sábado, 23 de febrero de 2013

Más excursiones para seguir haciendo ganas


Continúan las ganas. Ganas de hacer excursiones, y excursiones para seguir propiciando las ganas. Sin obsesión por salir todos los fines de semana, porque también se disfrutan las ganas de descansar algunos -como éste-, pero con esa autoexigencia que impide pararse a pensar si la motivación y los sentimientos son los mismos de otras etapas. Hay que salir, y punto.

De la otra parte están las montañas, que siguen sirviendo para descubrir que nunca se llegan a conocer todos los caminos (no al menos todavía), ni nunca hemos recorrido las suficientes veces los que ya conocíamos.

De esta manera, en la última excursión del año pasado entramos y salimos de La Pedriza por dos caminos distintos, pero evitando en ambos casos los masificados accesos interiores: Subimos desde la Hoya de San Blas al Collado de la Ventana, y a la vuelta bajamos por la cuerda Este de la Pedriza Anterior, de nuevo a la vertiente oriental de este macizo. Una excursión para disfrutar de este paraje incomparable de una forma que resulte lo menos rutinaria posible.



















A la semana siguiente, primera de este año, y por tercer fin de semana consecutivo (no recuerdo cuánto tiempo llevaba sin salir tan de seguido a la sierra), me fui solo a recorrer una zona también sobradamente conocida, y en este caso con apenas unos pocos caminos nuevos, pero de una forma que sí resultó novedosa: Completé la cuerda integral del Valle de la Fuenfría, empezando por Cercedilla, subiendo a La Peñota, y de ahí a Peña del Águila, Peña Bercial y Cerro Minguete, Puerto de la Fuenfría, Cerro Ventoso y Collado homónimo, el segundo de los Siete Picos, Pradera de Majalasna, Navarrulaque, y cerrando el círculo en Cercedilla.

La sensación de absoluta familiaridad del paisaje y rincones transitados contrastaba con la novedad del recorrido completo; parecía como sentarse a repasar todos los años previos mirando un álbum de fotos. Fue una especie de excursión de “Greatest Hits”. Por otro lado, y por tercera vez en este invierno, las nubes y neblinas del llano volvieron a ofrecerme estampas preciosas, casi fantásticas o irreales. Por cierto, dentro de esta etapa de “ambición deportiva”, ha sido el recorrido de mayor desnivel acumulado: 1.700 metros de subida más otros tantos de bajada. La satisfacción al llegar a casa era notable.













Luego vinieron dos fines de semana de descanso. En el segundo la razón fue meteorológica, y sí que llegué a comerme un poco el tarro sobre si me apetecía quedarme tantos días sin salir, o hasta qué punto me fastidiaba; Llegué a plantearme hacer una excursión por alguna zona menos montañosa, con menos riesgo de meterme en un marrón, como el Cerro Ecce Homo de Alcalá de Henares, para al menos no perder el ritmo, pero me pareció un poco forzado e insulso y al final renuncié. Luego no tenía claro si había hecho bien quedándome en casa; ha sido quizá el único momento de duda en esta etapa de tanta claridad en lo que me apetece.

Pero el fin de semana siguiente se disiparon las dudas, y nos fuimos a subir a La Maliciosa desde Matalpino por el Arroyo de la Gargantilla y la cara sureste de esta montaña. Una ruta que yo ya conocía (no así Iván), pero que nunca había recorrido con nieve. Desde luego, los contrafuertes sudorientales de La Maliciosa con el manto blanco resultan especialmente vistosos. Por fin el invierno parecía realmente un invierno, y los mares de nubes de las anteriores excursiones daban paso a las estampas glaciales.

Del lado del esfuerzo deportivo, hay que destacar dos enfrentamientos: Uno, contra la nieve blanda, abriendo huella. Otro, contra el fuerte viento, que en la cuerda se convirtió en violento. Junto a eso, la siempre reconfortante parada para calzarse los crampones en medio de un corredor, con vistoso ambiente, habiendo preparado con el piolet una plataforma con el tamaño justo como para sentirse, en medio de la pendiente, como en un islote desierto en medio de la marea alta. El disfrute de lo precario como si fuera confortable (en comparación con lo que nos rodea lo es), es uno de los mayores gozos del montañismo.

















Dos semanas más tarde volvió a repetirse la circunstancia de las condiciones poco favorables, en este caso en forma de niebla y frío. Subimos a Oso por los canchales nevados de su vertiente norte, no pudiendo ver más allá de 15 ó 20 metros la mayor parte del tiempo, durante los últimos 600 metros de desnivel (kilómetro y medio de distancia horizontal sobre el plano). La satisfacción vino del hecho de no llegar a desorientarnos en ningún momento, tirando de mapa y sobre todo brújula (de la de toda la vida, nada de GPS), hasta el punto de que nos propusimos trazar una línea norte – sur lo más directa posible a la misma cima, y lo clavamos absolutamente, llegando con toda precisión al vértice geodésico en lo alto de la alomada cumbre, que apareció en medio de la niebla justo enfrente nuestro, hacia donde íbamos, sin metro alguno de error.















Finalmente, el siguiente finde (o sea el pasado respecto del momento de publicar esta entrada), ocurrió, por primera vez después de muchos meses, que no pudimos cumplir con el objetivo propuesto. Quisimos subir a La Pinareja desde Revenga por el Pinar de la Acebeda, pero nos entretuvimos demasiado en una zona que no conocíamos, y luego la nieve blanda ralentizó nuestro ritmo; luego nos pareció que se había hecho demasiado tarde.

Era importante ver qué tal nos tomábamos la primera renuncia en medio de esta etapa autoexigente, y se puede decir que fue con toda naturalidad, sin trauma alguno, como debe de ser, y como muestra de que tras la etapa de bajón de hace un año y la posterior del “replanteo”, he vuelto a dar con la clave para disfrutar de esto sin que sea una obsesión. Si hemos podido reírnos de esta última excursión poniéndole el apelativo cariñoso de “fracaso absoluto”, es que la cosa va bien. Por otro lado, disfrutamos de otro paraje que desconocíamos, y eso de nuevo vuelve a engrandecer para nosotros a una Sierra de Guadarrama que llevamos tantos años recorriendo y aún sigue deparándonos sorpresas.







La idea sigue siendo hacer excursiones por el hecho de su propio disfrute. No me planteo si las voy a narrar aquí o en Pirineos 3000. Pero por otro lado, el espíritu autoexigente también se traslada a lo demás, y de alguna manera no quiero perder la costumbre de escribir en el blog; incluso desearía volver a aumentar también el ritmo en él, darle más vidilla. Por eso me parece que merece la pena, al fin y al cabo, contar todo esto, porque también retroalimenta esas mismas ganas. Pero claro, cuanto más me autoexijo en todo, menos tiempo me sobra para el resto, y de hecho ya dedico demasiadas horas de trabajo en Internet, muchísimas más que cuando empecé con el blog, cuando entonces escribir en Internet sí que era más una distracción que ahora. Por otro lado están las otras ambiciones deportivas, que también me ocupan bastante tiempo, tanto el ir a correr como escalar. Pero sobre la segunda igual escribo algún día alguna entrada aparte… ahora no tengo tiempo, que me voy a escalar…

lunes, 18 de febrero de 2013

Mi canción favorita para ir a correr


De los dieciséis años que llevo saliendo a correr, sólo durante el último año y medio me ha dado por hacerlo escuchando música, y desde luego que noto una gran diferencia de motivación. Antes llegaba un momento, al cabo de muchos meses seguidos, que ya corría aburrido y algo hastiado, y se me quitaban las ganas de ir. Ahora ya casi no me canso ni cuando llega la época de calor (aunque aun así suelo parar en verano).

Pero lo cierto es que también hay una gran diferencia según los grupos o músicos que vaya escuchando. Hay unos cuantos que me motivan especialmente, y otros que apenas me sirven de hilo de fondo. Pero lo que nunca habría sospechado antes es cuál me iba a resultar, sin duda, la pieza más motivante e idónea para el ejercicio, con diferencia, de todas (por el momento): Close to the Edge de los clásicos del rock progresivo Yes. Una composición seguramente poco ortodoxa como acompañamiento para el deporte, por su complejidad y su ambiente entre etéreo y psicodélico.

Lo curioso es que al principio me resultaba difícil dar con canciones cuyo compás fuese más o menos adecuado para seguir con la cadencia de carrera, e incluso me fastidiaba en parte porque antes era el propio sonido de los pasos y la respiración lo que retroalimentaba mi ritmo, y ahora la música me despistaba en parte (luego me he ido acostumbrando). Y lo increíble es que, en medio de ese pequeño caos inicial, la canción que resultó tener el ritmo absolutamente perfecto fue el Close to the Edge de Yes (1972). No un simple 2:4; no un sencillo tema sin cambios de ritmo; no una canción de pop rock de tres minutos y medio; ni siquiera un enérgico tema de heavy metal, no: Una monumental suite cercana a los 20 minutos, dividida en varias partes, y con tempos complejos.



Cuando la composición llega a los casi cuatro minutos y comienza el riff del tema principal, el ritmo, aunque está basado en un compás complejo, típicamente progresivo, la sencilla cadencia del “un, dos, un dos” de mis pasos al correr se coordina a la perfección. El hecho de que sea una especie de simbiosis entre dos compases, uno sencillísimo y otro compuesto, le da a uno la sensación de estar corriendo a dos ritmos al mismo tiempo; es algo muy difícil de explicar, aunque quizá la gente a la que le gusta bailar llegue a sentir algo parecido en ocasiones (pero dudo que alguien baile con esta música). El caso es que la sensación de armonía con el mundo es tal que -efectivamente, ahí quería llegar- más que correr tengo la sensación de estar evadiéndome de todo. Es alucinante.

Luego llega la maravillosa y etérea parte lenta a los 8:30, y aquí ya no estoy en el parque, ni estoy corriendo, aunque físicamente sí sea así. Cuando a los 12:11 aparece el sobrecogedor órgano de iglesia interpretado por Rick Wakeman procuro buscar el espacio más abierto del parque para mirar al cielo y flipar, y cuando luego a los 13:55 ese mismo órgano da paso al apoteósico sintetizador moog que abre la parte más épica, espectacular y alucinante del tema, siento que podría seguir corriendo el resto de mi vida sin parar. Luego, sin darme cuenta, he aumentado el ritmo de carrera considerablemente, mientras a los 15 minutos el teclado Hammond interpreta un gran solo sobre el tempo principal, que ha vuelto para dar paso de nuevo a la canción central.

Cuando el irrepetible temazo ha terminado, lo tengo claro: Esto no ha sido deporte, ha sido una escapada en toda regla.

domingo, 10 de febrero de 2013

Rock progrevasivo


"Quiero irme - la huida" (Asfalto, 1978)


domingo, 20 de enero de 2013

Lo que quedó tras cientos de páginas y kilómetros de celuloide de escapismo


A veces es muy difícil, por no decir imposible, explicarse el por qué de lo que sentimos ante referentes que nos emocionan de una manera especial. Para algunas cosas podemos tener razones más que suficientes, pero para otras, o bien no las encontramos, o bien nos parecen vagas en comparación con lo que significan para nuestro estado de ánimo.

Pero el ser humano siempre se empeña en querer explicarlo todo: Ésta novela me parece muy buena por tal mérito o por cual talento de su autor; Esa película me encantó por estos logros técnico – artísticos, o por aquellos valores de su trasfondo. Y cuanto más apoyado quede el razonamiento en la erudición, mejor aparentaremos estar dando con los motivos. Pero luego resultan ser, en ocasiones, los mismos argumentos que podrían valer para otras obras por las que personalmente no sentimos ni la enésima parte.

Y, sobre todo, ¿cómo se explica el nudo en la garganta, o el amago de lacrimal aparentemente injustificado? La reacción por antonomasia del llamado (peyorativamente o no) friqui, altamente auto – sugestionado (consciente o más bien inconscientemente), caldo de cultivo para la sorna de los “maduros”, serios y no tan serios, pero que le quiten lo “bailao”, por mucho que se rían de él.

Al final, de lo que se trata es de que el ser humano siente cosas, o necesita sentirlas, y en algún momento posiblemente caerá bajo las garras de algún referente cultural o artístico que le dejará más tocado que cualquier otro. Y no tendrá sentido entonces hacer comparaciones objetivas, acerca de por qué ese referente en concreto y no otros de igual o tal vez mayor valor. En muchos casos hasta parecerá ridículo, incluso “borreguil” a la vista de muchos, como ocurre cuando nos referimos al término friquis.

En mi caso, y en el caso del referente sobre el que me estoy inspirando, -y el cual no acabo aún de nombrar porque al escribir sobre el mismo me resulta innecesario por obvio (si, cierto, obvio para mí, y pido disculpas al posiblemente desinformado lector, pero sólo se me da bien escribir cuando siento lo que escribo)-, tampoco acabo de tener claro qué es lo que más pesa en mi apego al mismo, aunque sí se me ocurren montones de razones concretas que forman un conjunto tan apabullante como el estilo ampuloso de las propias obras a las que me refiero. Pero sobre todo tengo la sensación de que pesa especialmente la etapa de mi vida en que acudió a mi encuentro, en relación a mi personalidad y a los cambios que ésta pudiera estar experimentando en aquellos momentos.

Podría aludir al enorme valor (“supongo” que objetivo) de las novelas que hay detrás, tanto para la literatura de fantasía del siglo XX como en general, y que disfruté antes muy gustosamente, aunque aún sin llegar a captar las mismas sensaciones que luego me deslumbrarían en el cine. Entiendo que el espíritu estuvo muy bien trasladado, pero supongo que de alguna manera aún había más puntos de conexión con mi personalidad y “cultura” propia, alguna especie de afinidad, tal vez incluso infantil, con sus realizadores.

Podría hablar de la emoción trasmitida por la historia narrada, de la empatía con los personajes, o incluso de la lástima hacia los más desgraciados. De las analogías y metáforas con el mundo real, sobre las que tanto hemos hablado en conversaciones nocturnas. Podría referirme a la espectacularidad de las batallas, a la fuerza de las imágenes; tal vez, simplemente, a una cuestión estética: la bellísima y grandilocuente fotografía, los impresionantes escenarios naturales, los fascinantes decorados y maquetas de ciudades y fortalezas, la maravillosa banda sonora, que en sus apenas 45 primeros segundos de la tercera parte de la trilogía ya me transmite todo lo que puedo llegar a sentir por esta obra, y que no sólo me retrotraen a aquellos emocionados y, sí, friquis días de finales de año en los que acudíamos a los estrenos de las películas, sino también a la cima del Monte Perdido, o al momento de avistar el Pirineo aragonés desde el Puerto de Monrepós, lugares que me producen similar emoción, que tan afín me resulta a la que estoy tratando de explicar, y a los que procuré llevarme esa música como queriendo trazar lazos de afecto entre las cosas que por aquel entonces más me subían el ánimo –seres queridos aparte-. Tanto si es mérito de ellas como si no, tanto si es una buena apreciación por mi parte como si es un ejemplo de ignorancia, tanto si es para bien como si es para mal, aquellas películas, o película en tres partes, cambió o cambiaron irremediablemente y para siempre mi manera de valorar y sobre todo sentir el cine, el arte y la belleza. Enaltecieron en mí el valor de contemplar las puestas de sol después de haber disfrutado de la parte dinámica y “épica” de la ascensión, de disfrutar de lo grandioso partiendo de lo sencillo, o viceversa.

Pero, ¿por qué? Pues lo mejor es no tratar de explicárselo. ¿Por qué resulta tan especial algo tan aparentemente anodino como subir a lo alto de una montaña? Mejor no tratar de saberlo. En algún momento toda esa belleza poética e inexplicable coincide con algún momento de sensibilidad del receptor, en una etapa determinada de su vida, con una serie de sensaciones a su alrededor, con una serie de personas a las que no olvidará nunca, y desde entonces todo queda conectado. Y, de alguna manera, volver al referente te hace saborear la felicidad como la miel en los labios. Volver a ver esas películas me trae una y otra vez la nostalgia de lo que sentí hace diez años, de lo que estaba viviendo entonces. Creo que me siguen pareciendo estupendas, excepcionales, irrepetibles, con todos sus defectos, concesiones y posibles críticas. Pero, sobre todo, me siguen pareciendo parte de mí, parte de lo que fui en otro tiempo, y de lo que soy ahora.

Y eso es lo que quedó entre cientos de páginas y kilómetros de celuloide de puro escapismo: Una especie de renacimiento de un niño adormecido dentro de una persona cada vez más escéptica, que cada vez creía en menos cosas (demasiado joven para hacerme “viejo”, tal vez), y que de repente vio una última oportunidad de ilusionarse, en el final retrasado de la transición entre la etapa de la vida donde vives escapando sin darte cuenta, y aquella en la que juegas a escapar sin lograrlo, para tratar en vano de evadirte de una realidad más cruda de lo que te habían dicho en aquella primera mitad.

Ahora han pasado diez años, y ese mismo escepticismo –que me sigue guiando- me resulta menos opresivo que entonces, porque acepto mejor, por pura rutina, la vulgaridad del mundo, y más aun en los tiempos que nos ha tocado vivir (“Espero que no suceda en mi época –dijo Frodo. –También yo lo espero –dijo Galdalf-, lo mismo que todos los que viven en este tiempo. Pero no depende de nosotros. Todo lo que podemos decidir es qué haremos con el tiempo que nos dieron”). Ahora soy escéptico incluso con el escepticismo. Eso ayuda a llevar mejor las cosas, creo: ni mucha euforia, ni tampoco momentos depresivos. Tal vez por eso la nueva trilogía he empezado tomándomela con más distancia, con más ojo crítico. Y tal vez no sea mejor ni peor que la otra (en cualquier caso me parece que también ha empezado mejor de lo que nos temíamos previamente); pero, sobre todo, soy incapaz de sentir por ella lo mismo que por la de hace una década; y no es sólo porque la historia o la novela de origen sea más ligera o con menos trasfondo, o porque el planteamiento de adaptación en forma de trilogía épica sea probablemente menos adecuado en este caso. Es porque seguramente el momento (mío, y en general) es muy distinto. Por mi parte, el cuerpo no me pide con la misma intensidad que entonces ilusiones evasivas a las que agarrarme para desconectar de la realidad...

...Lo cual no significa que haya dejado de hacer falta escaparse. La diferencia es que ahora podemos ver que tal vez escaparse es en sí la única manera de vivir, porque la vida es un acto constante de escapar del pasado. Permanecer demasiado tiempo sentado en el interior de un agujero hobbit tampoco sirve de mucho; el mundo está ahí fuera... Pero claro, una cosa es decirlo y otra muy distinta hacerlo: No es fácil decidirse a firmar determinados contratos para participar en ciertas aventuras...

sábado, 12 de enero de 2013

El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad, 1899)


"La vida es una bufonada: esa disposición misteriosa de implacable lógica para un objetivo vano. Lo más que se puede esperar de ella es un cierto conocimiento de uno mismo -que llega demasiado tarde- y una cosecha de remordimientos inextinguibles".


Esta cita, extraída de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, me sirvió de excusa hace ya cuatro años para escribir la primera entrada que llevó la etiqueta literatura en este blog. No la saqué directamente del propio libro de Conrad, si no de El sentimiento de la montaña, de Eduardo Matínez de Pisón y Sebastián Álvaro, que estaba leyendo entonces, y sobre el que escribí varias entradas aquí (1, 2, 3, 4 y 5). En el contexto de este libro, y de los comentarios que de la obra de Conrad se hacen en él, yo imaginé ingenuamente que la frase correspondía a las habituales sensaciones de quien regresa de una idílica escapada por rincones apartados de la civilización y se vuelve a chocar con las vulgaridades con que ésta última queda representada habitualmente. Nada más lejos de la realidad, porque Conrad, que efectivamente critica de manera feroz muchas consecuencias de la civilización, tampoco representa aquí nada romántico acerca de la huída de la misma, al contrario.

Es muy difícil afrontar un comentario acerca de este libro, entre otras muchas razones porque la misma obra es un comentario constante, una larga y profunda reflexión acerca de la propia historia que narra y el pesimista descubrimiento de la condición humana que aquella revela. Lo único que puedo modestamente intentar es dar algunos apuntes en relación al contexto de éste blog. El protagonista Marlow, una especie de marinero mercenario, aunque inicialmente seducido por lo exótico, no viaja a África en la época de sus primeras y  románticas exploraciones, sino cuando el continente que antaño representara el misterio y la aventura se había convertido ya en un escenario del atroz imperialismo europeo. Conrad ataca la hipocresía de la sociedad y el progreso con el sarcasmo de “misión civilizadora” para calificar aquella vil rapiña. Por lo tanto, pocas conclusiones edificantes se pueden sacar aquí, en lo que a escapismo optimista se refiere.

El personaje de Kurtz al que Marlow busca, jefe de una explotación de marfil confinado en lo más recóndito del Río Congo, es prácticamente la antítesis del ideal de escapista al que podemos estar acostumbrados. El pirineísta Henry Russell, aun mostrando sus ciertas dosis de misantropía en Recuerdos de un montañero, transmite una serie de sentimientos plenos y satisfactorios, y su libro saca aspectos positivos del interior del ser humano. El relato de Marlow – Conrad nos lleva sin embargo a donde el título del libro nos indica.

Tras leer este libro, y sintetizando las ideas expresadas a lo largo del tiempo en ¿Viviendo o escapando?, podría dividir, a groso modo, las reacciones del ser humano ante la civilización o la falta de ella en cuatro extremos: 1, el que se siente plenamente satisfecho en la sociedad civilizada; 2, el que odia la civilización (viviendo o no en ella); 3, el que no soporta lo salvaje; y 4, el que lo añora por encima de todo (viviendo en mayor o menor medida en ello). Tano Kurtz como finalmente también Marlow son, al mismo tiempo, de los tipos 2 y 3: Han huido de la civilización de la que estaban hartos, y se han encontrado con que en lo salvaje también han hallado el mismo interior oscuro del ser humano, aunque sea en otro medio, que incluso lo enfatiza aun más, al haberse encontrado con su verdadero y decepcionante yo, más verdadero y auténtico al no poderse disimular con los eufemismos y falsos buenos modales de la vida en sociedad. Francamente pesimista. En un punto intermedio entre Henry Russell y Marlow/Kurtz/Conrad podría estar Chris McCandless, que, tal y como cuenta John Krakauer en Hacias rutas salvajes, a veces parecía encontrar satisfacción y plenitud en su huída de la sociedad, pero en otras ocasiones chocaba de nuevo con la parte cruda y agria de la vida y del ser humano.

No deja de chocarme que E. M. de Pisón y S. Álvaro eligieran esta obra como representación cultural de la relación entre el ideal de la aventura y el sentimiento de la montaña. Los protagonistas buscan resolver una especie de misterio, una especie de búsqueda interior revelada a través de un viaje, como en el alpinismo, sí, pero las consecuencias no podían ser más pesimistas, en este caso. Seguramente haya obras más neutrales, que muestren tanto la parte positiva como la negativa. Por lo demás, es cierto que el escenario natural acaba siendo un protagonista más, con su papel influyente en el ánimo del viajero.

jueves, 3 de enero de 2013

Estrellas y borrascas. Seis caras norte (Gaston Rébuffat, 1954)




No me extraña que Estrellas y borrascas de Gaston Rébuffat esté considerada como una de las obras maestras de la literatura de alpinismo, a pesar de sus sólo 118 páginas de extensión. Aparte de la categoría de las ascensiones descritas –para la época pero también actualmente-, las seis escaladas de mayor prestigio en los Alpes (caras norte de las Grandes Jorasses, Piz Badille, Drus, Cervino, Cime Grande di Lavaredo y Eiger), la belleza poética con que está escrito eleva su valor muchos metros por encima, si cabe, de las cotas físicas alcanzadas por el guía francés.

Por culpa de todo ello, el libro podría leerse, aun con toda la degustación que merece, en un solo día; como a mí me daba pena despacharlo tan rápido, procuré dejarlo en tres jornadas de lectura, con una intermedia más para hacer una excursión por la sierra. La ventaja es que su brevedad y calidad invita a ser releído más de una y de dos veces.

Comienza Rébuffat cada una de las narraciones con una evocadora descripción de la montaña a escalar, con especial énfasis en la vía objeto de la ascensión. Logra aquí trasladar al lector el deseo previo del escalador ante su reto; la imagen del montañero al pie de la montaña es clave para entender esta pasión, y el autor consigue en cierta manera que el lector se sienta en parte en esa situación. Por otro lado, tiene mucho mérito lograr descripciones originales de montañas tan populares y ya descritas como el Cervino: ¿Qué se podía decir de él que no se hubiera dicho, incluso ya en aquellos años 50 del siglo XX? Bueno, pues incluso ahora resulta una evocación fresca y original.

A continuación, Rébuffat rinde homenaje a sus predecesores en el objetivo a culminar, con un resumen de la historia de su conquista. Por un lado es una agradable muestra de sencillez y respeto, huyendo de posibles ínfulas de autobombo, y por otro añade interés documental a la obra. En este sentido, Estrellas y borrascas, siendo ya un clásico, supone una diferencia con la lectura de los escritos de Edward Whymper o Albert Frederick Mummery, que como pioneros que fueron –cada uno en lo suyo-, no tenían referencias previas. También se puede considerar un punto intermedio entre aquellos libros del alpinismo remoto, y otros ya de este siglo XXI, como La llamada del silencio de Joe Simpson, en el que de hecho la lectura y evocación de los predecesores se convierten en un motor, en una guía y también en alimento de los miedos del autor.

Finalmente, la descripción de la aventura es de un dinamismo y una belleza muy estimulantes. La vibrante y en ocasiones tensa acción no cierra camino a la poesía, ni ésta entorpece nunca a la primera. Rébuffat escribe con una elegancia similar a aquella con la que escala; no hay más que ver su imagen ascendiendo por verticales paredes: no se aferra a la roca, la acaricia con sutileza, mientras fuma en pipa. Así escribe también: sin grandilocuencias pero sin perder las formas; sin florituras pero con colorido y vitalismo. Me resulta bastante más bonito y disfrutable que el estilo de su amigo Lionel Terray en Los conquistadores de lo inútil, por ejemplo (aun considerando que es otro gran libro, con otros muchos valores a destacar).

Y precisamente hay que decir algo en relación al mencionado Terray. Ambos alpinistas franceses son guías, pero mientras éste destaca el mayor valor de las empresas que acomete fuera de su trabajo, Rébuffat disfruta especialmente del hecho de realizar ascensiones con varios de sus clientes, y de hecho alguna de las descritas en este libro son así; Rébuffat disfruta “abriendo las puertas de la montaña” a otros, sirviéndoles discretamente el descubrimiento de paisajes y panoramas, programando paradas en aquellos lugares en los que sabe que su acompañante va a impresionarse con las vistas: Le gusta ver la felicidad dibujada en el rostro de su cliente. Muestra con ello un carácter especialmente generoso. No critico con ello a Terray, ni mucho menos; de hecho me parece otro personaje, aparentemente, de una gran nobleza y dignidad; pero sus prioridades eran otras: Él era guía como medio para subsistir estando cerca del lugar que más amaba, las montañas. Rébuffat siente el oficio de guía en sí mismo como el más satisfactorio del mundo.

Con respecto al contenido, a las experiencias alpinas, Estrellas y borrascas logra especial impresión en el lector en aquellos momentos evocados por el propio título del libro, en los vivacs y en la lucha para sobreponerse a las tormentas. Noches en vela en minúsculas repisas colgadas sobre inverosímiles abismos, mientras el agua cala por completo sus ropas y las temperaturas bajan hasta registros difíciles de soportar sin moverse, (o como mínimo difícil es entender cómo se pueden superar situaciones así). Y a pesar de todo, aun queda espacio en la mente y en el espíritu para obtener un beneficio de lo experimentado en esas vivencias. Si no, no se podrían escribir libros como éste.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Han vuelto las ganas


Y de la manera más inesperada, improvisada e incluso diría que quizás innecesaria, porque los últimos meses me sentía a gusto con esa nueva perspectiva de “montaña con moderación” a la que ya me había acostumbrado. Al final, ni paréntesis, ni replanteos ni gaitas: todo viene solo, sin buscarlo.

El caso es que llevo unas cuantas semanas experimentando una mayor motivación montañera, más bien desde el punto de vista deportivo, pero al final también en todos los demás sentidos. Tampoco quería precipitarme reflejándolo por aquí, por un lado por la posibilidad de que fuese una especie de “efecto gaseosa” (que aún podría serlo), y por otro, precisamente por el hecho de que parte de la gracia parece estar en darle valor a las excursiones en sí mismas, sin necesidad de justificarlas –al menos premeditadamente- con reportajes en Internet.

Los antecedentes son el, probablemente, mayor bajón de mi espíritu montañero desde que practico esta actividad, que se vio confirmado allá por mayo en pleno escenario agreste en Sierra Nevada; el consecuente y mencionado “pseudo – replanteo”; y el período llamado como “paréntesis” en el que he hecho excursiones mucho más espaciadas y huyendo de pretensiones y objetivos, y durante el cual he conseguido mayor satisfacción que los meses previos al “replanteo”, cuando aun practicaba montañismo con la frecuencia y ambición de todos los años anteriores. La posible culminación de esa “etapa de transición” fue el viaje al pirineo francés, que de hecho titulé como la posible salida del “paréntesis”. Pero lo cierto es que aun he tardado dos meses más en empezar a experimentar el verdadero cambio.

Éste ha llegado, como decía al principio, de una manera totalmente imprevisible. Es más, diría que todo me indicaba a priori que la primera excursión que luego me iba a dar estas nuevas sensaciones iba a carecer de interés para mí. El día anterior le iba a proponer a Iván una travesía por la sierra del Mondalindo, pero al llamarle él se adelantó con otra idea que a mí en principio no me satisfacía, subir desde Guadarrama a Abantos por su cuerda noreste y luego seguir por el cordal hasta el Puerto de la Cruz Verde. No me atraía en absoluto el cortafuegos que recorre esa cuerda, me parecía una excursión demasiado larga, etc. Mientras, a él le parecía repetitiva mi propuesta por volver a una zona cercana de la que habíamos estado un mes antes, cuando habíamos pateado por la Sierra de la Morcuera. Al final cedí, y me vi con las sensaciones previas al “replanteo”: Dispuesto a hacer una excursión que en realidad no me apetecía.





Al final resultó que fue Iván el que prefirió terminar la excursión a mitad del recorrido por él mismo propuesto, bajando a El Escorial desde el Puerto de Malagón, ya que no quería volver tarde a casa, mientras que yo, de repente, tenía ganas de seguir con la excursión que inicialmente me parecía demasiado larga: me sentía en forma, y me apetecía afrontar el recorrido algo cañero que aún quedaba por delante.



La sensación de satisfacción ante la autoexigencia de esfuerzo físico parecía de pronto un aliciente recuperado de antaño: La semana siguiente me fui a recorrer solo la zona con la que no había convencido a Iván la semana anterior: La sierra del Mondalindo desde Garganta de los Montes, a la que añadí por la tarde la subida a la Sierra de la Morcuera y bajada a Miraflores de la Sierra. De pronto esa idea de hacer una especie de segunda ascensión pequeña tras el mediodía, acumulando más desnivel del que habitualmente hacemos en Guadarrama, parecía tener su gracia. Puro deporte, sin más, y tampoco de un nivel “super machaca”, pero satisfactorio. Y con el añadido, fortalecedor del espíritu, de luchar aquel día contra el gélido viento.









Dos semanas después me salió una excursión aún más atractiva, ya con más valor que el meramente deportivo, cuando me propuse subir a La Maliciosa por su cuerda sur o de Los Asientos, un recorrido al que tenía ganas desde hacía unos tres años, y cuya última perspectiva había tenido precisamente desde Abantos en la ruta tres semanas anterior. Parte del encanto consistía en que no estaba seguro de su accesibilidad, por las fincas privadas y cotos de caza de la cara sur de esta montaña, por el denso matorral de la zona que ya me impidió otra ascensión años atrás por una zona cercana, y por la posible escabrosidad de los propios Asientos, zona rocosa que desconocía.





Al final, todo esto fue superado sin demasiada dificultad, y disfruté de un itinerario nuevo para mí a esta cima tan conocida –la que más veces he subido-, con un valor paisajístico bastante destacable, y conociendo un pequeño rincón del Guadarrama del que ignoraba que fuese a ser tan vistoso. Y, nuevamente, añadí desnivel y necesidad de esfuerzo a la excursión al obligarme a bajar al Valle de la Barranca para luego subir al Puerto de Navacerrada. Al término de la excursión me sentía más que contento; ya tenía bastante claro que las ganas habían vuelto. Incluso escribí descripción para Pirineos 3000, por la relativa originalidad del recorrido.





Pero es que incluso parece que he abandonado el tedio a las excursiones excesivamente típicas; Hace tres semanas hemos hecho algo tan popular y recurrente como Cuerda Larga, y el cumplir con el recorrido desde el Puerto de Navacerrada hasta el de La Morcuera, que en ese sentido no lo habíamos completado nunca a pesar de los varios intentos –y a mí ya me había llegado a aburrir la idea-, me ha vuelto a resultar satisfactorio; nuevamente la ambición deportiva cumplida me deja una buena impresión.







Finalmente, en la última excursión que hemos hecho, subiendo al Pico de Casillas desde El Tiemblo y atravesando a la cara sur de éste inicio de Gredos para bajar a Santa María del Tiétar, y nuevamente con buena distancia, desnivel y ritmo, se ha vuelto a manifestar también el aprecio por la belleza de las montañas de aspecto sereno, y los ambientes adornados por la niebla, los mares de nubes y la luz especial de ésta época del año: Los sentidos y su fuerza emotiva parecen también recuperados, y especialmente la vista lo agradece como el objetivo de nuestras cámaras de fotos.

















Y la cosa no queda en las excursiones. También como llegado por casualidad, me veo de nuevo escalando por los rocódromos, y aunque el primer día me quedé contrariado por mi lógico bajo estado de forma, tres o cuatro veces más ya me han animado definitivamente a recuperar la actividad (a ver si ahora la llevo más adelante, que tampoco es que llegara precisamente lejos…). Entre tanto, un libro y un punto de vista que quizá me ha inculcado la idea de la ambición o la autoexigencia como manera de recuperar lo que en otro tiempo sentía: la “Crónica alpina de España. Siglo XX” de César Pérez de Tudela, alguien que, con sus defectos y sus virtudes, con todo lo que se le pueda reprochar o no, desde luego transmite, por encima de todo, el espíritu del vitalismo. Sean cuales sean las motivaciones, la dinámica es clara, y de momento me apetece: Entrenar, salir al monte, volver a entrenar, volver a salir, e insistir. Como el Atleti este año (quizá de ahí venga parte de la influencia). A ver cuánto me (nos) dura.

Al final creo que todo es cuestión de algo que escribí con motivo de la excursión del Callejón de los Lobos, cuando estaba ya cayendo en el tedio anterior al replanteo: Volver a tomar la montaña como un juego, quitarle trascendencia. Al ir relativamente ligero por esos paisajes, se disfruta de manera especial de su contemplación, porque uno añora poder pararse más tiempo a saborearlos, y en realidad el deseo es más intenso que la satisfacción, la mayoría de las veces: Paladear sin empalagarse.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Pura vida (Pablo Iraburu y Migueltxo Molina, 2012)


El viernes 23 de mayo de 2008, después de llegar a casa por la tarde, enseguida me conecté al foro de Internet de Sistema Central, con el objeto de informarme acerca de la meteorología y condiciones para la Sierra de Guadarrama al día siguiente, pues tenía pensado hacer alguna excursión. Pronto advertí un detalle, una foto del alpinista navarro Iñaqui Ochoa de Olza con un mensaje: D.E.P. A partir de ese momento, la rutina y normalidad del día quedaron  para mí como en un segundo plano.

Reaccionando al shock inicial, entré en el hilo que el himalayista de élite, haciendo gala de su sencillez y generosidad, había abierto meses atrás por iniciativa propia en este foro para compartir sus experiencias y opiniones con los usuarios del mismo. En este mismo hilo se estaban ofreciendo y comentando todos los detalles de su expedición al Annapurna, desde que ésta comenzó un mes antes de la fatídica fecha, incluyendo algún mensaje del propio Iñaki al foro, pues éste ya consideraba a muchos de sus participantes prácticamente como amigos, aun a pesar del exclusivo conocimiento “virtual”. Por falta de tiempo, yo apenas había tenido ocasión de seguir por encima la evolución de la expedición al principio, y para cuando pude enterarme de su desenlace, lo peor ya había ocurrido. Para informarme de cómo habían tenido lugar los hechos, fui mirando los mensajes del foro en orden inverso, pasando por momentos verdaderamente impactantes ante la consternación de los “foreros”, hasta llegar a algún punto a partir del cual pudiera entender la situación. Este fue mi medio de información ante una tragedia tristemente histórica para el alpinismo; a pesar de que el intento de rescate había durado varios días, antes no leí noticias, ni lo vi en televisión -como en el propio foro indican, y salvo excepciones, los medios estaban más preocupados por el fútbol o rutinas similares, al menos hasta el momento de la muerte, palabra mágica que hace que el alpinismo, de repente, sea de interés general-.

Tanto si la fuerza de la naturalidad con que se expusieron los hechos en el foro tuvo que ver en ello como si no, aquello me marcó como pocas veces antes lo había hecho un suceso del mundo del alpinismo. Y cuanto más reparaba en todo lo ocurrido, más me costaba comprender cómo podía haber pasado tan relativamente desapercibida la noticia hasta casi el momento de la tragedia. Principalmente, por lo que estaba preparándose en torno al rescate: Una de las operaciones más audaces, valientes, generosas y reconciliadoras con el ser humano que podría nadie imaginar. Una verdadera lección de solidaridad en tiempos de egoísmo. Sobre lo que hubo detrás de aquello, y sobre las personas que hay a su vez detrás de los participantes en el rescate, nos habla ahora el documental “Pura vida / The ridge”, actualmente en cartel, aunque en cines muy seleccionados (concretamente, en los Golem).

Quizá el documental no es tan sobrecogedor como la propia lectura del foro de Sistema Central, o como el reportaje que se hizo en el programa de televisión “Informe Robinson”, pero no tocaba ya dramatizar más sobre el tema, y considero un acierto el que sus realizadores hayan huido del uso innecesario de las emociones, lo que por otro lado es una muestra de respeto y de buen gusto, un poco al hilo de lo que comentaba en la entrada anterior acerca de la película “Nordwand”. Al contrario, lo que si nos muestra es la normalidad y cotidianeidad de las vidas de quienes por unos días se convirtieron en héroes, movidos por ideales de camaradería y sentimientos de amistad cada vez más difíciles de identificar en nuestro mundo; personas tan sencillas por fuera como el común de los mortales, capaces de ofrecer en un momento dado la más magistral de las lecciones de humanidad, sin que ni mucho menos estuvieran obligados a ello, y poniendo sus vidas en peligro. En varios casos, ni lo dudaron, ni lo pensaron dos veces.

Quizá el salto de temáticas en las entrevistas y testimonios de los protagonistas no ayuda a seguir el hilo con una narrativa totalmente sólida, como suele esperarse en el cine, ya sea dramatizado o documental. En cualquier caso, todos los contenidos son interesantes, tanto para aficionados al alpinismo como para –creo- cualquier persona, pues no es cine estrictamente de montaña. Se tocan los consabidos temas del mundo del alpinismo: Por qué subir, por qué jugarse la vida, etc., con las diferentes opiniones por parte de cada personaje, y con la eterna sensación de que serán preguntas nunca satisfactoriamente respondidas: hazlo y lo sabrás, pero seguirás sin saber explicarlo.

Pero yo, nuevamente, me congratulo en sentirme identificado con los temas más alejados del nivel elitista, más palpables por cualquier montañero de terrenos y experiencias alejadas de lo extremo. Otra vez vuelve a aparecer, en boca de algunos de los protagonistas, el sempiterno símbolo de la montaña como medio de evasión, de romper con la claustrofobia de los espacios urbanos, de saborear bocados de libertad, de olvidarse de medir el tiempo.

Quizá se echa de menos un poco más de protagonismo por parte del propio Iñaki Ochoa de Olza, pues fue alguien que, como también se puede comprobar en el foro de Sistema Central, tenía mucho que decir también sobre estos y muchos otros temas, relacionados con la montaña, y aplicados al mundo de los seres humanos. Ahí queda su legado, su proyecto solidario SOS Himalaya, a favor de los niños desfavorecidos de Asia. Puede que en todo lo que refleja la película se refleja a su vez el carácter vital de Iñaki, porque de hecho siempre se ha dicho que la respuesta a su situación par parte de gente como Horia Colibasanu, Ueli Steck o Alexei Bolotov es una consecuencia de lo que él había sembrado en vida con su carácter generoso. Un ejemplo de “pura vida”, lema personal de Iñaki. En cualquier caso, para indagar más en la persona, espero leer dentro de no mucho su propio libro “Bajo los cielos de Asia”.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Nordwand (Philipp Stölzl, 2008): El Eiger, símbolo de las contradicciones humanas


Hacía bastante tiempo que quería ver ésta película italo-franco-alemana, que recrea –con algunas licencias- la histórica escalada que en 1936 se dispusieron a realizar los alemanes Toni Kurz y Andreas Hinterstoisser en la mítica y temida cara norte del Eiger, una de las montañas más emblemáticas de los Alpes berneses, en Suiza, y también del mundo.

Quizá por culpa del escaso interés de –al menos- España en el cine sobre alpinismo (cuando sin embargo películas como ésta creo que podrían tener cierto tirón entre bastante gente), me ha costado encontrar una versión con subtítulos en inglés, que he tenido que completar con un segundo visionado en Youtube con subtítulos en español -del que falta buena parte del metraje intermedio-, para estar seguro de que no se me habían escapado cosas importantes, y también para captar más detalles sin tener que estar parando la reproducción del vídeo.

El volver a ver la película también me ha ayudado a valorarla más positivamente que la primera vez. No es que me hubiera disgustado, de hecho me pareció que estaba muy bien hecha, en todos los sentidos, sino que las sensaciones que me transmitió fueron un tanto frías la mayor parte del tiempo, y demasiado sombrías y amargas en otros momentos. No sentí la grandeza de la épica alpinista de otras películas, como por ejemplo Nanga Parbat. Sin embargo, al verla por segunda vez entendí que, para bien o para mal, esos dos tonos –frío y dramático- son más adecuados para contar una historia que, con sólo un poco más de ensalzamiento optimista del sentimiento de la montaña habría resultado inapropiado, de mal gusto.

Aunque la historia sea un hecho real conocido, y posiblemente algunos de los que leáis esto la conozcáis, no quiero convertir éste comentario en un spoiler, por principios de respeto al espectador aficionado al cine. Eso me lleva a no profundizar todo lo que podría en esta entrada. Sin embargo, para expresar la conclusión más clara a la que he llegado tras ver “Nordwand” y ponerla en contraste con otros hechos históricos acaecidos en el mismo escenario del Eiger, no necesito más.

Más allá de su mítico prestigio y de su condición temible, la Eiger Nordwand me parece que tiene un elemento muy definitorio y al mismo tiempo paradójico del mundo del alpinismo y del ser humano. En realidad tiene varios, puesto que la existencia, en sus mismas entrañas, de un tren que ayuda a subir mecánicamente a los turistas lo que por los propios medios es una muy dura y peligrosísima escalada, ya es de por sí un choque de puntos de vista muy diferentes del ser humano, que parece representar el paradigma del enfrentamiento del alocado espíritu montañero a la sensata mediocridad y vulgaridad de lo fácil: la poesía contra el pragmatismo (sin negar el valor ingenieril de la empresa que supuso la construcción de la vía, que curiosamente también parece otro tipo de locura).

Pero no es al símbolo del progreso que supone el tren a lo que me refería. En cualquier caso, la contradicción de la que sí quiero hablar, y que en el guión de la película se recalca muy bien, tiene cierta similitud con la ya dicha. La norte del Eiger no sólo es una de las escaladas más comprometidas de la historia del alpinismo, sino que además es quizá el escenario de roca vertical con el patio de butacas más accesible para cualquier tipo de público. Es la montaña puesta ante los ojos de la humanidad. Esos locos escaladores a los que buena parte de la sociedad recrimina su insensatez, al mismo tiempo que, hipócritamente, son observados por algunas de esas mismas mentes acusadoras desde los hoteles de Kleine Scheidegg, mediante los telescopios de pago allí instalados. El Gran Hermano del alpinismo; curioso paralelismo (sin pretender ni mucho menos comparar la actividad en sí): cuántos critican ese tipo de programas de televisión que, en cualquier caso, ven.

El Eiger se convirtió así, desde los primeros años de intento de escalar su cara norte, en un muy representativo símbolo de lo que tantas veces ocurre con el mundo del alpinismo: Parece que sólo se habla de ésta actividad en los medios generalistas cuando acontece la tragedia. La visibilidad de la Nordwand es una especie de cebo del morbo. En ocasiones, del más macabro y repugnante de los morbos: Los cuerpos muertos, colgando de las cuerdas en la pared, de escaladores como Stefano Longhi o Rabadá y Navarro, llegaron a ser en su momento una atracción turística. Los más bajos instintos del ser humano, puestos en relación con una actividad como el alpinismo, que para la mayoría de sus mentores aspira a ser precisamente todo lo contrario, un símbolo de la nobleza, de la dignidad y de la fortaleza del espíritu.

El personaje del periodista despiadado que busca el éxito de la gran exclusiva, muy bien interpretado por Ulrich Tukur (famoso por otro personaje de similar calaña en “La vida de los otros”), pone de relieve la facilidad con que se puede atraer al gran público a base de incentivar esos bajos instintos, de manera parecida a lo que buscan los mencionados programas de TV, o lo que pudo atraer a buena parte de los televidentes que hace poco nos tragamos cómo un tipo saltaba desde casi 40 kilómetros de altura (¿y si sale mal…?) Por cierto que es otra razón por la que yo no tengo precisamente apego a la tauromaquia: Me parece igual de grave o más que lo que se hace al toro, aceptar, en pleno siglo XXI, que una cogida mortal de una persona puede formar parte de un espectáculo visto por miles de personas en directo. El alpinismo suele buscar lugares apartados, inhóspitos, inaccesibles; no espera ser contemplado por miles de ojos (salvo en los retos y expediciones más mediáticas), no espera ese morbo; en todo caso son los medios los que nos acercan su parte negativa en caso de que salga mal. Pero en el Eiger no es así, el Eiger está a la vista. Y allí está Henry Arau, el reportero, ensalzando de manera hipócrita valores de heroísmo y patria (y de paso enalteciendo la Alemania nazi), cuando lo que está deseando, en sus propias palabras, es que ocurra algo importante, ya sea una gran conquista o una sonora desgracia.

Pero es otra frase de Arau la que me hace reflexionar sobre la cuestión desde otro punto de vista. Parte del gancho que busca el periodista para atraer a su público potencial es, según sus palabras, narrar las aventuras alpinistas de forma que el lector sienta que las está viviendo. Es decir, la esencia emocional de la literatura de montaña que tanto me gusta y que tanto he ensalzado en varias ocasiones en este blog. Y eso incluye las epopeyas, muchas veces dramáticas, y a veces trágicas, de los grandes hitos de la historia del alpinismo, como por ejemplo la conquista del Annapurna, primer ochomil (narrada en Los conquistadores de lo inútil de Lionel Terray), o el libro de Juanjo San Sebastián sobre su expedición al K2. Y entonces uno se pregunta: ¿No estaré yo siendo como los que critican el morbo de los realities televisivos pero los ven?

Claro, aquí es donde surge la autodefensa, y entonces me veo acudiendo a otro tipo de argumentos para justificar mis propios gustos: En la veracidad de las experiencias reales del alpinismo está la verdad de la vida, con lo bueno y lo malo. Es una representación de la vida, en su versión más salvaje y desprovista de los eufemismos de la sociedad culturalmente aburguesada, amansada y bienpensante, y eso no tiene nada de malo, puesto que la muerte y la curiosidad (aquí me guardaría de usar la palabra "morbo"), entre otras cosas, también forman parte de la vida y del ser humano. Es decir, similares razonamientos que los que utilizaría un defensor de aquellos programas de televisión, o tal vez también un aficionado a la tauromaquia o a cualquier otro espectáculo, deporte o actividad en la que corre peligro la vida humana (salvando todas las distancias). O el propio cine: ¿quién se arriesga a hacer una película de aventuras sin que la vida de los protagonistas corra peligro? ¿Cuál es el porcentaje de películas en las que no muere nadie? O, más parecido aun, la tensión de ver a un funambulista sin red.

En definitiva, la conclusión de todo esto es que, como en tantos otros aspectos de la vida, el ser humano es un cúmulo de contradicciones, y cuanto más lo piensa uno, más le cuesta entender cómo pueden tantas personas creer ciegamente en extensísimos tratados morales, que van mucho más allá de lo verdaderamente importante... ¿y qué es lo verdaderamente importante, por cierto?

lunes, 15 de octubre de 2012

Gorilas en la niebla (Dian Fossey, 1983)


Una vez más, he vuelto a comprobar cómo la literatura autobiográfica basada en vivencias especialmente exóticas o singulares, pero reales, normalmente me resulta más evocadora y emotiva que las novelas de ficción con vocación evasiva. Y es que no es lo lejos que esté algo de ser real lo que necesariamente conmueve el ánimo cuando tratamos de desconectar, sino que también puede lograrlo lo lejana que nos parezca otra realidad de la nuestra, pero con el potente añadido emocional de la credibilidad, de saber que lo que nos está contando su autora lo vivió realmente. Y si hay alguna ligera conexión entre los extraordinarios hechos narrados y las remotamente parecidas aunque accesibles experiencias vividas por el lector, en marcos lejanamente comparables, para poder evocar con algo más de cercanía, mejor. Estoy más o menos acostumbrado a disfrutarlo con la lectura de las gestas del alpinismo, pero en este caso la acción gira en torno a una de las múltiples maravillas del mundo de la naturaleza viva.

Entre los años 1967 y 1985, la zoóloga estadounidense Dian Fossey (1932 – 1985) se estableció en África para continuar la investigación de su colega y compatriota George Schaller, acerca de los gorilas de montaña en la cadena de los volcanes Virunga, situada entre Zaire, Uganda y Ruanda. Su proyecto derivó en una serie de vivencias repletas de matices, que trasladadas al libro que escribió bajo el título de “Gorilas en la niebla” en 1983, dio como resultado una obra que va mucho más allá de la divulgación científica (y al que, por cierto, la película del mismo nombre no es que se parezca mucho, en varios aspectos).

“Gorilas en la niebla” es muchas cosas. Es una descripción sobre el comportamiento de los grupos sociales y familiares de los gorilas que resulta tan interesante como deliciosa. Es también una historia humana de anécdotas, aventuras y desventuras, que pasa por momentos divertidos, otros más tensos, algunos tiernos, varios que nos indignan, y otros que nos apenan. Y además es un relato que nos transmite, posiblemente sin ella quererlo –al menos hasta ese punto-, la personalidad de su autora: Se ríe de sus defectos de novata en sus primeros años, deja entrever un carácter modesto, sencillo y reservado, pero al mismo tiempo fuerte, decidido, ocasionalmente autoritario, valiente y luchador, traslada un gran apego hacia los detalles curiosos pero aparentemente desapercibidos, ensalza la grandeza de los paisajes naturales en cuya soledad se siente plena, y transmite el valor de sus principios conservacionistas, pero sin obviar la realidad social del país en que se encuentra.

El grueso de la obra se centra en el estudio de los grupos sociales que forman los gorilas y en los cuales se divide su población. Apoyado en los árboles genealógicos de cada uno de ellos, el relato no deja de ser una descripción científica –a nivel divulgativo-, pero al mismo tiempo se convierte en una especie de historia de familias, clanes y sociedades, con sus protagonistas con nombres propios, entre líderes, madres, crías, rivales, amigos, enemigos, etc., y llega un punto en que la humanización de todos estos personajes resulta inevitable, así como el hecho de acabar cogiendo cariño a varios de ellos. Especialmente conmovedor me resulta el capítulo séptimo, acerca del grupo de estudio número 8 (no sé si debería decir que esto que viene ahora es un “spoiler”, ya que es un documento naturalista y no una novela), en el que no falta la honorable pareja de gorilas ancianos que tras muchos años se siguen apoyando mutuamente, hasta el punto vivir juntos y alejados del resto del grupo los últimos momentos de vida de la hembra. La interacción de la autora con los gorilas también tiene instantes memorables, transmitidos con gran emotividad. Todo ello con descripciones interesantes y delicadas, todo lo contrario que los ridículos e impresentables modos de ciertos programas de TV sobre naturaleza que se pueden ver últimamente.

La admiración de Fossey hacia las curiosidades de la naturaleza no se limita a la especie animal más distinguida. Interacciones francamente simpáticas entre animales más cotidianos también llaman su atención, lo que se puede comprobar en el capítulo “Visitantes animales en el Centro de Investigación de Karisoke”. Me agrada la capacidad que tiene para contagiar su asombro ante detalles que no todo el mundo observaría; realmente debía ser alguien que veía grandeza en cualquier sutileza que la vida pusiera ante sus ojos. Y el mérito de esto es mayor por el hecho de que lo hiciera habiendo vivido algo tan alucinante como debe ser observar de cerca e incluso llegar a conectar con una especie tan impresionante y entrañable como el gorila.

Tampoco se le daba mal el retrato de personas, como muestra en el capítulo “Visitantes humanos en el Centro de Investigación de Karisoke”; en este sentido, con descripciones bien sencillas, de pocos trazos, cada cual queda retratado como merece –a los ojos de Fossey, claro-, y esto no deja de ser un interesante resumen de virtudes y miserias propias del ser humano, vistas desde un particular punto de vista, y en un marco aún más particular, como es un puesto científico en medio de un paisaje agreste enmarcado en el empobrecido centro de África, que es un escenario que seguramente hace destacar aún más las diferentes personalidades, locales y sobre todo extranjeras.

También tengo que decir que cuando el libro está bastante avanzado, las tramas familiares de los diferentes grupos de gorilas y las interacciones entre ellos empiezan a resultar algo más repetitivas que en los primeros capítulos, y con tantos personajes y relaciones amistosas y antagonistas, llega a convertirse casi en una especie de culebrón, en mi modesta opinión, lo que por otro lado no deja de tener su curiosidad y su gracia, porque al fin y al cabo son historias entre primates, y resulta sorprendente la complejidad que pueden llegar a tener: Ni al más detallista de los escritores se le habría ocurrido una novela tan enrevesada como el conjunto de sucesos observados por Fossey y sus ayudantes.

Cerca del final aparecen, eso sí, los capítulos probablemente más dramáticos, los que están relacionados con el daño a la especie por parte de los cazadores furtivos. Realmente, leer este libro acaba dando una idea bastante reveladora de la facilidad que tiene el ser humano para destruir lo que a la naturaleza tanto le ha costado crear, y al mismo tiempo desenmascara las altas dosis de ignorancia y falta de sensibilidad que podemos llegar a manifestar.

Es una pena que a Dian Fossey no la permitieran vivir lo suficiente como para comprobar que, actualmente, los gorilas de montaña no sólo siguen habitando los Virunga, sino que su población ha aumentado con respecto a la de aquellos años. Siguen en peligro de extinción, pero al menos no ocurrió lo que Fossey temía: que la especie hubiera desaparecido el mismo siglo que fue descubierta. Sin duda, su encomiable labor dio sus frutos.

martes, 9 de octubre de 2012

Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975)


“¿Cómo pueden los hombres sentarse en el interior de una caja?”.


Desde que leí nombrar hace relativamente poco esta película como una de las grandes obras cinematográficas acerca de la relación del ser humano con la naturaleza, obviamente me propuse la idea de visionarla y también de hacer alguna modesta mención de la misma en este blog. Lo primero ya lo he hecho; con respecto a lo segundo tengo, como es lógico, alguna dificultad más.

Sobre todo, y es algo que ya me había pasado anteriormente con Akira Kurosawa, me da cierta rabia no tener la capacidad para terminar de sentir o captar las emociones provenientes de una cultura en principio tan alejada de la occidental como es la de un japonés que rueda una película ambientada cerca de la frontera oriental entre China y Rusia. O eso me ha parecido, porque podría ser que los sentimientos de la cultura oriental precisamente tengan más que ver con la serenidad y con la carencia de euforia emocional que sí trata de hacernos sentir el cine occidental. La cuestión es que, habiéndome gustado su mensaje y cómo está rodada, tampoco es que me haya entusiasmado plenamente, la verdad. Será la falta de costumbre, o el exceso de la misma hacia el cine “a la americana”, supongo.

La película está basada en la historia real vivida por el explorador y cartógrafo ruso Vladímir Arséniev a principios del siglo XX, que él mismo reflejó en un libro, y que cuenta sus aventuras recorriendo la región fronteriza entre Rusia y China marcada por el Río Ussuri, con el objeto de topografiarla para el ejército ruso. El tema central de la historia, que da nombre tanto al libro como a la película, es el excepcional ser humano que Arséniev conoció allí, un cazador de la etnia china de los Hezhen, también llamada Nanai o Goldi, llamado obviamente Dersu Uzala.

Uzala es otro ejemplo del personaje cuya vida está completamente alejada de la civilización, y por tanto apegada a la naturaleza. Conoce todos sus secretos, confiere entidad humana a todos sus seres, vivos y no vivos, incluyendo el sol y la luna, es un ser puro, generoso incluso con quienes no va a llegar a conocer, acaba por resultar irresistiblemente entrañable para todo el que entabla amistad con él, y no es capaz de adaptarse a vivir en una ciudad, encerrado en una casa que él ve como una simple caja.

Así pues, la historia tiene todos los elementos para pensar que la experiencia real vivida por Arséniev al conocer a Uzala y convertirse en su amigo debió ser extraordinaria. Y tal vez el libro (que antes o después buscaré) refleje de forma más evocativa y detallada aquellas aventuras. La película transmite bien la idea, está muy bien hecha y me ha resultado interesante y agradable de ver. Si hay algo que me ha gustado especialmente es el realismo tan creíble que transmite en los aspectos formales, como la fotografía, los escenarios, las caracterizaciones, indumentarias y maquillajes, y las interpretaciones; es casi un documental, en el que los austeros alimentos que comen a veces los personajes prácticamente se saborean como si tuviéramos la misma hambre que ellos, por no hablar del frío o de la fatiga. Se me ocurren pocos reproches en ese sentido; Ni siquiera tengo claro que mi problema con la película esté en el ritmo lento de la misma, pues me parece el tipo de narrativa adecuado a la historia que cuenta: las cosas en la naturaleza ocurren de manera habitualmente tranquila, con tempos que no entienden del estrés de la ciudad; otra cosa es que, habituados a que el cine occidental, incluso para películas de similar ambiente y temática, sí recurra a más juegos efectistas para provocar emoción, olvidemos que en realidad, en medio del campo, lo que reina –normalmente- es la serenidad; serenidad que seguramente está en concordancia, además, con la cultura oriental. Pero es que los occidentales no paramos quietos ni el campo, no nos detenemos a escuchar a la naturaleza (como sugirió Víctor Hugo); estamos más preocupados por disfrutar de las actividades que hemos ido a realizar allí, y de hacer los mejores tiempos posibles en nuestras rutas de senderismo y montañismo, por ejemplo.

Así pues, tal vez es esa serenidad de emociones que he experimentado la que realmente aspira a transmitir la película, pero cuando uno la compara con otros momentos conmovedores vividos viendo cine, no es capaz de valorarla como quizá lo haría un oriental, o un occidental acostumbrado al cine oriental. Lo cierto es que, en general, no recuerdo emocionarme especialmente cuando contemplo una puesta de sol desde una montaña –salvo ocasiones de gran espectacularidad porque hay muchas nubes, por ejemplo-, pero en aquellos otros casos no hecho de menos tal emoción, porque es la serenidad del momento lo que realmente le da valor a unos instantes que, en cualquier caso, son irrepetibles. Sin embargo, cuando uno ve cine occidental, lo que está habituado a esperar es a sentir algo parecido a lo que produce por ejemplo el momento de hacer cima en una montaña muy anhelada y trabajada, una especie de euforia relativa. También hay otro hecho, y es que historias similares nos las han contado en diversas ocasiones en la historia del cine, desde la perspectiva occidental, y muchas de ellas en películas posteriores y tal vez deudoras de ésta, y quizá haya llegado tarde al momento de mi vida en que Dersu Uzala podría haberme marcado.

Lo cierto es que el otro aspecto de la historia, quizá el más importante, el que tiene que ver con una amistad entre seres de muy diferente condición pero de similar pureza de corazón, y con otros detalles de trasfondo humano, resultándome bonito y entrañable, tampoco ha llegado a conmoverme demasiado, y aquí sí que tengo que sentirme decepcionado, no sé si más conmigo mismo o con la película. Buena parte del guión, que no tiene grandes alardes pero tampoco muchas sutilezas, me deja una sensación de cierta sencillez, de obviedad, incluso por momentos de sucesos previsibles; o tal vez, simplemente, de aspectos que, al igual que he dicho antes, ya me han impresionado previamente en obras disfrutadas con anterioridad, cinematográficas o literarias, sin ser por tanto la culpa de la película sino del orden que ésta ha ocupado en mi -sin embargo- más bien escasa cultura.

En cualquier caso, si lees este blog porque te sientes identificado con las ideas que en él se reflejan habitualmente, creo que te merece la pena ver Dersu Uzala, puesto que al fin y al cabo se trata de un clásico del cine hablándonos de buena parte de esas mismas ideas, y por lo tanto se puede considerar imprescindible en este marco. Como imprescindible me parecía cumplir con el segundo objetivo explicado en el primer párrafo de esta entrada y, mal que bien, ya lo he hecho.