala de Akira Kurosawa hace unos años, comentaba en una entrada de este blog que, habiéndome gustado, no llegó a entusiasmarme emocionalmente, pensando entonces que tal vez me faltaba más costumbre hacia un tipo de cine menos occidental, o quizá los valores que transmitía ya me habían llegado previamente en muchos otros referentes, personales o culturales / artísticos, y ya era un tema que no me resultaba novedoso.
Más o menos por aquella época, el regreso al sentimiento de la relación con la naturaleza seguramente ya había dejado de resultarme un descubrimiento emocionante, para pasar a convertirse paulatinamente en algo dado por hecho y que, pese a seguir siendo básico en mi manera de ser y sobre todo de sentir, ya no me llevaba a maravillarme con la sensación de identificación con quienes realmente exploraron la terra incognita que todavía quedaba hasta finales del siglo XIX – principios del XX, y que sí había disfrutado hasta pocos años antes cuando leía a los Henry Russell y compañía.
Ahora, el sentimiento está todavía más sumergido entre otras muchas impresiones personales provocadas por experiencias que al final acaban sepultando el interrogante que da título a este blog, casi haciéndolo parecer una preocupación trivial o incluso frívola, filosofía innecesaria: Llega un punto en que esto es vivir y punto, “tirar para adelante, que no hay otra”. Eso no quita que precisamente el obligarme a seguir saliendo al campo (entre otras distracciones) me siga sirviendo para no pensar en otras cosas. Pero eso ya casi suena más a terapia que a evasión. En este nuevo marco, haberme puesto a leer el libro de Vladímir Arséniev en que se basa la película de Kurosawa quizá no haya sido la mejor manera (o el mejor momento) de tratar de captar lo que hace unos años no capté. Pero tampoco sé si habría sido muy distinto hace unos años. Y, en cualquier caso, he ido cogiéndole apego a la obra según iba avanzando, muy lenta y pausadamente por cierto, a lo largo de sus páginas.
Así las cosas, empecé a leer Dersu Uzala cuando la oscuridad aludida directa o indirectamente en los títulos de entradas anteriores del blog todavía resultaba intensa y frecuente (aún sigue apareciendo, pero menos), tras uno de los momentos más duros (si no el más) de mi vida. En ese estado, esos capítulos rebosantes de descripción naturalista que a un amante de la naturaleza y titulado en Forestales como yo le deberían como mínimo haber llamado la atención, de pronto me parecían rutinarios, incluso tediosos, con esa estructura meticulosa basada en la geografía de los afluentes y subafluentes del Río Ussuri, sus kilómetros, sus orientaciones y montones y montones de topónimos, seguidos de la descripción de la geología, la flora y la fauna. De repente me veía trasladado a las insulsas lecciones de geografía del colegio, cuando había que aprender datos con esfuerzo y por obligación en vez de aprehenderse por gusto sin esfuerzo alguno (la diferencia entre aprender las cordilleras en un libro de Naturales o impregnarse de ellas cuando se recorren con los pies, al natural). También yo me veía intentando acabar cada capítulo por obligación. Y todo ello sin apenas disfrutar de los escasos momentos que los primeros capítulos dedican a anécdotas y aspectos más humanos.
Todo lo cual me llevó , sin pretenderlo, a llegar a pasar varias semanas sin ojear siquiera el libro. Pero el tiempo fue pasando y, también como he ido aludiendo en esos títulos de las últimas entradas, la luz fue regresando. Nunca (o al menos todavía) como antes, pero sí recordando sentimientos aparentemente olvidados. El “viviendo” se fue haciendo más llevadero con los días, y al recuperar la lectura del libro lo fui encontrando paulatinamente más entrañable. Incluso la rutina geográfica se había convertido en una especie de música reconocible, que hacía más entretenido el lapso entre una aventura y otra en esta historia de exploración en varios sentidos, donde el hombre civilizado se encuentra con el nativo de la taiga y aprende a entender el entorno salvaje de otra forma. Y sobre todo, aprende a valorar el humanismo desde otra profundidad, la que aporta el hombre que no ha sido contaminado por las miserias del desarrollo rapaz, y que cuando trata de adaptarse a las comodidades del mundo moderno se siente más incómodo.
Ahora supongo que me quedaría esperar a otro momento aún más propicio, y volver a ver la película que hace unos años no acabé de captar en todo su significado emocional. Lo dejo pendiente, como cuando en este blog me marcaba planes (qué tiempos aquellos...)
Más o menos por aquella época, el regreso al sentimiento de la relación con la naturaleza seguramente ya había dejado de resultarme un descubrimiento emocionante, para pasar a convertirse paulatinamente en algo dado por hecho y que, pese a seguir siendo básico en mi manera de ser y sobre todo de sentir, ya no me llevaba a maravillarme con la sensación de identificación con quienes realmente exploraron la terra incognita que todavía quedaba hasta finales del siglo XIX – principios del XX, y que sí había disfrutado hasta pocos años antes cuando leía a los Henry Russell y compañía.
Ahora, el sentimiento está todavía más sumergido entre otras muchas impresiones personales provocadas por experiencias que al final acaban sepultando el interrogante que da título a este blog, casi haciéndolo parecer una preocupación trivial o incluso frívola, filosofía innecesaria: Llega un punto en que esto es vivir y punto, “tirar para adelante, que no hay otra”. Eso no quita que precisamente el obligarme a seguir saliendo al campo (entre otras distracciones) me siga sirviendo para no pensar en otras cosas. Pero eso ya casi suena más a terapia que a evasión. En este nuevo marco, haberme puesto a leer el libro de Vladímir Arséniev en que se basa la película de Kurosawa quizá no haya sido la mejor manera (o el mejor momento) de tratar de captar lo que hace unos años no capté. Pero tampoco sé si habría sido muy distinto hace unos años. Y, en cualquier caso, he ido cogiéndole apego a la obra según iba avanzando, muy lenta y pausadamente por cierto, a lo largo de sus páginas.
Así las cosas, empecé a leer Dersu Uzala cuando la oscuridad aludida directa o indirectamente en los títulos de entradas anteriores del blog todavía resultaba intensa y frecuente (aún sigue apareciendo, pero menos), tras uno de los momentos más duros (si no el más) de mi vida. En ese estado, esos capítulos rebosantes de descripción naturalista que a un amante de la naturaleza y titulado en Forestales como yo le deberían como mínimo haber llamado la atención, de pronto me parecían rutinarios, incluso tediosos, con esa estructura meticulosa basada en la geografía de los afluentes y subafluentes del Río Ussuri, sus kilómetros, sus orientaciones y montones y montones de topónimos, seguidos de la descripción de la geología, la flora y la fauna. De repente me veía trasladado a las insulsas lecciones de geografía del colegio, cuando había que aprender datos con esfuerzo y por obligación en vez de aprehenderse por gusto sin esfuerzo alguno (la diferencia entre aprender las cordilleras en un libro de Naturales o impregnarse de ellas cuando se recorren con los pies, al natural). También yo me veía intentando acabar cada capítulo por obligación. Y todo ello sin apenas disfrutar de los escasos momentos que los primeros capítulos dedican a anécdotas y aspectos más humanos.
Todo lo cual me llevó , sin pretenderlo, a llegar a pasar varias semanas sin ojear siquiera el libro. Pero el tiempo fue pasando y, también como he ido aludiendo en esos títulos de las últimas entradas, la luz fue regresando. Nunca (o al menos todavía) como antes, pero sí recordando sentimientos aparentemente olvidados. El “viviendo” se fue haciendo más llevadero con los días, y al recuperar la lectura del libro lo fui encontrando paulatinamente más entrañable. Incluso la rutina geográfica se había convertido en una especie de música reconocible, que hacía más entretenido el lapso entre una aventura y otra en esta historia de exploración en varios sentidos, donde el hombre civilizado se encuentra con el nativo de la taiga y aprende a entender el entorno salvaje de otra forma. Y sobre todo, aprende a valorar el humanismo desde otra profundidad, la que aporta el hombre que no ha sido contaminado por las miserias del desarrollo rapaz, y que cuando trata de adaptarse a las comodidades del mundo moderno se siente más incómodo.
Ahora supongo que me quedaría esperar a otro momento aún más propicio, y volver a ver la película que hace unos años no acabé de captar en todo su significado emocional. Lo dejo pendiente, como cuando en este blog me marcaba planes (qué tiempos aquellos...)
martes, 19 de marzo de 2019
domingo, 16 de diciembre de 2018
martes, 4 de diciembre de 2018
Los recuerdos que siempre me acompañarán
Ser buena persona no consiste en aparentarlo. Tú lo eras, y eso fue mucho más que suficiente.
Te agradezco toda mi vida contigo, papá. Espero que los últimos años, y todos, te haya aportado tanto como tú a mí.
Igual que dije cuando mamá, no me alegra, pero si me consuela (ahora menos que entonces), que hayas podido escapar.
Nunca podré llegar a agradeceros todo lo que me disteis, e incluso me seguís dando. Os echo mucho de menos. Os recordaré siempre.
Te agradezco toda mi vida contigo, papá. Espero que los últimos años, y todos, te haya aportado tanto como tú a mí.
Igual que dije cuando mamá, no me alegra, pero si me consuela (ahora menos que entonces), que hayas podido escapar.
Nunca podré llegar a agradeceros todo lo que me disteis, e incluso me seguís dando. Os echo mucho de menos. Os recordaré siempre.
lunes, 24 de septiembre de 2018
viernes, 7 de septiembre de 2018
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