lunes, 5 de octubre de 2009

Cumplido plan 39: "Ensayo Sobre la Ceguera"



Supongo que ya se habrá dicho mucho acerca de esta obra de José Saramago, y de todas formas yo no me considero demasiado bueno como lector, por tanto menos como crítico de lo leído, así que no voy a ponerme a expresar una opinión sobre aquella, sino simplemente a tratar de plasmar una pequeña reflexión que he tenido leyéndola.

Desde luego, la lectura de este libro no es precisamente un plan escapista en el sentido lúdico, pues aunque la historia sea una fantasía, lo que plasma metafóricamente son realidades muy duras de la sociedad en que vivimos, llevadas a un extremo casi apocalíptico. Podría decir que es el libro que más crudeza me ha transmitido nunca, junto a "1984" de George Orwell. Es una historia que enfrenta al lector con el mundo real.

Pero desde otra perspectiva si que existe otro tipo de intención de escapar: De la ceguera de la conciencia. En los capítulos más truculentos de la novela (quien la haya leído sabe a qué me refiero), al margen del mal cuerpo que se me iba poniendo durante su lectura, notaba durante el resto del día una sensación de haber recibido un impacto de sensibilización que pocas lecturas me habían producido antes.

Este tipo de escritos, novelas, documentos del tipo que sea, a veces incluso experiencias vividas, crean realmente la sensación de haber recuperado un tipo de vista, de haber escapado por momentos de la ceguera con que normalmente observamos el mismo género de barbaries cuando las vemos en los telediarios, donde han quedado normalizadas por la costumbre.

Pero luego volvemos a nuestros problemas personales (unas veces -pocas- más importantes que otras -la mayoría-), de los cuales nos distraemos escapando al estilo de lo que suelo reflejar yo en este blog: música, cine, viajes... Y esos otros momentos para la reflexión social quedan normalmente como pequeños alivios para la conciencia, como ridículas penitencias inútiles que, probablemente, nada van a cambiar (ésta entrada podría ser una de esas "flagelaciones").

Sin embargo, no creo que vengan mal las escapadas musicales, montañeras, etc. Porque muchas veces, desde la belleza percibida en las mismas, se aprecia mejor el contraste con la fealdad de la sociedad. Al fin y al cabo, cuando se quiere escapar del mundo real, es porque algo hay en el mundo real que no nos gusta.

Pero ahí seguimos, atados a ese sistema, mamando de él, mientras lo ponemos a parir. Nos da miedo abandonar la seguridad que nos proporciona. Dos entradas mías de hace ya tiempo reflejaban parte de estas ideas: Son distracciones y ¿Cobarde o hipócrita?. Las escribí en momentos anímicos impotentes y enrabietados, pero ahora, más tranquilo, no me atrevo a negar lo que dicen.

jueves, 1 de octubre de 2009

Cumplido plan 40: La Covacha, al fin.

(Viene de Plan 38).

ADVERTENCIA: El montañismo es una actividad que supone riesgos. No debe realizarse sin la experiencia y el material adecuados. El autor se exime de toda responsabilidad sobre cualquiera de las posibles decisiones que pudieran tomar al respecto quienes lean esto, y por tanto de sus consecuencias.



Quizá alguno haya pensado que eso de volver a intentar la misma montaña apenas dos semanas después tenga cierta pinta de obsesión. Bueno, puede ser, pero el hecho es que, una vez realizado este cuarto y definitivo intento, creo que ha merecido la pena; me he quedado agusto. No sólo se trata de haberme quitado la espina. Es que, aunque se tratara de la misma cima, era un itinerario absolutamente nuevo para mí, con nuevos paisajes (como en los anteriores intentos), y eso casi equivale a lo que habría sido ir a otro lugar completamente distinto... Eso sí, con el aliciente de que el punto culminante volvía a ser La Covacha, con las ganas que había ido acumulando en anteriores tentativas.

Además, se puede decir que la ruta escogida parecía ser la ideal para la conquista definitiva; sobre todo su cuerda culminante, desde el Mojón Alto, era como un emocionante paseo triunfal por lo alto del Circo de Galín Gómez, desde donde, para mayor aliciente, podía ir contemplando desde lejos, y recordando desde la distancia temporal, los lugares por los que había subido en las anteriores intentonas, en una suerte de gratificantes flashbacks muy adecuados a tan perfecto final. Por cierto que iban apareciendo esas imágenes en el mismo orden en que había hecho sus respectivas excursiones. Ni que estuviera programado así desde el principio, oye. Lo que me habría perdido si me hubiera salido a la primera...



Pero la ascensión definitiva no podía ser un paseo de rosas, en consonancia con el hecho de haber tenido que acumular tantas intentonas. ¡Qué poca gracia habría tenido haber vuelto con la sensación de que en realidad estaba chupado! Y es que La Covacha no es precisamente una montaña muy accesible: Se haga desde donde se haga, exige largas rutas de aproximación, y eso conlleva largas excursiones, que hace falta que no se tuerzan demasiado en su prolongado desarrollo.

Si las anteriores tentativas habían comenzado, en general, bastante bien, tanto en el desarrollo del plan como sobre todo en eso tan importante que es sentir que estás disfrutando, y luego se fueron torciendo o se llegó a un punto que hubo que renunciar, en esta cuarta ocasión parecía que iba a ocurrir lo contrario, con el matiz de que cuando no se empieza bien del todo, no es fácil esperar un mejor final...



Primero fue una tediosa subida de Tornavacas al Puerto del mismo nombre. Un primer kilómetro del GR 10 por cansina pista cementada (ideal para los pies, con el peso que llevábamos), y con una desalentadora pendiente uniforme que no parecía acabar nunca, bajo un calor de justicia (y eso que no pegaba el sol, gracias a las nubes); el bonito paisaje del Valle del Jerte al darnos la vuelta no animaba lo suficiente: sus cerezos ahora no están ni en flor ni en fruto (lacias sus hojas), y tanto la pista como alguna infraestructura o solar artificial hacían que las panorámicas de momento no resultaran, ni de lejos, tan agradables como esperaba de este tramo; la vegetación, muy sosa (más llamativa nos había parecido antes junto a la carretera). En el resto de subida al Puerto de Tornavacas, la cosa no mejoró, salvo en el hecho de abandonar cemento por tierra; el calor aumentó al despejarse el cielo, y el tramo final estaba cubierto de alto y denso matorral: sangre, sudor y lágrimas. Un tostón, vaya.

Al llegar a las inmediaciones del puerto tendríamos que haber encontrado un camino que subiera directo hacia la Loma de los Sillares (comienzo occidental de la cuerda principal de Gredos), al este: ni rastro de él. Vale. Cogimos una pista forestal que, según el mapa, nos llevaría a dicha loma más adelante, dando un rodeo por el norte. Pero he aquí que, minutos más tarde, el acceso estaba cortado por la valla de una finca ganadera, cuya puerta cerrada a cal y canto avisaba en un cartel que el paso estaba prohibido. Vale. Rodeamos el muro de la finca hasta encontrar un lugar "discreto" por el que saltar (ya estamos, como tantas y tantas veces). Seguimos subiendo ya hacia la Loma de los Sillares junto a un arroyo (inlcuído en la finca, así da gusto apropiarse de terrenos), y volvemos a saltar otra valla para salir del cercado. Luego, campo a través por un monte bajo de roble melojo, llegamos al fin al camino de la Loma de los Sillares. Hasta ese momento (unas tres horas desde el comienzo de la caminata), yo no había tenido aún la sensación de haber empezado ninguna excursión para subir hacia La Covacha. Lo que cuesta a veces escapar de la civilización, incluso de la rural... Yo procuraba ser positivo: Pasadas las zonas agrícolas, ya no habría problemas. Además, si los demás intentos comenzaron perfectos y acabaron truncados, esta vez bien podía ser al revés.



Ya por terreno más propiamente montañero, subimos el primer desnivel considerable, y yo me empecé a notar más cansado de lo habitual: la sudada llegando al Puerto de Tornavacas parecía haber hecho mella. Al calor se unía otro hecho inquietante: ¿Cómo estarán los manantiales en ésta época, más aún considerando que la ruta, siendo tan larga, va por una cuerda y no por una vaguada? En otras palabras, ¿vamos a encontrar agua? ¿Vamos a poder beber más de la que llevamos ahora? Desde luego, donde el mapa indica la Fuente de la Mina yo no encontré nada de nada, y eso que estuve dando vueltas por la zona. Más arriba, sí vimos la Fuente del Regajo del Guarro, pero con su caño totalmente seco. Se trata de un manantial típico de zona de pradera, al que se le ha puesto un tubo de plástico para "tranquilizar" a escrupulosos a la hora de beber, y ahora sólo salía ya agua por debajo del mismo, directamente de la tierra; lo malo no era eso, sino que el agua manaba directamente a un charco que, si bien no era completamente estanco, tenía bastante suciedad: algas, lodo, excrementos, insectos... vamos, que sólo faltaba allí el guarro que daba nombre al la fuente, pero en el sentido porcino de la palabra.

No quería resignarme. Tras buscar más abajo en la misma vaguada otros posibles manantiales (infructuosamente, y de nuevo me volví a dar otra paliza innecesaria añadida a mi cansancio, como en la Fuente de la Mina), aparté las algas del punto de entrada de agua en el charco, y esperé a que se aclarase. Más tarde, ese trocito del charco en el que se veía movimiento del líquido elemento parecía muy limpio. Tumbé una botella de plástico de medio litro en la casi superficial masa de agua, con el cuello ligeramente metido en el hueco de la roca por debajo de la que brotaba. Debido a esa profundidad, apenas pude llenar poco más de la mitad de la botella. Le eché un vistazo a trasluz, y vi que no había podido evitar que entrasen algunas impurezas, algún trozo de alga, unos granitos de tierra, un insecto. Lo volví a intentar, y lo mismo. Desistí, pero concluí que, en caso de gastar la que llevaba en la cantimplora, ese sería mi recurso final, mi reserva salvadora, a costa de una posible diarrea. Sin embargo, y a pesar de la opinión de Iván, que no quiso saber nada de coger agua de ahí, yo creía que el agua, recién salida del manantial, no en la parte sucia del charco, debía ser buena. Y empecé a probarla en sorbos pequeños, mientras vigilaba a través del plástico transparente de la botella que las impurezas no se acercaran al cuello. Y parecía estar en buen estado, sin ningún tipo de sabor extraño, como había imaginado. Así, a lo tonto, me bebí casi medio litro, de dos recogidas de agua diferentes. Volví a coger más, y guardé la botella.

Tal y como lo he contado (ahora que he releído el anterior párrafo), parece que estoy preparando al lector para una posterior historia de diarreas y fiebres con vómitos, pero el caso es que nada de eso ocurrió, como yo suponía. El problema es que no era mucha más agua de la que llevábamos, y que Iván, que bebe más que yo, no quiso coger. Quedaba mucho itinerario por delante, y cuanto más arriba, menos probabilidad de encontrar más. ¿Nos daría la que teníamos para llegar a La Covacha? Tal vez, pero, ¿y para volver? La posibilidad de cumplir el plan volvía a resultar algo inestable. La cosa era, rectificar a tiempo, o arriesgar yendo a por todas...

Al mismo tiempo, la nubosidad en esos momentos era considerablemente mayor de lo que habían dicho los pronósticos... Nada parecía seguro, y tratándose de la Covacha, yo ya empezaba a tener la mosca detrás de la oreja... Volvía la incertidumbre.



Después hubo que superar otro incómodo tramo de matorral en la subida al Mojón Alto, pero en la llegada a la cima del mismo llegó al fin un momento emotivo: la vista espectacular del Circo y Laguna de Galín Gómez o del Barco. El momento paisajístico esperado, que activa el espíritu montañero en toda excursión que se precie. Aquí ya oteábamos el resto del recorrido hasta La Covacha. Y, en medio de la siempre sobrecogedora puesta de sol, nos dirigimos al inesperadamente inmejorable paraje del Tapadero, pradera al pie de la vertiente norte del Alto de Castilfrío, que elegimos, por su completa idoneidad, como lugar de vivac. El típico lugar de montaña que es, al mismo tiempo, bucólico y espectacular. Una buena noche de vivac en un sitio así era otro elmento anhelado en toda excursión de dos o más días. Parecía que, aún sin desaparecer la incertidumbre de los otros problemas, al menos las cosas empezaban a salir bien.



La madrugada siguiente el cielo apareció completamente despejado, con las estrellas adornando el aún oscuro techo. Recogimos todo rápidamente, desayunamos, escondimos los sacos y demás y, con mucho menos peso, nos dispusimos al ataque final.

Y fue una auténtica gozada. Ese recorrido, espectacular por sí solo, ganaba en la soledad y la paz de las primeras horas de la mañana, con unas vistas adornadas con luces vistosas del sol madrugador. La cuerda es accesible y emocionante al mismo tiempo. Es terreno abrupto, escabroso, pero no incómodo sino entretenido, con trepadas fáciles, con momentos de exploración de la mejor vía posible u otras alternativas, y sin exposición directa pero sensación de desnivel importante. Otra de esas crestas rocosas gratificantes, como la de la cima del Posets, o la arista este del Espigüete: No ha sido mal año en ese sentido; parece que ya le he perdido el miedo del todo, y ahora lo disfruto plenamente; me hace ilusión la idea de subir el nivel de dificultad para el futuro.

Además, es una cuerda larga, cambiente, y que con sus derivas de orientación va ofreciendo perspectivas nuevas a cada nuevo risco que se supera. Y en ese sentido, iban llegando además las panorámicas retrospectivas de los anteriores intentos. Hacia el sur, la primera ascensión por la Garganta de Galín Gómez (entonces nevada), con la Laguna Negra abajo, en cuyas inmediaciones renunciamos entonces:



Hacia el norte, el segundo intento, por esa cuerda infernal de matorral casi impenetrable, finalizando en el visiblemente prominente risco de Canchal Moreno o Mesas Altas, en cuyo destrepe norte, entonces también nevado, lo llegué a pasar tan mal:



Y luego ya desde las laderas orientales de la cima de La Covacha, hacia el este, viendo el paraje de la Garganta de los Caballeros con su laguna homónima, donde me había vuelto a quedar con cara de tonto por culpa de una inoportuna tormenta en el momento clave; cómo se me había quedado de grabada la imágen inversa (segunda foto de la entrada del Plan 38) a ésta que ahora contemplaba, con la cima ya conquistada:



Todo era realmente gratificante. Del momento de hacer cima ya no hablaré mucho más, por ser difícilmente explicable el sentimiento de plenitud en la misma, las ganas de correr de un lugar a otro de esa cumbre, de sentarme a disfrutar del hecho de estar allí, en ese punto geográfico concreto tan anhelado... Parece una tontería, tanta historia por unas meras coordendas x, y, z, pero... Gracias, Covacha, por lo que me diste.



Pero había que regresar. ¿Y del agua qué? Bueno, yo había bebido más bien poca, y de hecho seguía teniendo relativamente poca sed. Pero Iván había bebido bastante, le quedaba un culín en la botella, y aun así se notaba cada vez más deshidratado. Pronto el sol empezaba a pegar con fuerza. Convenía regresar rápido (sin provocar exceso de cansancio), para poder bajar a algún arroyo a reponer.

En el Alto de Castilfrío Iván ya no tenía agua y estaba sediento y muy cansado. A mí me quedaba menos de medio litro en la cantimplora, pero seguía sin notar demasiada sed, y me sentía en plena forma (que es como había estado todo el día, al contrario que la jornada anterior). Así pues, le pasé a su botella todo el agua que me quedaba, y me limité desde ese momento a lo que había recogido yo en el manantial del Regajo del Guarro y que tenía guardado en la botella de medio litro junto a las demás cosas en el lugar de vivac. Aun con eso, hay que reconocer que la cosa no pintaba demasiado bien. Yo contaba con el arroyo del Cardiel, cerca del cual pensábamos bajar hacia Puerto Castilla, pero para eso aún nos quedaba más de una hora...

...Pero he aquí que bajando por la vaguada norte del Castilfrío me topé con algo que no apreciamos en la subida: Escuché el ruido de un chorrillo, y cuando miré hacia el suelo, pude ver un manantial con caño de plástico y, éste sí, surtía agua por el propio tubo: Estamos salvados. Nunca una fuente fue tan inadvertida y providencial en nuestras excursiones. ¡A 2200 metros de altitud, en una elevación (Castilfrío) con sólo 100 metros más de desnivel de terreno por encima, y tras un verano especialmente seco! La verdad es que aquí el tal Murphy, el de la famosa ley, se cayó con todo el equipo. Y sí, en momentos así también puede decirse que se alimentan ideas creyentes...



El resto del descenso (que era casi todo), ya con Iván repuesto (física y psicológicamente), y con todo el peso de nuevo a la espalda, los nuevos problemas eran, inicialmente,dos: Aquello empezaba a estar intensamente nublado (y para ese día sí había predicción de chubascos); y queríamos coger el autobús de las 16:20 en Puerto Castilla (había otro, pero nos habría dejado en Madrid casi a las 23:00, con el lunes acechando tras la noche...). Ambas circunstancias nos incitaban a bajar lo más rápido posible, y así lo hicimos...

...Hasta que, ya en las pistas forestales que bajan al pueblo (pero aún muy arriba), nos encontramos con otra circunstancia inesperada: una montería: con la caza hemos topado. Hablando con uno de los cazadores (mucho más educado y amable de lo que nos hemos encontrado en otras ocasiones similares), nos enteramos de que la cacería estaba organizada por toda la ladera que nos separaba del pueblo. Vale. Volvemos a la "civilización". Las prisas con el autobús, las aficiones que obstaculizan prohibitivamente al resto de inofensivos "usuarios" del monte... Nos comentó el hombre que faltaba una media hora para que acabase (bueno, al menos podríamos bajar esa tarde), en el momento en que se empezaban a retirar los puestos de aquella zona. En el instante de subir el cazador a su todoterreno para recoger a otros, mientras nos recomendaba que esperásemos o que bordeáramos por otro lado, empezó a llover...

La tormenta acechaba, y no sabíamos si era más probable que nos alcanzara un rayo o un tiro. La Covacha parecía gritar desde lejos: ¡Vale, por fin lo has logrado, pero lo vas a pagar caro! El caso es que, con la sensación de que parecía que la montería había finalizado antes de lo que decía el hombre (tal vez por la incipiente lluvia), nos pusimos a bajar por un tramo de pista. Si nos veían ahí, difícilmente nos podían confundir con jabalís... No puedo negar que cierta sensación de tensión si llevaba... ¡esto es lo que se debe sentir en una guerra!

Parecía que efectivamente la montería había finalizado... cuando empezamos a escuchar lo que parecían gritos de jalear a bestias a lo lejos, en la dirección que nos llevaba la pista. Decidimos atajar hacia otro tramo más bajo, para no dirigirnos hacia allí, y para recortar el trayecto hasta el pueblo. Ahora bien ¿no era aún más probable ser confundidos con animales si nos metíamos entre matorrales...? La tensión continuó unos minutos más.






Cuando estuvimos ya seguros de que la montería había acabado, o estaba demasiado alejada de nosotros como para ser peligrosa, el único reto ya era no perder ese autobús de media tarde. Llevábamos dos horas bajando sin descansar, a un ritmo rápido, en ocasiones casi al trote en los atajos, y combinando campo a través de incómodo matorral con tramos de pista de duro suelo. Estábamos reventados (yo al menos, sobre todo en los pies), pero seguíamos tratando de que la excursión saliera finalmente perfecta, a pesar de todos los inconvenientes...



...Y salió perfecta. No porque nos sobrara cuarto de hora para coger el autobús (que también); no por la sensación de haber administrado razonablemente todos los problemas que habían surgido en la excursión (que también); no por la sensación de dominio montañero, de experiencia bien aplicada (que también); no por haber conquistado al fin La Covacha (que también).

La excursión había salido perfecta porque había justificado aún más todos los intentos, éste incluido, de subir a La Covacha; había vuelto a dar sentido al objetivo marcado, vistas las experiencias vividas como consecuencia de ello. Incluso en la cima, contemplando desde arriba el lugar en que me había sentido frustrado dos semanas antes, sentí que merecía la pena haber pasado por aquel sentimiento de bajón, para ahora saborear mejor el éxito. ¿El éxito de haber hecho cima? No: Él éxito de haber insistido hasta hacer cima.



Descripción técnica de la ascensión.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Plan 40: La Covacha, nuevo intento.

  1. Momento: Este fin de semana.
  2. Lugar: Sierra de Gredos.
  3. Plan: Cuarto intento de ascensión a La Covacha. Tal y como sugerí en el plan 38 (dos entradas atrás), esta vez desde Tornavacas, en el famoso Valle del Jerte. Y en esta ocasión llevo refuerzos: Iván se viene conmigo. Me apetece aprovechar que aún los días son razonablemente largos y el tiempo poco riguroso (esperemos: posibles chubascos el domingo...), para no tener que postergar esta anhelada cima al año que viene.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Acerca de salir...

Salir (según el diccionario de la R.A.E.): Pasar de dentro a fuera.

Y sin embargo, muchos se empeñan en decir que "salir" es meterse en un antro oscuro y agobiante, muchas veces situado en un sótano, frecuentemente con puertas dobles y en cualquier caso gruesas y pesadas, a veces tras recorrer un estrecho pasillo o escaleras, y luego carece el "habitáculo" de cualquier tipo de ventana o referencia con el exterior. Es decir, lo más parecido a una cueva que pueda encontrarse en una ciudad (exceptuando las alcantarillas, túneles de metro y garajes; lugares estos, obviamente nunca pensados para "pasar allí el rato"). ¿Qué es dentro y qué es fuera? ¿Qué es salir?

Ya sé que hay alguna otra acepción del verbo "salir" más adecuada para definir esta situación, pero, sea lo que sea, y extendiendo los lugares físicos a todos los niveles, mi filosofía personal consiste en que si no se sale de dentro de la ciudad a fuera de la misma, no se sale realmente, o no al menos del todo.

martes, 22 de septiembre de 2009

Plan 39: "Ensayo Sobre la Ceguera" (José Saramago)

En lo que va de año, sólo llevo leídos un par de libros de relatos cortos y otros tantos sobre la historia del alpinismo. De momento, no he leído ninguna novela. Ya me vale. Y la primera que me propongo leer, se titula "Ensayo..."

sábado, 19 de septiembre de 2009

"No cumplido" plan 38: La Covacha.

Lo de no cumplido es porque no hice cima. Lo de ponerlo entre comillas, porque un buen plan montañero es mucho más que hacer cima, como voy a explicar aquí.



ADVERTENCIA: El montañismo es una actividad que supone riesgos. No debe realizarse sin la experiencia y el material adecuados, ni tampoco es del todo aconsejable en solitario. El autor se exime de toda responsabilidad sobre cualquiera de las posibles decisiones que pudieran tomar al respecto quienes lean esto, y por tanto de sus consecuencias.



Efectivamente, tal y como me temía en el plan preparatorio (dos entradas atrás), las anunciadas tormentas me disuadieron finalmente de hacer cima. Quedó por tanto frustrado mi tercer intento de ascensión a La Covacha. Esta montaña de la parte occidental de la Sierra de Gredos parece estar convirtiéndose en un reto personal, por distintas circunstancias en mis diferentes intentonas.

Curiosamente, durante esta excursión se cumplía un año de la culminación de mi más trabajado reto montañero hasta la fecha: La ascensión al Almanzor desde Candeleda, por la Garganta de Chilla y el Cuchillar de las navajas, que me costó cuatro largos años, con cuatro tentativas in situ e incluso otras tantas en que no llegué a salir de Madrid, con la idea ya preparada.

En este tipo de ascensiones que se le atraviesan a uno, aunque a veces se pasa por fases de no querer volver a saber nada de la montaña o de la ruta, normalmente la ambición suele llevar a tenerle más ganas aún al reto. No son cimas como las demás; se alimentan el anhelo por llegar a ellas y la plenitud en el momento de lograrlas (si se sabe valorar). En el caso del Almanzor, más aún que en el emotivo instante de hacer cumbre (en la cual ya había estado cinco veces antes, subiendo por otros itinerarios), pude notar la satisfacción casi al final del día, en la misma pradera en la que había vivaqueado las tres ocasiones anteriores con amigos. Entonces recuerdas todas las anécdotas vividas en esos años, y te das cuenta del valor de las experiencias obtenidas gracias al hecho de haberte propuesto ese objetivo: Te das cuenta de que lo importante de hacer cima (literal y metafóricamente) es haber recorrido todo el camino hasta llegar a ella. No sé quien dijo que es preciso llegar a Ítaca para darse cuenta de que lo realmente importante es el camino.

En el caso de La Covacha estoy hablando de una cima que aún no he pisado. Aquí el reto no es una vía concreta, como en el caso del Almanzor, sino la propia cumbre. De hecho, cada uno de los tres intentos que llevo han sido por rutas diferentes; aquí parte del valor de la experiencia vivida como consecuencia del objetivo está siendo conocer todas las vertientes de esta montaña.

El primer intento tuvo lugar, junto con Ángel , Isa y Raúl, en diciembre de 2007, en esta excursión por la Garganta de la Vega o de Galín Gómez, pasando por la Laguna del Barco. Un viaje del que guardo un recuerdo muy grato, por compartir con mis amigos tres días y dos noches de austeros pero acogedores refugios en invierno, fogatas de chimenea incluídas, rodeados por un precioso paisaje nevado. Una gran escapada, pero mal planteada como ascensión invernal (pachorra, más que nada), a la que tuvimos que renunciar por la lentitud en el avance. Por cierto, en distancia sobre el plano es la vez que más cerca he estado de la cumbre.

La segunda tentativa la hice en solitario, en mayo de 2008, en esta ascensión por la Garganta de Jaranda. Fue una experiencia de las que creo que marcaron mi aprendizaje montañero en solitario. Cometí algún nuevo error, pero sobre todo me enconcontré con un terreno inesperadamente incómodo por el matorral y la nieve, e incluso algún paso algo escabroso en el que llegué a pasarlo mal. Tuve que desistir por el penoso avance, y es la vez que más lejos me he quedado de las tres. Pero a la bajada disfruté mucho de la aceptación de la renuncia, de la apreciación de las otras bellezas de la montaña, y de la posibilidad de intentarlo de nuevo en el futuro. Creo que psicológicamente maduré algo como montañero.



Y llegaba el tercer intento, el plan 38 de este blog. De nuevo los tres mismos días libres de septiembre de 2008; un año después, parecía indicado que podía ser la consecución de un proyecto como el del Almanzor por Chilla. Pero esas previsiones meteorológicas lo dejaban todo en el aire... Como las probabilidades que daban no eran prohibitivas, decidí no desprovechar el puente, y seguir adelante.

Durante el viaje en autobus a El Barco de Ávila el cielo estaba prácticamente despejado del todo. Fue durante los primeros kilómetros de caminata por la Garganta de la Nava cuando comenzaron a aparecer las nubes. Al llegar al segundo y último refugio de la garganta -aún lejos de la cabecera de la misma- ya estaba bastante cubierto. Yo llevaba una tienda de vivac pequeña, y mi idea era haber llegado a la Laguna de la Nava o incluso a la de los Caballeros, con la tienda como seguro de último recurso, pero viendo que la cosa ya se empezaba a poner tan fea y podía pasar la noche en ese refugio, preferí no arriesgar más esa tarde; además estaba la amenza de las tormentas eléctricas. Me di un tiempo para ver si mejoraba (cosa improbable, pues eran nubes de evolución), y pronto se puso a llover: No pararía en toda la tarde.



De pronto, la excursión dejó de ser una actividad en solitario, y se fueron añadiendo personajes a la misma. Primero fueron dos montañeros también de Madrid, que tuvieron el atino de llegar al refugio justo cuando empezaba la lluvia. En ese momento, el espacio en el suelo se podía considerar el justo para dormir cómodamente los que estábamos allí (habría cabido alguno más, pero ya con apreturas). Pero minutos más tarde aparecieron cuatro nuevos senderistas, esta vez dos parejas de Plasencia, con un perro. En lo más copioso de la lluvia, nos sentamos los siete por allí como pudimos, y empezamos a compartir anécdotas y chascarrillos, mientras elucubrábamos sobre la evolución de las condiciones meteorológicas. Todo muy simpático y divertido, pero allí sobraba gente para pasar la noche, y un kilómetro antes había otro refugio. Por la ley de la prioridad, se diría que lo educado habría sido que los últimos en llegar se hubieran ofrecido para bajarse, pero no parecían muy dispuestos a ello: más bien parecían muy interesados en acoplarse al lugar a base de buen rollito. Como los demás no queríamos romper ese buen rollito, la situación era divertida e incómoda al mismo tiempo. Pero es que, ¡albricias!, el grupo de los de Plasencia tenía una motivación para quedarse allí: éste refugio tenía chimenea y el de abajo no, y ellos había subido ex profeso una parrilla para dar cuenta de los chorizos y chuletas que llevaban consigo.... "Es que yo lo de la comida deshidratada ya lo aborrezco...", decía el más simpaticorro de ellos, originario de Galicia. Pues vaya montañeros... Ojo, que parte de su arma de persuasión era precisamente invitar a chuletas a los demás... no caímos en la tentación...

¿Cómo se resolvió la situación sin romper la cordialidad? De la única manera posible: al palito más corto. Sí, manda huevos, pero así tuvo que ser. Al menos, así lo propusimos los tres que habíamos llegado primero. Que conste que en estos casos, con tal de no discutir, yo suelo estar dispuesto a ser el que baja al refugio anterior (ya lo había pensado), sin mediar palabra ni sorteos: a los pringaos nos importa menos ceder que a los que le echan morro. El caso es que el azar hizo justicia, y de la manera más humillante: fue el propio Gallego el que eligió los palitos, y su novia la que escogió el más corto: ellos solitos perdieron el sorteo, pudiendo haberlo trucado... Así que los cuatro de Plasencia y el perro para abajo. Luego lo comentamos entre risas (para qué negarlo): Estábamos los siete tan tranquilos y amiguetes dentro del refugio, y de repente proponemos lo del sorteo, y no pasó ni un minuto y ya los veíamos camino abajo, por cierto en el momento de aumentar la lluvia tras un rato de tregua: Casi parecía que estaban esperando el momento de que les echáramos...

El resto de la tarde y la noche fueron bastante agradables, con estos dos amigos, bastante majetes, con los que compartí refugio. Paco tenía una visión seria y reflexiva de la montaña, observando la evolución de las nubes, calculando tiempos, etc. Julián era más irónico, tenía unas salidas realmente graciosas y socarronas, normalmente sin cambiar su gesto tranquilo. Se puede decir que me lo pasé bastante bien con ellos. Fue un aspecto curioso de una excursión planteada en solitario: los ratos que compartí con gente que conocí en ese mismo viaje. El contraste entre esos momentos y las horas en solitario tuvo su aquel.



Al día siguiente ocurrió lo que habíamos estado esperando: amaneció casi despejado. Puesto que también había previsión de lluvias y tormentas, había que aprovechar lo que durase la tregua antes de que se formaran nuevas nubes de evolución. A eso de las 8 de la mañana yo ya estaba preparado para salir, y me despedí de mis compañeros, a los que les llevó más tiempo desayunar, pues no querían pasar sin calentar agua con su camping gas para tomar un café (yo con un batido frío me conformo).

Comencé pronto a disfrutar del privilegiado paisaje de la Garganta de la Nava a partir del momento en que se encajona en vistosas formaciones graníticas, donde el cauce se sucede en saltos de agua y pozas. Además, me sentí en buena forma, subiendo con soltura y ganas de hacer cima. No imaginaba lo que me esperaba, aunque sabía que el paso del tiempo corría a favor de las nubes, y en mi contra.



Cuando culminé la que a la postre sería la máxima altitud alcanzada en todo el itinerario, en los 2150 metros del Barrerón de las Hoyuelas Bajas, el cielo ya volvía a estar bastante nublado. Pero también estuvo así el día anterior durante horas, antes de descargar. Eso sí, me empezaban a entrar las prisas, y de pronto el terreno para bajar hacia la Laguna de los Caballeros, base de la ascensión final, no era ni cómodo ni de traza clara: me iba a llevar más tiempo del calculado, al parecer.

Por otro lado, se produjo otro hecho inesperado, pero anhelado desde hace mucho tiempo. De repente, comencé a oír chillidos de animales, y cuando me fijé bien pude ver que en el fondo de la Garganta de los Caballeros, unos pocos cientos de metros antes de llegar a la laguna, había un buen grupo de buitres dando cuenta de una vaca muerta. Un espectáculo digno de domumental de La Dos, pero en vivo y en directo, cosa que había imaginado muchas veces. Verlo de cerca suponía desviarse hacia el fondo de la garganta antes de la Laguna de los Caballeros. Parecía que, con las nubes amenazando (o diciendo:"tienes poco tiempo, chaval"), tuviera que elegir entre La Covacha y la comilona de buitres: ¿cuál de las dos cosas es más difícil? ¿Cuál de los dos voy a tener más oportunidades como ésta de intentarlas?



Bueno, finalmente lo de los buitres no fue un impedimento, o, mejor dicho, el impedimento. Creí que podía darme tiempo a ambas cosas, que el desvío no me supondría más de quince minutos de retraso, y que en cualquier caso lo que tenía más cerca de conseguir era ver a los buitres, y era más probable lograr eso que lo de La Covacha. El caso es que bajé por una vaguada cuya ladera sur me tapaba de la vista de los buitres (para no espantarlos), pero cuando me asomé ya no estaban. Sí que ví, más cerca, un grupo de 20 ó 30 machos cabríos, que debieron ser los que, corriendo asustados por mí, asustaron a su vez a los buitres. La cosa es que ya estaba prácticamente en el fondo de la garganta, junto al camino que sube a la laguna, sin apenas haber perdido tiempo salvo por el muy pequeño rodeo, y era el momento de abandonar el macutón de travesía y subir con lo necesario a la cima. Comí algo, cogí lo imprescindible y, mientras pensaba si la situación meteorológica era suficientemente segura (había unas cuantas nubes negras), escondí el macuto entre matas de brezo. La cosa era sencilla: si aguantaban las condiciones, podía seguir; si se ponía peor, me daba la vuelta y punto. El riesgo, que me pillara ya muy arriba. Los mayores peligros, los rayos cuando se transita por un cordal montañoso, y la necesidad de paso por una zona rocosa de trepada que se podía complicar en caso de que se empapara de agua. Asumido todo, me preparé para ponerme en marcha...

...y de repente, empecé a escuchar ese leve sonido: gotas. Gotas de agua cayendo sobre la capa impermeable del cubre-mochilas. ¿Y ahora qué? La lluvia era leve, pero lo suficientemente disuasoria como para pensárselo. Empezó mi cabreo: ¡Justo en el momento de empezar la subida final! ¡Qué mala leche! ¿Y no podría ser más fuerte? Porque siendo así de débil, aún no sé qué hacer... Decidí esperar un rato, mientras me ponía el chubasquero. Ahí estaba La Covacha, mostrándome su ladera este, con toda la ascensión que me quedaba, perfectamente visible. En distancia no, pero en tiempo (por las condiciones de inexistencia de nieve), nunca la había tenido tan cerca. Parecía volver a reírse de mí. Porque la situación era francamente de guión, como hecha aposta. Aumentó la lluvia. Empezaron a caer rayos. No conté ni tres segundos hasta que se oyó un trueno: lo tenía encima. Ahora sí era una situación prohibitiva. Para abajo.



Y es en ese momento cuando surgió el pensamiento reflejado en la entrada anterior de este blog. Como dice Paúl en su comentario, necesité inventarme a un dios o a un murphy para cagarme en él... ¡Qué cabreo tan inmeso! Con la miel en los labios, y para abajo. ¡Y van tres!...

Pero en esa bajada la sensación anímica fue otra. No sé si decir derrotado o fracasado suena algo excesivo, pero sí que estaba triste, frustrado. Incluso a pesar de la incesante lluvia y de la amenaza de los rayos (que en realidad fueron pocos y aislados), yo iba bajando despacio, no por precaución -el camino era cómodo y seguro-, si no por falta de ánimo. Me daba la vuelta con frecuencia, para ver una y otra vez esa imagen, cada vez más alejada, de La Covacha y su compañero El Juraco. Quería grabarla en mi retina, para no olvidar que me iba de allí con un objetivo por cumplir, pero sobre todo la miraba con impotencia, incluso con cierto rencor. Y la verdad es que era un sentimiento que nunca había notado con tanta fuerza antes, hasta el punto de no acabar de entenderlo. Si yo subo a la montaña para disfrutar, ¿qué es lo que hace que me sienta así de abatido? No parece muy sensato. Quizá refleja otro tipo de frustraciones o vacíos. Quizá me he llegado a agarrar tanto a la montaña como forma de no pensar en otras cosas que me faltan en la vida. Y cuando hago cima el engaño se completa y vuelvo feliz, realizado. Pero cuando no es así, percibo en ese momento todo lo demás. Qué sé yo...

Lo que también es cierto es que cada uno elige o trata de elegir sus sueños en la vida, en base a lo que percibe que le llena más, y en ese sentido yo he elegido la montaña como vocación de aficionado, al igual que muchos tienen la suerte de realizarse con su vocación profesionalmente. Ya expliqué esto más ampliamente en la entrada del plan 25 (Sierra Nevada). Entonces, ¿es acertado seguir planteando mi vida de esa manera, o debería quitarle importancia puesto que inlcuso suena demasiado friqui, pero entonces volver a no saber qué quiero en la vida?

La respuesta fue viniendo más tarde: No se trata de renunciar a lo que te gusta. Se trata de plantear lo que te gusta de una manera menos traumática. Hacer cima no es lo único importante, ni lo más importante, de ir a la montaña. Y sí, en el momento de la renuncia puede fastidiar, pero más adelante se pasa y disfrutas de otras cosas. Poco a poco fui dándome cuenta del paisaje grandioso y aislado de la Garganta de los Caballeros que me rodeaba, y de lo privilegiado que era de poder disfrutar de él, importándome poco incluso el hecho de estar empapándome.



La lluvia, que a veces parecía detenerse (yo en parte bajaba despacio como esperando una mejora del tiempo que me diera otra oportunidad), volvía a aumentar a ratos, llegando incluso a granizar un poco. Más abajo me encontré con un inadvertido refugio (al parecer, estuvo en ruinas hasta hace apenas un mes, que terminó de ser reconstruido). Para cuando llegué a él, la lluvia era ya muy leve y le quedaba poco para cesar del todo (otra vez Murphy). Dentro del refugio me encontré de nuevo con gente, cinco o seis montañeros de un club de El Barco de Ávila. Hablé con ellos de lo que me había pasado, y me dijeron que no me preocupara, que acabaría subiendo algún día, que hay más días que longanizas, que la montaña va seguir ahí, y todas esas frases echas tan repetidas que se dicen en estos casos. Pregunté si conocían la subida desde el Puerto de Tornavacas (una de las pocas que me quedan por probar en esta montaña), y uno de ellos me dijo que para él es la más fácil. Pensando en el futuro, y en el deseo, aún mayor, de volver a intentarlo, me animé intuyendo que esta renuncia iba a dar lugar a una nueva excursión próximamente, y empecé a olvidar la posibilidad de que ese día mejorase el tiempo para volver a intentarlo. Como dijo otro de ellos, obsesionarse tampoco es bueno.

Y ya que he vuelto a mencionar a Murphy, diré que bajo otro punto de vista, obviamente la suerte no fue mala del todo: Si hubiera llegado media hora antes a la laguna de los Caballeros, y me hubiera puesto a subir, la tormenta me habría pillado arriba del todo, y la cosa habría sido más peligrosa. Aquí un creyente quizá haría una interpretación más positiva de lo que a mí me había parecido una burla. Incluso alguno dirá que el banquete de los buitres estaba incluído en la advertencia. Pero lo que objetivamente hay que analizar es lo siguiente: Me iba a poner a subir a punto de comenzar una tormenta (que podía haber comenzado media hora después, conmigo en la cima): ¿Pequé de imprudente o de inexperto, o esas cosas son impredecibles?



Bueno, pues a pesar de todo lo dicho y de todo lo reflexionado, uno es cabezón y, mientras comía, ya de nuevo solo, en el interior del refugio, pensaba en ese sol que había vuelto a salir, y era inevitable pensar que si aquello duraba tendría una segunda oportunidad... De vez en cuando me asomaba por la puerta y veía toda la cuerda de La Covacha iluminada por la luz del sol: Podía estar secándose la roca. Y si aguantaba el tiempo que necesitaba desde aquí (unas tres horas entre subir y bajar), la cosa estaría muy arreglada, más que suficiente. Pero poco a poco iban apareciendo nubes por el oeste (detrás de la montaña), y parecía que acabarían tapándola de nuevo. Había llegado a creer en esa segunda oportunidad (la mejora del tiempo animaba a ello), pero fue un espejismo: volvieron a sonar truenos.

Vale, pues uno es muuuuy cabezón, y aún había otra posibilidad: Si me quedaba a dormir en el refugio, y al día siguiente estaba despejado, tenía tiempo para subir a La Covacha y bajar toda la Garganta hasta Navalguijo, con tiempo de sobra de llamar a un taxi para bajar al Barco de Ávila para coger el autobús de las 16:15. Otra vez a pensar. Aquí me eché atrás por tres razones: 1. no tenía cobertura telefónica, y quería llamar antes del día siguiente para decir que estaba bien; 2. no tenía la seguridad de que fuera a hacer buen tiempo al día siguiente (la cosa seguiría inestable, previsiblemente), y otra nueva renuncia por meteorología sería ya el colmo de las decepciones; y 3. la perspectiva de esa futura excursión desde Tornavacas me llamaba más la atención. Así que decidí definitivamente bajar, sin sospechar que al día siguiente llegaría a fastidiarme un poco por el buenísimo tiempo que hizo toda la mañana.



Lo que si pude es difrutar del resto de la excursión, y del recuerdo de todo lo ocurrido en la misma, que la verdad es que es un conjunto de anécdotas que hacen especialmente singular este viaje (siendo ya de por sí singular cualquier viaje montañero).

La Garganta de los Caballeros me pareció otro paisaje nuevo, con personalidad, dentro de las diversas gargantas que conozco ya de Gredos. Si la de la Nava era en algunos tramos la más desnivelada y encajonda que recordaba, ésta de los Caballeros era todo lo contrario: de suaves pendientes y muy abierta, un valle de origen glaciar practicamente perfecto, y de dimensiones importantes, con varios recodos y diversas perspectivas cambiantes. Al llegar a su parte final, ya con los pueblos de Navalguijo y Navalonguilla a la vista, tuve la sensación de estar en un lugar que no habría supuesto de Gredos si me hubiesen llevado allí con una venda en los ojos. Es una gozada poder seguir descubriendo sitios sorprendentes y con encanto dentro de zonas que supones familiares.



Y mientras veía ambos pueblos se me venía a la cabeza aquella frase de "Diarios de Motocicleta", aunque con una ligera adaptación más adecuada al momento: "Cómo puede el hombre renunciar a vivir en un sitio así para irse a vivir a una gran ciudad." Aquí vienen las polémicas de siempre, que si en un pueblo te acabas aburriendo, porque está muerto, que es una vida muy dura, etc. ¿Y dónde hay más vida, de la de verdad, que en el campo? Se aburre, creo yo, quien no sabe apreciarlo. De todo se puede cansar uno, pero puestos a cansarse, mejor de esto que de los ruidos, el estres, la contaminación, las depresiones propias de la ciudad, la soledad en medio de la multitud, etc. Yo, desde luego, a la mañana siguiente paseaba por las fincas cercanas a Navalguijo, y sólo de pensar en el movimiento que habría en ese mismo momento en mi rutinaria Plaza de Castilla, me sentía privilegiado de estar allí.



Cuanto más deseo La Covacha, y más cerca estoy de conquistarla, más me rechaza. A cambio, estoy conociendo sus faldas cada vez más. ¿Se dejará alguna vez...?

...Habrá un nuevo intento, tal vez muy pronto...



Descripción técnica de la excursión

martes, 15 de septiembre de 2009

Pensamiento

Creo que el tal Murphy (el de la famosa Ley), debía ser un creyente cabreado pero con miedo a echarle la culpa a Dios.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Plan 38: La Covacha

  1. Lugar: Sierra de Gredos.
  2. Momento: Desde mañana sábado hasta el lunes.
  3. Plan: Aprovechar que tengo tres días libres para tratar de cumplir la idea 5 de la lista de posibles planes montañeros: Ascensión a La Covacha. La ruta de subida será por la Garganta de la Nava desde el Pueblo de Nava del Barco. La bajada, según el plan previsto, por la Garganta de los Caballeros hacia Navalonguilla, aunque podría haber modificaciones según las circunstancias y apetencias: volver por el mismo sitio de la subida; bajar por la Garganta de Jaranda hasta Jarandilla de la Vera; o bajar por la Cuerda del Risco del Águila de la Garganta de la Laguna del Barco. Espero que las anunciadas posibles tormentas no frustren mi tercer intento de ascensión a esta cima...

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Cumplido plan 37: "Amelie"

De ¿Viviendo o escapando?


Efectivamente, tal y como decía en la anterior entrada, ver ésta joya del cine moderno fue lo mejor que pude hacer ayer por la tarde. Difícilmente podía haber aprovechado mejor ese tiempo. Y aún hubo un instante anterior a escribir dicha entrada en el que sentía que no me acababa de apetecer...

Y es que parece un milagro lograr que un argumento tan esencialmente sencillo y cotidiano se convierta el algo tan elaborado y de desarrollo casi apoteósico. La historia está contada con un magistral y brillante ritmo en cada escena, como si fuera un corto, como si se fuera a acabar en cada secuencia, pero lejos de apabullar, engancha. Las ideas, como en toda película de Jean Pierre Jeunet, son muy ingeniosas, llenas de sagacidad y humor. La belleza estética rebosa por los cuatro costados, no sólo por la cuidada técnica, sino por una fotografía y una dirección artística que denotan muy buen gusto; vamos, que da gusto ver cada plano. Y las actuaciones son muy buenas; cada personaje de las muchas pequeñas historias dentro de la historia queda perfectamente retratado con pocas explicaciones, y sus personalidades son muy características; por supuesto, en el centro de todo está la deliciosa interpretación de Audrey Tautou, que logra recrear un personaje ya probablemente inolvidable para la historia del cine.

Lo que consigue transmitirme la película es optimismo y positivismo, a pesar de partir de premisas argumentales que, si bien son tratadas con humor, no son precisamente muy halagüeñas. Muchas de las miserias de la vida cotidiana son mostradas con lucidez, utilizando apenas sutiles gestos para hacer comprender al espectador aspectos psicológicos con los que resulta fácil empatizar. En cualquier caso, es una de esas películas que me dejan un regusto final muy dulce, y por lo tanto no se arrepiente uno de no haber echo otra cosa esa tarde: la apatía que me llevaba por momentos a no querer ver la película, quedó mágicamente sustituída por una inyección de ánimo.

Y he aquí la clave de todo, según la historia: de lo que hay que escapar para encontrar la felicidad es del mundo interior. O acaso hay que buscar en el mundo real aquello que se parezca lo máximo posible a nuestro mundo interior, pero sin quedarnos encerrados en él, sin dejarlo relegado a una eterna ensoñación no cumplida. O trasladar nuestro mundo interior al exterior (Amélie lo hace para hacer felices a los demás). No dejar de ser uno mismo, pero tampoco dejar de mostrarlo al mundo... Qué fácil parece todo en el cine (aun a pesar de lo que le cuesta a Amélie decidirse finalmente)...

martes, 8 de septiembre de 2009

Plan 37: "Amelie" (Jean Pierre Jeunet)

  1. Momento: Ahora mismo.
  2. Lugar: Aquí, en mi habitación.
  3. Plan: Llevaba tiempo con la idea de ver ésta película por segunda vez, y esta tarde no se me ocurre nada mejor que hacer.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Cumplido plan 36: "Feels Like Home"

De ¿Viviendo o escapando?

Todo en la música de Norah Jones es cálido y acogedor: Las raíces Jazz y Countrie, las interpretaciones instrumentales auténticas, virtuosas y -a pesar de lo enterior- austeras, y la voz sensual de la cantante. "Feels Like Home" me hace sentir como su propio título indica.

Y es que, en medio del festín de Rock Progresivo de todas épocas del que estoy disfrutando a lo grande últimamente, no viene mal poner un paréntesis de relax moderadamente emocionado que compense la ampulosidad técnica y conceptual de ELP, Genesis, The Flower Kings o Dream Theater. Es como si, en medio de las impresionantes, complejas e inverosímiles aristas heladas del sinfonismo rockero, hubiese encontrado en Norah Jones un sencillo refugio en una bucólica pradera para pasar una noche de relajación. Quizá esa metáfora se pueda trasladar -con matices- al punto que tal vez necesito en este momento tan agitado de mi vida.

Me encanta la dualidad de templanza y virtuosismo que hay en las instrumentaciones del disco. Quizá se puede hablar de virtuosismo no sólo en el sentido de técnica depurada o habilidad de los músicos, sino incluso en la definición aristotélica de la palabra virtud: está todo tocado en su justa medida, ni más ni menos de la cuenta. Y es en ese punto en el que un signo de autenticidad como no suprimir el roce de los dedos con las cuerdas (notable en "The Long Way Home")-importante porque es tan verdadero como las notas que interpreta la guitarra- no queda forzado sino que aporta la emoción de imaginar a los músicos tocando.

Y mención aparte merece la voz de Norah. Porque es un chorro de voz, como demuestra en la animada "Creepin´ In", pero, al igual que los instrumentos, en el resto del disco destaca en registros moderados. Y es ahí donde saca a relucir su personalidad, su sentimiento, y su capacidad de transmisión de emociones. Voz melódica pero que no llega a dulce debido su matiz de susurro, de resultado sugerente. Una maravilla.

Éste es el tipo de artistas con los que creo que el éxito (comercial) y la calidad se reconcilian. No pasa muy a menudo en la música. Y todo esto lo logró una chica de -entonces (2004)- 24 añitos...

martes, 1 de septiembre de 2009

Plan 36: "Feels Like Home" (Norah Jones)

  1. Momento: Algún día de éstos.
  2. Lugar: Mi habitación.
  3. Plan: Tal vez alguno que me conozca se ha debido quedar a cuadros al ver este plan. Lo cierto es que ese disco me encanta, y en este momento me apetece mucho tumbarme a disfrutar de la tranquilidad y el optimismo que me transmite su estilo.