"Cambiar: Desprenderse de lo que uno creía que era". (Verbolario, Rodrigo Cortés)
domingo, 5 de febrero de 2012
Gerald Durrell: La comedia de lo cotidiano, o escapar sin huir
Es cierto que el zoólogo y escritor Gerald Durrell encaja en parte con el ideal de literatura evasiva gracias a sus obras ambientadas en las exóticas expediciones africanas, sudamericanas y oceánicas en busca de animales, e incluso en su más conocida descripción costumbrista pero bucólica de la isla griega de Corfú. Sin embargo, de lo que quiero hablar aquí es de cuando este irónico observador de la vida lograba dar la vuelta al mundanal ruido en escenarios rutinarios, convirtiendo ese ambiente, nada paradisíaco, en algo con lo que uno puede divertirse en vez de agobiarse (que es la reacción en la que caemos muchos, provocando en nosotros la necesidad de huir). La medicina es, en este caso, el sentido del humor.
Es admirable la manera en la que Durrell consigue captar la parte cómica de las situaciones embarazosas, y también como, con imaginación, lleva sus anécdotas personales a extremos inventados para darle más vidilla al asunto. Y describiéndolo todo con el mismo naturalismo con el que se acostumbró a explicar la vida de las diferentes especies animales que observaba, dotó a sus relatos de un tono sencillo, familiar, delicioso y agradable, perfecto para poder desconectar, o bien de la gris verdad, o bien del sensacionalismo con que se pretende distraernos de aquella.
“Un novio para mamá y otros relatos” es uno de los dos últimos libros que le regalé a mi madre. Creo que no tuvo tiempo de llegar a leer todos los relatos, pero una vez que he comprobado por mí mismo cómo es el libro, me consuela pesar que al menos pudo sonreír un poco con él en aquellos momentos, como así me lo confirmó.
miércoles, 1 de febrero de 2012
Cumplido 130: Ommadawn (1975)
Antes de nada, una auto-corrección. Y es que me parece un error considerar, como muchos han hecho y yo imité en la anterior entrada, que los tres primeros discos de Mike Oldfield supongan una trilogía. En todo caso, hay un primer trabajo (“Tubular Bells”) compuesto varios años antes cuando el músico era un desconocido quinceañero que tuvo que sudar mucho esfuerzo para lograr editar el disco, y otros dos posteriores trabajados bajo otras circunstancias bien distintas del primero, pero bien similares entre sí: La reclusión del británico en una mansión rural, en un período de serias dificultades psicológicas debidas a la carga que para él supuso el inesperado y rotundo éxito de su debut, en lo que puede decirse que fue una escapada del mundanal ruido. Por lo tanto, yo más bien diría que “Ommadawn” es si acaso la segunda parte de “Hergest Ridge”; dos obras evasivas de inspiración rural, mucho más relajadas e introspectivas, además de uniformes, que el aluvión de ideas más variadas, cambiantes, dinámicas y rockeras de su más afamado título.
Así pues, “Ommadawn” en general es también, como su predecesor, un disco tranquilo y sin pretensiones de complejidad tipo mosaico: No supone excesivos giros o alardes, y su disfrute requiere atención para captar todas sus sutilezas, lo que no impide que también haya dos o tres momentos más o menos vistosos. Es ideal para evocar, para transportar a paisajes mentales. Para escapar, vaya.
La primera parte (antigua “cara A” en los ya desfasados vinilos, que tanto han determinado la estructura de las obras de rock progresivo y sinfónico, incluso llegada la época del CD) comienza con una melodía (que a la larga será el tema principal) de cierta inspiración oriental y de sensación introspectiva sombría, que alcanza una especial belleza cuando es interpretada en su segunda estrofa con guitarras clásicas; separando dichas estrofas, un par de secciones aún más sombrías y de cierto toque psicodélico, con un bajo dominante, que no tengo claro si me provocan un desasosiego necesario para realzar las otras partes, o sencillamente no acaban de gustarme; con músicos como Oldfield es normal que pasen estas cosas.
Al final de la segunda sección “desasosegante”, poco después de los cuatro minutos, aparecen las primeras sensaciones optimistas –pero aún relajadas y conservando cierto toque del misterio y surrealismo previo-, los primeros acordes mayores, tal vez la evocación de los primeros rayos de sol asomando entre las anteriores nubes, y cayendo sobre el prado mojado tras la sombría lluvia del comienzo. A los seis minutos el optimismo relajado entra en una breve pero intensa y emotiva introducción, aún con ritmo tranquilo, pero ya con más fuerza sonora (primeras guitarras eléctricas incluidas) y sensación de familiaridad musical (vamos, que ya no suena en absoluto raro o psicodélico); todo indica que hemos superado el mal trago psicológico que evocaba el inicio, que hemos salido del pozo, y que de hecho estamos a punto de entrar en la alegría, que es exactamente a lo que nos llevaba la introducción: A los siete minutos, una alegre danza folk nos da a entender que han brotado las flores en el prado; una sección de dinamismo contenido pero preciosista, instrumentalmente muy bien construida y acompañada, y en la que se emplea una melodía en tonos mayores ejecutada por la flauta, que cuando minutos más tarde ejecute –más o menos modificada- la guitarra eléctrica, lo hará en tonos menores, creando la sensación opuesta.
Pero de momento parece que la vida sigue sonriéndonos en la campiña británica, y aunque la danza folk ha terminado poco después de los ocho minutos, la siguiente sección mantiene el optimismo con ritmo más lento, evocando la armonía de la naturaleza (algunos instrumentos de viento parecen silbar como pajarillos); lo sorprendente aquí es que la melodía está basada en lo que durante los cuatro primeros minutos era sombrío, es decir el tema principal de Ommadawn; increíble cómo Oldfield le da una vuelta tan rotunda a una misma idea; ¿si hay alguna metáfora en ello? Tal vez: Woody Allen nos quiso explicar lo mismo en “Melinda y Melinda”: Hay veces que lo dramático o lo amable de una situación depende de nuestra manera de verlo: Sin el sombrío ambiente lluvioso de antes, difícilmente habrían llegado a brotar las flores una vez que salió el sol; Sin el contraste con la psicodelia y el desasosiego inicial, el optimismo posterior habría estado probablemente vacío.
Muy poco antes de los diez minutos llega otra de las pocas partes de vocación espectacular: el positivismo continúa, el ritmo se anima ligeramente, y la guitarra eléctrica se desata en una de las más inolvidables muestras de virtuosismo de Oldfield en toda su carrera: Es un punteo preciosista y elegante, pero también vertiginoso, y esto último vuelve a introducir un cierto elemento de duda, la sensación de que la belleza se está empezando a desbocar, y tal vez no pueda durar mucho más…
No tardamos mucho en comprobarlo; Llegados los once minutos, la melodía principal vuelve a aparecer en su manifestación pesimista, pero ahora acompañada por un ritmo en parte evocador de ritmos africanos, en parte de marcha fúnebre. Dura poco, apenas medio minuto más tarde la guitarra eléctrica cierra la sección recuperando los punteos desbocados, pero quizá sin convencer ya en su intención optimista. Entramos así, a los doce minutos, en un breve interludio ambiental, sin ritmo, que parece, más que un lugar sombrío o triste, una especie de purgatorio o tierra de nadie; la sensación no es ni optimista ni pesimista, es neutra, como si estuviéramos perdidos o desubicados; tal vez ha caído la noche y es difícil saber qué tiempo va a hacer en lo sucesivo.
Inmediatamente comienza la sección final de la primera parte, que durante sus cerca de siete minutos nos va a llevar por una construcción musical magistral. Está marcada por ritmos de tambores africanos, con un medio tempo instrumentado y ambientado de manera alucinante, creando una verdadera sensación de viaje. La intensidad del ritmo de los tambores se va acentuando (sin cambiar el tempo), los coros aportan una gran fuerza al conjunto, y los instrumentos se van sumando muy al gusto del estilo de Oldfield (parecido al final de la primera parte de “Tubular Bells”), mientras las diferentes melodías de las partes anteriores se suceden en nuevas versiones o en breves apuntes e incluso amagos, con especial dominio del tema inicial y principal; hay algún momento que evoca amabilidad o al menos falta de tristeza, pero en general más bien parece que las flores se han marchitado o que los frutos ya se han acabado. El tema adquiere cotas épicas, lo que nos advierte que no sólo estamos mucho más cerca del pesimismo inicial que del optimismo posterior, sino que además hay cierto tono apocalíptico. La primera parte se cierra con el único sonido de los tambores en fade-out, apagándose hasta sobrepasar los 19 minutos.
El comienzo de la segunda parte es lento, triste aunque con un toque de indefinición que pronto se acentúa en casi psicodélico merced a unas poco convencionales sucesiones de acordes, y sobre todo la construcción instrumental vuelve a crearnos sensación de desasosiego, gracias a una técnica que recuerda a la “tormenta eléctrica” de “Hergest Ridge”, con mezcla hasta la saturación de guitarras eléctricas. La cosa se intensifica a los tres minutos y medio, con la aportación añadida de unas viejas conocidas, las campanas tubulares. Ya que me he metido en el jardín de hacer de todo esto una subjetiva metáfora (seguramente empalagosa), aquí podría decirse que la verde pradera del principio está ahora agostada o incluso, si fuera un cultivo, ha entrado en barbecho.
Pero no todo está perdido. A los cinco minutos, una lenta melodía acústica, melancólica pero esperanzada, nos trae ecos de ambiente rural: aquí la cosa va más allá de la metáfora pues la evocación es evidente, más aún cuando aparece la gaita. (Lentamente, parece que se pone en marcha de nuevo el trabajo en el campo). Por otro lado, hay que decirlo, es una parte bellísima, muy emotiva. Y, en contraste con ella, resulta igual de sobrecogedora, a los diez minutos, la entrada de otra parte más triste. Aunque ésta va dando lugar poco a poco a la aparición del optimismo que ya sí va a ser definitivo (el trabajo dando sus frutos). Esto se confirma poco antes de los doce minutos, cuando comienza la última sección de Ommadawn, la más dinámica y a medio camino del rock y la música celta, un colofón festivo muy adecuado, con cierta similitud con el final de “Tubular Bells” (al final va a resultar que sí era tal vez adecuado incluir éste en una trilogía, al menos en algunos aspectos).
Tras haber finalizado Ommadawn propiamente dicha, pero sin cambiar de corte en el CD, a los catorce minutos aparece una especie de epílogo, una lenta pero alegre canción prácticamente infantil, “On Horseback”, que siempre ha estado ligada a la obra en sí, inseparable de ella (los primeros años que tuve “Ommadawn” grabado en cinta de hecho la consideraba una sección más de la segunda parte). La letra narra la amistad entre un niño y su mascota medio fantástica, una especie de pequeño caballo o pony, y sus aventuras cabalgando a través de las praderas. De nuevo, todo muy rural.
Siempre tengo la sensación (de hecho constatada matemáticamente) de que Ommadawn es un disco corto, sobre todo en comparación con sus dos predecesores y otras muchas obras instrumentales de Oldfield. Supongo que no tenía nada más que añadir, y lo cierto es que, salvo la ligera perplejidad que personalmente me provocan esos momentos psicodélicos antes mencionados, no creo que le sobre nada, y quizá tampoco le falte. Como por otro lado lo que el músico quería transmitir es tan indefinible e interpretable –como ocurre con toda creación sin letra-, tampoco se puede juzgar esto a la ligera. Pero sí que es verdad que, en comparación, creo que los otros dos discos anteriores me llenan más, me dejan más saciado –sin atiborrarme- (lo siento por los muchos que piensan que este tercer disco es la obra maestra del “tito Mike”). Y también puede ser que, en el momento de cumplir las dos escapadas previas (véanse abajo) estaba posiblemente en mejor disposición de disfrutarlas mejor, como de hecho así fue. Pero, en cualquier caso, “Ommadawn” me parece una maravilla, una pequeña gran joya, difícilmente imaginable en la actualidad. Muchas cosas han cambiado cuando pienso que en los 70 este tipo de discos se vendían como churros…
Plan de Escapada 1: "Tubular Bells".
Plan de Escapada 49: "Hergest Ridge".
domingo, 29 de enero de 2012
130: Ommadawn (Mike Oldfield)
Como me gustó el resultado de la descripción que hice de la escucha del disco -probablemente no ha vuelto a salirme otra mejor con discos posteriores-, me propuse completar la trilogía inicial de Oldfield, plasmando un año más tarde el "Hergest Ridge" (1974). Casi sin darme cuenta (y, desde luego, sin intención -más bien en contra de mi deseo-), estaba siguiendo paralelamente la reedición comercial de esos mismos discos con nuevas remasterizaciones y demás, aunque hasta entonces anticipándome. Quizá por ello (huyendo de la coincidencia, vaya), pero también por pereza o simplemente por interés en otros discos y músicos, llevo dos años esperando completar el triple plan con el más aclamado no por la mayoría sino por los más entendidos y fans de Oldfield, "Ommadawn" (1975). Y ahí tengo precisamente la edición nueva, muerta de risa desde hace más de un año, y aún no la he escuchado, precisamente en previsión de proponérmelo como plan; Así que o lo reflejaba ya o no sé cuándo iba a ser... Ahora toca ponerse a ello... a ver si lo hago hoy mismo...
domingo, 15 de enero de 2012
129: "Los conquistadores de lo inútil" (Lionel Terray)
viernes, 9 de diciembre de 2011
128: Descubierta escapada donde no la esperaba
Lugar: Tierra de Pinares.
Momento: Domingo 4 de diciembre.
El indefinido terreno ondulado que, entre las provincias de Ávila y Madrid, separa las estribaciones más orientales de Gredos de las primeras al suroeste de Guadarrama, engloba lo mejor y lo peor del ambiente rural de altitud media – baja. Lo mismo te puedes encontrar con vallas de fincas privadas, cacerías (aunque esto puede ocurrir en otros lugares) o moteros de tierra y de asfalto, que te puedes perder libremente por inmensos parajes solitarios sin apenas cruzarte con nadie, al menos durante un buen rato.
Por eso, cuando la rutina de lo conocido le lleva a uno a buscar zonas apartadas de las habituales altitudes montañeras, se corre el riesgo de perder el día tontamente, pero a cambio hay una cierta probabilidad de sorprenderse con paisajes insospechadamente gratificantes. Coger un mapa de la zona mencionada, elegir dos pueblos alejados como Cebreros (Ávila) y Valdemaqueda (Madrid), y trazar una ruta entre ambos uniendo tramos de pistas y caminos es una idea con ciertas dosis de incertidumbre.
No es que esa incertidumbre haga especialmente emocionante las horas previas a la excursión. De hecho, casi se tiene la sensación de que, como está todo muy visto y la nieve caída en la sierra de momento es más bien triste, es esto una especie de plan B, o C, o incluso Z, entre otras cosas porque uno no puede esperar aquí la vistosidad de los desniveles montañeros.
Pero a veces las ideas poco llamativas resultan ser más afortunadas de lo esperado, y se encuentra uno con una buena escapada donde apenas la esperaba. Eso de las películas ambientadas en épocas remotas y en parajes ondulados de media o baja altitud, donde uno o varios personajes nómadas se pierden en la inmensidad de la naturaleza, sin ver un horizonte habitado, de repente es posible llegar a atisbarlo, más o menos, y sin viajar muy lejos. Basta con unir las dos localidades citadas, y terminando el primer tercio de la excursión, te vas adentrando en un paisaje adusto, adornado por la textura algodonosa –aunque de color verde- de bosques de pino piñonero, pateando kilómetros y kilómetros y viendo discretos pero constantes cambios de un panorama que, sin llegar a la vistosidad mencionada antes, sí sorprenden por su amplitud.
De repente, sentimos que la excursión es una verdadera escapada, de las que transmiten esa sensación de haber viajado algo más que físicamente. Y hacía tiempo que una excursión de un día no me agradaba tanto, y mucho más fuera del terreno propiamente montañero. El hecho de que el kilometraje sea tan prolongado, el horario del bus de ida tan poco madrugador, y el anochecer de la época tan pronto, lejos de suponer un problema, se convirtió en otro aliciente añadido a la “aventura”, entre otras cosas por el ambiente mágico de la puesta de sol.
Y, por favor, para excursiones como esta (y para otras muchas), que ningún GPS acabe nunca con el placer de saber orientarse con un mapa. Qué gozada.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Dos tonos muy distintos para lo que debería ser una misma esencia
La conferencia sobre Walter Bonatti me encantó. Tanto el documental proyectado como sobre todo las intervenciones de Martínez de Pisón lograron transmitirme perfectamente la sobriedad y el estilo romántico del montañismo clásico, que tan bien representó y llevó a su máximo esplendor el alpinista italiano. La de George Mallory, que en principio esperaba que tuviese el mismo tono puesto que éste personaje también me evoca esos valores, sin embargo me pareció que estaba conducida por otro camino totalmente disonante.
Las declaraciones de Bonatti en su documental hablaban de la huir de la competición, de cómo dos cordadas distintas (italiana y francesa) que se encontraban inesperadamente al pie de una vía inédita como el Pilar Central de Freney del Mont Blanc, en vez de discutir sobre cuál merecía subir primero, se juntaban en una única cordada fraterna y amistosa. Los escritos de Bonatti leídos por Pisón no hablaban de autobombo o presunción, narraban la magia de dos vivacs en alta montaña, para lograr transmitir al lector algo que es mérito de la naturaleza. Incluso uno de ellos, en el Mont Blanc, contaba con unas preciosas descripciones sobre las fantásticas sensaciones de la soledad y el silencio en medio de la claridad de la luna y la nieve, con unas palabras que prácticamente me transportaban a mi noche en Peñalara. La otra era igual de evocadora y contemplativa, y eso que tuvo lugar durante la durísima noche que pasó a más de 8.000 metros en el K2. Me parece grandioso que un alpinista tan sensacional y fuera de serie, en situaciones tan extremas, logre transmitir y dar el mismo valor a sensaciones que un aficionado de mínimo nivel como el que escribe ha percibido seis mil metros más abajo.
Por otro lado, George Mallory, el primer hombre que quiso conquistar el Everest, casi 30 años antes de su culminación oficial, y desapareció cerca de la cima sin saberse si la alcanzó o no, representa, en palabras del propio Martínez de Pisón y Sebastián Álvaro en El sentimiento de la montaña, “el ideal perseguido, la lucha tenaz, el juego limpio, el más noble sentimiento montañero”. De entrada, que una conferencia sobre el mismo la introduzca alguien que presume de inspirarse en una de las películas más friquis del ya de por sí friqui James Bond para realizar una escalada extrema y un salto base en el Monte Asgard de la isla de Baffin, Canadá, me parece, sencillamente, que no pega ni con cola.
Leo Houlding participa en la reconstrucción de la ascensión al K2 que se narra en la película, The Wildest Dream. La expedición la dirige Conrad Anker, que fue quien encontró el cuerpo de Mallory en 1999. Tampoco es una buena noticia, habida cuenta de la polémica que suscitó en su día la manera en que fue tratado el hallazgo por el propio Anker. Los propios Martínez de Pisón y Sebastián Álvaro, en el mismo libro antes citado, aluden al tono morboso de la situación, y mencionan la indignación al respecto de otro de los grandes, Chris Bonington. En el libro que hace poco leí y comente aquí de Joe Simpson, La llamada del silencio, se trata la polémica con más detenimiento, y en este caso se pone de voz denunciante la de Edmund Hillary, primer hombre que oficialmente conquistó el Everest.
Tampoco es que tenga yo suficiente conocimiento ni mucho menos autoridad para ponerme del lado de Bonington, Hillary y Simpson; no conozco más puntos de vista del tema. Pero lo cierto es que viendo la película The Wildest Dream tampoco me extrañaría demasiado que llevasen razón. No es que la película tenga tanto tono morboso como el que denuncia Joe Simpson en su libro, pero sí que hay imágenes breves aunque tristemente desagradables del cuerpo que representa la figura de quien fue un héroe para muchos, degradada como un cacho de carne. Pero, más allá de eso, que entiendo que está muy suavizado después de la polémica que se montó en su día (sobre todo si lo que explica Simpson es cierto), creo que la película tiene un tono superficialmente épico, como sacado de una superproducción de aventuras de Hollywood. Muchas imágenes espectaculares a vista de pájaro, sobrecarga de música apoteósica, frases y gestos propios de galán de cine, etc. También tiene aspectos positivos, pero se pierde al querer hacer un producto que hablando en plata, parece más para flipados que para espectadores inteligentes o que, sobre todo, amantes de la sobriedad del montañismo romántico. Demasiados fuegos artificiales. Demasiado presupuesto, innecesaria intervención de actores - estrella (Liam Neeson, Ralph Fiennes) para narrar y poner voces. Como si pretendieran competir en taquilla con productos del tipo de la saga Crepúsculo. Ridículo, y eso que, insisto, la película tiene sus cosas buenas. En fin, que no es el tono, creo yo.
En definitiva, escuchar a Eduardo Martínez de Pisón hablar sobre Walter Bonatti me pareció como ver a Woody Allen hablando de Ingmar Bergman, o a Spielberg sobre John Ford o Frank Kapra, o a Brian May sobre Jimmy Hendrix, o a John Williams sobre Richard Wagner, o a Antonio López sobre Velázquez, etc. Lo otro me pareció equivalente a si hubieran cogido a todos estos personajes y los hubieran metido a competir en un programa tipo "Tú si que vales"…
viernes, 25 de noviembre de 2011
Cumplido 126, La llamada del silencio (Joe Simpson)
A riesgo de resultar pesado en mi insistencia de llevar cualquier tema a la filosofía de este blog, me atrevería a decir que este libro es la historia -verídica- de alguien que empieza a necesitar escapar del que a lo largo de su vida se había convertido en su marco de escapismo. La razón es que a la pasión que había sentido y puesto en ello hasta hacía poco tiempo, le estaba sustituyendo ahora una importante sensación de inseguridad, de fragilidad, de que el trágico final que habían vivido varios compañeros y amigos suyos, tarde o temprano podría acabar tocándole a él mismo. En contra de lo que cabría esperar, de poco le servía ahora la experiencia acumulada , las dificultades superadas, las situaciones extremas de las que se había salvado –en algún caso, como en el Siula Grande (léase o véase Tocando el vacío), por los pelos-. No era cierto eso de que los miedos se superan totalmente con la experiencia; puede ocurrir exactamente lo contrario.
Es curioso lo que yo mismo reflexionaba sobre mis propios miedos antes y durante la ascensión a los Picos de Vallibierna, salvando las insalvables distancias entre el montañismo de mínima dificultad para aficionados y el alpinismo extremo de élite –en cualquier caso, cada uno es cada uno en su propio nivel-. Me creía yo muy seguro de haberme vuelto más impermeable a la incertidumbre ante los riesgos (insisto, pudiendo parecer ridículo llamar riesgo a lo de Vallibierna, que sí podría serlo). Porque de esas noches de insomnio y preocupación trata el libro, entre otras cosas, y me vuelvo a sentir identificado al comprobar que incluso a los fuera de serie puede no servirles, para estar tranquilos y seguros, el haber aprendido a gestionar riesgos exageradamente mayores durante años.
También lo mencionaba Juanjo San Sebastián en Cita con la cumbre: ¿Cuándo los miedos son inadecuados y cuándo, si hubieran sido tomados como un presagio, habrían evitado algún drama? A priori no se puede saber. Aunque una posible conclusión coincide en ambos alpinistas-escritores: También es un riesgo que los miedos acaben dominando tu vida; que te llegues a preocupar más por cómo no morir que por cómo vivir. Pero claro, siendo alpinista de élite, encontrando tu mayor pasión vital en un marco tan sumamente peligroso, esto es un problema.
Al margen de todas estas cuestiones, hay un par de detalles más que me han llamado la atención, uno con más agrado que otro. El que me deja cierta sensación contradictoria tiene que ver con la duda de si leer historias con descripciones trágicas reales tiene más valor por lo humano o más vulgaridad por lo morboso. Afortunadamente, no es lo segundo el tono en que escribe Simpson, pero los sucesos ahí están, y son parte de las emociones que transmite el libro.
Más amable (pero mucho más) es la visión romántica que transmite el autor acerca del montañismo, sobre todo desde un punto de vista histórico. Simpson siente que escalar el Eiger da sentido a su vida gracias a lo que le transmitieron los pioneros de su conquista, no sólo los que la lograron, sino los que fracasaron con resultado trágico. Por supuesto, los segundos aportan aun más elementos de temor al asunto, pero también, entre todos, ayudan a recopilar un gran conjunto de conocimientos de errores y aciertos a lo largo de la historia de la escalada de la Norwand o cara norte, que al final constituyen una guía casi perfecta. Al mismo tiempo, es un homenaje emocionado a todos ellos. Esto, en mi opinión, confiere un carácter cultural y casi diría que artístico a una escalada tan mítica. Una obra que se planifica o compone con los prismáticos, que luego se interpreta sobre la pared, y que después da lugar a literatura, para que futuros artistas traten de perfeccionar la obra y vuelvan a plasmarlo en nuevos libros. Finalmente, quienes amamos la montaña pero nunca llegaremos a esos niveles, podemos disfrutar y emocionarnos con ese tipo de literatura, sintiéndola con más viveza que las mejores novelas de aventuras, por llevar el ingrediente de la verdad, del hecho real, y por tener lugar en el marco en el que, con muchísima menor dificultad y riesgo pero tal vez comparable pasión, disfrutamos también in situ, con algunas situaciones que nos pueden resultar familiares, y otras que podemos tratar de imaginar. También, es como estudiar la historia de una ciudad, o monumento, etc. antes (o después, en mi caso con el Eiger) de visitarlo.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Abortado plan 127 debido a una cacería
…Y el caso es que, de todas las veces que me ha ocurrido esto o algo parecido (fincas privadas), es la que menos frustración recuerdo que me haya causado, tal vez porque el plan fuera la tercera o cuarta opción tras haber barajado posibilidades el día anterior, tal vez por causas más complejas y profundas. Casi lo que más me incomodaba y trastocaba era tener que poner en marcha la imaginación para improvisar una quinta opción (limitada, claro, a la zona concreta en que me encontraba) que me resultara satisfactoria. Y, como siempre en estos casos, la impotencia.
Finalmente, se me ocurrió subir a La Najarra por un lugar que tengo planeado desde hace tiempo como opción para hacer con nieve (si es que llega a formarse la suficiente), los canchales de su cara noreste, y explorar así previamente la zona para imaginar el terreno con el manto blanco, posibles lugares de vivac, etc. Al ser al mismo tiempo una preparación de un plan futuro y una ascensión que por sí misma resultaba entretenida por lo agreste (sin sendas ni hitos), tuvo su aquel. Por otro lado, fue un agradable día otoñal.
Sobre lo de las cacerías, es un tema tantas veces reflexionado que ya me da pereza dar mi visión del asunto. Lo único que tengo claro es que a mí me gusta disfrutar de la vida tratando de no fastidiársela a los demás, y es obvio que a otros eso les importa un bledo; casi se diría que les satisface sentirse dueños de la libertad del resto.
viernes, 11 de noviembre de 2011
127: Riscos de Peña Arcón
- Lugar: Cara suroeste de La Najarra, Cuerda Larga, Guadarrama
- Momento: Mañana sábado
- Plan: Tantear trepadas por los Riscos de Peña Arcón para subir a La Najarra
Hace un año, bajando de Cuerda Larga tras ascender a Asómate de Hoyos por el Hoyo del Mediano (Plan 96), me quedé asombrado con la vistosidad de los Riscos de Peña Arcón, y me fijé en alguna canal desde la que tantear posibles trepadas. Ya había trepado por aquí años antes, pero no por donde indica la flecha. Me propuse volver, y mañana parece un buen día para ello, siempre y cuando la roca se haya secado lo suficiente de las lluvias de días anteriores (espero que sí). A partir de ese corredor, buscaré una trepada lo más atractiva posible sin salirse de lo asequible (II+ es mi límite), o improvisaré por otros rincones de los riscos en caso de no encontrar lo que busco. En definitiva, explorar un poco más que por ejemplo lo que me ofrecieron las clavijas de la Senda de las Cabras (plan 82, recientemente cumplido).
- Itinerario: Soto del Real - PR M12 al norte, hasta llegar junto a la Capilla de San Blas, donde abandonar el PR y seguir a la izquierda (oeste) al Hueco de San Blas, Riscos de Peña Arcón, La Najarra, seguramente bajar por su cara sureste desde Cuatro Calles hacia Monteaguirre, y terminar en Miraflores de la Sierra o de nuevo en Soto del Real, dependiendo del tiempo y de las ganas.
domingo, 6 de noviembre de 2011
YES más que cumplir, SUBLIMARON mi plan 124
Dicen ahora muchos neurólogos (así lo explica el mediático divulgador Eduard Punset) que la felicidad está realmente en la sala de espera de la felicidad. Bueno, pues yo en esta ocasión lo he sentido totalmente al revés. No digo que estuviera indiferente minutos antes del comienzo del concierto, pero seguía sin sentir los gusanitos, al igual todos los días anteriores. Fue comenzar a sonar los primeros compases de “Yours Is No Disgrace” y sentí claramente cómo acababa de entrar de lleno en la sala de la felicidad sin haber pasado por la sala de espera: El sonido me pareció desde el primer instante insultantemente perfecto, y la magia de la música de Yes me invadió por completo.
Aunque he visto y escuchado algunos conciertos que considero de este nivel de calidad y calidez, y unos cuantos más cercanos al mismo, en algunos momentos llegué a tener la sensación de que hasta este momento no había presenciado nunca nada. No digo nada parecido, sino sencillamente nada. Me pareció que mis escalas de valoración de directos estaban sufriendo in situ una calibración a la que hacía mucho que no habían sido sometidas. Sigo creyendo que he visto al menos dos o tres conciertos mejores antes, pero al mismo tiempo creo que si los viera de nuevo ahora quizá no me parecerían tan, tan buenos, aunque tampoco puedo asegurarlo. Sin embargo, si que tengo la sensación clara de que muchos conciertos que me gustaron menos pero disfruté mucho, vistos ahora no me dirían prácticamente nada. Lo mismo que me pasó cuando me aficioné a la primera época de Queen y al hard rock y al heavy, sintiendo que aquello del pop de los 40 ya no me cambiaba el estado de ánimo; ahora me pasa con el rock progresivo: ensombrece en mi estado de ánimo al heavy metal; es el lado negativo de progresar musicalmente (por lo menos a mi me pasa). Supongo que es cuestión de etapas, pero aunque en su momento disfruté (y mucho) de las anteriores, ahora me da rabia no haberme dado cuenta antes con Yes, entre otras cosas porque ya nunca podré verles con su formación clásica con Jon Anderson y Rick Wakeman, y no quiero ni pensar lo increíbles que tendrían que ser entonces… Por no hablar de otras viejas glorias, por ejemplo ELP, que seguramente ya no podré ver nunca.
La verdad es que el estilo concreto de ésta legendaria banda es totalmente único en su género, no hay nada que se le parezca, salvo posibles intentos de imitación posteriores. Marcaron sus propios esquemas y pautas, dentro de que ya de por sí, como banda progresiva que eran, buscaban la experimentación y la innovación, pero lograron crear un sonido propio, distinguible e independiente (aunque ni mucho menos renegado) de los clichés del rock progresivo (que también los tiene, como todo). Y eso hace difícil entrar en conexión con su música. Pero, amigo, como entres, la has liado… Yo entré definitivamente, tras muchos años de escucha más bien escéptica, viendo hace dos años y medio su DVD en directo Symphonic Live, de lo que ya hablé aquí (momento en el que me obligué para el futuro a verles en vivo). Y en el concierto del otro día en Madrid comprendí finalmente que es otro mundo, que es otra historia, otra manera de entender el rock.
La meticulosidad y el buen gusto (y oído) de unos músicos sobre un escenario ya los había experimentado antes, pero nunca en un estilo tan marcada e intencionadamente extravagante por momentos. Ahora me pareció que el esfuerzo de Yes por dar lógica a una especie de sonido surrealista (derivado de la psicodelia) cobraba sentido como nunca en su materialización en directo: La anarquía de compases y melodías aparentemente liberadas de los garrotes de un pentagrama entraban sin embargo dentro de una absoluta e indiscutible armonía. Al mismo tiempo, todas y cada una de las individualidades del grupo podían ser apreciadas como espectaculares elementos independientes o como partes de un todo perfectamente coordinado. Parecían ir a su bola, pero no. Jazz convertido en rock.
Y por encima de todo, un auténtico maestro, Steve Howe, dando la más admirable lección de guitarra que yo nunca antes haya apreciado sobre un escenario. Pura técnica, puro dominio, carisma, magia, versatilidad, autenticidad. La claridad, sutileza y al mismo tiempo lucimiento con que sonaban todas las notas de sus ágiles solos sin distorsión, casi electroacústicos, sobre su Gibson tipo jazz, eran un absoluto embrujo envolvente para los oídos. Su talento con la guitarra clásica española, el fascinante sonido cósmico que le sacaba a la steel guitar… Y, sobre todo, lejos de ser mero exhibicionismo autocomplaciente, era sobre todo un regalo para los oídos, una entrega generosa.
Dos horas y cuarto que se deben considerar más que meritorias para unos músicos que rondan los 65 años, y en las cuales cupieron clasicazos como “Starship Trooper”, “I´ve Seen All Good People”, “And You And I”, “Wonderous Stories”, “Tempus Fugit”, “Roundabout” o la espectacular “Heart Of The Sunrise” (qué impresionante tenía que resultar escucharla hace cuarenta años, si ahora casi parece por momentos medio sacada de un disco actual de Dream Theater), junto a una representación amplia del último disco, con la suite de veinte minutos que le da nombre, “Fly From Here”, y también el tema que lo cierra, “Into The Storm”, más el inevitable, megarradiado y acertado y resultón en su estilo pero poco representativo de Yes “Owner Of A Lonely Heart”.
Una escapada inolvidable (música más evasiva no puede haber), que sube mucho los galones de mi extensa lista de conciertos presenciados. A ver si puedo seguir cumpliendo planes más o menos similares que aun tengo pendientes; en lo más alto de mis anhelos, ver al menos a alguno o algunos de los miembros de ELP, por supuesto The Flower Kings, y por supuestísimo Mike Oldfield. No estaría mal para empezar, sobre todo porque ninguna de las tres pretensiones es demasiado seguro que vaya a ser posible… De ahí que haber podido ver a Yes, aun con esta formación “mermada” (pero ojo al teclista actual y sobre todo al cantante), me parezca, además, todo un privilegio.
viernes, 28 de octubre de 2011
126: La llamada del silencio (Joe Simpson)
domingo, 23 de octubre de 2011
Barón Rojo, volúmen brutal
No volveré a dejarme los tapones para los oídos en casa si voy a un concierto a Vista Alegre
No volveré a dejarme los tapones para los oídos en casa si voy a un concierto a Vista Alegre
No volveré a dejarme los tapones para los oídos en casa si voy a un concierto a Vista Alegre
No volveré a dejarme los tapones para los oídos en casa si voy a un concierto a Vista Alegre
No volveré a dejarme los tapones para los oídos en casa si voy a un concierto a Vista Alegre
No volveré a dejarme los tapones para los oídos en casa si voy a un concierto a Vista Alegre
No volveré a dejarme los tapones para los oídos en casa si voy a un concierto a Vista Alegre
No volveré a dejarme los tapones para los oídos en casa si voy a un concierto a Vista Alegre
No volveré a dejarme los tapones para los oídos en casa si voy a un concierto a Vista Alegre
(...)
En realidad, la frase más coherente sería "No volveré a Vista Alegre" y punto, pero resulta que, por desgracia, es ahí donde tocan Dream Theater en febrero, así que al menos me lo tendré que pensar...