lunes, 9 de mayo de 2016

Ñu, 20 años y muchos días después

Gira 40 Aniversario de Ñu, 6 de mayo de 2016, Sala Joy Eslava, Madrid

Hace el tiempo que reza el título de esta entrada, un 15 de diciembre de 1995, acudí por primera vez a ver a Ñu en directo; No sólo eso: era mi primer concierto de cualquier grupo. Apenas llevaba 2 ó 3 años empapándome de la música de ese artistazo al margen de su contexto geográfico y temporal llamado José Carlos Molina, pero con aquellas edades ese tiempo es más que suficiente para creerte que eres su más fiel seguidor. Los verdaderos acólitos del grupo, sin embargo, celebraban ya los 20 años y un día que titulaban su disco recopilatorio y conmemorativo.

Ahora la longevidad de Ñu se ha doblado (con muy diferente intensidad en su actividad, también es cierto), y el efecto nostálgico –del que ya he hablado en otros casos- es mucho más poderoso, para todos. Ahora es cuando resulta difícil disimular lo que se siente de verdad, cuando todas las partes (músicos y público) se dan cuenta de lo que realmente significa una carrera artística completa en sus vidas. Ya no cuentan posibles críticas a discos que gustaron menos, o actuaciones que decepcionaron, o simplemente excesos de celo, discusiones sobre “éstos son mejores” o “esos tampoco son tan buenos”; eso ha quedado en un segundo plano, aplastado por las auténticas emociones; ya no puede uno engañarse a sí mismo: La reacción entregada del público ante un concierto conmemorativo de los 40 años de Ñu es lo que verdaderamente siente esa gente por ese grupo, y el primero en percibirlo es el propio artista (y bien que lo merece).

No importa que de las prácticamente 3 horas de aquella noche de mediados de los 90 en la Sala Canciller (muchos lo recuerdan como el concierto que no acababa nunca…) se pasara el 6 de mayo de 2016 a 2 horas. Fueron probablemente las dos horas más intensas y emotivas que he podido vivir en un concierto de Ñu, y eso que he estado en unos cuantos (y algunos mejores, desde el punto de vista técnico u objetivo). Lo del viernes en la Joy Eslava fue sencillamente mágico, antológico, inolvidable. Fue una comunión perfecta entre público y músicos, una declaración mutua de amor, una explicación recíproca e incuestionable de por qué cada una de las dos partes estaba allí. Nunca había visto nada a ese nivel en un concierto de Ñu, y creo que, tal vez, en ningún otro concierto de cualquier otro grupo.

Pero, tal y como lo estoy explicando, corro el riesgo de que parezca que fue una cuestión de complacencia incondicional, y que Molina no necesitaba hacer nada para ganarse esta vez al respetable. Nada más lejos de la realidad. De hecho, yo iba allí con el miedo de que me pareciera que el veterano cantante y flautista ya no estuviera precisamente para aquellos trotes. Las últimas veces que lo había visto (en las fiestas de Lavapiés de hace 3 ó 4 años, y un par de años antes colaborando con la violinista Judith Mateo), siendo buenos conciertos, la impresión que me dio es que ya se tomaba las cosas con más calma. Incluso recuerdo que en la presentación del disco Títeres en la sala Caracol (de lo que ya hace más de 10 años) acabó medio pidiendo perdón por terminar con la voz casi agotada. En este concierto del 40 aniversario ha estado sencillamente pletórico, rejuvenecido, dándolo todo, y con un buen rollo y simpatía como pocas veces recuerdo.

La muestra de lo anterior quedó de manifiesto en el valiente, enérgico y casi épico repertorio planteado, que supuso un auténtico subidón detrás de otro, y que en muchos casos suponía una verdadera prueba de fuego (y nunca mejor dicho) para una voz tantos años y giras desplegada. Arrancó el grupo con la única y homónima representación de su último disco de estudio, “Viejos himnos para nuevos guerreros”, vaticinando con su título lo que a partir de ese momento se iba a desatar. La primera sorpresa llegaba con un clásico para seguidores distinguidos, “Los ojos de la zíngara”. A partir de ahí, los temas más esperados o típicos como “No hay ningún loco”, “La Granja del loco”, “Manicomio”, “Animales Sueltos”, “El Tren”, “Ella” o “Más duro que nunca” se alternaban con otros más sorprendentes pero que son parte imborrable de la historia del grupo, como “El hombre de fuego” o la que encumbró al Molina como un “señor de cierta edad con un par”, nada menos que la espídica, potente y muy exigente “Fuego”; aunque en su inicio creyéramos que se le iba a romper la garganta en ésta, el tío la defendió perfectamente. Pudo haber algún desliz, algún solo de flauta que no daba con todas las notas, o algún momento de letra olvidada, pero por lo demás fue una muestra de segunda juventud, de dominio de todas las facetas: instrumental (flauta, guitarra, piano), vocal y escénica.

El show contó con la participación de varios músicos de anteriores etapas de Ñu, que iban relevándose en el homenaje a la historia del grupo, dándole si cabe más colorido. Hubo momentos con dos guitarras (al actual se unió Pedro Vela de la época de Cuatro Gatos), un violoncello, dos chicas haciendo coros, además del bajo, batería y teclado. Así fue por ejemplo durante la interpretación de la monumental “Hada”, del disco “Réquiem”, del que hacía años que había perdido la esperanza de llegar a escuchar alguna vez alguna canción en directo; además, con mi amigo J.C. Molina Jr., hijo del fundador del grupo, a la batería (cosa que también vi por vez primera). En otros momentos era Judith Mateo quien añadía más toque celta al show con su violín, como en la apoteósica versión de “El Flautista”, e incluso se les unía Jorge Calvo, que por momentos dejaba el teclado (que había arrebatado al genial y principal Peter Mayr) para acompañarles con una especie de whistle tradicional.

Los momentos más épicos estaban aderezados por introducciones, cierres y referencias curiosas: Si el final de “El hombre de fuego” acabó con un trocito del riff de “Lucifer”, la impresionante “Sé quién” fue introducida mediante el despiste, con una vistosa “Entrada al reino” que parecía que iba a dar lugar a “A golpe de látigo”. También fue grande el momento en el que el mencionado Peter Mayr se transformó en Jon Lord para tocar el solo de “Highway Star” durante la parte instrumental de “El hombre de fuego”; es sin duda uno de los teclistas más espectaculares y carismáticos que han pasado por Ñu. Con todo, poco pudo igualarse a las apoteosis musicales y letrísticas (con el público coreando atronador) de “Galeras” y “Preparan”. Aunque, para momento bonito en cuanto a respuesta público – cantante, la sonrisa de oreja a oreja que se dibujó en el rostro del Molina cuando, guitarra acústica en ristre, vio como todo el mundo coreaba de la primera a la última frase “Tocaba correr”. Los pelos como escarpias (y algo de humedad en los ojos). Ni siquiera la emotiva y final “Una copa por un viejo amigo” alcanzó ese nivel de sentimiento, aunque no anduvo lejos.

En definitiva, si un concierto que celebra los 40 años de historia de un proyecto musical debe servir al público como síntesis de lo que ese grupo ha supuesto a lo largo de esos años para los presentes, este concierto lo cumplió con creces. Si a los músicos debe servirles para captar el poso que ha dejado dicha historia en toda esa gente, creo que todavía más. En el caso de Ñu, si su inquebrantable decisión de honestidad artística a la hora de elegir rumbo ha llevado al grupo a tener un público más limitado que el de los músicos que siguen las modas, es con un concierto como éste con el que el señor José Carlos Molina puede concluir si ha merecido la pena, y me parece que la respuesta también es afirmativa. Y creo que de ahí viene que, cerca del final del concierto, el propio Molina manifestase que si no había sido el día más feliz de su vida, poco le había faltado.

Hacer música es algo más espiritual que vender millones de discos o congregar a miles de personas. Es algo que necesitas hacer y no puedes pasar sin ello. Con que sólo te escuchen veinte ya no te sientes fracasado. Y juntar a mil es ya realmente emocionante…” (José Carlos Molina).

martes, 3 de mayo de 2016

domingo, 10 de abril de 2016

domingo, 3 de abril de 2016

Mientras haya Ilustres Ignorantes, habrá esperanza

Será culpa de mi escepticismo, pero no me gusta la televisión porque no me la creo. Todo me resulta falso, artificial, preparado, estilísticamente fuera de lugar (como las bandas sonoras épicas de fondo de concursos de cocineros, por ejemplo), cortado por el mismo patrón de lo sensacionalista, de lo supuestamente espectacular, de lo competitivo a toda costa, de lo polémico, de los contertulios enfrentados premeditadamente y, sobre todo y por encima de todo, basado en la premisa de tratar al espectador como si fuera un eterno niño, estimulándole la parte más simple de su psicología, con la certeza de que va a tragar con el juego una y otra vez.

No vería un problema en la idea de que todo esté preparado si no se jugara a intentar disimularlo. Es una sensación parecida a la de ver una actuación de un “mago mentalista”: El problema no es si realmente ha adivinado lo que pensaba el miembro del público elegido al azar o estaba confabulado con él previamente; el problema es que, en ambos casos, el resultado para el espectador es el mismo, luego no es necesario que sea un mentalista de verdad. Si no puedo verificar si lo ha adivinado de verdad, el resultado se convierte en indiferente (y de hecho ya sabes que no va a fallar). Así me resulta la televisión: indiferente.

Sin embargo, no creo que la televisión tenga que ser así per se. De hecho, esa es la gran desgracia, que se desaprovecha todo lo que podría ser. Aunque claro, desaprovecharse lo que se dice desaprovecharse, según para quién. Para los que eligen la programación, para los dueños de las cadenas, mejor aprovechada no puede estar, y esa búsqueda de la audiencia fácil y masiva es la que lleva a ese tipo de programas, luego habría que ver dónde está el origen del problema, si en las cadenas o en la gente. Quién es espejo de quién: ¿La televisión o la ciudadanía?

Y en medio de toda esa mediocridad propia de la búsqueda del éxito que cotiza en bolsa, resulta que aparece una de esas escasas excepciones que contradicen casi todas las reglas. Y digo casi porque, a diferencia de lo que muchos seguidores de Ilustres Ignorantes sostienen, yo no estoy seguro de que todo sea improvisado, de que no haya nada preparado; Una vez vi una grabación en directo de uno de los programas, y en algunos momentos me dio cierta sensación de réplica / contrarréplica que en los vídeos no se nota, porque no puedes mirar a los participantes que están escuchando. Sin embargo, en este caso no ocurre lo que con la actuación del mentalista, en este caso no es la veracidad del truco lo que importa, sino el resultado, la intención, y las formas. El sentido del humor (el bueno, el de verdad -preparado o no-) es otra cosa, no pretende ganar concursos, ni crear polémicas, ni alimentar el sensacionalismo. Es un desahogo, una verdadera válvula de escape, una pulsión humana que necesita ser estimulada con inteligencia, sin simplismos.

Así pues, mientras Ilustres Ignorantes siga existiendo (cosa que no se explican ni ellos mismos, ya sea en broma o no), al menos existirá un oasis para esas otras formas y maneras.


sábado, 19 de marzo de 2016

¿Playa o montaña?



El título es totalmente mentiroso, por que en este caso no es playa, sino rivera del Tajuña, y esa es la menor mentira. Lo digo porque parece que voy a discutir sobre una pregunta tópica de esa cosa tan convencional que son las vacaciones y el turismo, al más puro estilo de debate televisivo, en este caso sobre cultura de agencias de viajes, y en realidad sólo pretendo hablar de sensaciones personales, pero dentro de la mentalidad natural de salir al campo, al aire libre (idea que también ha sido mercantilizada, pero no voy a ir por ahí).



Tiempo atrás, cuando optaba como alternativa por un tipo de excursión alejada de la montaña, lo que muchas veces hacía por el Sureste de la provincia de Madrid (como aquella a Comenar de Oreja), solía llevarme unas sensaciones un tanto apagadas en comparación con las propias de los paisajes de fuertes desniveles. Sin embargo, hace un par de semanas, en una travesía entre Morata de Tajuña y Titulcia llena de alicientes, pude corroborar lo que ya había sentido anteriormente por Aranjuez: Que si se sabe buscar el interés de una escapada, el sentimiento evasivo puede ser igual de satisfactorio en escenarios muy diferentes.




Debido a que apenas una semana después de aquella salida, hubo un fin de semana propicio para practicar montañismo invernal en la Sierra de Guadarrama, volví a comprobar la misma idea otra vez, ahora desde mi campo de juego más habitual, gracias a la satisfacción de subir por una ruta para mí nueva con nieve.





Así pues, ni playa, ni montaña, ni páramos y riberas: Todos los paisajes naturales son propicios para investigar y hallar: Se busca lo que físicamente pueda haber de interesante (sin saber muchas veces lo que habrá), y lo que se encuentra no sólo es lo palpable, sino también el disfrute y el enriquecimiento emocional. Es la curiosidad la que te lleva a dirigirte a veces por un rincón en busca que algo que intuyes, y luego puedes das con otra cosa sin embargo distinta pero tal vez incluso más interesante que la que esperabas. La actitud del explorador suele conducir a la recompensa del descubrimiento, tanto de lo exterior como de lo interior.


sábado, 12 de marzo de 2016

jueves, 10 de marzo de 2016

Otras reflexiones interesantes de Woody por Allen

Me refiero al libro así titulado, con entrevistas al cineasta norteamericano por el también director sueco Stig Björkman, del que ya saqué algún extracto en una entrada anterior. Ya aviso que no son reflexiones precisamente optimistas.

La primera trata sobre esa especie de poder espiritual o trascendente del arte, pero que a efectos prácticos no hace que la vida física se convierta en trascendente:

“(…) el arte es la religión de los intelectuales. Algunos artistas creen que el arte va a salvarlos, que su arte les va a hacer inmortales, que seguirán viviendo a través de su arte (…) Es un nivel que aporta una gran emoción, estímulo y satisfacción a las personas sensibles y cultas. Pero no salva al artista”.

Precisamente respecto a su propia fe religiosa, responde lo siguiente en otro momento del libro, cuando Björkman le pregunta si aquella es como la del ciudadano medio:

¡Peor! Como mucho, creo que el universo es indiferente. ¡Como mucho!

(…) el universo es banal. Y porque es banal, es malvado. No es diabólicamente malvado. Es malvado en su banalidad. (…) Si vas por la calle y ves gente sin hogar, hambrientos, y te muestras indiferente ante ellos, de algún modo estás siendo malvado. Para mí la indiferencia equivale a la maldad”.

Sobre el éxito y la riqueza. Es quizá algo obvia, pero no por ello sobra; eso sí, aclarando –si es que hace falta- que en el contexto del libro lo expresa como una queja:

No es suficiente tener un buen corazón y grandes aspiraciones. En la sociedad el éxito se cotiza. (…) Son los triunfadores los que se cotizan. Y los triunfadores significan fama, dinero y éxito material”.

Una sobre lo irreal de los mundos falsos creados, también en relación a las creencias religiosas:

“(…) nos creamos un mundo falso y nosotros existimos dentro de ese mundo. A un nivel inferior se puede ver en el deporte. Por ejemplo, crean un mundo de fútbol. Te pierdes en ese mundo y te preocupan cosas sin sentido. Quién marca más tantos, etcétera. Y la gente se queda atrapada. Y otros sacan un montón de dinero, miles de personas lo ven, pensando que es muy importante quién gane. Pero, la verdad es que si te paras a pensarlo un momento, carece completamente de importancia quién gane. No significa nada”.

Resulta llamativo pararse a pensar en la cantidad de esos mundos falsos que se crean, y en todos pasa eso mismo que dice Allen: Carece de importancia para nuestras vidas qué le pase a los personajes de una serie de TV a la que estemos enganchados, quién gane este o aquel concurso, cuántas pantallas pasemos de cierto videojuego, cuántas montañas o de qué altura subamos, qué publiquemos o dejemos de publicar en nuestros blogs (y más con una temática como la de éste), etc. Pero todo ello procura satisfacción, como el arte a los intelectuales, o la fe a los creyentes (y salvando las distancias).

Y por último, y en relación a lo anterior, también ocurre que a veces la propia realidad se manifiesta como mera convención, lo que la hace parecer tan irreal como los mundos falsos, o al menos resulta difícil distinguir lo auténtico de lo inventado:

“ (…) una vez que sales a la calle a la noche tienes la sensación de que se ha acabado la civilización. Las tiendas están cerradas, todo está oscuro y la sensación es distinta. Comienzas a darte cuenta de que la ciudad es tan sólo una convención del hombre y que te viene dada, y que en donde realmente vives es en el planeta. Eres algo salvaje en la naturaleza y toda la civilización que te protege y que te permite comprender algo la vida es obra del hombre y te viene dada”.

viernes, 26 de febrero de 2016

Belleza de la fealdad




La calima que hace unos días arrastró el viento del sur sobre la Península Ibérica, que supuso un episodio mucho más intenso de lo normal en nuestras latitudes de este fenómeno atmosférico de polvo o arena en suspensión, convirtió el ambiente de la Sierra de Guadarrama en turbio y poco favorecedor, tanto para la vista como para la fotografía…

…O tal vez no, porque con el ángulo adecuado, y normalmente mirando hacia el sol o con algún tipo de contraluz, sí que se podía obtener alguna imagen al menos curiosa. Es la paradoja de sacar partido a aquello que en principio parece haber estropeado el día.




Y no es la única sorpresa. También parecía, hasta hace pocas semanas, que este invierno iba a echarse a perder casi del todo, en lo que a nieve se refiere. Afortunadamente, nunca es tarde…



viernes, 19 de febrero de 2016

Mal de Altura, Everest 1996 y la huidiza objetividad

Prácticamente dos décadas después de la tragedia que se produjo durante las expediciones comerciales de primavera de 1996 a la cima del mundo, poco debe quedar por hablar acerca de la polémica que se generó, de los distintos puntos de vista sobre lo que pasó, y de los dos libros que se escribieron sobre aquello: “Mal de Altura” de Jon Krakauer y “Everest 1996” de Anatoli Bukreev y G. Weston DeWalt. Por eso, aunque hace poco he terminado el segundo de ellos, no veo necesario a estas alturas hacer una exhaustiva comparación de ambos (por eso, y porque el primero lo leí hace ya demasiado, y la distancia difumina demasiados detalles).

Para lo que sí me sirve reflexionar sobre las diferencias -que recuerdo- entre ambos libros es para aquello por lo que precisamente quise leer los dos: Para ver si era posible encontrar más convincente o veraz uno u otro, o -más difícil todavía- para comprobar si tal vez no tenían por qué contradecirse sino más bien mostrar dos perspectivas de una misma cosa, que es lo que uno desearía ser capaz de resolver con la misma exactitud que un problema de matemáticas (pero de resultado único, que con los sistemas de ecuaciones ya se sabe…).

Y es que con los años me siento cada vez más frustrado por la incapacidad para dar con la objetividad, con la verdad aséptica, hasta el punto de que ya no sé si ésta existe. Hace años tenía muchas cosas mucho más claras (y posiblemente estaba más equivocado en la mayoría de ellas), pero el exceso de ruido, de simplicidad y de tendenciosidad de los medios de información me ha convertido en un escéptico por puro acto defensivo. Llevo mucho tiempo proponiéndome leer las mismas noticias (dos o tres diarias) en periódicos distintos, pero luego nunca lo hago, por falta de tiempo o de dedicación. En cualquier caso, dudo que hacer eso me ayudara a acercarme más a la verdad (no creo que sea como obtener un gris de hacer la media entre el blanco y el negro); en todo caso creo que me mostraría mejor las mentiras, en el mejor de los casos. Lo que probablemente me ocurriría es que aún estaría más confuso que con un único punto de vista.

Creo que con los libros de Krakauer y Bukreev me ha ocurrido que nuevamente la verdad aséptica sigue siendo inalcanzable, y menos aún cuando se ven dos perspectivas. Y eso a pesar de que (o precisamente por culpa de que) creo sinceramente que ambas obras están tratadas con mucha mejor intención y trabajo de estudio que el que suele mostrar la prensa española en otros temas. En líneas generales, las escenas comunes narradas por ambos autores presentes en los dramáticos sucesos de 1996 en el Everest son coincidentes, más allá de detalles concretos que como dije antes no alcanzo a recordar; la diferencia está en la interpretación que cada uno hace acerca de las razones de lo ocurrido, sobre todo en base a las motivaciones de ciertas decisiones tomadas por unos u otros. Lo que habría pasado si se hubieran tomado otras decisiones, posiblemente nadie lo sabe. Es pura especulación, lo que por un lado es respetable como opinión, y por otro -precisamente por ello- no debería, creo yo, tomarse como arma arrojadiza o reproche, por ninguna de las partes (ni de quien expresa esa opinión ni de quien no está de acuerdo con ella).

Se habló de que “Mal de Altura” fue muy injusto con el guía Anatoli Bukreev. Recuerdo el libro de Krakauer caracterizado por una calidad literaria muy superior, lo que lo hacía emocionante y absorbente, y es posible que eso induzca al lector a sufrir una especie de “canto de sirenas” embaucador. Sin embargo, también recuerdo que mostraba muchos puntos de vista, muchas perspectivas de distintos participantes de las expediciones, y razonamientos diversos, no una única verdad. Cierto que en un momento dado comparaba las primeras acciones de rescate de Bukreev en el Collado Sur con las de los sherpas ensalzando a los segundos, sin luego elogiar por igual que el ruso también subió una última vez a intentar salvar a su compañero Scott Fischer; ese es quizá el único momento en el que tuve la sensación de que a Krakauer se le notaba una injusta tendenciosidad; por lo demás, no dejaba de reconocer que Bukreev también había ejecutado unos rescates muy meritorios y valerosos; el resto, en todo caso, me parecían opiniones acerca de decisiones que el propio Krakauer no acabó de compartir, y en las que seguramente podía estar más equivocado que el ruso debido a su menor experiencia, pero con las que no parecía estar diciendo al lector “esta boca es mía”. No creo que el estadounidense quisiera etiquetar a Bukreev como al “malo” del libro, como se ha dicho. Otra cosa, totalmente comprensible, es que el ruso no encontrase justo o exacto el tratamiento de Krakauer.

De hecho, en el libro de Bukreev y De Walt también se vierten bastantes opiniones acerca de decisiones ajenas, no sólo se habla de hechos objetivos. Es más, me parece que, con todo el respeto y cariño que muestra el ruso hacia su compañero de expedición Scott Fischer, no deja por ello de cuestionarse ciertas decisiones de éste último, y de hecho irónicamente trasluce más posibles errores del americano que los que Krakauer me parece que insinuaba de Bukreev en Mal de Altura, lo cual –insisto- no me parece mal, e incluso creo que es una muestra de que no tiene por qué ser algo injusto, siempre que se trate desde un buen trabajo de estudio, un razonamiento elaborado, y, sobre todo, el respeto. Todo el mundo puede equivocarse: En sus decisiones, en sus opiniones acerca de las decisiones de otros, y en las réplicas a las opiniones de otros. También podría considerarse injusto el hecho de que en “Everest 1996” se critique un error del artículo preliminar de Krakauer en la identificación de un alpinista durante un suceso concreto del descenso, y no se mencione que luego en el posterior libro “Mal de Altura” el propio Krakauer ya rectificaba ese error (el libro del americano es anterior al del ruso).

De todas formas, este libro de Anatoli Bukreev y G. Weston DeWalt, aun teniendo menor calidad literaria que el de Jon Krakauer, me ha parecido igualmente muy interesante y absorbente y, como he dicho antes, muy bien intencionado. Lo que no sabría decir, como también he manifestado antes, cuál de los dos está más cerca de la verdad. Tal vez lo estén ambos, sin darse cuenta. Lo que sería deseable es que, en el intento por buscar esa verdad, y aunque haya puntos difícilmente reconciliables, las distintas partes encontraran más luz y no más confusión. Si eso ya es difícil cuando se hace el esfuerzo de escuchar y respetar, se convierte en imposible cuando de forma premeditada no se quiere estar de acuerdo. Por eso creo que desgraciadamente sirve de poco leer dos o tres periódicos distintos en España.

Por cierto, puedo confirmar que, al lado de toda la información que dan estos dos libros, la película basada en los mismos hechos no es más que un buen tráiler con spoilers.

sábado, 13 de febrero de 2016

Star Wars, Iron Maiden, y la nostalgia

Se dice desde hace tiempo (desde hace tanto que ya es una doble paradoja) que lo retro está de moda. Pero si hay algo que está en plena actualización es todo aquello de lo que disfrutamos quienes fuimos niños y/o adolescentes en los años 80 y parte de los 90.

Posiblemente la razón sea que la mayoría de los actuales creadores son tan niños grandes como lo somos la mayoría de la sociedad; entre eso y la apología del friquismo, la nostalgia y el remake de lo infantil están servidos. Eso sí, a los superhéroes hay que tratarlos en serio y con realismo, que para eso somos adultos: No queremos creer en los Reyes Magos, pero Batman no puede por menos que merecer un profundo estudio sociológico.

Hay dos ejemplos en los últimos meses (digamos el último medio año) que tocan especialmente mi fibra sensible: La última película de Star Wars y el último disco de Iron Maiden.

Con respecto a la película de Star Wars, son muchos los que la están despedazando por su gran similitud con la trilogía original, pero esto a mí me parece un sinsentido: la razón de ser de que se sigan haciendo películas de Star Wars es la nostalgia, y sin similitud con las originales no hay nostalgia que funcione. La cosa resulta más sangrante después de años de enfurecidas críticas hacia las precuelas (Episodios I, II y III) precisamente por sus defectos de fidelidad a las antiguas. ¿En qué quedamos?

Yo iría más allá: Creo que las posibles copias del Episodio VII a los episodios IV, V y VI son más de tipo estético o superficial. Lo que más puede dar el cante (esto es, el plano digital escondido por un robot y la enésima Estrella de la Muerte), no dejan de ser los habituales Macguffin de la trama, es decir, aquellos elementos que hacen avanzar la historia sin ser lo trascendental de la misma.

Y todavía voy más allá: Si hay algo verdaderamente importante en el argumento que me recuerda a películas anteriores de Star Wars, no es a los antiguas, sino a la más actual de las precuelas: El personaje de Kylo Ren al Anakin de “La Venganza de los Sith” (2005).

Finn es un soldado imperial con dilema moral y que acaba desertando: Idea original y novedosa dentro de la saga, que funciona muy bien. Por otro lado han comparado a Rey con Luke, pero Rey no vive con sus tíos en una granja, sino que es una superviviente solitaria, que de hecho ya se la puede considerar aventurera antes de entrar en acción en la trama (al contrario que Luke), a pesar del poco reputado oficio de chatarrera. Es verdad que desconoce inicialmente (como Luke) su sensibilidad a La Fuerza, pero es que además ya sabe usarla sin saberlo previamente, y tiene una personalidad mucho más decidida que la de Luke, aún sintiendo miedos más intensos que él hacia lo desconocido.

Finn y Rey son dos personajazos, frescos e interesantes, que no veo en absoluto copiados a nadie anterior de la saga. Los cambios en los personajes antiguos son igual de interesantes y coherentes, demostrativos de madurez, lo cual pone la imprescindible pincelada de color otoñal: La nostalgia también es amarga, ya que aunque se conserve el carisma (caso de Han Solo) nada sigue siendo exactamente igual: El propio Solo ya no tiene la socarronería del escepticismo burlón hacia La Fuerza.

Y a partir de ahí, es una película de Star Wars en toda regla, que es lo que cabría esperar cuando vas a ver una película de Star Wars. Funciona estupendamente no sólo porque esté muy bien hecha y por su ritmo trepidante, sino porque recupera la esencia, lo genuino, al contrario que las pretensiones de las precuelas: Es cine de entretenimiento, no es Tolstoi. Pero tampoco me resulta un remake, porque ya he probado a ver los episodios IV al VI después del VII, y luego he repetido el VII, y lo siento pero no me parece igual, no es la misma película. Es el mismo universo, la misma saga, es lógico y coherente que haya similitudes, es inevitable que las haya. Se comprende que para muchos pueda resultar más de lo mismo, pero es que sólo podía ser así, o no ser. Mucho mayores habrían sido las críticas si se hubiera alejado de lo que se esperaba. Es como si vas a ver a Iron Maiden en directo y te quejas de que siempre toquen las mismas, aunque no haya dos conciertos iguales…

Y precisamente con el último disco de Iron Maiden pasa algo parecido: “The Book of Souls” es el trabajo otoñal de los británicos que más se parece a su época dorada de los 80, y sería poco comprensible que a quienes más les gusta este grupo pudiera desagradarles ese planteamiento. Yo reconozco que veo mayor mérito, creatividad y elaboración en discos anteriores como “Dance of Death” (2003) o “A Matter of Death and Life” (2006) (al contrario que en el precedente “The Final Frontier”, 2010, algo más flojo), y en líneas generales aquellos me parecen discos objetivamente mejores que el último, pero para animarme, para sentir ese subidón de adrenalina Heavy Metal que hace 20 años era frecuente en mi vida, cada vez me apetece más escuchar éste.

Y si, también hay copias o autoplagios por doquier; si me pongo a escuchar “Phantom of the Opera” (1980), de repente me arranco a tararear un solo de “The Red and the Black” de este nuevo álbum, por poner un ejemplo. Y no me importa, al contrario, encantado. Otra cosa es que todos sus discos desde aquella época hubieran sido así, más o menos como AC/DC, que no es el caso (a pesar de que siempre han mantenido un sello de identidad).

Y tres cuartos de lo mismo con respecto a la portada: ¿Ha copiado Mark Wilkinson a Derek Riggs? Bueno, sencillamente ha dibujado al mismo personaje que aquel hiciera famoso (porque no podía ser de otra manera), le ha aportado una estética propia y fresca a pesar de los idénticos rasgos, y ha logrado el Eddie más auténtico, convincente y sobrecogedor que se ha visto en una carátula de Iron Maiden desde hace unos 30 años. De hecho, una de las 3 ó 4 mejores portadas de la historia del grupo, para mi gusto. Nuevamente, funciona por su sencillez, por ir a la esencia, a lo genuino, por no tratar de inventar pretenciosamente.

No obstante, tanto en el caso de Star Wars como en el de Iron Maiden, como en el de cualquier revisión de viejas glorias, hay un punto común, que es la definición misma de la nostalgia: Nada vuelve a ser exactamente igual, porque no es lo mismo rememorar que revivir (lo segundo en realidad es imposible): se saborea pero no alimenta igual, no deja el mismo poso, porque de hecho el poso ya estaba.

Lo anterior ocurre incluso viendo ahora las viejas películas, como “El Imperio Contraataca” (1980) o escuchando los viejos discos, como “Peace of Mind” (1983) o “Powerslave” (1984): Ya nunca será igual que las primeras veces. No es mejor ni peor, es distinto. O, como mínimo, es distinto al recuerdo que se tiene de lo que fue. Como jugando con el emulador del viejo ordenador, o como volviendo al lugar en el que se vivió el primer campamento de verano.

lunes, 18 de enero de 2016

Descubriendo



Si 2015 lo finalicé con dos excursiones para huir del mundanal ruido, 2016 lo he iniciado con otras dos que me han servido para encontrar lugares que no conocía, que ratifican que siempre queda algo por descubrir.

El quinto día del año, tal y como me había propuesto (y así reflejé en la entrada antes aludida), aproveché ese pequeño respiro meteorológico que estaba esperando -y que no impidió alguna nevadita, algún chirimiri y ratos de pasar frío- para subir a la modesta Risca de Santa Catalina en Valdemaqueda, prosiguiendo luego con una larga travesía hasta Hoyo de Pinares.



Fue otra nueva muestra de las grandes extensiones de pinar que se hallan al oeste de la Sierra de Guadarrama, como en aquella otra excursión entre Cebreros y Valdemaqueda. Aunque no sea terreno montañoso –sin menoscabo de airosos riscos como el mencionado-, y aunque toda la zona sea similar, cada nuevo rincón es un nuevo regalo para la vista y para la evasión, más en un terreno tan relativamente poco transitado.





El tercer sábado del año, he optado por un paraje más conocido, de hecho muy conocido, para sin embargo acabar dando con un lugar concreto del que ni siquiera había oído hablar. Recorriendo sendas de La Pedriza por las que nunca había estado, descubrí el rincón bien conocido por muchos escaladores como La Raja.







Y aunque pueda perder encanto saber que se trata de una cantera abandonada, su relativa naturalización después de tantos años lo convierte en un sitio verdaderamente llamativo, en el que cualquier niño se sentiría como Indiana Jones llegando a la ciudad de Petra en La Última Cruzada. Y no pude evitar la emoción de uno de los descubrimientos inesperados más curiosos que he disfrutado nunca en Guadarrama. Por que una cosa es que te lleve allí alguien que lo conoce, o que vayas tú ex profeso a conocerlo por ti mismo tras haber oído o leído sobre ello, y otra muy distinta es encontrártelo cuando ni siquiera sabías que existía.






Así que, si tuviera que hacer otra nueva metáfora en alusión a la anterior entrada de las dos excursiones previas, sería más o menos así: Para dejar de cabrearte con la facilidad con la que los demás demuestran su desprecio hacia lo que desconocen, lo mejor es descubrir aquello que desconoces tú mismo, que posiblemente te llevarás alguna grata sorpresa. Ya que no puedo solucionar los que otros tengan en su cabeza, me limitaré a tratar de mejorar todo lo que pueda de lo que falta en la mía, que supongo que es mucho.




viernes, 15 de enero de 2016

El escapismo según Woody Allen

Del libro “Woody por Allen”, con entrevistas realizadas al cineasta por el crítico y realizador de cine Stig Björkman.

Se ha dicho que si hay un gran tema central en mis películas, tiene que ver con la diferencia entre la realidad y la fantasía. Aparece en mis películas con mucha frecuencia. Y creo que en realidad, esto se reduce a que odio la realidad. Y, ya sabe, por desgracia la realidad es el único lugar en el que podemos conseguir un buen filete para la cena.

Creo que esto viene de mi infancia, cuando siempre me evadía en el cine. Era un chico muy impresionable y crecí durante la llamada “edad de oro del cine”, cuando se hacían todas esas películas maravillosas. Me acuerdo del estreno de Casablanca y de Yankee Dandy, todas esas películas americanas, las películas de Preston Sturges, las películas de Capra

Siempre me estaba evadiendo con esas películas. Dejabas atrás tu casa modesta y todos tus problemas con el colegio y la familia y todo eso y te ibas al cine, y allí la gente tenía áticos y teléfonos blancos y las mujeres eran encantadoras y a los hombres siempre se les ocurría una observación ingeniosa en el momento oportuno y pasaban cosas extrañas pero siempre acababan por resolverse y los héroes eran auténticos héroes, y era simplemente estupendo. Así que creo que eso tuvo una influencia tremenda, me produjo una impresión abrumadora.

Y conozco a muchas personas de mi edad que no han sido capaces de liberarse de esta influencia, que han tenido problemas en su vida a causa de ella, porque siguen sin poder comprender –en etapas muy avanzadas de su vida, cuando ya tienen cincuenta o sesenta años- porqué todo aquello en lo que creían, sentían, todo aquello que anhelaban y pensaban, resultó no ser cierto; y porqué la realidad es mucho más dura y mucho más fea.

Cuando nos sentábamos en esas salas de cine, creíamos que era real. No pensabas: bueno, así son las cosas en las películas. Pensabas: bueno, yo no vivo así. Vivo en Brooklyn y en una casa modesta, pero hay mucha gente en el mundo que tiene una casa como ésa, y que monta a caballo y conoce a mujeres hermosas y toma cócteles por la noche. Es simplemente otro estilo de vida. Luego eso se va corroborando por el hecho de que lees los periódicos y ves que hay personas que llevan una vida diferente, y crees que sus vidas son distintas de una manera absolutamente positiva, que sus vidas son distintas y fáciles como en las películas. Es algo tan abrumador; yo no lo he superado nunca. Y conozco a mucha gente que no lo ha superado nunca.

Y aparece continuamente en mi obra. La sensación de querer controlar la realidad, de ser capaz de escribir un argumento para la realidad y hacer que las cosas salgan como tú quieres. Por que lo que hace el escritor –el cineasta o el escritor- es crear un mundo en el que te gustaría vivir. Te gustan las personas que creas. Te gusta la ropa que llevan, las casas en las que viven, su manera de hablar, y eso te da la oportunidad de vivir en ese mundo durante algunos meses. Y esas personas se mueven al compás de una hermosa música, y tú estás en ese mundo. Así que tengo la impresión de que en mis películas hay siempre un sentimiento que lo impregna todo de la vida idealizada, de la fantasía, en contraposición a lo desagradable de la realidad”.