El momento de iniciarse la totalidad fue como una puerta interdimensional, o un viaje astral o en el tiempo: Del ambiente diurno que la pese a ello ya muy tenue luz solar seguía creando sobre el paisaje de Buitrago del Lozoya antes de ponerme por última vez las gafas de protección se pasó, al volver a quitármelas apenas unos segundos después, a una oscuridad casi nocturna dominada por la magnética presencia del eclipse total: Yo no estaba aquí; ¿Cómo he aparecido de pronto en este nuevo escenario? ¿Estaré soñando?
La imagen del eclipse total es reconocible y se corresponde, como es lógico, con la que tantas veces se ha visto antes en multitud de fotos, vídeos y demás, y sin embargo, al mismo tiempo es como si no se hubiera visto nunca en ninguna de esos testimonios gráficos, como si al cerebro le diera igual haber recibido antes aquella información, quizá porque primero está dominado por alguna sensación subconsciente de que lo que le manda la retina en ese momento, siendo conscientemente presencial (y no en forma de foto o vídeo), no se corresponde con nada que le parezca lógico.
| Luz en Buitrago del Lozoya aproximadament 5 minutos antes de la totalidad |
Esa sensación surrealista de falta de lógica convive durante un rato con la consciencia (incluso certeza) de saber lo que se está viendo, en una especie de contienda psicológica entre inconsciente y conocimiento, paradoja que me mantiene en un asombro inexplicable. Pero de repente, hay un instante en el que siento que mi cerebro ya ha asimilado lo que trato de explicarle, y entonces, sin perderse lo alucinante de la imagen, logro interpretarlo con la misma simplicidad que un amanecer, una puesta de sol o una luna en cuarto creciente o menguante.
Y todo ese tiempo, la imagen del eclipse es, desde un punto de vista meramente estético, perfecta, nítida, bellísima, hipnótica, grandiosa, rotunda, desafiante, amenazante, terrible, y lo es en tal grado que, al margen de las sensaciones antes dichas, me es imposible querer dejar de verla en algún momento. Lo cual me produce una sensación de felicidad y plenitud que se mezcla, o se alterna, con la irreprimible y muy intensa tristeza de saber de lo efímero del momento, nunca antes visto después de haberse deseado durante muchos años, y con el desasosiego de la posibilidad de que tal vez no lo vuelva a ver nunca más. Siento al mismo tiempo el privilegio del momento y el desconsuelo de su inminente pérdida.
| Totalidad |
Parece imposible que en tan poco espacio de tiempo, que además se percibe más veloz de lo real (por las emociones aceleradas), haya lugar para tantos pensamientos y sensaciones, pero lo cierto es que cabe todo ello, y su mezcla hace que me suban las pulsaciones, me tiemble el cuerpo, y no logre parar de llorar. Nunca en mi adultez había llorado así rodeado de desconocidos.
Ahora, ese minuto y veinte segundos ha quedado grabado en la retina, supongo que para siempre, pero me cuesta más visualizar mentalmente la imagen que volver a sentir las emociones, las cuales aparecen sin buscarlas instantáneamente al lograr lo primero.
Pasan las horas (ya cerca de 24), y siento que me he vuelto adicto a la imagen, a las emociones y al recuerdo. Tengo un síndrome de abstinencia que me urge a querer ver cuanto antes otro eclipse total, ahora mismo si pudiera ser, por favor. Espero que la felicidad del recuerdo sustituya pronto a este estado anímico más eufórico de lo que me gustaría, porque me ha costado muchos años alcanzar la sana y agradable serenidad en la que está desde hace tiempo mi vida.
(...)
Ahora ya han pasado tres días, y afortunadamente las emociones se han serenado. Sin embargo, sigo con el deseo de recordar ese momento único, inolvidable. Quizá el minuto más alucinante de toda mi vida. Lo suficiente como para volver a aprovechar este blog, abandonado desde hace cuatro años, para plasmar lo que al principio solo eran unas líneas personales e íntimas para ayudarme a retener las emociones vividas, sin ánimo de publicarlas en ningún sitio. Al final lo han sido para disiparlas.
El blog dejó de serme necesario cuando, como expliqué en una determinada entrada, dejé de necesitar escapar, porque comprendí que ya me bastaba con vivir para estar siempre bien. No es que haya dejado de salir a la montaña y demás (de hecho, al fin estoy cumpliendo muy satisfactoriamente mi sueño de escalar en roca); la diferencia es que ahora no lo hago para escapar de nada, porque al fin acepto la vida como es.
Sin embargo, el eclipse ha roto ese equilibrio, y me ha hecho sentir en la escapada más onírica que he vivido nunca estando despierto. Me ha hecho sentir todo aquello que buscaba sentir con las escapadas que plasmaba en este blog. Por eso esta ocasional entrada. Y para dejar escapar el exceso de euforia, de la que procuro no fiarme demasiado. Objetivo cumplido (creo). Fin de la fase de totalidad.
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