lunes, 27 de mayo de 2019

ZAZ, la mejor escapada musical en mucho tiempo

Aparte del bajón en la frecuencia de post que escribo en el blog, me he dado cuenta de que en concreto hace casi tres años que no escribo nada sobre música, supongo que en cierta medida porque al final la temática predominante (montaña y demás) hace que en esa escasez general de entradas la criba la sufran más los temas menos habituales.

En todo ese tiempo desde junio de 2016 he vivido, supongo (tampoco lo recuerdo todo), muchos buenos momentos musicales, pero el caso es que en los últimos meses, en los de este mismo año 2019, he aumentado la asiduidad de asistencia a actuaciones en directo, prácticamente a niveles de mis mejores tiempos en ese ámbito (también, en parte, por aquello de tirar para adelante en momentos difíciles). El caso es que, unas veces por repertorios, otras por calidad de sonido, y otras por otras razones, en general me he encontrado con más decepciones que alegrías. Y en medio de todas las decepciones, la actuación que ha sobresalido sobre las demás, con enorme diferencia, y la única que de verdad me ha hecho escapar, fue la de la cantante francesa ZAZ, en Abril.

No sé si en el motivo podrá haber algo de la diferenciación en los géneros o estilos respecto a lo que suelo escuchar desde hace mucho (y que caracterizó el resto de conciertos), y por tanto en romper con la “rutina”, pero el caso es que la actuación de ZAZ en Madrid logró provocarme un verdadero subidón de ánimo, hasta el punto de llegar al nivel de la emoción, al de la sonrisa simultaneada con la lágrima. Creo que lo que esta artista y sobre todo persona (Isabelle Geffroy) es capaz de transmitir sobre el escenario trasciende lo musical, aunque sea la música el mejor medio con que lo codifica. Y parte de la demostración de esto que digo está también en la propia y casi constante sonrisa de la cantante, que de alguna manera sabe que está haciendo muchísimo más que cantar o interpretar. Está transmitiendo, directamente, vida. Hace escapar porque hace que los asistentes se sientan más vivos.

Volviendo a lo de los géneros, tengo una sensación encontrada pero finalmente poco significante, en el hecho de que actualmente la parte que más me gusta de toda su música, el gypsy jazz, esté más diluida entre estilos varios más cercanos a pop (que siempre ha desarrollado, pero antes algo menos). Sin embargo, la ventaja es que su concierto fue uno de los más versátiles que he presenciado en toda mi vida, y eso llevó a todo un espectáculo en el que era difícil aburrirse (otro “zasca” a la maldita rutina).

En cualquier caso, creo que la cosa va más allá de lo que fue el directo. Semanas antes, viendo en casa su concierto de la época del disco “Paris” (ésta si fue una actuación verdaderamente más jazz) ya tuve un anticipo de la inyección de ánimo que iba a presenciar en vivo, y la sensación también había sido esa misma: Puro agradecimiento a alguien que, sin conocerte de nada, te está haciendo feliz durante lo que dura el DVD.

Solo me queda dar las gracias a mi amiga Maura por haberme descubierto a esta artistaza hace unos años.

martes, 7 de mayo de 2019

Alex Honnold y Carlos Soria, lo titánico y lo humano

De entrada, una aclaración: Los adjetivos del título de este post no están referidos respectivamente a cada uno de los protagonistas, sino que los dos se refieren a ambos, porque en ambos casos hay un aspecto grandioso en lo que hacen, y en ambos casos hay una parte humana, por cierto muy diferente -pero vagamente relacionada- en cada uno.

En el caso del canadiense Alex Honnold, protagonista del documental ganador del premio Óscar en su última edición, no hace falta aclarar mucho lo épico de su gesta; escalar sin cuerda una pared como la de El Capitán en Yosemite es, sencillamente, algo del todo excepcional, algo al alcance de prácticamente nadie. Para entenderlo ni siquiera vale con ver la película, Free Solo; salvo para otros escaladores libres, calibrar la dificultad -técnica, física y sobre todo psicológica- de la gesta es imposible, independientemente de valoraciones éticas.

A lo que me ayudó más ver el documental fue a sufrir la parte humana de la historia. Y esta se refiere, sobre todo, a las personas que rodean al escalador en su vida personal. Y tampoco me parece que sea fácil vivir con algo así. No puedes -en principio- negar a alguien la libertad de elegir hacer aquello que en la vida le da sentido e impulso para seguir adelante, pero claro, cuando es la propia vida la que está en juego, el sufrimiento anímico que conlleva alrededor es difícil. Es complicado empatizar, y no hablo aquí precisamente de las típicas frases cuñadiles de “esa gente está loca”, “son unos insensatos”, “no vale la pena jugarse la vida por eso”, etc., etc. Es mejor ver el documental para que cada uno saque sus conclusiones. Eso sí, la sencillez con la que Honnold afronta su elección es, al mismo tiempo, sorprendente y comprensible: Es su vida, y además su actividad deportiva está profesionalmente estudiadísima y cuidadísima al milímetro: no es precisamente alguien que no sepa lo que hace. Lo más alejado de un loco, vaya. Y aun así, cuesta entenderlo.

Por similares fechas al día que vi el documental, asistí a una conferencia del alpinista natural de Ávila, Carlos Soria, el más veterano del mundo en ascender a la mayoría de las montañas de más de ocho mil metros. De nuevo la gesta titánica vuelve a estar aclarada, sin necesitar explicación alguna. Pero de nuevo pasa algo similar a lo último que decía sobre Alex Honnold: la sencillez con la que Soria explicó su vida alpinista podría ser similar, o incluso más humilde en muchos casos, que las batallitas de cualquier montañero aficionado de cordilleras ibéricas y nivel de dificultad más bien bajo. Es cierto que no hay un aspecto psicológico tan extremo como en el caso del canadiense; ahí está la gran diferencia. Soria es alguien que transmite amor por la montaña, cariño por sus experiencias vividas, e ilusión por lo que pueda deparar el futuro. Y ojo que a veces también escala sin cuerda (cosas de mucha menor dificutad). Sin duda resultó una charla muy agradable, el tipo de sentimiento del que uno querría estar siempre impregnado; Y a él le ha durado -de momento- hasta los 80 años... y luego otros tenemos baches muchas décadas antes...

viernes, 12 de abril de 2019

Dersú Uzalá (Vladímir Arséniev)

Cuando vi la película Dersu Uazala de Akira Kurosawa hace unos años, comentaba en una entrada de este blog que, habiéndome gustado, no llegó a entusiasmarme emocionalmente, pensando entonces que tal vez me faltaba más costumbre hacia un tipo de cine menos occidental, o quizá los valores que transmitía ya me habían llegado previamente en muchos otros referentes, personales o culturales / artísticos, y ya era un tema que no me resultaba novedoso.

Más o menos por aquella época, el regreso al sentimiento de la relación con la naturaleza seguramente ya había dejado de resultarme un descubrimiento emocionante, para pasar a convertirse paulatinamente en algo dado por hecho y que, pese a seguir siendo básico en mi manera de ser y sobre todo de sentir, ya no me llevaba a maravillarme con la sensación de identificación con quienes realmente exploraron la terra incognita que todavía quedaba hasta finales del siglo XIX – principios del XX, y que sí había disfrutado hasta pocos años antes cuando leía a los Henry Russell y compañía.

Ahora, el sentimiento está todavía más sumergido entre otras muchas impresiones personales provocadas por experiencias que al final acaban sepultando el interrogante que da título a este blog, casi haciéndolo parecer una preocupación trivial o incluso frívola, filosofía innecesaria: Llega un punto en que esto es vivir y punto, “tirar para adelante, que no hay otra”. Eso no quita que precisamente el obligarme a seguir saliendo al campo (entre otras distracciones) me siga sirviendo para no pensar en otras cosas. Pero eso ya casi suena más a terapia que a evasión. En este nuevo marco, haberme puesto a leer el libro de Vladímir Arséniev en que se basa la película de Kurosawa quizá no haya sido la mejor manera (o el mejor momento) de tratar de captar lo que hace unos años no capté. Pero tampoco sé si habría sido muy distinto hace unos años. Y, en cualquier caso, he ido cogiéndole apego a la obra según iba avanzando, muy lenta y pausadamente por cierto, a lo largo de sus páginas.

Así las cosas, empecé a leer Dersu Uzala cuando la oscuridad aludida directa o indirectamente en los títulos de entradas anteriores del blog todavía resultaba intensa y frecuente (aún sigue apareciendo, pero menos), tras uno de los momentos más duros (si no el más) de mi vida. En ese estado, esos capítulos rebosantes de descripción naturalista que a un amante de la naturaleza y titulado en Forestales como yo le deberían como mínimo haber llamado la atención, de pronto me parecían rutinarios, incluso tediosos, con esa estructura meticulosa basada en la geografía de los afluentes y subafluentes del Río Ussuri, sus kilómetros, sus orientaciones y montones y montones de topónimos, seguidos de la descripción de la geología, la flora y la fauna. De repente me veía trasladado a las insulsas lecciones de geografía del colegio, cuando había que aprender datos con esfuerzo y por obligación en vez de aprehenderse por gusto sin esfuerzo alguno (la diferencia entre aprender las cordilleras en un libro de Naturales o impregnarse de ellas cuando se recorren con los pies, al natural). También yo me veía intentando acabar cada capítulo por obligación. Y todo ello sin apenas disfrutar de los escasos momentos que los primeros capítulos dedican a anécdotas y aspectos más humanos.

Todo lo cual me llevó , sin pretenderlo, a llegar a pasar varias semanas sin ojear siquiera el libro. Pero el tiempo fue pasando y, también como he ido aludiendo en esos títulos de las últimas entradas, la luz fue regresando. Nunca (o al menos todavía) como antes, pero sí recordando sentimientos aparentemente olvidados. El “viviendo” se fue haciendo más llevadero con los días, y al recuperar la lectura del libro lo fui encontrando paulatinamente más entrañable. Incluso la rutina geográfica se había convertido en una especie de música reconocible, que hacía más entretenido el lapso entre una aventura y otra en esta historia de exploración en varios sentidos, donde el hombre civilizado se encuentra con el nativo de la taiga y aprende a entender el entorno salvaje de otra forma. Y sobre todo, aprende a valorar el humanismo desde otra profundidad, la que aporta el hombre que no ha sido contaminado por las miserias del desarrollo rapaz, y que cuando trata de adaptarse a las comodidades del mundo moderno se siente más incómodo.

Ahora supongo que me quedaría esperar a otro momento aún más propicio, y volver a ver la película que hace unos años no acabé de captar en todo su significado emocional. Lo dejo pendiente, como cuando en este blog me marcaba planes (qué tiempos aquellos...)

domingo, 16 de diciembre de 2018

martes, 4 de diciembre de 2018

Los recuerdos que siempre me acompañarán

Ser buena persona no consiste en aparentarlo. Tú lo eras, y eso fue mucho más que suficiente.



Te agradezco toda mi vida contigo, papá. Espero que los últimos años, y todos, te haya aportado tanto como tú a mí.



Igual que dije cuando mamá, no me alegra, pero si me consuela (ahora menos que entonces), que hayas podido escapar.

 



Nunca podré llegar a agradeceros todo lo que me disteis, e incluso me seguís dando. Os echo mucho de menos. Os recordaré siempre.


viernes, 7 de septiembre de 2018

viernes, 3 de agosto de 2018

Walden o la vida en los bosques (Henry D. Thoreau, 1854)

Cuando inicié este blog hace ya cerca de 10 años, no sabía en absoluto hacia dónde me llevaría. Al margen de aquella intención inicial, seguramente más lúdica que filosófica, de impulsar y dar sentido a mi deseo de salir a la montaña y de desarrollar todas aquellas actividades que sentía que me alejaban de la rutina que parecía pintar de gris mi vida, poco a poco me vi investigando en diversas fuentes sobre el anhelo de escapismo buscado por muchos en diferentes épocas de la historia (en general más bien recientes).

Plasmé así lo que distintos “aventureros” de variopinta índole dejaron reflejado en libros, bien de su propio puño, bien a través de otros investigadores de sus andanzas. Muchos de ellos revelaban a través de sus experiencias ese afán por la huida de la vida convencional, que más allá del nivel físico, llevaba a otro más conceptual o esencial. Y poco a poco iba empapándome de esa filosofía, aunque sin acabar de abrazarla del todo (ya estaba la duda planteada en el título del blog).

Luego, con los años, y con las experiencias aquí mostradas, todas esas ideas no acabaron de cristalizar en una ideología clara, porque al mismo tiempo seguía viviendo la vida real, la convencional, y ésta me iba dando lecciones cada vez más difíciles de contestar, por mucho blog y mucho libro y mucho escapismo que me chutara en vena. Llegó un punto en que las alternativas y las evasiones me resultaban manidas; habían dejado de conmoverme. Tal vez porque había acabado pensando como vivía, y no al revés.

Y en todo ese lapso, me había dejado sin leer lo que podría considerarse como una de las principales piedras filosofales de todo este asunto de la rebeldía naturalista contra la civilización y la sociedad, el Walden de Thoreau: El que podría haber sido el libro iniciático o la Biblia de este blog, si bien lo fue indirectamente, a través de otros influidos por el mismo como Hacia rutas salvajes, la película Dersu Uzala (tengo pendiente el libro), o –tal vez- Recuerdos de un montañero, por poner tres ejemplos.

No esperaba, por lo tanto, que a estas alturas el libro de Thoreau me volviera a “volar la cabeza” como en su día lo habían hecho aquellas obras en las que me veía gratamente sorprendido por sentir tal afinidad con los sentimientos de escapismo de sus autores o protagonistas. Y efectivamente, no lo ha hecho; ha llegado tarde. No porque ya no crea en la esencia de esas ideas plasmadas, o en la razón de su inspiración (la libertad natural perdida frente a la obligación social), sino porque ahora sí lo siento como utópico, como inalcanzable, y sólo disfrutable eventualmente y en muy pequeñas fracciones del ideal. Esas fracciones son todos esos viajes a la montaña reflejados estos años del blog, y que apenas suponen minúsculos islotes de libertad en un inmenso océano de sumisión. Lo que no quita que sean islotes muy disfrutables y reconfortantes, tanto en ellos mismos como en el recuerdo, y que uno se sienta privilegiado de poder apreciarlos sabiendo que mucha gente los desconoce (aunque otros tendrán otro tipos de “islotes”).

Pero tenía que leerlo, era una referencia inevitable que me debía a mí mismo, y que le debía al blog. Una vez que me hice con el libro, todavía tardé bastante en ser capaz de empezarlo, tal vez porque el primer capítulo es con diferencia el más largo (sus cerca de 100 páginas suponen casi la cuarta parte de la obra) y encima se titula “Economía”; luego resulta ser ese capítulo de los más amenos, además de una elaborada síntesis de la filosofía de Thoreau; hay capítulos posteriores bastante más densos, demasiado descriptivos, incluyendo aspectos naturalistas, pero sin excesiva gracia para mi gusto, salvo excepciones.

En general, y al margen de que echo en falta tener un mayor bagaje cultural para captar todo lo que cuenta el autor (ya que recurre con frecuencia a los clásicos, a Homero por ejemplo), el libro se me hace muy interesante en extractos concretos sacados de aquí y allá a lo largo de la obra. De hecho, cuando he repasado las partes que había subrayado para sacar algo interesante para esta entrada, el resumen logrado con esos renglones seleccionados me ha resultado mucho más impactante que la lectura completa del libro. Y, al mismo tiempo, son muchas ideas como para seleccionar las mejores, o como para hacer un interminable “copia – pega”. Pero no puedo dejar de mencionar algunas.

Sin llegar todavía al ingenuo pero revitalizante radicalismo de Alexandra David Neal, Thoreau retrotrae a una época en la que el anarquismo era más culto que la norma institucional, en la que habría sido él desde su cabaña en el bosque el que habría llamado “perroflautas” a los burgueses de la ciudad (tampoco digo con ello que lo contrario sea actualmente lo único). Y cuenta con la misma sencillez que Miriam García Pascual o que Julio Villar un siglo y pico más tarde unas experiencias que el progreso industrial ha ido borrando de nuestras vidas, y ya a mediados de aquel siglo XIX empezaba a dejar las huellas nostálgicas de un pasado irrecuperable (utópico).

Pero hay mensajes que siguen vigentes, y que incluso se hacen más vigentes con cada nuevo y “esplendoroso” impulso del progreso, como ocurre en este siglo XXI con la “revolución digital”, para la que valdría esta frase de Thoreau: “Nuestros inventos suelen ser juguetes bonitos que distraen nuestra atención de cosas más serias. No son sino medios mejores para llegar a un fin que no ha mejorado y que nunca ha dejado de ser de logro demasiado fácil”. Las citas elocuentes extraíbles se suceden a lo largo de la obra:

Las oportunidades de vivir disminuyen en proporción directa al aumento de los llamados “medios””.

El hombre cuyo caballo corre una milla por minuto no siempre es portador del mensaje más importante”.

Dadme la verdad antes que el amor, el dinero y la fama”.

La humildad, como la oscuridad, revela las luces del cielo”.

El hombre civilizado es un salvaje con más conocimientos y experiencias”.

Los hombres se han convertido en herramientas de sus herramientas. Aquel que con toda libertad tomaba el fruto del árbol para calmar su hambre se ha vuelto agricultor”.

Aunque haya pasado siglo y medio, muchos de los argumentos de Thoreau me siguen resultando igual de convincentes o, al menos, difíciles de contestar, aun sabiendo que la mayoría de la gente común los rebatiría sin dudarlo, e incluso aun sabiendo que ni yo mismo me atrevo a vivir acorde a ellos. Pero es que en la actualidad me resulta tan evidente y constantemente reflejada ante mis ojos esa idea de que nos hemos cargado de productos espurios del progreso a los que nos hemos acostumbrado a considerar necesarios, y a creer de forma falaz que sin ellos ya no podemos vivir, que no me resulta nada difícil entender el grado en que podía percibir eso mismo un “anticivilización” del siglo XIX desde su ascetismo en medio del bosque. Thoreau quería regresar a lo esencial, “no deseaba vivir lo que no es vida”.

¿Y por qué aun entendiéndolo con parecida claridad a él he acabado sin embargo volviéndome escéptico ante ello? Bueno, tal vez sea una vuelta de tuerca: Es posible que a estas alturas, el tratar de regresar a estilos de vida ancestrales resulte en su concepción tan artificial como obsesionarse con seguir la corriente y estar a la última en cada adelanto que vaya surgiendo, porque de hecho parece una intencionada huida de lo segundo, lo cual puede que sea otra forma de mostrar obsesión hacia ello. Era natural cuando era natural, cuando no había otra opción (o pocas más) dado el desarrollo humano; ahora es forzado, como ser “anti”, o como votar a un partido no porque te guste sino por que odias a su opuesto.

Quizá me he quedado en un conformista punto intermedio o estancado. Pero quizá eso sea más natural que forzar la marcha en un sentido o en el opuesto. Ni contigo ni contra ti. El islote de los agnósticos, de los nihilistas, de los peyorativamente denominados ahora “equidistantes”. Pero es que esa actitud es la que me pide ahora el cuerpo. Quizá sea inmovilista, quizá no vaya a ninguna parte, pero y los demás, los de una y otra opción, ¿saben hacia dónde van, cuál es el destino, y si se parecerá a lo que realmente desean?

Una última analogía sobre este desencanto del escapismo podría encontrarse también en esa lectura final que tiene la película “Up” de la factoría Pixar: Ese viaje anhelado durante toda una vida al final no resulta llevar al lugar espiritual que el protagonista esperaba alcanzar. Tengo que volver a verla, porque creo que merece un análisis por aquí - que además hace mucho que no escribo sobre cine (sobre cine y sobre muchas otras cosas, la verdad) - .

...O puede que, simplemente, lo que nos ocurre a los escapistas frustrados sea lo que explica el propio Thoreau en el subtexto que actualmente tengo puesto debajo del título de este blog. Así pues, seguiremos disfrutando de las microescapadas momentáneas para hacer más llevadero el resto de la vida. Viviendo Y escapando.

jueves, 28 de junio de 2018

Noche de San Juan en el Yelmo de la Pedriza





88 fotos de entre 1:30 y 2:00 minutos cada una (total 2 h 38 m)
7,5 mm micro (equivalente a 15 mm); f/3.5; ISO 100