lunes, 9 de octubre de 2017

...Y mientras tanto, en Gredos...





49 fotos de 4 minutos de exposición cada una (3 horas 16 minutos)
7,5 mm micro (equivalente a 15 mm); f/3.5; ISO 100

martes, 26 de septiembre de 2017

Viaje a Pie y Mar de Nubes (Julio Villar)

"Cuando camino no tengo edad, soy viejo como la tierra que piso, soy efímero como cada paso que doy".

Hay varias razones muy buenas para admirar a Julio Villar, y casi todas ellas quedan plasmadas en sus libros. Pero la que me gustaría empezar destacando es su humildad, sobre todo porque esa característica es la que hace posible que alguien escriba sobre todo lo que le rodea generalmente al margen de su propia presencia o participación, sea cual sea la grandeza o pequeñez de lo que observa (y tiende mucho más a lo segundo), y al mismo tiempo logre atrapar al lector en otra sensibilidad paralela hasta el punto de que lo que la gente habitualmente considera "importante", "popular" o "exitoso" parezca dejar de existir por momentos.

En una época en la que muchos de los deportistas más famosos y vitoreados no saben hablar más de una frase sin mencionarse a sí mismos, resulta chocante pensar que alguien que en los años 60 fue considerado uno de los pioneros del alpinismo difícil en España, escribiera dos libros y ninguno fuese sobre alpinismo; más todavía que aun siendo también dos hechos admirables o como mínimo llamativos (una vuelta al mundo en un velero de 7 metros de eslora y un viaje a pie en solitario desde San Sebastián a Tarragona), en sus páginas sólo describiera la poesía sencilla del mundo a su alrededor, sin atisbo alguno de heoricidades; y más todavía que, en la más reciente reedición del segundo de los libros, al añadir un nuevo escrito que recopila vivencias de toda su biografía, apenas incluya unas pocas páginas sobre el alpinismo... y de nuevo para contar, sobre todo, anécdotas paralelas ocurridas durante las expediciones: él preparado para afrontar el durísimo terreno del himalaya, pero sólo se preocupa por mostrarnos su admiración hacia la resistencia de un perro que se niega a entrar en la tienda de campaña a pesar de los 20 grados bajo cero ("ese es un perro de verdad, y no los de ciudad, tan mimados, tan tratados como si fueran niños...").

Viaje a pie no me ha llegado a impresionar, emocionar o calar tan hondo como esa delicia llamada ¡Eh Petrel!, pero me ha transmitido enormes dosis de mi sensación más deseada en estos momentos, la serenidad. Además, respecto de la afamada aventura a bordo del Mistral, aquí he saboreado la ventaja de sentirme más identificado con el tipo de experiencias narradas... Son tantos los detalles que, si no llevamos prisas cuando caminamos por el campo, todos nos paramos a contemplar hasta entrar en ese estado de relajación que sólo la naturaleza, los lugares deshabitados o los habituados al ritmo de otros tiempos pueden transmitir... y tan difícil expresarlo mediante la palabra... es milagroso que alguien lo consiga de forma tan sencilla y al mismo tiempo evocadora. Sólo encuentro comparación (asumiendo mi limitado bagaje) en Bájame una estrella, aunque los escenarios de Miriam García Pascual sean más épicos.

Encuentro familiaridad en algunas reflexiones de Julio sobre la noche en el campo, sobre la sensación privilegiada que aporta la luna llena en plena naturaleza, sabiendo cuánta gente ignora lo mágico de ese momento y la pena que sería estar en dicha ignorancia; o sobre cómo tras un tiempo, se incorpora a lo cotidiano el dormir en cualquier sitio, sin temer a la noche, como si se hubiera hecho todas las noches de la vida, aunque cada lugar sea nuevo, hasta el punto de sentirse como si no se fuera de ningún sitio. Comparto el apego por vivir en lugares bellos, sencillos y llenos de armonía, donde se se espera que cada cosa llegue en el momento oportuno, fuera de ritmos enloquecidos y artificiales. Lugares en los que los elementos de la naturaleza se desarrollan salvajes, y no ordenados en campos y huertos domésticos, que es la misma diferencia que hay entre ver a niños en el monte o en la calle y verlos en la escuela "¿Será que siento que la tierra es más mía cuando no es de nadie?".

Y luego están los pensamientos que surgen sobre sencilla filosofía vital, a veces escritos en forma de versos: "No se moleste / no insista / yo quiero tener / pocas cosas". Tan sencillos que podrían  parecer sacados de una pared: "Seguían a un maestro / que decía: / Vive sin maestros. / Cuando él se fué... se perdieron". El choque con el "paisanaje", en simpáticas conversaciones: "- ¿A dónde vas?; Yo le señalé las montañas. - Pues andando no se come". Los prejuicios, los estereotipos, el utilitarismo: "...Lo que ganas cuando hablas, lo pierdes con esas melenas", "...Si eso fuera deporte..., y te pagaran..." Mucho más convincente resulta su perspectiva sobre lo convencional: "La televisión está encendida y emite sin cesar unos programas salidos del ombligo de la civilización ciudadana"... pues qué no habría pensado de la televisión actual, porque este libro se publicó por primera vez a mediados de los 80...

En Mar de nubes, entre esbozos biográficos diversos, se acaba por comprender por qué el escritor ha llegado a ser alguien tendente a embarcarse en tales aventuras y a transmitirlas de esa manera en sus obras: El ambiente de su niñez explica a la persona reflejada en sus libros. Un relato que muestra una síntesis de lo que es la vida, y aunque haya sido selectivo, crea esa sensación de reflejar, como dijo John Lennon, "lo que ocurre mientras estás haciendo planes", con la diferencia de que, al revés de lo que le ocurre a la mayoría, Julio Villar sí parecía centrarse en los hechos cuando los vivía, y no en los planes.

lunes, 28 de agosto de 2017

Recuerdos de Agosto

Valle de Benás, Huesca






Cap de Creus, Girona


















Valle de Tena, Huesca













Urkiola, Vizcaya













jueves, 24 de agosto de 2017

Graduación de soportabilidad de molestias sonoras humanas en la montaña

SD: Rara vez coincidimos en la cima de una montaña con alguien cuya presencia es tan discreta y silenciosa que prácticamente nos sentimos como si estuviéramos solos. En ese (excepcional) caso no existe nivel de soportabilidad, y por tanto no hay que calificar o graduar la situación: Sería como andar en la graduación de la escalada: SD (Sin Dificultad). Para todos los demás casos (excluyendo cuando estamos realmente solos, que sería como no moverse en la graduación de escalada), promuevo la siguiente escala de soportabilidad de la violación del silencio (en cimas o en cualquier entorno natural deseablemente silencioso –o con sonidos únicamente de la propia naturaleza-):

I: Sonidos muy discretos de movimiento, o bien conversación en tono muy bajo, con susurros o poco más. Ya no nos sentimos solos, pero cualquier amante de la naturaleza está perfectamente preparado para soportarlo sin problema alguno, al igual que cualquier montañero puede superar un paso de trepada de grado I.

II: Conversación en tono normal, o ruidillos tipo papel albal del bocata. La mayoría de montañeros y naturalistas lo soportan, pero algunos pueden empezar a sentirse molestos, de la misma forma que no todos los montañeros se sienten completamente seguros en todas las trepadas de IIº grado, sobre todo las más expuestas.

III: Conversación typical spanish, es decir, a un volumen que haría pensar que sus participantes están a una distancia de 50 metros o más en vez de cara a cara; como si estuvieran en un bar, vaya. La mayoría de los naturalistas lo llevan mal, y muchos agradecerían unos tapones para los oídos, al igual que muchos montañeros no afrontarían trepadas de grado III sin el uso de una cuerda.

IV: De la misma manera que se considera que con este grado empieza la escalada propiamente dicha, aquí empiezan las molestias sonoras realmente difíciles de soportar. Se trataría de una conversación a gritos, como si sus participantes estuvieran a 200 metros o más de distancia; como si estuvieran en un bar cuando hay fútbol, vaya.

V: Este grado sería una coincidencia de diversas conversaciones de todo tipo y volumen (sobre todo de los grados III y IV) en una cima o lugar campestre muy concurrido; la suma de todas esas chácharas ya sí que nos harían sentir prácticamente como si estuviéramos todos en un bar cuando hay un derby o un clásico.

6: Con este grado empieza la soportabilidad de dificultad. Aquí entraría en juego un nuevo elemento (sumado a los anteriores): los excursionistas que comparten “generosamente” su música con los demás. Dependiendo del volumen y desagrado con el estilo musical concreto, hay tres subniveles:
6a: Volúmen de teléfono móvil; también entraría aquí el eco lejano pero molesto de una fiesta en el pueblo del valle mientras arriba intentamos dormir bajo las estrellas.
6b: Equipo de música portátil de toda la vida, presente muchas veces por ejemplo en la típica charca concurrida.
6c: Megabafles de coche tuneado en área recreativa o en zona de acampada de festival veraniego campestre.

7: Con los vehículos hemos topado:
7a: Carretera o autopista a cierta distancia, aviones a gran altura, drones más cerca del terreno, etc.
7b: Motos de cross, quads, etc., en el propio camino por el que vamos.
7c: Helicópteros rondando los montes (sean o no de rescate, y sin entrar a valorar su función, sólo su destrucción del silencio).

8: Llegamos a las soportabilidades extremas. Damos a entender que la diferencia con el anterior grado es que pasamos de un momento molesto de cierta duración a una tabarra constante. ¿Quién te mandará a ti ponerte a andar, escalar, acampar, buscar setas, o lo que sea, en medio de...?:

8a: Un bosque que está siendo talado a hecho.
8b: Las obras de construcción de la nueva carretera o vía de tren que va a atravesar la sierra.
8c: El jardín de un fábrica industrial.

9: En la escalada existe desde hace algún tiempo este grado, si bien muy pocos superan sus vías. No me consta que pueda haber algo que supere a lo ya dicho en nuestro caso, pero tal vez haya alguien dispuesto a intentar vivaquear en el interior de un reactor nuclear…

domingo, 9 de julio de 2017

Noche en La Cabrera y breve reflexión sobre la fotografía nocturna



Al final, mi nuevo objetivo de salir al campo con la fotografía como prioridad, que no lo estoy haciendo siempre que salgo pero sí bastante, ha acabado llevándome sobre todo a la fotografía nocturna, como puede verse  en las últimas entradas, que parecen haber oscurecido el blog, espero que sólo en sentido literal (visual).



Más allá de si las fotos valen la pena o no, esto me ha conducido a otra manera de percibir y disfrutar la naturaleza, en su faceta más silenciosa, reposada y evasiva, transmitiéndome sensaciones mayores de recogimiento e introspección que las ya de por sí habituales en ambientes alejados de la urbe. No puedo decir que sea algo totalmente nuevo, pero sí llevado a otro nivel: Igual que la diferencia que hay de hacer una excursión de un día a pasar la noche vivaqueando, o de eso a hacer la propia caminata durante las horas de oscuridad, el pasar unas horas pendiente de la cámara y por lo tanto sin moverme del sitio en medio de la noche aporta otras dosis más de contemplación y de magia. Y, en cierta manera, el resultado final de las fotos creo que recoge parte de ese sentimiento (qué más puede pedir un aficionado a la fotografía y a la naturaleza).



114 fotos de 2 minutos de exposición cada una (3 horas 48 minutos)
7,5 mm micro (equivalente a 15 mm); f/3.5; ISO 100