viernes, 16 de junio de 2017

Tarde - noche (de luna casi llena) en La Pedriza








44 fotos de 2 minutos de exposición cada una (88 minutos)
Detalle: Luces de montañeros andando por Cuerda Larga.

jueves, 8 de junio de 2017

El ingenio de los pájaros (Jennifer Ackerman)


En tanto que ser humano, a uno lo han dotado justo con la inteligencia precisa para ver con claridad lo absolutamente inadecuada que resulta la inteligencia cuando se confronta con la realidad” (Albert Einstein)


Despertarse antes de tiempo supone en ocasiones una breve confusión hasta que sabemos dónde y cuándo estamos, lo que se acrecienta cuando no estamos durmiendo en casa. Alguna que otra de las muchas veces que he vivaqueado en el campo o en la montaña, al despertarme en medio de la oscuridad, la primera e instantánea referencia que ha evitado mi desorientación, antes si quiera de sufrirla, ha sido el canto de los pájaros.

Esa agradable música es más que la banda sonora de la naturaleza, forma parte inseparable del paisaje. Por eso tiene la fuerza simbólica para recordarle a uno dónde está sin darle tiempo a preguntárselo, como lo hace la recurrente melodía del despertador en casa.

Las aves son probablemente los animales más perceptibles cuando se está en el campo, sobre todo por sus trinos, gorjeos y reclamos, pero también porque muchas se dejan ver volando con frecuencia. No voy a decir que sea necesariamente mi tipo de animales favorito, pero es indudable que me parecen fascinantes. Hay una poesía implícita en sus cualidades, por la libertad que representa sus posibilidades superiores de desplazamiento, y por esa mencionada musicalidad que aportan al ambiente, sea campestre, rural o incluso urbano, entre otras características.

Es precisamente el elaborado canto imitador de una especie común y habitual en Madrid ciudad, el mirlo, una de las mayores razones de que desde hace mucho tiempo vea a las aves con una curiosidad especial. Curiosidad que muchos pájaros muestran con frecuencia cuando se acercan a uno, y que es otro de los aspectos que siempre me han llamado la atención: muchos dan la sensación de estar queriendo averiguar algo de ti. Tenía cierta noción de la inteligencia de algunas especies de cuervos apañándoselas para obtener alimento, observada en algún documental; conocía algo acerca de la capacidad de orientación de las palomas; me encantaba la destreza en la fabricación de nidos, los cortejos, el cuidado de crías o el almacenamiento de comida (los arrendajos y las semillas), y recordaba lo que ciertos loros pueden llegar a hacer si se les domestica, y a veces he imaginado algún tipo de traslación de esas habilidades a otras especies, de esas que se te quedan mirando y parecen estar pensando algo. Pero ignoraba no sólo hasta qué punto llega la capacidad cognitiva de alguna de las aves mencionadas, sino que efectivamente son más de los imaginables los ejemplos sorprendentes que hay sobre el tema. Quizá de ahí que siempre me hayan transmitido un aura como de misterio, en plan “estos bichos ocultan algo, se hacen los tontos pero no lo son”.

Es por eso que cuando tuve en mis manos el reciente libro de la divulgadora científica Jennifer Ackerman, “El ingenio de los pájaros”, aunque ni siquiera sabía de su existencia hasta ese mismo momento, decidí comprarlo para ver cuánta luz podía arrojar sobre mi curiosidad sin tener que recurrir a obras puramente técnicas. Ha sido todo un acierto, pues es posiblemente el ensayo sobre temas de naturaleza con el que más he disfrutado nunca, aunque con el permiso de “Gorilas en la niebla” de Dian Fossey.

Ackerman desmenuza en el libro una serie de temáticas relacionadas con las capacidades cognitivas de las aves, recopilando toda una serie de estudios de diversos científicos especializados en diferentes tipos de aves. Lo hace dentro del mencionado tono divulgativo, pero con una minuciosidad y un rigor que hacen honor a los biólogos, ornitólogos y demás profesionales cuyo trabajo le ha servido de base. Al mismo tiempo, nunca deja lugar  a un posible estilo espeso derivado de lo anterior, porque está narrado de forma muy amena; el contenido ya me ha enganchado por si mismo, pero la mayoría de los pasajes tienen una literatura agradable e incluso emocionante, y en ocasiones (aunque no muchas) deja lugar para algunas escenas evocadoras y poéticas. Tampoco hay concesión alguna a la simpleza o el sensacionalismo, cosa que he agradecido enormemente: Alerta de las objeciones y puesta en duda de aquellas investigaciones que aún no se pueden considerar concluyentes, o que tal vez aparentan algo que no es; advierte de la facilidad para antropizar a los animales, o de confundir cognición con instinto. No es nunca una muestra de pseudociencia, vaya.

Al discurrir por las páginas del libro, se va descubriendo la complejidad de las habilidades halladas por los científicos en la aves hasta el momento, y el estudio de las causas y posibles consecuencias o implicaciones de que estos animales hayan llegado a desarrollarlas hasta esos niveles, realmente asombrosos en muchos casos (y desconocidos hasta hace relativamente poco): Cascanueces que llegan a esconder hasta treinta mil semillas en diferentes ubicaciones de un área de docenas de kilómetros cuadrados, y meses después recuerdan las localizaciones exactas; pájaros que incluso recuerdan cuánto tiempo lleva escondido cada tipo de alimento en cada sitio y acuden al lugar correspondiente en el momento adecuado en función de su grado de “caducidad” (comienzo de su descomposición); o que cambian dichas ubicaciones si han sido sorprendidos por otros en el momento de ocultar la comida, e incluso llegan a hacer creer a otros que han dejado algo cuando en realidad sólo simulaban tal acto… Respecto a los mencionados cantos, ejemplos como el del El cezontle y el cuitlacoche, que pueden almacenar entre 200 y 2.000 melodías diferentes en un cerebro miles de veces más pequeño que el humano. Especies con habilidades sociales, capaces de engañar, manipular, escuchar a hurtadillas, hacer regalos; consolarse con “besos” cuando un congénere ha fracasado en alguna actividad, reto o pelea; chantajear a sus parejas; alertar del peligro con un variado y preciso lenguaje de cantos que incluye concretar la cercanía y el tipo y tamaño del enemigo; convocar a testigos para presenciar el cadáver de otro congénere, e incluso hacer un equivalente a nuestro duelo por los difuntos. Creadores y constructores de herramientas (con ramitas que doblan, recortan y dan forma de gancho) para obtener alimento, que van perfeccionando, y que para una misma especie son de formas propias de cada área geográfica (¿cultura?); Diseñadores de complicados “jardines” con elementos de formas y colores específicos, para atraer a sus parejas junto a bailes y cantos, cuya calidad determinará a quién elige la hembra (¿arte?).

La mayoría de lo expuesto en el anterior párrafo es el fruto de largos estudios en el tiempo, así que es difícil de mostrar aquí, pero también existe algún caso de experimento que se puede visualizar en algún vídeo, a los que las notas del libro invitan a visitar en Internet indicando el enlace. Como ejemplo, aquí tenemos a un Cuervo de Nueva Caledonia que es capaz de resolver en menos de 3 minutos un puzzle de 8 pasos para obtener alimento, lo que implica observación, capacidad de uso de “metaherramientas” (herramientas para conseguir otras herramientas), planificación y memorización del objetivo final mientras se resuelven los pasos previos:


A partir de casos como este, y como los expuestos hace dos párrafos, viene otra parte tanto o más interesante: La investigación del por qué o cómo ha llegado cada ave a desarrollar esas capacidades, porque además es en esa parte donde se puede vislumbrar si se trata de cognición o simple instinto, al ver que hay ejemplares que resuelven los desafíos y otros no. El hecho es que, en el ejemplo de los cuervos, se comprueba que las condiciones de cantidad de alimento y facilidad de acceso al mismo determinan que haya agrupaciones de una misma especie que aprendan a fabricar herramientas y otras que no lo necesitan: Cuanto mayor es la dificultad, mayor es la necesidad de habilidades cognitivas. Y hay excepciones aún más asombrosas: Si un cuervo tiene tanta disponibilidad de alimento que le sobra tiempo, puede llegar a sentir la necesidad de aprender a fabricar herramientas para no aburrirse. En el “cómo llega a aprender” suele haber una observación previa, de un progenitor o un adulto fabricando esa herramienta delante del ejemplar joven. Y también está la capacidad de “guardar” la herramienta para no tener que volver a fabricarla, para poder usarla en posteriores ocasiones. Todo ello recuerda a necesidades y actitudes humanas, por eso es difícil no antropizar los hechos observados por los científicos.

También hay otro tipo de estudios paralelos a cada una de estas observaciones: Por un lado, el de la forma y el tamaño de los cerebros: Se comprueba que las comunidades de aves que se han visto en la necesidad de aprender alguna de las habilidades cognitivas, tienen una masa encefálica más desarrollada que las que no. En algunos casos sí se puede determinar que el desarrollo de la habilidad ha llevado al aumento del tamaño, pero en otros casos queda la famosa duda del huevo y la gallina: ¿Hizo el cerebro “grande” más inteligente al animal, o hizo su uso de la inteligencia que su cerebro aumentase? Por otro lado, está el estudio de la actividad neuronal, comprobando qué partes del cerebro entraban en funcionamiento en según qué situaciones o tareas: El equivalente a nuestro hipocampo en el cerebro era la parte más activa en las aves con cognición geoespacial, como las palomas mensajeras: otro paralelismo con nuestro cerebro, pues es el hipocampo lo que usamos cuando tratamos de orientarnos para llegar a un lugar.

Finalmente, todos estos estudios, aparte de demostrarnos que sobre la inteligencia animal en realidad sabíamos muy poco y aún nos queda mucho por saber (pero al menos ya no nos conformamos con la clásica, perezosa y atropocéntrica actitud de achacarlo todo a su instinto y punto), hace replantearse a los científicos el propio concepto de inteligencia, incluso aplicado al ser humano (sobre el cual por cierto también queda bastante por saber)…

…y es aquí donde se llega a la cita de Einstein que encabeza esta entrada, y que aparece en el libro en el momento oportuno, como forma de plantearnos: ¿Para qué la inteligencia? Resulta que, algunos de los estudios realizados sobre algunas especies especialmente inteligentes durante décadas y varias generaciones de una misma especie, parecen indicar que, a largo plazo, el desarrollo de una cognición ha acabado por ser contraproducente para la estabilidad de algunas de esas aves, cuando han cambiado las condiciones que las llevaron a convertirse en inteligentes (disponibilidad de alimento, climatología, etc.). Aquí aparece el concepto de inteligencia adaptativa. Una frase elocuente (quizá no del todo precisa) indica que lo importante para salir adelante no es ser el más fuerte o el más inteligente, sino el que mejor se adapta a los cambios.

Para desarrollar el ejemplo o ejemplos que explican esto último en el libro necesitaría alguna entrada más del blog; vale más la pena leer el libro. Pero a mí se me ocurre un par de posibles paralelismos con el ser humano (ya que hace un par de párrafos mencioné dicha comparación), y no están mal como forma de cerrar esta entrada: Por un lado, la tecnología, de la que pondré un ejemplo concreto: Está comprobado que el uso del GPS en el coche desactiva el uso del hipocampo de nuestro cerebro, que sí tenemos activado cuando no llevamos dicho dispositivo. Por otro lado, el comentadísimo calentamiento global: El uso de nuestra inteligencia nos ha llevado a un grado de desarrollo industrial cuya influencia en el medioambiente, si los estudios científicos están en lo cierto, parece que podría derivar en un cambio climático dramático para nuestra existencia, tema de sobra conocido por todos (tanto si se quiere creer como si no).

En el futuro, ¿nos habremos adaptado a los cambios, o habremos cambiado del todo la lógica cognitiva por la ambición (si no lo hemos hecho ya)? ¿Estamos usando la inteligencia para problemas a largo plazo, además de a corto o medio? ¿O estamos improvisando? Quien sabe si estas y otras respuestas podrían encontrarse o inspirarse en el estudio del ingenio de los pájaros, que como todo estudio científico está muy lejos de haber concluido. El libro de Jennifer Ackerman parece intachable (esta entrada comete el error de poner demasiados ejemplos pero no bien explicados), pero es un obra que sólo refleja una parte de un viaje o de un proyecto. Quedan muchas posibles páginas por escribir.


jueves, 11 de mayo de 2017

Gredos Sur nocturno



La noche del 1 al 2 de mayo, cuatro días después de la luna nueva, y por tanto en fase creciente visible durante las primeras horas de la noche, aproveché la luz reflejada por el satélite para, situado en la vertiente sur del macizo central de Gredos, en las inmediaciones de Madrigal de la Vera, Cáceres, fotografiar dicha cara meridional de la sierra con el fondo del cielo norte, en busca de los mágicos cículos concéntricos a la Estrella Polar. En algún momento debí mover ligeramente la cámara y no quedó perfecto, pero sí al menos resultón (al menos para mi gusto). El proceso y el resultado son los siguientes:

Foto previa de prueba, a las 22:38 horas, con 4 minutos de exposición, aún con resplandor del atardecer al oeste (izquierda), y ya con la lejana pero omnipresente luz de Madrid al este (derecha). A continuación, haría 12 fotos de 8 minutos cada una.

Recorte o detalle de la octava foto, entre las 23:42 y las 23:50, durante la cual pasó un coche por una pista de tierra cercana.

Duodécima y última foto, entre las 0:14 y las 0:22, última que hice debido al crecimiento de la nubosidad (mi plan previo era haber hecho aproximadamente el doble), y durante la cual volvió el coche de antes (efectivamente, la situación se presta a hacer cuentas del tiempo, sobre lo que podría haber ido a hacer a esas horas...)

Detalle de la novena foto, con el macizo central de Gredos: De izquierda a derecha (oeste a este), Los Castillejos, Garganta Tejea, la mayor acumulación de nieve en la zona de la Portilla del Venteadero, las Canales Oscuras, El Almanzor, Portilla Bermeja, El Sagrao, Portilla de los Machos, El Casquerazo, Portilla de Cobos y Risco del Francés.

Combinación de las siete primeras fotos (56 minutos).

Combinación de las 9 primeras fotos (72 minutos).

Combinación de las 12 fotos (96 minutos).

"Animación" de las 12 fotos.

(Todas las fotos): 7,5 mm micro (equivalente a 15 mm); f/3.5; ISO 100

Software: StarStax 0.71 (Combinación de fotos). GIF Maker (Gif animado).

viernes, 5 de mayo de 2017

Andando la vida (Pati Blasco, 2006)

Para ellos su amor por la escalada y los viajes y esa búsqueda del arte a su manera no era una huida de la realidad sino sus mejores aliados para dar sentido a la anarquía de la existencia”.

Alentado por la buena impresión que tuve de la reciente lectura de Nanga Parbat, la novela de David Torres, decidí adentrarme más en la literatura de ficción ambientada en la montaña, dejando atrás la narrativa de actividades alpinistas estricta y explícitamente reales, que hacía tiempo que habían dejado de llamarme la atención. Para no alejarme demasiado de la primera referencia, me animé con otra ganadora del Premio Desnivel, la primera obra de la escaladora vallisoletana Pati Blasco, y no me arrepiento en absoluto porque el disfrute ha sido si cabe mayor.

Una de las conclusiones en común con el otro libro antes comentado es que la montaña vuelve a ser escenario, posiblemente inmejorable pero escenario en cualquier caso, de una historia cuyo protagonismo está en las personas, en sus relaciones, y en su forma de afrontar la vida o si acaso de tratar de entenderla para tal vez poder afrontarla. En Andando la vida es si cabe bastante más patente todavía: Lo menos importante, con diferencia, es si los personajes alcanzan o no la cima del K2, o las vicisitudes propiamente montañeras para intentar lograrlo. En otras obras puede ser también una excusa pero teniendo un peso potente en la narrativa y en las emociones transmitidas; aquí es lo de menos en todos los sentidos. Lo que ocurre es que esa filosofía de vida errante está perfectamente plasmada y caracterizada en los viajes de escalada y de alpinismo, tal y como explica la cita extraída al principio de esta entrada, pero probablemente también encajaría en otro tipo de ambientes bohemios. Eso y que, al fin y al cabo, la novela tiene mucho de eso que se suele llamar autobiográfico, y de hecho por lo que sé está construida a partir de un diario de la escritora en una expedición al techo del Karakórum.

Así pues, el libro habla de esa “anarquía de la existencia” a la que hace referencia la cita, narrando vivencias que cualquiera absolutamente alejado del mundo de la montaña y la escalada entendería o como mínimo encontraría interesantes. Y es ahí donde la prosa sencilla pero efectiva y cálida de Pati Blasco me ha ganado por completo. Para empezar, en la presentación de familiares, amistades y amores de la protagonista (que se hace llamar Julia pero parece ser un alter – ego de la escritora), con una cercanía, una autenticidad y una vivacidad que deslumbran, que dotan de enorme credibilidad a la historia, y que inundan de positivismo y buen rollo esos capítulos. Me encanta y comparto por completo su idea de la verdadera amistad elegida, frente al círculo de conocidos que viene dado por las relaciones en entornos cotidianos.Y en segundo lugar, en el desarrollo de las relaciones humanas con el paso del tiempo, de cómo los hechos que jalonan la vida van revelando cosas antes inimaginables y ahora difíciles de afrontar, y finalmente cómo el juicio que se hace de ello y de sus protagonistas también está sujeto a cambios dependiendo de lo que uno mismo vaya viviendo. Todo esto que así contado, sin más explicaciones porque sería destripar la historia y porque en cualquier caso el post sería interminable, puede sonar confuso, conforma ese desorden vital quizá comparable al de un laberinto de grietas en un glaciar, con la consiguiente metáfora en la dificultad de moverse por un lugar así, de andar la tortuosa vida, más aún partiendo de la ingenuidad inicial, de no haber practicado antes las técnicas de encordamiento y demás (si es que para la vida existen dichas técnicas).

En cualquier caso, me quedo con esa transmisión de emociones y de formas de entender la vida que Pati Blasco lanza desde su alma desnuda con honestidad y generosidad, en un estilo que me ha traído recuerdos, al menos en la sensación recibida por mí, del merecidamente renombrado libro de Miriam García Pascual (por cierto citada por Blasco en el suyo) Bájame una estrella, o incluso del memorable ¡Eh, petrel! de Julio Villar (que también por cierto prologa Andando la vida). Obras todas que, cada una a su manera –quizá la de Blasco es la menos técnicamente poética y la más directa de las tres- están impregnadas de una sensibilidad (libre de sensiblería) que se echa de menos en estos tiempos.

miércoles, 26 de abril de 2017

Montserrat y Barcelona




Hablando de paisajes que he tardado largo tiempo en cumplir, la Muntanya de Montserrat era uno de los más emblemáticos de la Península que todavía no conocía. Dejando a un lado su aspecto cultural y religioso, e incluso su representatividad como escenario de escalada, sólo desde el punto visual ya es un lugar que por su singularidad invita a ser explorado, y una vez aceptado el reto no defrauda: Es de esos sitios de difícil comparación con algún otro, por lo que descubrirlo impregna de una sensación nueva durante el viaje, y de un recuerdo seguramente imborrable para los restos.




Comentaba con un amigo que si Madrid tiene su Pedriza, Barcelona tiene su Montserrat. La diferencia de altitud no debe engañar, pues la primera está en el pie de monte de Guadarrama en plena meseta, y la segunda tiene su base en el Llobregat, apenas un centenar de metros por encima del nivel del mar, así que los desniveles son los mismos, e incluso llegan a ser bastante más bruscos en el caso de Montserrat. Geológicamente es más raro que la erosión sobre el sólido granito dé lugar a formas y dimensiones como las de La Pedriza que no que haga lo propio con el moldeable conglomerado en Montserrat, pero también hay menos macizos de conglomerado que de granito. En cualquier caso, cuando se llega allí, y se espera a que caiga la tarde, desparece la valoración científica y entra en juego la poesía. Entonces uno se pregunta cómo puede caber tanta magia, tanta armonía en el aparente caos, tanta grandeza, en un lugar tan pequeño.














Monasterio de Santa Cecilia de Montserrat



Descripción de la ruta de senderismo en Pirineos 3000 (Enlace a la parte 1 de 4; para seguir viendo el resto, hay que clicar abajo en "siguiente en cresta")

Pinceladas de Barcelona

Catedral de Santa María del Mar






Casa Milà (La Pedrera)




Parc Güell



Playa de la Barceloneta


viernes, 21 de abril de 2017

Cantábrico (Joaquín Gutiérrez Acha)

Acerca de este documental naturalista he leído opiniones exageradas en ambos sentidos; o bien un exceso de grandilocuencia al querer ensalzar la película como algo nunca visto cinematográficamente hablando, o bien la reacción contraria consecuencia de la decepción derivada de lo anterior, lo que hoy en día se da en llamar “hype”, pero que tampoco debería llevar a infravalorar un trabajo que, desde donde yo soy capaz de juzgar, me parece encomiable y al que difícilmente se le pueden poner muchas objeciones.

“Cantábrico” es sobre todo un retrato cuidadoso y paciente de la vida salvaje en el territorio que su nombre indica. Una recopilación de documentos de considerable valor didáctico, que al mismo tiempo deja espacio para la belleza y la espectacularidad en muchas de las imágenes, desde lo más minúsculo a lo más grandioso, desde la transformación de una crisálida en mariposa hasta las panorámicas aéreas de macizos como los Picos de Europa por cuyos neveros corretean los rebecos. Una armoniosa combinación de ciencia y poesía, casi siempre bajo el tono de la serenidad, de la mirada atenta e inmersiva, pero sin fuegos de artificio.

Tampoco tiene por qué ser más. En efecto, no es algo nunca visto en el cine, no ofrece una perspectiva original como por ejemplo hicieron películas como “Nómadas del viento” o “El viaje del emperador”. Posiblemente, para muchos pasaría desapercibida entre otros muchos documentales de naturaleza. Pero con frecuencia se olvida que el valor de estos trabajos no tiene por qué estar necesariamente en unas formas más creativas de lo habitual, sino que sobre todo debe estar en el contenido, en el reflejo de lo que se quiere retratar. Qué más se puede pedir que ver el parto de una víbora de Seoane, o el cortejo de hasta cuatro machos de urogallo. El resto, y sin olvidar el mencionado esplendor estético y emotivo de muchas de las secuencias, lo debe poner el espectador, al tratar de comprender, por un lado, la minuciosidad del trabajo de campo a que obliga el buscar escenas como las rodadas, y por otro, y más importante aún, el meollo de la cuestión: que el mayor valor es la propia naturaleza mostrada; lo contrario de esto último sería como fijarnos en el cristal de la botella de vino más que en el propio vino.

Por lo tanto, después de mucho hablar del cómo, me quedo con el qué: La naturaleza de la Cordillera Cantábrica, especialmente en su vertiente norte bañada por el mar homónimo, es un verdadero paraíso de vida, una de las joyas (por no decir la joya) de la geografía ibérica, donde hayedos y robledales albergan todo tipo de especies de fauna, donde agrestes laderas en las que el aparente caos se convierte en armonía de vegetación y roquedos sirven de escenario para tiernas escenas de osas cuidando de sus oseznos. Un lugar que provoca un cambio de sensación en cuanto se cruza de la vertiente sur a la norte, y que a pocos puede dejar indiferente cuando se visita de verdad, en persona, y al que el celuloide difícilmente puede hacer mejor honor que un documental de este tipo.

Por ello, el simple hecho de poder contemplar en pantalla grande algo que estamos habituados a tener que ver por la tele (lo cual tampoco está mal, por mucho que quieran menospreciarlo quienes a su vez menosprecian esta película diciendo que parece “un documental de la 2 como otro cualquiera”, como si eso fuera poca cosa), es algo que creo que merece la pena aprovechar: En el cine hay más posibilidades de sentirse dentro de la imagen, de dejarse llevar por el paisaje. Y sin espectáculos innecesarios. Mientras tanto, otros muchos, para no aburrirse, preferirán programas de animales con algún presentador impresentable con afán de protagonismo, presuntuoso, con nula educación y que se crea muy gracioso, y lo que es peor, que muestre cero respeto por la fauna que muestra en pantalla; inevitable esclavo, en cualquier caso, de los índices de audiencia. Yo, desde luego, no lo prefiero.

domingo, 26 de marzo de 2017

Hoyamoros, Sierra de Béjar: Otro paisaje cumplido



Según pasan los años, los lugares anhelados tiempo atrás van siendo trasladados de la lista de “objetivos” a la lista de “cumplidos”. Poco a poco, los sueños y deseos pasan a ser recuerdos, bagaje de la mochila de las experiencias. Y eso, en mi cercano Sistema Central, va dejando cada vez menos lugar para la sorpresa.




El circo de origen glaciar en el que nace el Río Cuerpo de Hombre,  afluente del Alagón, en la cuenca del Tajo, conocido como Hoyamoros, era uno de los últimos grandes paisajes que me quedaban por conocer de la cordillera que divide en dos la meseta peninsular ibérica. Ahora ya ha pasado a esa lista de los “cumplidos”, y aunque supongo que años atrás la sensación era otra cuando presenciaba por primera vez Cinco Lagunas, o Los Galayos, o el Circo de Galín Gómez (cara norte de La Covacha), o sin ir más lejos las cercanas Lagunas del Trampal, no ha faltado otra vez ese momento emocionante al sentirme dentro de ese escenario antes sólo imaginado. Sin embargo, no es lo mismo cuando sabes que te queda mucho por conocer, que cuando sabes que cada vez te queda menos.





Pero no es menos cierto que acudir de nuevo a paisajes ya conocidos para recorrer nuevas sendas, explorar nuevos rincones concretos, o subir nuevas cimas -o las mismas por vías o medios distintos- también tiene su encanto: el encanto de sentirte formar parte de ese lugar conocido. De otra manera, llevaría muchos años sin disfrutar en Guadarrama, donde desde hace mucho tiempo tengo la sensación de “haber estado allí siempre”, salvo en lugares muy concretos como los Hoyos de Pinilla (pero que ahora ya tampoco me son “desconocidos”). Por no hablar de las diferencias estacionales: Vivaquear en verano a la luz de las estrellas en alguna pradera de Hoyamoros seguirá siendo un anhelo hasta que lo haga, porque ahora guardo su recuerdo nevado. Como ya dije, las montañas son inagotables.











Excursión descrita en Pirineos 3000.