miércoles, 17 de abril de 2013

Fútbol y jurgol


De un total de 364 entradas en toda la historia del blog, ésta es tan solo la sexta que voy a dedicar a un entretenimiento que hasta hace unos 15 años estaba entre mis dos o tres principales distracciones.

Y es que en los últimos años he ido asimilando que para que algo te ayude a desconectar de la realidad, conviene que sea lo menos masivo y mediatizado posible, porque de lo contrario acaba relacionado, de alguna manera u otra, con todo aquello que representa esa parte deprimente de la sociedad de la que precisamente apetece escapar momentáneamente mediante lo que llamamos aficiones.

Sin embargo, ocurre con el fútbol, como con tantas otras cosas, que no tiene por qué existir una única perspectiva, por mucho que los medios excesivamente forofos y sensacionalistas nos atosiguen con ello. Y no hablo ya de la parte técnica o táctica del deporte, que de eso también hay mucho (y a veces llega a ser también cargante). Hablo de la parte romántica y humana –pero no vulgar- de lo que no es más que un juego, que tantas historias ofrece casi como si fueran cuentos para niños. O, simplemente, de una manera más elegante de mostrar el fútbol; Sobre todo, que no le haga sentir a uno como si le estuviera hablando un político en plena campaña electoral, o bien un periodista de la prensa rosa -¿veis cómo ese “jurgol” al final recuerda a otras cosas…?-.

Y no, no es esnobismo. Porque sobre fútbol han compuesto libros y relatos escritores como Mario Benedetti, Miguel Delibes, Fernando Fernán-Gómez, Eduardo Galeano, Javier Marías o el recientemente fallecido José Luis Sampedro, entre otros muchos. Es un mundo que no sólo da pie a actitudes borreguiles, sino que también puede inspirar la parte contraria, es decir la inteligencia. Pero claro, acostumbrados al estilo polémico y ruidoso al que se recurre para lograr buenas audiencias en la tele, decir esto suena poco creíble, casi ridículo.

Precisamente ridículo me he sentido muchas veces al recordar cierta anécdota de mi adolescencia. En uno de aquellos juegos en los que cada uno debía decir un personaje al que admirase, y durante el cual las respuestas eran del tipo “Gandhi, Einstein, Martin Luther King, Juana de Arco, Eva Perón, El Che o Jesucristo”, voy yo y digo: “Jorge Valdano”. Y encima, siendo del Atleti. Las caras de estupefacción ante la referencia hacia un representante de ese vulgar opio para el pueblo quedaron grabadas para siempre, y durante todo este tiempo les he dado mentalmente la razón: “¡vaya cagada!”. Sin embargo, hace poco he vuelto a releer el libro “Sueños de fútbol” acerca del que fuese jugador y luego entrenador argentino, y me he reconciliado bastante con aquel suceso hasta ahora sonrojante de mi pasado.

Valdano solía defender una idea y una posición de esas que suelen estar “en tierra de nadie”. Trataba de hacer ver el fútbol como un generador de felicidad desde la inteligencia y la cultura, además de un juego ejemplarizante para la vida, y eso ni lo pueden aceptar los millones de aficionados al fútbol que precisamente se agarran a este deporte para no tener que pensar en otras cosas, o incluso simplemente para no tener que pensar, ni tampoco los detractores del fútbol que, desde posiciones más intelectuales, ven este deporte como una de las formas de aborregar a las masas (como de hecho suele ocurrir).

En “Sueños de fútbol” se muestran tantas y tantas metáforas del fútbol con la vida, tantos ejemplos sobre lo justo y lo injusto, sobre el deseo de hacer las cosas de la mejor, más elegante y constructiva de las maneras, frente a los entrenadores e ideólogos del deporte que coartan la libertad, imaginación y talento de los jugadores en pro de objetivos resultadistas, desprovistos de romanticismo… Se repasan, al mismo tiempo, muchos aspectos de la parte negativa relacionada con el juego. En ese sentido, una frase suya lo resume todo: “Hay dos tipos de espectadores: aquellos que aman el fútbol y aquellos que aman la moda o el fenómeno social. Éstos últimos son los peligrosos”.

Sin embargo, las multitudes ampliamente mayoritarias hacen que el fútbol tienda a esa otra parte. O eso, o los medios las empujan hacia allí: como en tantas otras cosas, nunca queda claro cuál de las dos partes es más culpable: ¿la tele pone lo que la gente quiere ver, o la gente quiere ver lo que pone la tele?

Por lo tanto, lo que finalmente tenemos es el debate polémico, encendido y de forofos, que es como entrar en un bar cualquiera de barrio. El periodista que no sólo no disimula sus colores sino que más bien se expresa como un ultra. O bien el que, no ocultando sus preferencias, intenta hacer creer que sus juicios (por ejemplo los arbitrales) son objetivos; luego, “casualmente”, siempre son los mismos los que defienden que determinadas jugadas son penalty y otras son “piscinazos”, y siempre son los de enfrente los que sostienen justamente lo contrario; y si esas mismas jugadas conciernen a la Selección Española, también “casualmente”, resultan estar todos de acuerdo. Pero, desde el sillón, los espectadores nos lo tragamos.

Al parecer, disfrutamos mucho del entrenador populista que exalta a los seguidores de su equipo frente la conspiración general que existe contra él; del jugador que se entristece cuando cree que no cobra los suficientes millones al mes; del equipo que presume de no hablar nunca de los árbitros, hasta que dos o tres resultados adversos con influencia arbitral le hacen poner el grito en el cielo; de una Selección cuya función es, dicen algunos, levantar el ánimo en los malos tiempos que vivimos (mientras sus jugadores cobran fuera las primas pagadas con dinero público para no declarar a hacienda). O de los culebrones de fichajes, de los rumores y exclusivas inventadas, informaciones ridículas de quienes se supone que son profesionales del periodismo. Por no hablar de las barbaridades que se pueden escuchar dentro de un estadio, no ya por parte de los seguidores radicales, sino de personas aparentemente normales y corrientes. Demasiado ruido, demasiada vulgaridad.

Al final, lo que únicamente me interesa, de verdad, del fútbol, es simplemente el fútbol: Lo que ocurre dentro del rectángulo de juego. Y lo justo y necesario como para estar distraído la hora y media que dura. El resto me sobra. Luego, a otra cosa, que hay mucha más vida más allá. No vaya a ser que el estilo del forofo incapaz de juzgar todo con el mismo rasero se me contagie a otras cosas, como parece ocurrirle a la gente con la política…

…Otra cosa sería si se hablara de éste deporte como solía hacerlo Valdano.:

“Es de buen gusto intelectual presumir de ignorancia en materia futbolística. Como si el balón fuera a destrozar los delicados jarrones de la cultura”.


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