martes, 29 de septiembre de 2015

Sierra Nevada, Valle de Estós y El Cancho: Reconstruida la isla del montañismo



A riesgo de resultar repetitivo en la temática “Inside Out”, me veo obligado a revisar las conclusiones a las que llegué tras en la entrada sobre el Midi d`Ossau, ya que las experiencias montañeras vividas durante el pasado mes de agosto me han llevado a otro punto de vista, bastante más positivo si cabe que el reflejado entonces. Dije que las emociones parecían estar más contenidas… ¡pues toma ración de nuevos recuerdos, no sé si esenciales, pero sí imborrables!


Sierra Nevada




En Sierra Nevada me reencontré con las viejas excursiones tipo travesía de gran desnivel y kilometraje, de varios días, con macutón a la espalda, y paisajes montañosos verdaderamente imponentes, a un nivel que diría que no experimentaba desde hacia tres años, cuando conocí los circos de Oulettes de Gaube y Gavarnie. No es que las emociones se manifestaran a lo grande, pero por un lado me sentí con ganas de andar, de ascender, de alcanzar nuevos tresmiles; y por otro me volvió a absorber y evadir la grandeza de un paraje de dimensiones impresionantes como las caras norte de La Alcazaba y El Mulhacén, cuando están tan cerca que parece que se te van a caer encima. Era algo que también llevaba tiempo sin percibir como en esta ocasión, pero de momento sin alcanzar el éxtasis contemplativo.





Era una ruta añorada desde hacía muchos años, tantos como los que pasaron desde la primera vez que subí a la cima de la Península Ibérica en 2003, y quise recorrer aquel valle que se veía desde arriba hasta la idílica Laguna de la Mosca. Sin duda ha formado parte esencial  de este final del proceso de reconstrucción de la isla del montañismo, y es curioso que la última vez que estuve en Sierra Nevada fue la que dio lugar al famoso replanteo o paréntesis, del que tanto he hablado por aquí, y cuyos efectos sobre mi afición a la montaña, aunque con altibajos, podrían parecerse lejanamente a la paralización de las islas y confusión de las emociones en la película de Pixar.






Descripción en Pirineos 3000



Valle de Estós




En este nuevo viaje al Pirineo es donde mejor se ha manifestado la metáfora con Inside Out. Nuevamente ha sido un periplo montañero con ganas de esfuerzo deportivo y resultados satisfactorios, acompañados del disfrute de un paisaje embriagador, tan bonito y bucólico por su vida y color como espectacular por sus altivos desniveles.






Pero sobre todo ha sido, como decía, el lugar donde he recibido otra verdadera lección emocional, saboreando un momento inolvidable. Esto tuvo lugar durante el objetivo principal del viaje, quitarme la espina del intento fallido de ascensión al Perdiguero, cuatro años antes. Al llegar al Collado Ubago, donde conecté con la ruta que hice entonces, y reconocer de nuevo el maravilloso paisaje del Valle de Literola, registrado en mi memoria en aquel día de tanto esfuerzo aparentemente infructuoso, el recuerdo (tal vez esencial) activó mis emociones de una manera que no sentía en la montaña desde la Ascensión al Mont Blanc, pero además con una intensidad multiplicada, y una posibilidad de desahogo absoluta, sin ningún tipo de pudor, al estar completamente solo en ese momento. Felicidad de la de verdad, de la que hace llorar a moco tendido mientras te es imposible borrar la sonrisa que tienes dibujada en la cara. Ya sabía que esta vez sí iba a llegar a la cima del Perdiguero, pero eso era lo de menos, pues también sabía que el momento culminante era ese, aunque aún me quedaran 500 metros de ascensión, que en cualquier caso hice, para comprobar que efectivamente la cumbre fue más anecdótica que emocionante. No siempre la recompensa está arriba del todo, pero hay que tener el objetivo de alcanzar la cima para poder pasar por todos los lugares que te pueden hacer sentir algo especial. En cualquier caso, eso de que Alegría estaba como agazapada últimamente, como dije en la entrada del Midi d´Ossau, se borró de un plumazo en ese momento del Collado Ubago.






Los dos días restantes del viaje, ya con la mencionada isla del montañismo conscientemente reactivada, me llevaron a sensaciones más relajadas pero en cualquier caso más entusiastas que la mayoría de las de los últimos meses (y años) en la montaña. De nuevo como en Sierra Nevada, estaba con ganas de conquistar, no cimas ni trofeos, sino recuerdos, imágenes, satisfacciones por ver que sigo teniendo capacidad para lograr lo que me propongo y disfrutar lo que la naturaleza nos ofrece. El día de los Picos de Clarabide y Gías en plan deportivo, sumando más tresmiles que nunca en un solo día, y el del regreso a Benasque necesitando parar cada dos por tres a empaparme de las bellezas del Valle de Estós, porque el cuerpo me pedía, como un niño, disfrutar de cada salto de agua que iba encontrando en el tramo de las Gorges Galantes. Una sensación de perder la noción del tiempo, alcanzando el mencionado éxtasis contemplativo, que hacía mucho que no me ocurría.






Descripciones en Pirineos 3000:

Perdiguero.

Clarabide y Gías.


El Cancho




En comparación con todo lo vivido durante el mes previo, desde el Midi d`Ossau, El Cancho parecía a priori un objetivo de menor relevancia, pero al mismo tiempo tenía su motivación en el hecho de ser mi tercer intento a esta montaña más o menos olvidada de Gredos. Posiblemente la ilusión previa habría sido mayor sin los éxitos inmediatamente anteriores haciendo sombra, aunque también estaba el hecho de sentirme, ahora sí, nuevamente “on fire” en el ánimo montañero, el cual no habría sido el mismo sin el Midi, Sierra Nevada y el Valle de Estós (paradoja). Por otro lado, el recuerdo (esencial o no) en este caso del primer intento me retrotraía a vivencias personales que sí son, seguro, básicas de aquella época de mi vida y para el resto de la misma, en lo que se refiere a mi familia.




El desarrollo de esta ascensión estuvo nuevamente caracterizado por una estrategia montañera basada en un ritmo de marcha perseverante, deportivo, huyendo de la pachorra, tomando el objetivo de hacer cima como un reto que había que cumplir sí o sí, aunque por la marcha pudieran surgir apetencias más contemplativas. Ya en la bajada me lo pude plantear de otra manera. Y aunque a la tercera fue la vencida, tampoco me lo tomé en plan triunfal ni mucho menos. Disfruté más de lo vistoso y salvaje del entorno, más de lo que esperaba, y de la sobrecogedora soledad en mucha distancia a la redonda.




En la cima, quise buscar la emoción esta vez con la ayuda de la música; tras varias canciones que no surtieron efecto, la encontré cuando mis pensamientos, de nuevo centrados en cuestiones familiares y en etapas de mi pasado, quedaron fundidos con la preciosa balada “Dante´s Prayer” de Loreena McKennit, haciendo que en este caso apareciera Tristeza manejando los resortes de mi mente. Y mientras Loreena insistía con la frase final “Please remember me”, yo pensaba ¿cómo voy a olvidarte, si eres mi pasado, y sin ti no puedo explicarme lo que soy? Sin ti no estaría ahora aquí arriba, contemplando este último paisaje de mi agosto de 2015.



Y sí, como en la película, necesitaba también esas lágrimas de Tristeza, tanto como las de Alegría en el Collado Ubago.

Descripción en Pirineos 3000.



¿Y ahora…?

Porque claro, por muy reconstruida que parezca que está de nuevo la isla, con sus nuevas y actuales características, de la misma manera que se ha vuelto a levantar puede volver a caer. También parecía que tras el Mont Blanc estaba de nuevo motivado, pero precisamente la dificultad de superar algo así volvía todo lo posterior demasiado modesto. Y nunca falta el riesgo de una mala experiencia psicológica puntual, muy de Inside Out, como fue algún momento de Semana Santa de 2005 en Aigüestortes…

De momento, mi idea es agarrarme a lo que creo que ha impulsado silenciosamente que estos viajes de este verano hayan dado tantos frutos anímicos, y que no es otra cosa que la constancia. La constancia en la búsqueda de la exigencia física en excursiones, que ya tuvo un primer capítulo en diciembre de 2012, germen de la motivación para el Mont Blanc, y que más tarde ha dado lugar a esas ascensiones “contra el cronómetro” que, en contra de lo que nunca habría pensado, me están resultando muy entretenidas, y caldo de cultivo para proponerme proyectos un tanto firquis, pero en cualquier caso atractivos y activadores del ánimo (posiblemente hablaré de ello por aquí en algún momento). De momento ya he disfrutado de dos excursiones en septiembre siguiendo esa dinámica, en La Maliciosa y La Covacha, y el cumplir con lo planeado y sentirme tan bien físicamente me sigue impulsando a ir a por más. Paralelamente, lo experimentado en cuanto a crecimiento y aprendizaje con la escalada en los últimos tres años es otra metáfora de esa misma constancia (también tengo pendiente hablar de ello).



Al final, partido a partido, se acaban logrando cosas. Y eso vale para todo, para la vida misma. Pero nunca si no hay algo más que la simple anécdota de “tocar el hito de la cima”. Hay que subir, pero con el objetivo de sentir.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Everest (Baltasar Kormákur)

Desde que leí “Mal de altura” de John Krakauer tengo pendiente dedicarle una entrada, pero también es verdad que lo quise dejar pospuesto a la lectura del otro libro que se escribió acerca de los hecho acaecidos en el Everest en Mayo de 1996, “Everest 1996” de Anatoli Bukreev. Ahora que iba a estrenarse la película basada en la misma historia real, había pensado incluso que la entrada podría haber conjugado las tres obras en un mismo post, pero vista la película, creo que esta va a aportar poco o nada, argumentalmente, a lo que seguramente ofrecen los libros (desde luego ya lo sé en el caso del de Krakauer), así que haré un no muy extenso comentario acerca del film, una vez visto.

En resumidas cuentas ya lo he dicho: Los hechos narrados en “Everest” de Baltasar Kormákur no dicen nada que no se supiera ya. La película es visualmente espectacular, más o menos emotiva, y no cae en excesos sensacionalistas, que es lo que aparentaba el tráiler, y todo eso se agradece. Pero el trasfondo de la historia reclamaba algo más de “chicha”. Entiendo que, dada la polémica que generaron en su día tanto los sucesos como el propio libro de Krakauer, tal vez los realizadores no se han atrevido a afrontar más de cara el drama y sus interpretaciones, limitándose a una exposición bastante aséptica. Pero eso último tal vez también habría sido posible sin dejar de lado una visión algo más profunda, más humana y racional de los hechos. A mi juicio queda un tanto plana en cuanto al guión, casi tipo documental, exceptuando algunos detalles.

Junto a todo ello, las frases sobre enfrentarse a la montaña y no a los otros montañeros, o sobre las razones emocionales que llevan a una pasión tan arriesgada, resultan estar más que repetidas a estas alturas. Para el aficionado al alpinismo que acuda al cine no habrá ninguna aportación que no haya leído antes en muchos libros (o mejor, sentido por sí mismo), y para el aficionado al cine pero neófito en montañismo, más allá de ver una decente película de acción, probablemente la sensación será la que ya tiene gracias al tratamiento mediático de este mundo: Que todo lo que tiene que ver con el alpinismo parece estar única y exclusivamente relacionado con los accidentes mortales. No me imagino cuánta gente iría a las playas si sólo se hablara de los que se ahogan en las mismas (este verano es la primera vez que se recoge el dato, y han sido unos 150 en España), o qué pasaría si en vez de anuncios de coches se pusieran imágenes de accidentes mortales en carretera…

Al final, los montañeros siempre echaremos en falta películas que traten la parte amable de la montaña, y que realmente trasladen el sentimiento que lleva a explorarlas, junto con las sensaciones que se viven arriba, y que más allá del logro de su conquista (que tampoco difiere en exceso de otras historias típicas sobre el éxito), conlleva una interiorización que pocos directores de cine deben ser capaces de plasmar, y sobre todo muy pocos estudios deben estar dispuestos a financiar. Si no hay muerte, no hay de lo que hablar.

Sobre el trasfondo de la historia real, espero poder escribir por aquí alguna vez, cuando como he dicho haya leído el libro de Bukreev, pero puede que para entonces también tenga que revisar el de Krakauer…

sábado, 19 de septiembre de 2015

Inside Out: ¿escapar de la nostalgia o hacia ella?

Dije que dedicaría un post al último título de la factoría Pixar, ya que es una de las películas que más me han tocado la fibra en muchos años, pero que antes la vería por segunda vez. Ahora que ya había cumplido con esto, no sabía qué expresar exactamente ni cómo, sobre todo sin repetir lo obvio o lo que ya se ha dicho en múltiples medios, pero en el fondo había una manera interesante y sincera –por mi parte- de tratarlo, en la que además el título de la entrada quedaba niquelado con el del blog (y no es postureo, salió así de forma natural, lo juro).

Tras el primer visionado de Inside Out, la sensación es que prevalece el asombro ante el poder narrativo de la cinta; cómo consigue tratar un tema tan complejo como la psicología de manera que resulte liviano, didáctico, divertido, emocionante, fantástico e incluso épico, mezclando tantos conceptos y sin decaer jamás en el ritmo, a pesar de sus muy diferentes facetas y tempos. Por supuesto que los detalles más intimistas también calan, y mucho, pero como una más de todas esas características.

Sin embargo, la segunda vez la película me pareció menos complicada; en contra de lo que esperaba, no encontré muchos más detalles de los que percibí mes y medio antes. Volvió a parecerme una genialidad narrativa, porque volví a disfrutarla de principio a fin sin que decayera la emoción, pero ya sin el asombro ante lo aparentemente increíble que resulta el desarrollo del planteamiento la primera vez. Sin embargo, esto no fue una decepción, porque abrió paso a lo que creo que convierte a esta película en una obra maestra, y que esta segunda vez se manifestó con mayor poderío si cabe que la primera: Su capacidad incomparable para definir el sentimiento de la nostalgia.

Y es precisamente en este aspecto donde encuentro la materia para conectar el sentimiento de la película con el del blog. El planteamiento de Inside Out lleva a la necesidad de afrontar esa nostalgia, de no huir de ella, para poder pasar la página de nuestra vida anterior e irrecuperable y seguir adelante, lo que de entrada es contrario a lo mucho que nos han hablado siempre acerca de sonreír siempre y sin más ante los malos momentos. Y sin negar en absoluto esa valiosa auto – terapia de asumir la tristeza (válida a cualquier edad, por cierto), se produce aquí la (otra) paradoja: la de la posibilidad amarga pero reconfortante de quedarse anclado a ese pasado, a esa nostalgia que nos da pena pero que sigue pareciéndonos preferible a posibles presentes más vacíos o decepcionantes, insuficientes para tener ganas de seguir. Porque en definitiva hace falta sentir para seguir, ya sea esa emoción positiva o negativa.

De ahí que a veces se pueda llegar a dudar si es del presente de lo que queremos o necesitamos escapar, o bien del pasado. No siempre estamos satisfechos de ser lo que somos, o de en qué se ha convertido nuestra vida con el paso de los años (sobre todo si teníamos otras expectativas), pero tampoco sabemos hacia dónde regresar, ni cómo volver a un estado del que nuestros recuerdos se han convertido en difusos, grises, e incluso se desvanecen como ceniza amontonados en el fondo del almacén de la memoria borrada. Todo lo que se desmorona hacia ese pozo a lo largo de la película me produce un poderosísimo sentimiento de pérdida de la inocencia, de demolición de la infancia, que todos hemos vivido, y que es representado en pantalla y transmitido con una convicción increíble. Inevitable, pero siempre triste.

Al final, la salida a este dilema anímico creo que está en una idea tan cierta como lo dicho hasta ahora, y además muy simple: Lo que nos producirá nostalgia en el futuro será lo que vivamos en el presente, así que mejor aprovecharlo ahora que cuando ya sea inalcanzable más adelante (y sin pensar tampoco mucho en ello, porque podría llevar a otro tipo de nostalgia peor: la que se proyecta hacia el futuro…)

Conclusión: En este caso, mejor vivir que escapar (pero sin olvidar del todo, ojo).

sábado, 1 de agosto de 2015

Midi d`Ossau, una experiencia Inside Out





En el montañismo, son Atracción y Deseo las emociones con las que arranca toda futura ascensión, las chispas que activan los motores del compromiso y el esfuerzo que hay que hacer para llegar a la cima. En el caso del Midi d`Ossau, es el ejemplo perfecto de montaña que por su belleza y altivez pone automáticamente en marcha esos sentimientos a cualquier amante de lo inhóspito.



Luego, durante la ascensión, pueden entrar en juego otras emociones. Alegría llega a estar presente a veces, pero en mi caso más bien he experimentado casi siempre un tipo de sentimiento más sereno; quizá éxtasis contemplativo suene demasiado rimbombante, así que lo dejaré en el nombre de la emoción protagonista. Y es curioso, porque muchas veces esa serenidad contemplativa en una mezcla muy bien avenida de Alegría y Tristeza: Al mismo tiempo que se siente felicidad ante tanta belleza, también se siente melancolía al percibir que hemos renunciado a vivir en esos ambientes naturales para cambiarlos por otros, que normalmente nos resultan más fríos e incluso llegan a activar con frecuencia a Ira.



Y sobre todo está Miedo. En cuántas ocasiones habrá hecho difícil esta emoción la propia activación de la chispa que decía en el primer párrafo, como si los motores estuvieran gripados, y la misma preparación previa de una actividad montañera ha estado condicionada e incluso en algún caso echada a perder. Por no hablar de cuando Miedo aparece en la propia realización de la ascensión. Entonces sí que te puedes olvidar de Alegría y del éxtasis contemplativo; lo único que quieres es salir cuanto antes de ahí. Eso sí, cuando sales, si además haces cima, puedes llegar a sentir un tipo de felicidad o satisfacción que roza la euforia.




Pero, como vengo comentando desde hace tiempo en el blog, mis emociones en la montaña –y seguramente en la vida en general- no parecen las mismas que hasta hace algunos años. La ascensión al Midi d`Ossau ha venido a confirmarme y aclararme esto un poco mejor. Y con la ayuda de esa maravillosa lección emocional que es la película Inside Out (y a la que me gustaría dedicar una entrada completa cuando la haya visto al menos por segunda vez), creo que me resulta especialmente fácil explicarlo (si es que lo he entendido bien).




La conclusión es que, en mi caso, Alegría y Miedo han aprendido a llevarse bien, para lo cual ambas han tenido que ceder un poco. Ni la alegría es tan intensa como antes, ni el miedo tampoco. Supongo que además habría que sumar a ello Atracción y Deseo, que se lo toman también con más calma. Y la consecuencia es que, en caso de que el motor no se active, o no me lleve a la cima, no hay tanta decepción, y por lo tanto Tristeza o Ira son bastante más soportables, o incluso apenas se notan.





Traducción: Hace años seguramente me habría asustado más durante las trepadas de las chimeneas del Midi (ahora sólo me ha ocurrido en la noche previa). Pero también me habría emocionado mucho más ante el extraordinario mar de nubes que contemplamos a sus pies, o al hacer cima.




Por supuesto, es verdad que los recuerdos de muchas ascensiones del pasado tienen un carácter emocional modificado. Ahora recuerdo con cariño o con humor ocasiones en las que lo pasé mal, como en los primeros intentos fracasados al Almanzor por la Garganta de Chilla, en Aigüestortes con nieve en pésimas condiciones, antes de vivaquear en pleno canchal junto al glaciar del Aneto, o bajando en plena niebla por las palas de nieve del Moncayo con el susto en el cuerpo de haber visto resbalar a unos amigos. Pero por otro lado también me produce melancolía saber que la emoción exultante de hacer primeras cimas en Guadarrama me resulta ya casi irrecuperable.




Volviendo al Midi d`Ossau, algo me dice que el mayor recuerdo durante el futuro lo voy a tener desde la perspectiva en la que antes se activaban Atracción y Deseo, o sea desde abajo y desde cierta distancia, que es desde donde más destaca esta montaña de belleza imponente, carácter aislado y arrogancia vertical. Si vuelvo a nuevos rincones y cimas del Valle de Tena, desde donde tantas veces contemplé la inconfundible figura del Midi, cogiéndole cariño y ganas en la misma proporción durante varios años, supongo que a partir de ahora me transmitirá otras emociones, lo miraré de otra forma, será un recuerdo modificado por el hecho –y el trance psicológico- de haberme atrevido a hacer cima (y haberla hecho).






Eso sí, como cierre añadiré, respecto de aquello que suelen decirnos quienes no entienden nuestra afición por el montañismo y las alturas (“¿No os importa el peligro?”, etc.). A mí sí me importa el peligro. Y sobre todo, el peligro de dejar de hacer lo que me gusta por Miedo.



Descripción en Pirineos 3000.

viernes, 1 de mayo de 2015

El último lobo (Jean-Jacques Annaud)

Me da algo de rabia pensarlo, pero es posible que el visionado de esta película me haya pillado no del todo receptivo, porque no he acabado de disfrutarla todo lo que esperaba, al mismo tiempo que, mientras la veía, comprobaba que tiene muchos de los elementos de contenido y de forma que me suelen agradar en el cine (e incluso en la vida misma), y no exentos de calidad, cosa que en cualquier caso era previsible, teniendo el cuenta la temática y el director.

Tal vez sea ese aspecto previsible lo que esta vez me ha pesado más en la receptividad, como me viene pasando en general en la montaña desde hace tiempo: De tan visto como lo tengo, ya no me sorprende tanto.

Aunque también podría ser, al mismo tiempo, algo perteneciente a la propia película. No exclusivamente por culpa de ésta, sino por la relación entre su estilo y mi costumbre cultural (o falta de ella) en lo que a cine se refiere. Algo que ya me pasó con una película de estilo y ambiente más o menos similares, de la que hablé por aquí: El clásico de Akira Kurosawa Dersu Uzala: Director japonés, escenario entre China y Rusia. En el caso de El último lobo, estamos hablando de un film producido y rodado en China, con actores chinos, dirigido por un realizador francés, que para más inri mezcla con frecuencia su estilo natural con formas y técnicas del cine comercial estadounidense, como ya mostró por ejemplo en Siete años en el Tíbet. Esto último queda de manifiesto en la épica subrayada por la –por otro lado brillante- banda sonora de James Horner, así como en las espectaculares y muy meritorias escenas de acción, con potentes planos aéreos y retoques digitales prácticamente imperceptibles; pasa lo mismo con el 3D, pero no lo voy a tratar porque la vimos en 2D (y tampoco me la imagino especialmente idónea para la tercera dimensión, la verdad).

Quizá esa mezcla de espectacularidad hollywoodiense con la narrativa típicamente delicada del cine francés y la cultura y diálogos de una China rural me dejó un tanto desconcertado en lo que a transmisión de emociones se refiere. A partir de aquí (o de mi, insisto, tal vez poco receptivo ánimo de aquel día, o bien de ambas cosas), me parece que ni la crítica que podría hacer sería del todo justa, ni los aspectos más positivos e importantes –en relación a la temática de este blog, que tiene bastante- quedarían reflejados como me habría gustado. Dicho esto, no se trata de que la película no me haya gustado, sino de que lo ha hecho en menor medida de lo que esperaba. Así pues, en cualquier caso me queda mencionar esos elementos que hacen a El último lobo especialmente apta para salir en una entrada de este blog, y que desde luego creo que en general merecen una valoración favorable.

Por un lado, el mensaje: Otra muestra más de cómo la naturaleza tiene una lógica inquebrantable que el ser humano se empeña en cambiar con su propia “lógica” caprichosa, lo que provoca una respuesta de aquella que le perjudica a él mismo. Es una idea parecida, y con la misma temática-metáfora, que en otra película que me gustó mas y de la que ya hablé, la española Entre lobos. En ambos casos se agradece, además, que no caigan en el error del exceso ecologista, tan manido a estas alturas, y que tanto daño ha hecho a la credibilidad del propio mensaje, si bien en la de Jean-Jacques Annaud se moja algo más, lo que hace que me quede con la naturalidad de la rodada por Gerardo Olivares (que por otro lado se centraba más en el aspecto humano). Hay mensajes que hablan mejor por sí solos. En cualquier caso, El último lobo no cruza la raya hacia lo maniqueo, ni mucho menos.

Por otro lado, la estética del film. Poco que decir ante los preciosos y apacibles paisajes de la estepa china, maravillosamente trasladados a la pantalla en estupendos planos panorámicos, repletos de luz, de belleza y de color, y de nuevo sin perder el tono de naturalidad propia del ambiente, sin caer en retoques superfluos. Esa traslación al cine de los ambientes naturales y rurales, que sin duda son los que me suele pedir el cuerpo y el ánimo –aunque ahora no tanto como antes, como dije al principio-, y que suele dar lugar a obras muy estimables (dos de ellas mencionadas aquí), porque creo que cine y naturaleza casan muy bien, es posiblemente lo que más me gustó de la película…

…Pues sí, otra vez más preferí la “música” antes que la “letra”, como en la anterior entrada sobre cine (y que de hecho es el post inmediatamente anterior a éste): 2001:Odisea del espacio. Aunque es cierto que, en este caso, el no apreciar por igual la letra me ha dejado un poco contrariado, de la misma manera que en la película de Stanley Kubrick es probable que el disfrute del argumento haya reforzado al de la estética.

P.D.: También estoy pensando que es posible que en lo de la “música” vaya incluido el estilo narrativo, que en el caso de El último lobo ya he dicho que no me ha convencido del todo, así que igual me estoy haciendo la picha un lío…

sábado, 25 de abril de 2015

2001: Odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968)

Lo reconozco, la letra de las canciones siempre me ha importado más bien poco, en general. En inglés sobre todo, pero incluso también en español (con más excepciones). Al final, escucho música sobre todo por la música, y supongo que por eso he acabado tendiendo a géneros y estilos especialmente instrumentales –en mayor o menor medida-, sobre todo el rock progresivo. Y si “2001: Odisea del Espacio” fuera música en vez de cine, posiblemente sería rock progresivo (con permiso de la magistral música de la banda sonora, claro).

No niego la enjundia que hay detrás de este mito del cine de ciencia ficción, e incluso disfruto mucho de su parte con más diálogos, aquella en la que la personalidad más destacada y determinante no es la de un humano, sino la del ordenador HAL 9000. Pero la inmensa mayoría del metraje es una película muda, como empezó siendo el cine, durante los suficientes años como para que el séptimo arte sentara e incluso desarrollara sus bases, antes de la aparición del sonoro. Y definitivamente es en muestras como ésta donde se ve que quien en el cine transmite y sobrecoge sin palabras (aunque con la inestimable ayuda de la música de los dos Strauss) tiene el olimpo del celuloide ganado.

Y desde luego, es el elemento “sin letra” lo que más me hizo disfrutar en el reestreno de la película de Stanley Kubrick el pasado 16 de abril. Al igual que otros muchos, acudí por primera vez en mi vida a ver esta película en pantalla grande, y la sensación de fascinación con la elegancia y la grandeza de las imágenes me llevaba a recordar inevitablemente lo vivido hace año y medio con Gravity; en este otro caso por cierto el argumento es mucho más superficial y tampoco me importó; incluso salvando las distancias, podría decir algo similar de Avatar.

El maravilloso baile inercial de las naves y estaciones espaciales al ritmo del vals de Johann Satrauss es un bálsamo para el espíritu, una verdadera escapada. Los momentos espaciales –y terrenales- más emocionantes, aderezados por “Asi habló Zaratustra” de Richard Strauss se convierten en algo sencillamente apoteósico, que hacen que sea difícil contener la excitación en la quietud de la butaca; el ritmo es lento en la pantalla, pero las pulsaciones suben en el espectador.

Incluso la psicodelia del viaje lisérgico casi al final me resultó agradablemente evasiva, y sin necesidad de tomar nada; A parte de las razones apuntadas en el primer párrafo, de la inevitable referencia del subgénero hermano del prog conocido como space rock, así como de la sinfonía prácticamente operística que de hecho es la película en sí, esa psicodelia es otro elemento para comparar las sensaciones de esta película con ese estilo que nacía en aquellos mismos finales de los 60, que es el rock progresivo.

Pero, al igual que también ocurre en los relativamente pocos momentos con letra del rock progresivo, asimismo hay en “2001”, como he dicho y es de sobra conocido, un trasfondo de gran profundidad, diversas interpretaciones, e interminables discusiones. Cuando vi la película por primera vez, hace unos 20 años (por cierto en una pantalla que no era pequeña sino lo siguiente, y que por tener algo viejos los cables el color no acababa de verse bien –era con la que jugaba con mi viejo ordenador-), desde luego entonces entendí muy pocas cosas del film. La comprendí mejor a posteriori, leyendo al respecto de la misma, y viendo la secuela (“2010: Odisea dos”, 1984), donde se explican mejor las cosas.

Dicen algunos que para entender realmente bien la película es conveniente leer la novela homónima de Arthur C. Clarke (cosa que tengo pendiente). También hay quien dice que, en cualquier caso, una película que no se explica bien a sí misma, que precisa de pistas externas para entenderse, no puede considerarse una buena película. No sé si este argumento echa por tierra mi defensa inicial del cine como arte esencialmente visual, ni tampoco si de verdad es imposible entender esta película por si misma sin ayuda ajena (o depende de la inteligencia y cultura de cada cual), ni si el razonamiento dicho es realmente importante. El caso es que, con las ayudas prestadas, el otro día si entendí el argumento mientras la veía, saqué mis propias conclusiones en algunos casos, y me pareció que todo tenía bastante sentido y estaba maravillosamente hilado. Además, disfruté de lo mucho que explican esas imágenes sin palabras pero plenas de significado, por ejemplo (y sobre todo) en toda la introducción prehistórica hasta su mencionadísima súper – elipsis temporal del hueso y la nave, que al mismo tiempo es una metáfora.

No es este el sitio para ponerme a tratar la temática del film; ya se ha hecho en muchos otros, ni yo me veo capacitado para mejorarlo –ni siquiera igualarlo-. Sólo añadiré un “osado” matiz y otra referencia – comparativa cinematográfica (si no se ha hecho ya, que lo desconozco). Lo de que el matiz sea “osado” es por el hecho de discutir a los mismísimos C. Clarke y Kubrick, que negaron la idea apuntada por muchos de que el monolito representase a dios, sino que se trataba según ellos de un elemento perteneciente a una raza extraterrestre superior. Bueno, entendiendo a dios como concepto (al margen de creencias religiosas concretas), no veo excesiva diferencia con lo de los extraterrestres: Ambas ideas hablan de lo desconocido según hechos palpables, del más allá o del cielo – espacio, y sobre todo de la posibilidad de que haya un ser o seres superiores al humano, con especial influencia en nuestras vidas (como de hecho provoca el monolito en la película, cada vez que aparece). Tampoco han sido escasas las culturas que a lo largo de la historia han relacionado ambos conceptos, ni faltan otros ejemplos cinematográficos (y aquí viene la referencia – comparativa que mencioné al principio del párrafo): La simbología que hay detrás (y no tan detrás) de “Encuentros en la tercera fase” de Steven Spielberg. Aunque también es cierto que, una vez que la historia de “2001” se supone que simboliza más bien la idea del superhombre de Nietzsche, se entiende que los tiros van más bien por la idea del filósofo alemán de que “Dios ha muerto”.

Con eso y con todo lo que falta (que no es precisamente poco), aun así me sigo quedando con la “música” más que con la letra de la película, y con todo lo que ello transmite (y desde luego también con la conexión entre ambas). Sobre todo en ese sentido, el otro día fue sin duda una de las ocasiones en las que más recuerdo haber disfrutado en el cine desde hacía mucho tiempo…

…De no ser por un problema que no tengo más remedio que mencionar: En mitad de la película, aprovechando el intermedio de la misma, aparecieron en la sala cuatro tipos disfrazados de monos haciendo chorradas y vacilando a los espectadores, al más puro estilo de animadores carnavalescos o de despedida de soltero. Ni qué decir tiene que era algo totalmente fuera de lugar, por mucho que se quiera entretener a un público joven que, si lo que buscaba era eso, desde luego no pintaba nada yendo a ver este tipo de película. La manera en que esto cortó la tensión de la película, precisamente en uno de los momentos más intensos de la misma, es el único pero de una tarde inolvidable.

Qué se le va a hacer; por muchos años de evolución que llevemos, hay quien intelectualmente todavía está mucho más cerca del hueso que de la nave…

domingo, 12 de abril de 2015

¿Existe realmente este lugar…?




¿…O tan sólo forma parte de mi imaginación, de una especie de ensoñación?

En las cuatro veces que he estado en los tres circos glaciares de Pinilla más al oeste del de El Nevero, nunca me he encontrado con nadie, ni tan siquiera con alguna señal o huella de que haya habido alguien allí recientemente. Que esto ocurra en una de las zonas de paisaje glaciar más importantes y espectaculares de una sierra tan masificada como Guadarrama, me hace pensar que acceder allí casi parece como entrar en otra dimensión, y de ahí la fantasía o el juego de imaginar que, salvo por el hecho de que una de las veces fui con un amigo, nadie podría confirmarme de primera mano que el lugar exista más allá de mis recuerdos y fotografías (subrayo lo de primera mano, porque obviamente el lugar es conocido y está documentado sobradamente).





En ese ejercicio de irrealidad supuesta ayuda la propia configuración del paisaje, con un modelado glaciar que por sí mismo ofrece siempre una estética especial, aislada, evasiva, más que la que de por sí tiene el campo, y de mayor énfasis al ser un tipo de formación relativamente escasa en Guadarrama. Si a eso le añadimos la puesta de sol, la noche, la luz de la luna y la nieve, con la claridad especial y las sensaciones de ensueño que se da en esos casos, el cuadro casi onírico queda completado.






sábado, 4 de abril de 2015

“Montañas de una vida” (Walter Bonatti, 1995)


Hay quien, por indolencia, sólo es capaz de ver en el alpinismo un medio para huir de la realidad de nuestros días. Pero no es justo. No excluyo que, ocasionalmente, pueda manifestarse en quien lo practica cierto componente de escapismo, pero este componente no debe atropellar la razón fundamental que no es huir sino alcanzar”.

Tal vez en este extracto del libro de Bonatti está la razón, o una de las razones, de que haya llegado un punto en el que ya no recibo del montañismo las mismas sensaciones y emociones de hace años: Creí que practicándolo pondría una barrera entre la decepcionante realidad y yo, pero al final la barrera acaba convertida en un espejo, que refleja precisamente la imposibilidad de huir de la realidad (la cual sigue en el mismo lado que yo respecto de la barrera – espejo).

Al mismo tiempo, “Montañas de una vida” me revela hasta qué punto no he sido del todo capaz de trasladar las enseñanzas de mis actividades en la naturaleza a la vida real, precisamente por ese empeño escapista. Y es que el texto del escalador italiano es un ejemplo de cómo el alpinismo, realizado con ética, coherencia y honestidad, puede llegar a ser una escuela para la vida cotidiana. Pero antes hace falta amar esa vida tanto o más que el propio alpinismo.

Lo que también me ha ocurrido leyendo el libro, por esos mismos motivos u otros, es que las razones morales de Bonatti en sus decisiones como alpinista, pareciéndome respetables y razonables, e incluso considerándolas admirables, me resultan más difíciles de entender en el propio mundo de la montaña que en el mundo real (no sé si es una paradoja). “Allí donde no se usan dados cargados para vencer a cualquier precio, existen aún el juego, la sorpresa, la fantasía, el entusiasmo del éxito y la duda de la derrota”, dice no sin acierto el escalador. Sin duda me parece más meritorio conquistar montañas con medios técnicos más clásicos y naturales, como hacía Bonatti, que con los nuevos equipos y tecnologías que se empezaban a usar en su tiempo (y lo que quedaba por llegar), pero tampoco tengo claro, al margen del -para mí- innegociable respeto al medio ambiente y a la integridad física de los demás escaladores, quién escribe las reglas sobre cómo se debe subir. No es que me parezcan mal esas normas éticas no escritas del juego, al contrario, pero en realidad sólo las veo importantes para imponérselas a uno mismo como forma de crecimiento personal y búsqueda de la plenitud (que no es poco), pero no para predicar con ellas sobre cómo deben alcanzar los demás su realización. Sin embargo, en el mundo real lo veo mucho más claro y entendible: Tanto conformismo, indiferencia y pragmatismo han hecho mucho daño al mundo en el que vivimos: la llamada crisis de valores, y las consecuencias que llevamos viendo desde hace años. En este caso sí deberían imperar las normas éticas.

Volviendo a la montaña, ¿qué habría pensado Bonatti de conquistas actuales como la liberación del Dawn Wall en Yosemite? Por un lado, desde el punto de vista del material es una escalada aún mucho más natural que el uso de estribos que el propio italiano utilizaba. Aunque por otro, desde el aspecto técnico supone una preparación previa, física y gestual, mucho más meticulosa y artificial de lo que al de Bergamo le habría gustado, por no hablar de la repercusión y seguimiento mediáticos en directo, intrínsecos del aspecto competitivo que él tanto evitaba. Pero volviendo al aspecto del material, Bonatti criticaba por ejemplo que nuevas vías abiertas en los 60 y 70 carecían de mérito al utilizar compresores de aire para colocar seguros, y la verdadera conquista habría sido abrir esas vías con los medios previos, y si así no se podía, no abrirlas; ¿habría ahora que invalidar las aperturas en artificial llevadas a cabo por alpinistas de la época de Bonatti y anteriores al estar liberándose ahora rutas como la Dawn Wall sin usar estribos?

También podría decirse que cada época tiene su propia ética y sus propias reglas, pero Bonatti objetaría si el progreso lleva a la dirección adecuada, lo cual es una duda razonable. Incluso algún que otro montañero del siglo XIX habría visto lo que luego hizo Bonatti como acrobacias estériles: Con Whymper el objetivo era conquistar la montaña aparentemente inconquistable pero buscando su punto débil, y pocas décadas después, con Mummery, la escalada ya sólo tenía sentido si se buscaba el aumento de la dificultad. ¿Habría dicho Whymper o incluso Mummery que si algo no se podía subir sin estribos, mejor no subirlo? Por eso me parecen tan relativas y difícilmente definibles esas normas éticas, y sobre todo mucho menos de obligada proyección hacia los demás, en el mundo del alpinismo. Otra cosa es la admiración o el ejemplo voluntariamente elegido que pueda suponer para otros, y ahí sí me pondría del lado de Bonatti. Pero eso ya es como en el arte: Habrá quien valore más el virtuosismo técnico que la transmisión de emociones, y viceversa, pero cada artista será libre y digno de elegir la vía de conquista que prefiera, y salvo gustos no tendrá por qué ser mejor una que otra, objetivamente. O como en el fútbol: Será preferible el juego ofensivo y vistoso, pero el defensivo también es legítimo. Lo ilegítimo es vender obras falsas, amañar partidos, o apuntarse una cima a la que no se ha subido.

Lo que es cierto es que, tras las muchas declaraciones de principios del alpinista italiano en su libro, logra transmitir al lector un poso de carácter, de personalidad, y de coherencia, que aportan un valor especial a sus descripciones, las hace si cabe más auténticas. Y digo si cabe porque el estilo narrativo de Bonatti es de por sí natural, palpable, aunque no por ello desprovisto de elegancia o estilo, con capacidad para evocar de forma inspirada la belleza y grandeza de los grandes paisajes de alta montaña; pero en la diferencia que le separa de la poesía de, por ejemplo, Gaston Rebuffat, está el toque de cercanía entre el temperamento italiano y el español respecto del francés. Y ojo que yo disfruté más con el estilo de Rebuffat.

Las aventuras alpinistas en sí no me han conmovido como otros libros lo hacían años atrás –pero supongo que de nuevo por las mismas razones ya explicadas al principio-, aunque hay algunas que me han sorprendido por su increíble inverosimilitud aparente. El ejemplo más claro me ha parecido quizás la conquista en solitario del pilar sudoeste del Dru, con esas acrobáticas improvisaciones para salir del paso en verdaderas situaciones de vida o muerte, en pleno desplome y con cientos de metros de vacío a sus pies. O las situaciones extremas en la norte de las Grandes Jorasses, gigantescos desprendimientos de rocas incluidos. O, en general, todos esos vivacs colgados en pequeñas repisas en medio de la pared, pasando horas y horas de insomnio expuestos a violentas tormentas de viento, nieve e incluso rayos, con temperaturas muy inferiores a los cero grados y la ropa completamente empapada. Precios extremadamente caros a pagar, pero que revelan hasta qué punto en la vida cotidiana nos quejamos de pequeñas incomodidades meteorológicas que apenas suponen una millonésima parte de lo que un ser humano es capaz de llegar a soportar. Por no hablar de otras caprichosas “incomodidades”.

Estoy acurrucado para el vivac en una especie de escalón suspendido en medio de un desierto vertical. Bajo mis pies, aunque inalcanzable para mis ojos, late la vida. Una vida fácil y agradable de imaginar para quien, como yo, está colgado entre cielo y tierra. Pero también es una vida banal y decepcionante si para huir de ella he llegado hasta aquí”.

Como puede verse, la descripción de sus aventuras lleva a Bonatti a acabar haciendo un estudio psicológico de si mismo, y al mismo tiempo una crítica de la sociedad. Un componente especialmente tratado en el libro es la soledad: “Afrontar en soledad la naturaleza más adusta me ha acostumbrado ante todo a tomar mis propias decisiones, me ha enseñado a medirlas con mi metro y a pagarlas con mi piel” (…) “Me he preguntado a menudo si he nacido o si me he hecho solitario. Es cierto que algunas experiencias me han hecho perder muchas ilusiones con respecto a los demás”.

Las reflexiones más interesantes acaban estando relacionadas, no obstante, con esa crítica a la sociedad, y a la alternativa ética que él defiende, desde la enseñanza del alpinismo. Aunque para empezar se expresa en la línea de lo que he escrito en el tercer párrafo (segundo propio) de ésta entrada: “En la montaña se ponen a prueba y desarrollan dotes espartanas que impone la propia naturaleza, pero es difícil trasladarlas a la enseñanza en el vivir cotidiano. Es el eterno conflicto entre dos vidas: sobre el papel podrían parecer afines y que una vida sirviera para fortalecer a la otra, pero en realidad se encuentran en dos líneas que divergen y que, en muchas ocasiones, se oponen. La montaña me ha enseñado a no hacer trampas, a ser honesto conmigo mismo y con todo lo que hago. Afrontada de cierta manera, la montaña es una escuela indudablemente dura, a veces incluso cruel, pero sincera lo que no siempre sucede en la vida diaria. Así pues, si trasladamos estos principios al mundo de los hombres, me veré considerado al instante como un tonto y, en todo caso, seré castigado puesto que yo no he dado codazos, tan sólo los he recibido”.

En la época dorada de la coronación de los tramposos, a los que de forma inaudita mucha gente admira y envidia en vez de censurar por su contribución a la ruina general, mientras efectivamente se utiliza el adjetivo “tonto” al que alude Bonatti para calificar a las personas íntegras, muchas de las conclusiones que extrae el italiano para la vida cotidiana no sólo me parecen mucho más convincentes que la propia ética alpinista, sino que parecen estar escritas una docena de años después del año en que se publicó por primera vez el libro (si bien la corrupción y las crisis no son algo nuevo). Por ejemplo:

Nos preguntamos a menudo qué sentido puede tener el alpinismo hoy en día. Todo aquello que expresa valores humanos, y por lo tanto también el alpinismo, debería merecer respeto. Sin embargo, no siempre es así porque, actualmente, en un mundo que parece cada vez más dispuesto a premiar a los astutos y a los tramposos, a rendirse ante ladrones y corruptos, es difícil auspiciar virtudes como la honestidad, la coherencia, la responsabilidad, el compromiso y los gestos desinteresados del espíritu. Todos sabemos que la verdadera enfermedad de base, infecciosa y contagiosa, se incuba hoy en día en el Estado –al menos en el nuestro- con sus instituciones deslegitimadas y envilecidas, con sus entramados de poder y de intereses personales con demasiada frecuencia escandalosos. Todo esto lleva a que la sociedad, afectada por los efectos del mal gobierno, casi asfixiada por el reflejo de las debilidades propias y ajenas, llega a subvertir o a ignorar los valores más elementales”.

En definitiva, es esa proyección de los valores que Bonatti dice haber aprendido en la montaña hacia la sociedad la parte que más me ha interesado del libro. Y seguramente ese es el "alcanzar" al que se refiere en el extracto con el que he abierto esta entrada, de manera que el alpinismo pasa de ser una huida de la realidad a ser una herramienta educativa para transformar la realidad. Y casi parece que es el poso que el propio autor quiso dejar en su obra, al cerrar él mismo con esta última frase:

El hombre tiene que volver a ser más humano y más limpio, si quiere sobrevivir a ese mundo nuevo que él mismo y para sí mismo ha creado”.

lunes, 2 de marzo de 2015

Paisaje sólido vs paisaje etéreo






Al final ganó el etéreo, aunque con el aparente beneplácito del sólido. O eso, o más que la guerra, hicieron el amor: