viernes, 26 de febrero de 2016

Belleza de la fealdad




La calima que hace unos días arrastró el viento del sur sobre la Península Ibérica, que supuso un episodio mucho más intenso de lo normal en nuestras latitudes de este fenómeno atmosférico de polvo o arena en suspensión, convirtió el ambiente de la Sierra de Guadarrama en turbio y poco favorecedor, tanto para la vista como para la fotografía…

…O tal vez no, porque con el ángulo adecuado, y normalmente mirando hacia el sol o con algún tipo de contraluz, sí que se podía obtener alguna imagen al menos curiosa. Es la paradoja de sacar partido a aquello que en principio parece haber estropeado el día.




Y no es la única sorpresa. También parecía, hasta hace pocas semanas, que este invierno iba a echarse a perder casi del todo, en lo que a nieve se refiere. Afortunadamente, nunca es tarde…



viernes, 19 de febrero de 2016

Mal de Altura, Everest 1996 y la huidiza objetividad

Prácticamente dos décadas después de la tragedia que se produjo durante las expediciones comerciales de primavera de 1996 a la cima del mundo, poco debe quedar por hablar acerca de la polémica que se generó, de los distintos puntos de vista sobre lo que pasó, y de los dos libros que se escribieron sobre aquello: “Mal de Altura” de Jon Krakauer y “Everest 1996” de Anatoli Bukreev y G. Weston DeWalt. Por eso, aunque hace poco he terminado el segundo de ellos, no veo necesario a estas alturas hacer una exhaustiva comparación de ambos (por eso, y porque el primero lo leí hace ya demasiado, y la distancia difumina demasiados detalles).

Para lo que sí me sirve reflexionar sobre las diferencias -que recuerdo- entre ambos libros es para aquello por lo que precisamente quise leer los dos: Para ver si era posible encontrar más convincente o veraz uno u otro, o -más difícil todavía- para comprobar si tal vez no tenían por qué contradecirse sino más bien mostrar dos perspectivas de una misma cosa, que es lo que uno desearía ser capaz de resolver con la misma exactitud que un problema de matemáticas (pero de resultado único, que con los sistemas de ecuaciones ya se sabe…).

Y es que con los años me siento cada vez más frustrado por la incapacidad para dar con la objetividad, con la verdad aséptica, hasta el punto de que ya no sé si ésta existe. Hace años tenía muchas cosas mucho más claras (y posiblemente estaba más equivocado en la mayoría de ellas), pero el exceso de ruido, de simplicidad y de tendenciosidad de los medios de información me ha convertido en un escéptico por puro acto defensivo. Llevo mucho tiempo proponiéndome leer las mismas noticias (dos o tres diarias) en periódicos distintos, pero luego nunca lo hago, por falta de tiempo o de dedicación. En cualquier caso, dudo que hacer eso me ayudara a acercarme más a la verdad (no creo que sea como obtener un gris de hacer la media entre el blanco y el negro); en todo caso creo que me mostraría mejor las mentiras, en el mejor de los casos. Lo que probablemente me ocurriría es que aún estaría más confuso que con un único punto de vista.

Creo que con los libros de Krakauer y Bukreev me ha ocurrido que nuevamente la verdad aséptica sigue siendo inalcanzable, y menos aún cuando se ven dos perspectivas. Y eso a pesar de que (o precisamente por culpa de que) creo sinceramente que ambas obras están tratadas con mucha mejor intención y trabajo de estudio que el que suele mostrar la prensa española en otros temas. En líneas generales, las escenas comunes narradas por ambos autores presentes en los dramáticos sucesos de 1996 en el Everest son coincidentes, más allá de detalles concretos que como dije antes no alcanzo a recordar; la diferencia está en la interpretación que cada uno hace acerca de las razones de lo ocurrido, sobre todo en base a las motivaciones de ciertas decisiones tomadas por unos u otros. Lo que habría pasado si se hubieran tomado otras decisiones, posiblemente nadie lo sabe. Es pura especulación, lo que por un lado es respetable como opinión, y por otro -precisamente por ello- no debería, creo yo, tomarse como arma arrojadiza o reproche, por ninguna de las partes (ni de quien expresa esa opinión ni de quien no está de acuerdo con ella).

Se habló de que “Mal de Altura” fue muy injusto con el guía Anatoli Bukreev. Recuerdo el libro de Krakauer caracterizado por una calidad literaria muy superior, lo que lo hacía emocionante y absorbente, y es posible que eso induzca al lector a sufrir una especie de “canto de sirenas” embaucador. Sin embargo, también recuerdo que mostraba muchos puntos de vista, muchas perspectivas de distintos participantes de las expediciones, y razonamientos diversos, no una única verdad. Cierto que en un momento dado comparaba las primeras acciones de rescate de Bukreev en el Collado Sur con las de los sherpas ensalzando a los segundos, sin luego elogiar por igual que el ruso también subió una última vez a intentar salvar a su compañero Scott Fischer; ese es quizá el único momento en el que tuve la sensación de que a Krakauer se le notaba una injusta tendenciosidad; por lo demás, no dejaba de reconocer que Bukreev también había ejecutado unos rescates muy meritorios y valerosos; el resto, en todo caso, me parecían opiniones acerca de decisiones que el propio Krakauer no acabó de compartir, y en las que seguramente podía estar más equivocado que el ruso debido a su menor experiencia, pero con las que no parecía estar diciendo al lector “esta boca es mía”. No creo que el estadounidense quisiera etiquetar a Bukreev como al “malo” del libro, como se ha dicho. Otra cosa, totalmente comprensible, es que el ruso no encontrase justo o exacto el tratamiento de Krakauer.

De hecho, en el libro de Bukreev y De Walt también se vierten bastantes opiniones acerca de decisiones ajenas, no sólo se habla de hechos objetivos. Es más, me parece que, con todo el respeto y cariño que muestra el ruso hacia su compañero de expedición Scott Fischer, no deja por ello de cuestionarse ciertas decisiones de éste último, y de hecho irónicamente trasluce más posibles errores del americano que los que Krakauer me parece que insinuaba de Bukreev en Mal de Altura, lo cual –insisto- no me parece mal, e incluso creo que es una muestra de que no tiene por qué ser algo injusto, siempre que se trate desde un buen trabajo de estudio, un razonamiento elaborado, y, sobre todo, el respeto. Todo el mundo puede equivocarse: En sus decisiones, en sus opiniones acerca de las decisiones de otros, y en las réplicas a las opiniones de otros. También podría considerarse injusto el hecho de que en “Everest 1996” se critique un error del artículo preliminar de Krakauer en la identificación de un alpinista durante un suceso concreto del descenso, y no se mencione que luego en el posterior libro “Mal de Altura” el propio Krakauer ya rectificaba ese error (el libro del americano es anterior al del ruso).

De todas formas, este libro de Anatoli Bukreev y G. Weston DeWalt, aun teniendo menor calidad literaria que el de Jon Krakauer, me ha parecido igualmente muy interesante y absorbente y, como he dicho antes, muy bien intencionado. Lo que no sabría decir, como también he manifestado antes, cuál de los dos está más cerca de la verdad. Tal vez lo estén ambos, sin darse cuenta. Lo que sería deseable es que, en el intento por buscar esa verdad, y aunque haya puntos difícilmente reconciliables, las distintas partes encontraran más luz y no más confusión. Si eso ya es difícil cuando se hace el esfuerzo de escuchar y respetar, se convierte en imposible cuando de forma premeditada no se quiere estar de acuerdo. Por eso creo que desgraciadamente sirve de poco leer dos o tres periódicos distintos en España.

Por cierto, puedo confirmar que, al lado de toda la información que dan estos dos libros, la película basada en los mismos hechos no es más que un buen tráiler con spoilers.

sábado, 13 de febrero de 2016

Star Wars, Iron Maiden, y la nostalgia

Se dice desde hace tiempo (desde hace tanto que ya es una doble paradoja) que lo retro está de moda. Pero si hay algo que está en plena actualización es todo aquello de lo que disfrutamos quienes fuimos niños y/o adolescentes en los años 80 y parte de los 90.

Posiblemente la razón sea que la mayoría de los actuales creadores son tan niños grandes como lo somos la mayoría de la sociedad; entre eso y la apología del friquismo, la nostalgia y el remake de lo infantil están servidos. Eso sí, a los superhéroes hay que tratarlos en serio y con realismo, que para eso somos adultos: No queremos creer en los Reyes Magos, pero Batman no puede por menos que merecer un profundo estudio sociológico.

Hay dos ejemplos en los últimos meses (digamos el último medio año) que tocan especialmente mi fibra sensible: La última película de Star Wars y el último disco de Iron Maiden.

Con respecto a la película de Star Wars, son muchos los que la están despedazando por su gran similitud con la trilogía original, pero esto a mí me parece un sinsentido: la razón de ser de que se sigan haciendo películas de Star Wars es la nostalgia, y sin similitud con las originales no hay nostalgia que funcione. La cosa resulta más sangrante después de años de enfurecidas críticas hacia las precuelas (Episodios I, II y III) precisamente por sus defectos de fidelidad a las antiguas. ¿En qué quedamos?

Yo iría más allá: Creo que las posibles copias del Episodio VII a los episodios IV, V y VI son más de tipo estético o superficial. Lo que más puede dar el cante (esto es, el plano digital escondido por un robot y la enésima Estrella de la Muerte), no dejan de ser los habituales Macguffin de la trama, es decir, aquellos elementos que hacen avanzar la historia sin ser lo trascendental de la misma.

Y todavía voy más allá: Si hay algo verdaderamente importante en el argumento que me recuerda a películas anteriores de Star Wars, no es a los antiguas, sino a la más actual de las precuelas: El personaje de Kylo Ren al Anakin de “La Venganza de los Sith” (2005).

Finn es un soldado imperial con dilema moral y que acaba desertando: Idea original y novedosa dentro de la saga, que funciona muy bien. Por otro lado han comparado a Rey con Luke, pero Rey no vive con sus tíos en una granja, sino que es una superviviente solitaria, que de hecho ya se la puede considerar aventurera antes de entrar en acción en la trama (al contrario que Luke), a pesar del poco reputado oficio de chatarrera. Es verdad que desconoce inicialmente (como Luke) su sensibilidad a La Fuerza, pero es que además ya sabe usarla sin saberlo previamente, y tiene una personalidad mucho más decidida que la de Luke, aún sintiendo miedos más intensos que él hacia lo desconocido.

Finn y Rey son dos personajazos, frescos e interesantes, que no veo en absoluto copiados a nadie anterior de la saga. Los cambios en los personajes antiguos son igual de interesantes y coherentes, demostrativos de madurez, lo cual pone la imprescindible pincelada de color otoñal: La nostalgia también es amarga, ya que aunque se conserve el carisma (caso de Han Solo) nada sigue siendo exactamente igual: El propio Solo ya no tiene la socarronería del escepticismo burlón hacia La Fuerza.

Y a partir de ahí, es una película de Star Wars en toda regla, que es lo que cabría esperar cuando vas a ver una película de Star Wars. Funciona estupendamente no sólo porque esté muy bien hecha y por su ritmo trepidante, sino porque recupera la esencia, lo genuino, al contrario que las pretensiones de las precuelas: Es cine de entretenimiento, no es Tolstoi. Pero tampoco me resulta un remake, porque ya he probado a ver los episodios IV al VI después del VII, y luego he repetido el VII, y lo siento pero no me parece igual, no es la misma película. Es el mismo universo, la misma saga, es lógico y coherente que haya similitudes, es inevitable que las haya. Se comprende que para muchos pueda resultar más de lo mismo, pero es que sólo podía ser así, o no ser. Mucho mayores habrían sido las críticas si se hubiera alejado de lo que se esperaba. Es como si vas a ver a Iron Maiden en directo y te quejas de que siempre toquen las mismas, aunque no haya dos conciertos iguales…

Y precisamente con el último disco de Iron Maiden pasa algo parecido: “The Book of Souls” es el trabajo otoñal de los británicos que más se parece a su época dorada de los 80, y sería poco comprensible que a quienes más les gusta este grupo pudiera desagradarles ese planteamiento. Yo reconozco que veo mayor mérito, creatividad y elaboración en discos anteriores como “Dance of Death” (2003) o “A Matter of Death and Life” (2006) (al contrario que en el precedente “The Final Frontier”, 2010, algo más flojo), y en líneas generales aquellos me parecen discos objetivamente mejores que el último, pero para animarme, para sentir ese subidón de adrenalina Heavy Metal que hace 20 años era frecuente en mi vida, cada vez me apetece más escuchar éste.

Y si, también hay copias o autoplagios por doquier; si me pongo a escuchar “Phantom of the Opera” (1980), de repente me arranco a tararear un solo de “The Red and the Black” de este nuevo álbum, por poner un ejemplo. Y no me importa, al contrario, encantado. Otra cosa es que todos sus discos desde aquella época hubieran sido así, más o menos como AC/DC, que no es el caso (a pesar de que siempre han mantenido un sello de identidad).

Y tres cuartos de lo mismo con respecto a la portada: ¿Ha copiado Mark Wilkinson a Derek Riggs? Bueno, sencillamente ha dibujado al mismo personaje que aquel hiciera famoso (porque no podía ser de otra manera), le ha aportado una estética propia y fresca a pesar de los idénticos rasgos, y ha logrado el Eddie más auténtico, convincente y sobrecogedor que se ha visto en una carátula de Iron Maiden desde hace unos 30 años. De hecho, una de las 3 ó 4 mejores portadas de la historia del grupo, para mi gusto. Nuevamente, funciona por su sencillez, por ir a la esencia, a lo genuino, por no tratar de inventar pretenciosamente.

No obstante, tanto en el caso de Star Wars como en el de Iron Maiden, como en el de cualquier revisión de viejas glorias, hay un punto común, que es la definición misma de la nostalgia: Nada vuelve a ser exactamente igual, porque no es lo mismo rememorar que revivir (lo segundo en realidad es imposible): se saborea pero no alimenta igual, no deja el mismo poso, porque de hecho el poso ya estaba.

Lo anterior ocurre incluso viendo ahora las viejas películas, como “El Imperio Contraataca” (1980) o escuchando los viejos discos, como “Peace of Mind” (1983) o “Powerslave” (1984): Ya nunca será igual que las primeras veces. No es mejor ni peor, es distinto. O, como mínimo, es distinto al recuerdo que se tiene de lo que fue. Como jugando con el emulador del viejo ordenador, o como volviendo al lugar en el que se vivió el primer campamento de verano.

lunes, 18 de enero de 2016

Descubriendo



Si 2015 lo finalicé con dos excursiones para huir del mundanal ruido, 2016 lo he iniciado con otras dos que me han servido para encontrar lugares que no conocía, que ratifican que siempre queda algo por descubrir.

El quinto día del año, tal y como me había propuesto (y así reflejé en la entrada antes aludida), aproveché ese pequeño respiro meteorológico que estaba esperando -y que no impidió alguna nevadita, algún chirimiri y ratos de pasar frío- para subir a la modesta Risca de Santa Catalina en Valdemaqueda, prosiguiendo luego con una larga travesía hasta Hoyo de Pinares.



Fue otra nueva muestra de las grandes extensiones de pinar que se hallan al oeste de la Sierra de Guadarrama, como en aquella otra excursión entre Cebreros y Valdemaqueda. Aunque no sea terreno montañoso –sin menoscabo de airosos riscos como el mencionado-, y aunque toda la zona sea similar, cada nuevo rincón es un nuevo regalo para la vista y para la evasión, más en un terreno tan relativamente poco transitado.





El tercer sábado del año, he optado por un paraje más conocido, de hecho muy conocido, para sin embargo acabar dando con un lugar concreto del que ni siquiera había oído hablar. Recorriendo sendas de La Pedriza por las que nunca había estado, descubrí el rincón bien conocido por muchos escaladores como La Raja.







Y aunque pueda perder encanto saber que se trata de una cantera abandonada, su relativa naturalización después de tantos años lo convierte en un sitio verdaderamente llamativo, en el que cualquier niño se sentiría como Indiana Jones llegando a la ciudad de Petra en La Última Cruzada. Y no pude evitar la emoción de uno de los descubrimientos inesperados más curiosos que he disfrutado nunca en Guadarrama. Por que una cosa es que te lleve allí alguien que lo conoce, o que vayas tú ex profeso a conocerlo por ti mismo tras haber oído o leído sobre ello, y otra muy distinta es encontrártelo cuando ni siquiera sabías que existía.






Así que, si tuviera que hacer otra nueva metáfora en alusión a la anterior entrada de las dos excursiones previas, sería más o menos así: Para dejar de cabrearte con la facilidad con la que los demás demuestran su desprecio hacia lo que desconocen, lo mejor es descubrir aquello que desconoces tú mismo, que posiblemente te llevarás alguna grata sorpresa. Ya que no puedo solucionar los que otros tengan en su cabeza, me limitaré a tratar de mejorar todo lo que pueda de lo que falta en la mía, que supongo que es mucho.




viernes, 15 de enero de 2016

El escapismo según Woody Allen

Del libro “Woody por Allen”, con entrevistas realizadas al cineasta por el crítico y realizador de cine Stig Björkman.

Se ha dicho que si hay un gran tema central en mis películas, tiene que ver con la diferencia entre la realidad y la fantasía. Aparece en mis películas con mucha frecuencia. Y creo que en realidad, esto se reduce a que odio la realidad. Y, ya sabe, por desgracia la realidad es el único lugar en el que podemos conseguir un buen filete para la cena.

Creo que esto viene de mi infancia, cuando siempre me evadía en el cine. Era un chico muy impresionable y crecí durante la llamada “edad de oro del cine”, cuando se hacían todas esas películas maravillosas. Me acuerdo del estreno de Casablanca y de Yankee Dandy, todas esas películas americanas, las películas de Preston Sturges, las películas de Capra

Siempre me estaba evadiendo con esas películas. Dejabas atrás tu casa modesta y todos tus problemas con el colegio y la familia y todo eso y te ibas al cine, y allí la gente tenía áticos y teléfonos blancos y las mujeres eran encantadoras y a los hombres siempre se les ocurría una observación ingeniosa en el momento oportuno y pasaban cosas extrañas pero siempre acababan por resolverse y los héroes eran auténticos héroes, y era simplemente estupendo. Así que creo que eso tuvo una influencia tremenda, me produjo una impresión abrumadora.

Y conozco a muchas personas de mi edad que no han sido capaces de liberarse de esta influencia, que han tenido problemas en su vida a causa de ella, porque siguen sin poder comprender –en etapas muy avanzadas de su vida, cuando ya tienen cincuenta o sesenta años- porqué todo aquello en lo que creían, sentían, todo aquello que anhelaban y pensaban, resultó no ser cierto; y porqué la realidad es mucho más dura y mucho más fea.

Cuando nos sentábamos en esas salas de cine, creíamos que era real. No pensabas: bueno, así son las cosas en las películas. Pensabas: bueno, yo no vivo así. Vivo en Brooklyn y en una casa modesta, pero hay mucha gente en el mundo que tiene una casa como ésa, y que monta a caballo y conoce a mujeres hermosas y toma cócteles por la noche. Es simplemente otro estilo de vida. Luego eso se va corroborando por el hecho de que lees los periódicos y ves que hay personas que llevan una vida diferente, y crees que sus vidas son distintas de una manera absolutamente positiva, que sus vidas son distintas y fáciles como en las películas. Es algo tan abrumador; yo no lo he superado nunca. Y conozco a mucha gente que no lo ha superado nunca.

Y aparece continuamente en mi obra. La sensación de querer controlar la realidad, de ser capaz de escribir un argumento para la realidad y hacer que las cosas salgan como tú quieres. Por que lo que hace el escritor –el cineasta o el escritor- es crear un mundo en el que te gustaría vivir. Te gustan las personas que creas. Te gusta la ropa que llevan, las casas en las que viven, su manera de hablar, y eso te da la oportunidad de vivir en ese mundo durante algunos meses. Y esas personas se mueven al compás de una hermosa música, y tú estás en ese mundo. Así que tengo la impresión de que en mis películas hay siempre un sentimiento que lo impregna todo de la vida idealizada, de la fantasía, en contraposición a lo desagradable de la realidad”.

domingo, 3 de enero de 2016

Paisajes serenos para tiempos ruidosos



Al final, lo mejor de estos días vacacionales está siendo para mí, como en cualquier otro momento del año, mis escapadas al campo, para no tener que aguantar la vulgaridad de abajo.




El sábado 26 estuve en las inmediaciones de Navacerrada, por el Cerro de la Golondrina y el embalse homónimo del pueblo. Aún no había llovido desde hacía demasiadas semanas, y al levantarse la niebla se percibía cómo la contaminación prácticamente llegaba hasta la sierra, pero aún así respiré mejor ambiente que en la ruidosa ciudad.




El miércoles 30 ya hice un itinerario más exigente, subiendo a Siete Picos y Cerro Minguete desde Cercedilla. La niebla se mantuvo en el pie de la sierra y llanura madrileña durante todo el día, así que la excursión fue algo así como una metáfora de cómo salir de la gris y oscura realidad, ascendiendo a la luz, gracias a la limpieza de las –ahora sí- lluvias previas y a pesar de la escasez de nieve, aunque teniendo que volver al final de nuevo al “ruido”.



En el momento de salir de la niebla, aún se mantenía un velo difuso, que otorgaba al paisaje un toque como de ensoñación. Aparte de que yo llevaba un cierto cansancio o falta de horas de dormir, este ambiente también vino a recalcar lo irreal que parece alcanzar parajes idílicos entre tanta fealdad.



Desde arriba, el mar de nubes engrandecía, como en tantas otras ocasiones, las vistas desde la Sierra de Guadarrama. Era como si ella tampoco quisiera ver lo que se cocía en los mentideros de abajo, frustrada ya de tanta desilusión; Razones no le faltarían para quejarse, con la broma en que se ha convertido su declaración como Parque Nacional, título aprovechado como moneda de cambio para intereses de rápido consumo de los que están bajo la niebla.









Me llamó la atención constatar que el capricho del Río Alberche (que pertenece a la cuenca del Tajo pero nace en la vertiente norte de Gredos Oriental –según lo cual parecería a priori más proclive a desembocar en el Duero-), no se limita (al menos aquel día) al propio curso del afluente, sino que su propio valle era invadido, también al norte de Gredos, por una lengua del mar de nubes desde la meseta sur. Al otro lado de la irrisoria Cuerda de los Polvisos (sin embargo verdadera divisoria del Sistema Central en esa parte), toda la meseta norte estaba libre de niebla. En la naturaleza no está mal visto cambiar de posición, moverse con libertad y sin ataduras, no tener etiquetas. La única regla es adaptarse al medio.




Y a la bajada, lo dicho, tras echar un último vistazo a ese paisaje que sólo a veces se llega a vislumbrar por un tiempo (como cuando llegas a creer que todo se puede cambiar), vuelta a lo de siempre, a la persistente nebulosa… Aún me quedaban dos comidas familiares con tertulias de geométrica fealdad urbana moderna.





Así pues, en los días que me quedan de vacaciones, si la meteorología no lo pone prohibitivo, espero poder hacer alguna escapada más a la sierra. Necesito recargarme antes de volver a las otras tertulias ruidosas, las de oficina…



miércoles, 30 de diciembre de 2015

Después de escuchar a unos y a otros...

Nada como unas elecciones de resultado incierto e insatisfactorio para todos justo al comienzo de las fiestas navideñas para despertar (si es que estaba dormido, que no) al demonio interno del desprecio al oponente en las tertulias familiares y de amigos. Parece que lo hubieran hecho aposta (que puede que sí, pero no sé si con esta intención concreta).

La verdad es que en mi caso sí que lo he percibido como un despertar de la crispación, porque los meses previos he procurado mantenerme al margen de todos esos debates sensacionalistas, o de cualquier influencia mediática claramente manipuladora (que en realidad lo son todas), y de hecho es algo que hago desde hace años. Es la única manera que tengo de sentir que juzgo las cosas lo menos condicionado posible. Eso por un lado, porque por el otro, cuando no puedo evitar estar en medio de una discusión, siempre me siento incómodo ante tanto convencimiento, por todas las partes. Siempre siento que si contradigo algo, o incluso si simplemente me quedo sin decir nada (que es lo que hago la mayoría de las veces), corro el riesgo de que me juzguen con la habitual ideología del “si no estás de acuerdo conmigo, estás contra mí”.

Bueno, pues tras haber escuchado a unos y a otros, llego a la conclusión de que, al final, por muy distintas que parezcan las cosas ahora, y a pesar de todo lo ocurrido en los últimos años, en el fondo todo sigue igual. Pueden surgir nuevos partidos, se les pueden poner nuevos nombres y colores, que seguiremos siempre divididos en bandos (sobre todo en dos bandos). Seguiremos siempre convencidos de que nuestra parte tiene razón y la otra está equivocada, que nosotros tenemos sentido crítico y los otros no piensan, que las maldades de los de enfrente son siempre más malas, etc. Y si borráramos de los discursos y debates de la gente las palabras identificativas de a quién defiende cada uno, probablemente no seríamos capaces de adivinarlo, porque en muchos aspectos ambos bandos utilizan argumentos muy parecidos, incluso para contradecir esto mismo que digo en este párrafo: “sí, todo huele mal, pero unos huelen peor que otros”, “sí, todos la cagan, pero unos más que otros”…: Efectivamente, los otros también argumentan eso mismo.

Me llama la atención que casi todo el mundo a mi alrededor siga encerrado en lo de siempre, igual de convencido que siempre (o más) de lo que siempre había pensado (o eso aparentan), mientras a mí me ocurre lo contrario: con los años cada vez tengo las ideas menos claras, cada vez creo menos en un bando concreto, cada vez veo más errores y aciertos en todas las partes, cada vez me siento menos cerrado en lo que antes creí.

Llámenme ingenuo, llámenme naif, pero cada vez tengo más claro que la verdadera solución sería acabar de una vez por todas con esa pelea de niños pequeños, en la que ya no se sabe quién empezó a insultar primero, y todas las partes perdieron la razón hace tiempo. Esa riña tribal que no conduce a ningún lado, como les ocurre a los protagonistas del Duelo a Garrotazos de Goya. Quizá es que ya se ha llegado tan lejos que ninguna de las partes sabe cómo retroceder, o simplemente ya no es posible avanzar hacia ningún sitio, con los pies enterrados en el suelo como en la citada obra pictórica. Quizá sea el complejo que produce reconocer los errores propios sin saber si la otra parte va a reconocer los suyos. Bueno, ¿errores propios? ¿qué errores propios? ¡Si la culpa es de los otros, faltaría más!

Por eso tampoco suelo hablar de estos temas en el blog. Y no es porque el blog no vaya de esto, porque para mí el escapismo no es mera evasión lúdica, es también ver las cosas de manera diferente a la acostumbrada. Y eso es lo que me gustaría, poder escapar a un lugar en el que dialogar sobre política fuese contrastar ideas de manera constructiva, por muy diferentes que éstas sean, vengan de la izquierda, de la derecha, o del partido que sea. Huir de tertulias endogámicas en las que la gente de la misma ideología se da la razón complacientemente mientras critica a los de la ideología contraria, o de debates encendidos entre personas de ideologías opuestas en los que el empecinamiento, el cabreo y el volumen de las voces va en aumento con el paso de los minutos.

Escapar a un lugar en el que opinar distinto, o escuchar opiniones distintas (incluso opuestas), produzca la satisfacción a todos de haber recibido el teóricamente positivo efecto de ampliar el conocimiento propio. Lo dicho, llámenme ingenuo.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Compartir la montaña




Ya hablé en cierta ocasión (hace mucho, en una entrada de la primera época del blog), de las diferencias que se perciben emocionalmente entre las excursiones en solitario y las que se hacen con amigos, sin la intención (ni la consecución) de decantarme por unas u otras, ya que ambas tienen sus ventajas.





De hecho, algunas de esas ventajas provienen de una supuesta desventaja. Por ejemplo, cuando vas por primera vez a un lugar en el que no has estado, o realizas una ruta nueva, en el caso de ir solo –y a pesar de la ventaja del privilegio de descubrirlo en solitario- echas de menos no poder compartir el “descubrimiento” con tus amigos; eso lleva, sin embargo, a que por un lado estés haciendo mentalmente presentes a tus amigos al imaginar cómo les estaría gustando a ellos estar ahí, y por otro a que te reserves la excursión para poder compartirla alguna vez en el futuro: “pues os tenéis que venir a subir por donde subí yo ese día…”.






Eso es lo que he vivido últimamente con la poco conocida ascensión a La Maliciosa por la Cuerda de los Asientos, y la conclusión es que puede haber pocas excusas mejores para hacer la misma excursión dos veces (o más, si no vienen todos tus amigos montañeros en la primera repetición…)




sábado, 5 de diciembre de 2015

…Ahí quería yo llegar (Cerro del Caloco)



No, a La Coruña no (ni a Villacastín ni a Adanero). A donde quería llegar, desde hace años, es a lo alto del Cerro del Caloco, que llevaba viendo de toda la vida desde la carretera N – VI, en diversos viajes.



No se puede decir que fuera un deseo de siempre, sino más bien una curiosidad surgida ya en mi época de esto de subir montañas. Antes no me habría fijado en el Caloco con esa idea, puede que ni me hubiera fijado más de dos segundos seguidos en él. Pero una vez que uno se acostumbra a mirar para arriba atraído por el juego de las ascensiones, cualquier elevación, por pequeña que sea, llama la atención.



Y, al igual que desde el coche me imaginaba muchas veces subiendo por ahí, en la definitiva culminación me imaginé cómo me habría visto alguien que desde un coche se hubiera fijado en mí, incluso yo mismo si pudiera desdoblarme. Y ahora, escribiendo esto, trato de imaginar qué sensación me producirá volver a pasar por la carretera y mirar al Caloco que antes era deseo y ahora es recuerdo, anécdota.


Y así de sencillas y básicas, incluso infantiles, son las aspiraciones de los montañeros.



Más fotos y descripción en Pirineos 3000.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Ascensiones cronometradas: Balance y perspectivas


Casi un año y un mes después de proponerme esta modalidad de montañismo nueva para mí, consistente en ir mejorando los tiempos de una ascensión determinada, repitiendo el itinerario cada vez más rápido, ha llegado el momento de hacer balance, y de plasmar una nueva idea, seguramente algo friqui, que me ha ido surgiendo a raíz de ello. Sin que ahora lo refleje como entonces, me siento un poco como cuando en los primeros tiempos de este blog hacía lo de los “planes de escapada”.

Tras este tiempo, he hecho un total de 7 excursiones con la citada premisa, en 3 itinerarios distintos. Al de la Maliciosa por el Arroyo de Tijerillas, cuyo primer tiento ya reflejé aquí en la misma entrada ya enlazada, y el cual he repetido otras dos veces más, he añadido otro a la Maliciosa pero por la Fuente de la Campanilla y Collado del Piornal con bajada a Matalpino (que he hecho dos veces en total) y otro a La Peñota desde Cercedilla (también dos veces).

En todos los casos he ido mejorando los tiempos, tanto en los tramos parciales como en el total, y en todos los casos el tiempo final me ha satisfecho bastante, superando mis mejores previsiones. Como ya dije en la entrada previa, no los voy a reflejar aquí, pues el objetivo no era presumir de ello, sino divertirme de una nueva manera.

Tras la última repetición de cada uno de los tres itinerarios, en principio creo que ninguno de ellos lo voy a intentar superar más, pues creo que probablemente excedería a mi límite de lo disfrutable, al menos  hoy por hoy. Además, en los tres casos hice la última repetición bajando más en carrera que andando, y aunque es algo que he llegado a disfrutar bastante en todas las ocasiones, por un lado lo veo difícil de superar, y por otro veo claramente un aumento del riesgo (de caída o de lesión) que no creo que valga la pena. De hecho, la última vez, que fue la segunda bajada de La Maliciosa a Matalpino, me llegué a torcer el tobillo, afortunadamente sin consecuencias graves salvo una pequeña hinchazón que he tenido dos o tres días. No me quiero exponer más a ello.

Y en relación a lo de correr, aquí viene una de las primeras reflexiones o conclusiones respecto a cosas que sugerí en la entrada de hace un año, que es la posibilidad de adentrarme en el trail-running. La verdad es que esas bajadas corriendo me han parecido muy disfrutables. No era algo absolutamente novedoso para mí, pero sí de la manera más continuada en que lo he hecho ahora, y me ha gustado, me ha parecido divertido. Sobre todo, la improvisación a la hora de situar cada paso en el mejor lugar posible para seguir controlando la estabilidad (una sensación parecida a los movimientos dinámicos y fluidos en la escalada –el famoso “baile” al que me referí en la entrada que escribí hace once días-), al tiempo que ves el terreno moviéndose a toda velocidad alrededor tuyo. Pero, debido a lo que ya he explicado en el anterior párrafo, creo que si en algún momento me dedicara más de lleno al trail-running (que sigo sin tenerlo claro), lo haría –al menos inicialmente- por terrenos menos inclinados y con menos irregularidades en el camino. También me quedaría por ver cómo es eso de hacer una ascensión de montaña corriendo, pues las partes de subida las he hecho siempre andando; sin parar y a buen ritmo, pero sin correr.

Lo anterior se me antoja complicado, al menos en subidas del desnivel e inclinación de las citadas, pues en la más rápida de las subidas (siempre la última), ya iba cerca del límite, y en el caso del primer itinerario a La Maliciosa (la tercera vez) incluso llegué a sentirme mal, y eso sin ir más allá de ir andando, con lo que correr me lo imagino aún más sufrido. Eso sí, menos peligroso que correr bajando, supongo.

En cualquier caso, en lo de las subidas sin paradas y a buen ritmo también he sacado un beneficio muy positivo: He aprendido un poco más a dosificar las fuerzas, a sincronizar la respiración, y a mantener el esfuerzo con tenacidad (otra vez la lección de la constancia, aprendida con la escalada). Esto me ayuda a afrontar mejor cualquiera de las otras ascensiones que sigo haciendo al estilo “clásico”, sin prisas vaya (que siguen siendo la inmensa mayoría, como también me propuse), y de hecho ahora tengo la sensación de que me cuestan mucho menos (sin exagerar, algunas me parecen paseos), y por tanto las disfruto más. Aunque siempre he pensado que me pegaba buenas pateadas, ahora lo relativizo y no me parecen para tanto: me da la sensación de que puedo hacer lo que me proponga (con sus límites, claro). No es que esté más en forma físicamente (aunque algo sí), es sobre todo que estoy mucho más en forma mentalmente. Como me pasa, de nuevo, con la escalada.

La conclusión general y final, en relación a lo que me planteé hace un año, es que efectivamente, como decía entonces en el mismo título de la entrada, una nueva forma de disfrutar de la montaña me ha ayudado a volver a tener ganas y motivación; no sólo para estas excursiones cronometradas, sino para todas en general. Se demuestra una vez más que hay que renovarse o, como dicen hasta aburrir los motivadores (vaya paradoja), reinventarse. Lo  bueno es que por el camino he llegado a sentir lo que tantas veces años atrás, como me ha ocurrido este verano y, mejor aún, tras ese punto culminante no he sentido ningún bajón de ganas en absoluto. Si bien, tal y como decía en la entrada de hace un año, tras el Mont Blanc sí vino un nuevo bajón, ahora no lo ha habido aún. Al mismo tiempo, la mejor lección aprendida de ese último bajón, que es la de no frustrarme por el hecho de renunciar a alguna excursión (por mal tiempo u otros imprevistos) sigue funcionándome: Ilusionarme sin llegar a ser esclavo de dicha ilusión.

Sin embargo, también tengo que reconocer que el disfrute de la novedad, en la última de las 7 excursiones cronometradas ya no estaba presente con la intensidad de las primeras, como lo describí en la entrada de hace un año, lo cual es lógico. Así que tocará, más tarde o más temprano, volver a renovarse, y por eso ahora viene lo de la idea “friqui” para el futuro, lo del “plan de escapada XXL”. Por un lado, tendré que idear más itinerarios de éstos para ser cronometrados en más de una ocasión (pero ahora evitando lo de correr en las bajadas); hasta ahora he hecho rutas de medio día, que me permitían llevar menos peso en cuanto a comida y demás, pero puede que prolongarlo a itinerarios más largos, de un día entero, sea un interesante paso más allá. También probar otras condiciones, pues hasta ahora lo he hecho con temperaturas suaves y sin nieve, evitando así llevar más peso de ropa y material en la mochila, así como el tener que estar poniéndome y quitándome las cosas; sería otra perspectiva interesante, tanto en nuevos itinerarios como en los que ya he hecho (obviamente no puedo esperar tardar lo mismo, aunque también sería curioso comparar los tiempos); lo malo es que esas condiciones invernales también son muy cambiantes ente ellas mismas (más o menos superficie nevada, diferentes estados del manto, etc.).

Pero, y aquí viene la verdadera “fricada”, el plan que me he propuesto a raíz de este relativo dominio de las ascensiones (y en especial a La Maliciosa), es precisamente hacer más de una ascensión a La Maliciosa (o más tarde a otras montañas) en el mismo día. Creo que podría hacer hasta tres (de cierta enjundia en cuanto a desnivel) sin que se me hiciese de noche: Saliendo del pueblo de Navacerrada, la primera sería por el itinerario original de estas ascensiones cronometradas (la Barranca y Arroyo de Tijerillas), bajando por el mismo sitio a La Barranca, para hacer la segunda por la Fuente de la Campanilla y Collado del Piornal, bajar luego al Collado de las Vacas y un poco más en dirección Matalpino, y subir la tercera por alguna de las canales de la cara sur o sureste. Todo ello, desde luego, a menor ritmo que en las excursiones cronometradas, para ir dosificando, pero sin parar y aprovechando precisamente, una vez más, la lección aprendida de la constancia en el esfuerzo, ahora por terreno bastante más conocido. Ya iremos viendo y planeándolo (para la próxima primavera, que ahora la luz ya dura muy poco).

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Aprendiendo a andar… por las paredes

Tengo pendiente desde hace tiempo dedicar unas líneas a ciertas reflexiones que me han ido surgiendo desde que he convertido la escalada en un hábito, pero hasta ahora no lo he hecho por no saber exactamente cómo plasmarlo, y de hecho aún no sé si lo tengo claro. Como eso último en realidad no tiene por qué ser necesariamente un inconveniente, y en cualquier caso quería hacerlo ya, pues aquí va.

Digo que he convertido la escalada en un hábito, y ahí está buena parte del meollo de la cuestión. Cualquiera que se haya dedicado a un cierto nivel a alguna modalidad de escalada, sabe perfectamente que este es un deporte que no se puede dejar ni tan siquiera un mes, si no se quiere tener que emplear bastante más tiempo que ese mes en volver a tener la forma e incluso la técnica que se había llegado a alcanzar antes de dejarlo. Eso suena a sacrificio y a ser esclavo de algo, pero yo nunca lo he sentido así, ya que por un lado lleva aparejada una satisfacción casi permanente por la constante mejora que se experimenta, y por otro, pasado un tiempo, uno empieza a valorar la lección que esa constancia te aporta. Es el deporte más agradecido que personalmente he conocido (me refiero a actividad clasificable exclusivamente como deporte: el montañismo para mí es mucho más), y de algún modo recuerda a lo del “partido a partido” que de manera tan manoseada hemos escuchado a ciertos (o cierto) personajes del mundo del deporte de masas: es aplicable a la vida.

Previsión de disfrute es igual a entrega deseada; esfuerzo, insistencia y paciencia en la repetición de esas entregas deseadas no llega a ser sacrificio ni esclavitud, sino que es una rutina de distracción que a cambio se traduce con el tiempo en sentirte alguien nuevo, alguien que, en general, ha aprendido a tomarse las cosas de otra manera. Voy dos o tres veces a la semana a escalar porque realmente me gusta, porque disfruto sintiendo que estoy desarrollando un instinto que de alguna manera me pedía el cuerpo. Como aprender a andar, pero ahora por las paredes. Y en eso consiste la vida, en seguir aprendiendo a andar por terrenos distintos de los que conocías antes, aunque a priori pudieras creer que no serías capaz.

Como ya he mencionado, existen varias modalidades de escalada; todas ellas aportan algo. Aunque me hace ilusión salir a escalar a la roca natural (al tiempo que me produce respeto), en cualquier caso desarrollo habilidades físicas y mentales en los rocódromos, que es donde estoy casi siempre, sobre todo haciendo boulder, pero también vías verticales con cuerda. Me gusta sobre todo hacer travesías, aguantar en la pared el máximo tiempo posible, aprender a resolver con tranquilidad los pasos más difíciles. Me gustan también los bloques cortos, pero esa explosividad y brevedad me atrae menos. No comparto – aunque respeto – lo de los ánimos eufóricos, lo del “¡vamos bicho!”, y todo eso. No es porque me parezca mal, es porque la escalada a mí me aporta tranquilidad y serenidad, que es el estado en el que mejor resuelvo las secuencias, y esa es la parte que más siento que me está enseñando a ver la vida de otra manera. En cualquier caso, esa es parte de la gracia de la escalada: ofrece muchas opciones, para que cada uno la sienta como quiera, para que cada uno sea uno mismo, y luego además se pueda aprender de otros compartiendo; creo que casi hay una forma de escalar para cada persona.

Me dejo muchas cosas, y otras las he tocado sólo por encima (ya dije que no tenía claro si sabría expresarlo). El propio aprendizaje, al menos como yo lo he experimentado, es un proceso progresivo aparentemente interminable: no dejo de sorprenderme con cada cosa nueva que soy capaz de hacer, con cada mejora cada vez que vuelvo a cada rocódromo y paso por donde antes no era capaz, y sobre todo con la fluidez de los movimientos y de las ideas para resolver problemas. Hasta ahora, casi todos (o todos) los deportes practicados en mi vida me llevaban a un punto desde el cual ya no sentía una mejora; podía seguir jugando pero ya no iba a más; comparar eso con la escalada es –en mi caso- como comparar el crecimiento físico de las personas con el de los árboles.

Es una gozada sentir la armonía de los movimientos, de las secuencias de posturas, del uso de tu propio peso y equilibrio para desplazarte, del ritmo; a menudo hay quien lo compara con bailar, aunque yo no puedo hacerme a la idea pues esto último nunca fue lo mío (ni por calidad ni mucho menos por disfrute). Y la concentración a la que te lleva el ir pensando (muchas veces improvisando) los pasos es una verdadera escapada; es un juego mucho más intelectual y creativo de lo que uno se imagina antes de empezar a practicarlo.

También me gusta el hecho de que no necesito ganar a nadie para sentir que he ganado. También existe la escalada competitiva, pero, al igual que lo que dije antes acerca de la euforia y los bloques breves y explosivos, me interesa menos. Igualmente, la sensación de derrota no existe; en todo caso, existe el día en el que se aprende de aquello que no sale. Tampoco es un deporte que practique para estar en forma, sino que me mantengo en forma para poder practicarlo (aunque en realidad esto se retroalimenta): No disfruto del resultado, sino del camino para llegar a él. Una vez más, importa andar más que la meta.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Regreso al pasado con The Musical Box

Mientras la muchachada friqui mundial, espoleada por unos medios de comunicación hechos a imagen y semejanza de nuestra eterna adolescencia (el opio del siglo XXI, el más efectivo por venir incluido sin necesidad de administrarse) celebra una fecha presuntamente fundamental para la historia de la ciencia ficción (como si la primera vez que vimos “Regreso al futuro II” -o incluso la segunda, o la tercera, o...- nos hubiéramos fijado en el día exacto y lo hubiéramos apuntado inmediatamente como algo crucial), yo aún saboreo lo que la noche anterior ha sido para mí un auténtico viaje al pasado, en concreto a los irrepetibles años 70.

Mi objeto de deseo no era un almanaque deportivo, sino una auténtica caja de música, la que toma el título de una de las composiciones fundamentales de los verdaderos Genesis (los de Peter Gabriel, por supuesto) para nombrar a la considerada como mejor banda tributo al mítico grupo de rock progresivo. Este objeto de deseo no recopilaba los resultados de los partidos de la segunda mitad del siglo 20, sino un conjunto de temas inolvidables creados desde la más brillante imaginación en los primeros años de mi década favorita, musicalmente hablando.

Y es que los canadienses The Musical Box, aparte de ser unos músicos de sobresaliente nivel técnico, encabezados por un Denis Gagné que ofrece una interpretación increíblemente creíble de Peter Gabriel tanto en lo vocal como en lo visual, llevan a cabo una réplica tan exacta de los Genesis de aquella época, que inevitablemente te trasladan hasta la misma. A ello ayudaban los decorados, las luces, la escenografía, el vestuario y disfraces, las proyecciones de diapositivas, e incluso los propios instrumentos y amplificadores o al menos su estética (salvo alguna licencia como las pedaleras de los clones de Steve Hackett y Mike Rutherford), todo ello extraído directamente de la gira de “Seiling England By the Pound”, de 1973, que es la que reproducen en su actual gira.

El viaje no sólo es en el tiempo, claro, porque viajar al prog de los 70, máxime en el caso de una de las bandas más evasivas de entonces, es hacerlo en todas las dimensiones a la vez, incluidas las no registradas por la ciencia. Ver al ¿falso? Peter Gabriel con sus marcianas caracterizaciones, representando el surrealismo de manera tan asombrosa, mientras los acordes oníricos se funden con las todavía lisérgicas luces de la bola de espejos girando, es adentrarse en algo totalmente diferente a lo que estamos acostumbrados ahora, incluso aunque se sea seguidor habitual del rock progresivo actual.

Y eso también hay que decirlo, el estar sentado en una localidad relativamente alejada del escenario (aun siendo muy bien visible), viendo a The Musical Box casi haciendo honor a su nombre, como metidos en la caja del escenario, con esas características tan alejadas de lo actualmente convencional, casi me daba la sensación de estar viendo una especie de ventana al pasado, como en el cine, sin mucho de eso que ahora se da en llamar “experiencia inmersiva”, y que suena tan “guay” como todo en la tecnología actual (vaticinada o no por la película de Robert Zemeckis). Disfruté del concierto, pero la calidad incontestable con la que estaban tocado piezas tan monumentales como “Firth of Fifth”, “Cinema Show” (qué bien traído el nombre en este punto de la entrada), “Supper´s Ready”, o la homónima del grupo, no llegaba a mis emociones con la misma fuerza que, sin ir más lejos, el concierto de la banda tributo a Genesis española, Harold and the Barrels de hace un año. En otras palabras, y sin irme por las ramas (espacio - temporales), no me acabé de meter del todo en el concierto, o no al menos todo lo que estaba mereciendo la ocasión, objetivamente. También puede ser cosa de cómo me pillara el día, que con Genesis me ocurre que cuando quiero prestarles atención me impresionan menos, pero cuando los tengo puestos de fondo mientras hago algo me acabo distrayendo de la actividad principal con sus genialidades coloristas (con los teclados de Peter Banks normalmente a la cabeza en ese sentido).

En cualquier caso, como quiera que ver en directo a The Musical Box es prácticamente como estar viendo a Genesis en si mismos, sin exagerar, para lo que sí me sirvió la experiencia es para darme cuenta de lo difícil (casi imposible) que es hacerse a la idea de lo que tuvo que ser presenciar algo así hace más de 40 años, incluso aunque entonces se pudiera estar más acostumbrado al estilo. Si ahora impresiona, entonces tenía que alucinarse en todos los colores. En palabras de Ian Anderson, líder de los también míticos Jethro Tull, “nos dieron una lección a todos los que entonces creíamos que hacíamos algo original sobre el escenario”.

Así pues, cuando salí del Teatro Nuevo Apolo de Madrid, aunque me dirigiera a una muy cercana y visible estación del metro, casi necesité cerciorarme de que no tenía que buscar el DeLorean que podía haberme llevado hasta las dos anteriores horas de mi vida...